martes, 1 de noviembre de 2016

Día de muertos

Si llegaste aquí al terminar de leer Este bosque maldito, veras que esto está relacionado indirectamente; ya que lo escribí publicando el cuento, por tanto algo se me quedo, supongo.

Día de muertos 


Un día, una tradición no una celebración o festividad frívola —a mi ver— como la de ayer, la extranjera a estas tierras ancestrales desde aquí y más al sur —y no es que me oponga o no la disfrute pero nada tiene que ver con ésta de la que hablo—; que ya no sé si es lo que debería ser idóneamente entre tanto anuncio basura que se cuelga de la fecha y la grotesca realidad que se vive. Y discrepo en lo de festividad puesto que esta palabra denota festejo, disfrute o algo similar; y no creo que Día de Muertos sea para festejar ni siquiera el estar vivos, eso es negación simplona a un hecho irremediable —muy por encima del aberrante lugar cruel en que vivamos—, sino más bien debería ser, idóneamente tal vez, para honrar de algún modo, por muy nimio que éste sea, a quienes quisimos y a los que quisieron quienes queremos; para recordar con cariño y afecto, «pues el olvido es la muerte definitiva», a quienes ya no están y desearíamos estén; para reflexionar y apreciar a quien se tiene; aceptar las cosas como son y esforzarse por llegar al final de la senda de la mejor manera posible.
¡Siempre me ha parecido fantástico, asombroso y admirable!, que en algunas comunidades o pueblos lejanos sigan preservando esa tradición heredada, de las cual algunos sólo se sirven para rellenar mentes y espacio por medio de una “nota informativa”, de cómo los cementerios se llenan con velas y flores, incluso creando caminos con pétalos de flor de cempasúchil —un icono de este día— hasta sus casas, para que las almas de los difuntos no pierdan el camino; mientras en las ciudades, algunos muchos, sólo visitan el cementerio una vez al año, dos o tres si a caso —Día de la Madre, y del Padre, dependiendo—, pues es la costumbre, al igual que no afrontar la muerte con ayuda o, quizá, entereza y aceptación por sobre ese leve pero eterno miedo, culpas y arrepentimientos. ¡Aunque sé muy bien todo esto puede llegar a ser hondamente doloroso!
De muchos y muchas he oído que Halloween, después de navidad, es su día favorito, o viceversa. Para mí, por sobre, casi, todos los días del año, este es mi día, no favorito, más bien predilecto, es complicado; y es que sé es un día que simboliza algo tan humano, tan de toda la vida y todos los tiempos, eso que por sobre todas las religiones, todas las culturas y los tiempos resulta de algún modo tan semejante, y es el recuerdo, el cariño que se tuvo, los momentos aun vivos en la memoria… pues todos, o casi todos, hemos perdido o ha fallecido alguien, o varios, de quienes queremos.
Y, pensándolo bien, un día como hoy y mañana, sí vale muchísimo valorar la vida y la de los que amamos en armonía con los que se fueron o ya no están. Pues algún día seguro seremos uno de ellos, y que mejor que partir sabiendo un día así nos recordaran con cariño, poniendo una ofrenda con nuestra imagen y entre todo eso que en vida disfrutamos con placer. ¡Posiblemente esta parte, este hecho si haya que celebrarlo!



D. Leon. Mayén

Este bosque maldito

Como lo prometí, en el cuento anterior, ayer Halloween, titulado "Ojos ominosos"; aquí les traigo esta lectura para Día de Muertos, y una sucinta reflexión u opinión sobre el día (en una cuartilla), al final y a modo de extra, que poco tiene que ver con el cuento aunque está relacionado de algún modo.

Este bosque maldito


   Aquella tarde era nublosa, de un día normal, al exterior de la cabaña, antiguo hogar de la ya difunta matriarca de la familia. José, el padre de Amabel, la había dejado en la cabaña esperando con su primo Antonio —actual habitante del lugar, buscando independencia y algo de libertad—, mientras él, su esposa, su hermano y cuñada acudían a la ciudad; pues la cabaña se hallaba a mitad de camino de casa de cada uno; siendo que, tras la dolorosa muerte de su madre, cada uno de ellos partiera literalmente en direcciones opuestas.
   En esa cabaña antigua, aparentemente, tanto como el mismo bosque, pero curiosa y notoriamente bien cuidada al interior, contaba con todos los servicios imprescindibles y prescindibles: desde electricidad y servicios de agua, hasta el, relativamente, nuevo calentador solar; internet, y T.V. por satélite. Así, de poco se carecía en la morada, y su ocupante como los esporádicos visitantes gozaban de comodidad al alojarse.
   Amabel, rondando los diecisiete años; de estatura apenas inferior al promedio, ojos marrones y pequeños, y de una mirada que iba desde la intensidad del enfado, hasta la felicidad completa, aunque ésta última muy escasa; cabellos tintados de rojo obscuro; y de actitud desafiante y despreocupadamente arrogante a veces, ya sea con su padre o con alguna autoridad que buscara imponérsele; estaba tumbada en el sillón navegando en su celular, mientras Antonio, mayor que ella, miraba la T.V. saltando sin parar de canales; él, de corte corto, cabellos negros y lacios; ojos azules como los de su madre; espíritu y voluntad siempre positivas y mirando al futuro con deseo a cumplir sus metas; querido por todos, aunque algo de fricción había entre él y Amabel por ello, pues ella siempre era la “mala” del cuento, la rebelde y de malas calificaciones; incluso, alguien, alguna vez, la había llamado «bruja maldita» —y bromeando en la familia la llamaba bruja o brujita, dependiendo—.
   De improviso, la corriente eléctrica se suspendió —una rama se había quebrado por el viento, muy lejos de ahí, cayendo pesada sobre los cables—. Amabel de inmediato se quejó de forma molesta y extensa, pataleando también; y fue ahí cuando una brillante idea le nació.
   —¡Vamos al bosque! —dijo de pie frente a Antonio.
   Él se lo pensó y contesto:
   —Mejor no. Esperemos a que vuelva la luz —ella sintiendo de inmediato su inflexibilidad cambio de táctica—. ¿Qué haces, Amabel? —preguntó al mirarla colocarse la gruesa y afelpada chamarra gris que, apenas llegar, había votado en el respaldo del sillón.
   —Entonces, iré sola. Y si… algo me pasa o me comen será tu culpa que fuera sola —expresó con descaro.
   —¡Por eso mejor no vayas! —Le gritó, apenas antes de que la puerta se azotara. Y farfullando, corrió a abrigarse y darle alcance, pues inevitablemente le preocupaba el bienestar de Amabel; y pensaba darle gusto dando un paseo por el denso bosque, y por sobre las inflexibles e impetuosas ordenes, restricciones, de su padre para que no fuera jamás allí.
   Adentrándose en el bosque, Antonio, insistía alzándole la voz una y otra vez a Amabel que parara, que le espera, al ella escurrirse por entre las sendas; estando apenas a unos cuantos metros el uno del otro, pues aunque ella era de piernas cortas él avanzaba con temerosa cautela: vigilando donde pisaba, donde ponía la mano, y desviando la mirada hacia cada ruido que escuchaba y le resultaba sospechoso.
   El bosque, este bosque, de senderos estrechos ceñidos de forma tupida por árboles secos despojados hasta de la más liviana hoja, y velado al suelo de hojarasca, ramas moribundas y troncos por donde quiera que se mirara; al igual que copiosos ojos que contemplaban, atestiguaban todo lo que ocurría ahí, día y noche; algunos acechantes, otros temeroso de esas criaturas que sólo buscaban saciar sus instintos primarios, animales. Las sendas, los caminillos, algunos, apenas y eran distintivos, otros claramente marcados por el pretérito paso de personas y escasos animales de apenas notorio tamaño. El caris era denso; entre frio y fresco; penumbroso allí donde las ramas en lo alto y bajo se aglomeraban cubriendo la poca luz que llegaba a la superficie previamente sosegada por las pesadas nubes grisáceas; en conjunto con la suave niebla gélida que se creaba, apareciendo y esfumándose a azarosas horas del día.
   Pasado un rato de dilatada persecución, Antonio perdió de vista a su prima.
   —¡Amabel, Amabel! ¡No es divertido!; ¿dónde estás?
   —¡Bu-u-u! Ja, ja, ja, ja —emitió ella surgiendo de detrás de una roca; no muy lejos de él.
   —¡Maldita sea; no es gracioso! —La reprendió con severidad; como siempre hacia su padre.
   —¡Eres un cobarde, siempre lo has sido! —interpuso enfadada, caminando hacia el precipicio, donde terminaba abruptamente esa parte del terreno, para continuar unos veinte metros debajo.
   —¡Amabel!, no vallas para allá; es peligroso.
   —¡H-m-m! —expresó guturalmente, arrogante y decidida.
   Amabel echó un vistazo y, siendo ella, permaneció así un par de minutos, pues jamás mostraba ante nadie miedo alguno; volvió y a poco menos de un metro de la orilla, del límite al “vacio”, Amabel pateó el tronco de un árbol con ímpetu, repetidas veces. Se quitó la chamarra, y usándola algo así como soga, pasándola por detrás del árbol y sujetándose de ambas mangas se balanceaba meciéndose con vilipendio a su seguridad y la angustia de Antonio, expresando con placer un sonoro «Yupi, yupi… güi », al hacerlo.
    —¡Basta, Amabel, por favor deja de hacer eso, te vas a caer… para ya! —suplicaba Antonio con angustiada voz.
   —¡Ah-h-h! —exclamó Amabel; al tiempo que voló su chamarra por el aire, cayendo flotante por el precipicio; mientras carcajeaba en el suelo, mirando la expresión de terror en Antonio.
   —Eres odiosa, Amabel; una mocosa que nadie quiere —dijo buscando revancha, desahogando la angustia que le abrumaba—. ¡Volvamos! Y camina al frente donde te vea.
   Amabel calló al percatarse de la lágrima que escurría por la mejilla de Antonio.
   Caminando de regreso, Amabel se sentía apenada, turbada por sentimientos poco explorados por ella. Entonces a medio camino se detuvo dando media vuelta y dijo con voz apagada:
   —¡Lo siento… Antonio! Es que yo… yo… Como dijiste nadie me quiere. Se la pasan reprendiéndome por cualquier cosa que hago mal; es igual en casa que en la escuela. No tengo amigos, no tengo con quien… Estoy sola —reveló sentándose sobre el tronco de un árbol caído, con las manos en los bolsillos de la chamarra que le diera casi de inmediato Antonio, y mirando al suelo con aflicción—. Me siento sola; y supongo por eso soy así, busco llamar la atención esperando…
   —¡No estás sola, Amabel! Me tienes a mí. Yo te quiero; somos familia. Puedes contar conmigo para lo que necesites y cuando quieras. Pero por favor deja de hacer tonterías como la de hace rato, ¿sí? Y cuando te hartes o te sientas sola sólo llámame o ven a verme —Amabel levanto la mirada y respondió a la cálida y sincera sonrisa que le daba Antonio de igual modo—. Ven, párate y deja que te abrace. Sé que no das abrazos pero has una excepción conmigo —Amabel se levando y, en principio, lo abrazo anémicamente, para después estrujarlo con fuerza antes de soltarse—.
   Caminando por un breve rato, estando en medio de un pequeño terreno despoblado de vegetación, cubiertos por la negra sombra de una densa nube, Antonio se detuvo, y mirando desconcertado de un lado a otro, de arriba abajo, dijo sin más:
   —Nos hemos perdido; no sé por dónde ir —Al encontrarse con la mirada de su prima, ella le sonrió algo apenada; pero indispuesta a reconocer culpa alguna—. ¿Podrías tomar una rama y volar alto para saber qué camino seguir? Je, je, je —insinuó bromeando.
   —“Ja-ja-ja” —expresó Amabel con ironía, empujando a Antonio y dando ella media vuelta en busca de la dirección que tomar —Pasados unos instantes, volvió—. Levántate; no te empujé tan fuerte. Se hace de noche. ¡ANTONIO! —exclamó ella, al mirar la sangre que, inadvertida, le brotaba de la boca al buscar pronunciar palabra, y resultando en un mero quejido ahogado.
   Desesperada, aterrada, Amabel no supo qué hacer más que correr, presa total del pavor que le domaba, en busca de ayuda. Corrió y corrió sin parar, tropezando por el miedo reflejado en sus piernas que, pasado un rato de partir sin rumbo cierto, comenzaban a aminorar sus fuerzas. La desesperanza de no encontrar el camino, de no saber siquiera… de desconocer totalmente si se alejaba o aproximaba a la cabaña, debilitaba su temple con poderío; y es que, al imaginar la magnitud de lo que podía pasarle a Antonio si no llegaba pronto la ayuda la hacía no detenerse y seguir adelante sin importar que. Con lágrimas incontenibles en sus ojos, al tropezar por última vez, soltó un iracundo bramido de frustración; y al erguirse tan aprisa como todas las veces anteriores, diviso entre la maleza las luces interiores de la cabaña. Entró gritando en busca de ayuda, pero nadie había; sólo la televisión encendida, sin nadie ya que la viera. Se abalanzó sobre el teléfono, pero éste no daba tono, ya que llevaba días descompuesto; por ello, con prisa, hurgó en sus bolsillos en busca de su teléfono, pero no estaba… Y quedó pasmada de la impresión de recordar que estaba en la chamarra que volara por los aires. Con frenesí buscó por toda la cabaña en busca de algo, incierto para ella, que le socorriera para pedir ayuda o, bien, para atender a Antonio. Entre lágrimas dolorosas y sollozos ruidosos, ella decidió volver a donde yacía esperando su primo. En el momento que Amabel salió rauda de la cabaña, justo llegaban sus padres para recogerla. Amabel detuvo el auto interponiéndose a su ya lento andar.
   —¡Papá, papá! —exclamaba con demacrada voz y gesto, entre abundantes lagrimas y gemidos—. Antonio, está…
   —¡Qué, Amabel!; ¿dónde está? —La cuestionó sacudiéndola de los brazos —¿Dónde está?
   —¡En el bosque, papá! Se cayó y… —Halándola del brazo, la exhortó a dejar de llorar y lo llevara donde estaba él; ulterior a instruir a su esposa a que aguardara y llamara a una ambulancia.
   Minutos más tarde, José, tras su hija contarle con dificultad lo ocurrido, vociferaba:
   —¡Maldita sea, Amabel; dime para donde es ahora!
   —No sé, papá —respondió ella, compungida, acongojada hondamente por lo que ocurría, y podría ocurrir; sin dejar de llorar a mares.
   Minutos después, cerca al atardecer, dieron con la pequeña zona despoblada de verde vida. Amabel, estando próxima al lugar, a espaldas de su padre, lo miraba sobre Antonio; al llegar ella, y mirar a su padre dejarse caer de sentón sobre el suelo y entre lazar las manos al frente con la mirada al suelo; al ella mirar a Antonio: sobre el grupo de pequeñas rocas y ramas, acostado de espaldas con la boca y nariz escurriendo sangre seca, y mirando a la nada con fijeza; la sensación más horrible que jamás había sentido en su joven vida le azotó fulminante, desde el pecho hasta la cabeza, haciéndola desplomarse en el suelo, luchando entre la realidad ante sus ojos y la negación de su mente, eso inverosímil, ocurrido tan perceptiblemente en brevedad; llorando profundamente la muerte de Antonio. Cuando, entre clamores de negación, Amabel trataba de acercarse a su primo, José la detuvo.
   De regreso a la cabaña, llevando José en brazos a su sobrino, Amabel sentía, a momentos, un imperioso impulso de correr sin parar, como hiciera hace poco, y perderse en el bosque, profundamente oscuro ya —justo a donde se dirigía—.
   Los días pasaron y se hicieron tormentosos meses. También, fuera de ella, de sí misma, revivía aquel día con dolor y pesar escuchando de voces familiares y ajenas oraciones como: “¡No debiste salir al bosque!, ¡No debiste dejarlo solo!, ¡Es tu culpa lo que ocurrió!, ¡De no ser por ti él todavía viviría!, ¡Tú lo mataste!”. Ante todo esto, Amabel callaba, tragándose la pena y el sufrir nacientes aquella tarde; cada vez más distante en el calendario, mas no en la mente y alma de quienes por ello desolaban. Ahora como nunca, Amabel estaba sola.
   Los años pasaron, Amabel abandonó la escuela, pues si bien el acoso por la muerte de Antonio, había dejado profunda huella en ella, y muchos ya se habían aburrido de joderla constantemente, otros se emperraban, cual imbéciles moscos en ventanas, a fastidiarla; pero ella, por sobre todo esto, no conseguía olvidar, superar, sus propios tormentos, las agonías inclementes que turbaban su vida haciéndola pesarosa y repleta de arrepentimiento, un arrepentimiento sin aparente fin.
   Una mañana, tras el ya bien plantado insomnio, Amabel anuncio a su madre que iría a la cabaña, ahora abandonada, de la abuela —como toda la familia la conocía y refería—; su madre se limitó a asentir con la garganta, y tristemente Amabel se marchó diciendo: «Te quiero, mamá». Al llegar José a casa del trabajo, de inmediato fue informado sobre su hija, y él, disgustado, fue en su búsqueda, no por preocupación o angustia sino por qué… él sentía debía limitarla, castigarla eternamente en consecuencia de lo ocurrido. A toda prisa partió en su auto hacia el bosque. Apenas al llegar encontró un papel pegado en la puerta, lo arrancó con brusquedad y lo leyó:
   “Escribo esto porque me siento cansada, harta de todo y todos. Mi dolor por lo que paso hace justo cinco años no aminora, y al contrario crese sin parar, desgarrando mi pecho entre pesadillas y un dolor tan hondo repleto de arrepentimiento y sufrir moral que ya no resisto más… ya no quiero. No soporto los ojos de todos mirándome, juzgándome sin compasión sin importarles lo mucho que me destruyen con sus comentarios crueles, inhumanos, culpándome por eso… Nadie los detiene cuando en la escuela, sin importarles que llore en sus caras, me escupan palabras desalmadas hasta acabar en el suelo. Mis padres… ellos son igual que ellos, no por cómo me tratan, pero sí por su indiferencia, su menosprecio y desatención a como me siento; nunca han observado cómo me siento, esta tristeza y soledad que porto ya arraigada desde siempre.. pero más intensa e insoportable ahora. ¡No puedo sacarlo de mi mente...! aquellas últimas palabras que Antonio me dijo esa tarde… Y ahora comprendo que realmente no estaba sola entonces… no como ahora, no como me esperaría el resto de mi vida. Por más que ruegue e implore de rodillas jamás podre logra que él vuelva, que lo que pasó esa tarde jamás haya ocurrido, que todo sea una simple historia cruel, y no esta pesadilla agonizante y sin fin. Con lo que haré espero por fin encuentren paz quienes lastime, que me puedan perdonar por haber matado a mi primo, él que me quería; buscaré su perdón adentrándome en este maldito bosque que toda la familia odia desde que la abuela muriera de inanición un invierno; por qué sé, jamás debió pasar esto, y merezco ser castigada. Tanto quisiera haber caído por el barranco aquella tarde y con ello no arrebatarles lo que tanto amaban, a quien maté por estúpida e imprudente; pues bien sé que mi vida jamás valdrá ni la mitad de lo que la de Antonio valía, una gran vida le esperaba… y yo lo privé de eso, por sobre la mía que, siendo un asco y una miseria sin remedio es mejor que termine pronto, antes de que provoque algo semejante de nuevo. Al morir, si por error termino en el mismo lugar que él (José corrió como nunca en su vida por el bosque, con el corazón acelerado y la vista agudizada en busca de su niña), pediré su perdón, rogando no sea como los demás, de quienes su perdón jamás recibí aunque sea para poder morir en paz ahora. Y también deseo con mi ausencia la familia vuelva a unirse.
   A quien encuentre esto, dígale a mi padre que lo siento, siento haberlo defraudado, haberle faltado tantas veces al respeto siendo tan imbécil testaruda como él, que espero con mi muerte pueda perdonarme la de Antonio, al igual que el resto de la familia; también que espero me recuerde como la niñita que tanto amó, y no la bruja en que me he convertido, la que tanto odia, igual que todos… tanto como yo. Espero que encuentren mi cuerpo antes de que los bichos del bosque me devoren, y si no que más da.
   ¡Lo siento!”
   Amabel, llegó al lugar donde falleció Antonio. Miró sonriente el lugar recordando aquellas bellas palabras que le dijera en ese glorioso momento, también recordando todos esos momentos compartidos en la infancia. Cayendo de rodillas rompió en llanto repitiendo una y otra vez: «¡Perdóname!, ¡perdóname!, ¡perdóname!», la saliva y mucosidad transcurrían desde su boca y nariz hasta por las fisuras entre las rocas, del mismo modo que hiciera la sangre de Antonio hace años: cuando al tropezar de espaldas se le encajara una rama, apenas y unos centímetros pero, perforando el pulmón; y a la vez se golpeara con fuerza una de las vertebras con una puntiaguda roca. Reclinándose sobre sus piernas, sacó de su chamarra el cuchillo que tomó de la cocina antes de salir, cuando su madre ni siquiera volteara a mirarla. Después de enjugarse con la manga las lágrimas de los ojos, y el rostro, cortó prontamente y de un tirón en transversal. El fluido rojizo intenso escurría a chorros, bañando las verduscas y grisáceas rocas, para después afluir creando un caminito que llegaba hasta la base del cumulo de rocas. Amabel, yaciendo inerte, miraba el cielo claro como pocos días en la región, hasta que sus ojos lánguidos, tras un parpadeo, se sellaron…
   Las ramas se quebraban una tras otra, vivas y muertas en el suelo. En cuanto José llegó y miró con horror a su hijita en ese estado, echó a llorar, aterrado, impotente, casi vahído; tomó fuerzas, y de pies a ella sacó presuroso la navaja multiusos heredada por su padre, y con sagacidad se cortó la manga del brazo izquierdo para contener la hemorragia, apretando, anudando, tan fuerte como pudo. Cargándola entre brazos, mientras ella, pálida e inconsciente, se sacudía por el apresurado y desesperado avance por los senderos silvestres, José se esforzaba por mantener su mano en alto, por sobre su pecho. Al llegar al auto, la sentó en el asiento del copiloto, le puso el cinturón de seguridad y, quitándose el cinturón de un fuerte tirón, ató su mano a la agarradera. Votó la navaja en el cenicero, y, tras maniobrar con el auto, pisó a fondo. Conduciendo frenético por la carretera, cada que espejeaba a su costado, veía de reojo a su hija con la mano pendiente por sobre ella; y desde su muñeca líneas irregulares pintadas con claridad hasta el dorso de su mano; su rostro oculto por sus largos y desaseados cabellos. Al entrar en la ciudad, con insistencia se esforzaba, hasta ahora, por que despertara, suplicándole, moviéndola con instancia diciendo:
   —¡Hija, por favor despierta, despierta! —La sacudía, y volteaba su cabeza hundida en el pecho para poder mirarla— ¡DESPIERTA, AMABEL! ¡Por favor, abre los ojos, mi amor! ¡No me dejes…! ¡Perdóname, hija! —pronuncio lastimero, con el rostro lleno de lagrimas y golpeando el volante con rabia.
   Saltándose todos y cada uno de los semáforos y manejando temerario llego hasta la clínica, el lugar más cercano. En brazos la llevó a la recepción donde, gritando con consternación, fue dirigido por una enfermera hasta una camilla; la llevaron al final del corredor al único quirófano del edificio, y en sucintos momentos entró un cirujano.
   José, sin consuelo posible, daba vueltas sin parar en el corredor, llevándose las manos a la nuca y la cabeza, odiándose con toda el alma, temiendo pasara lo peor, compungido por el pasado y suplicando a lo alto por un posible futuro... con su pequeña, con su niñita.
   Horas después, el celular de José vibraba y vibraba, pero él no atendía. Sostenía la mano de Amabel, acariciándola y rogando, mascullando, su perdón por ser tan nefasto padre, por no estar para ella cuando más lo necesito en su vida, cuando nadie más estuvo para ella… y él debió estar ahí. Pero por sobre todo, quería decirle como nunca que la amaba por sobre la estupidez que profesó y le segó durante años, décadas tercas e irreflexivas. Apenas abrió sus pequeños y preciosos ojos, iluminados por la luz del alba, la abrazó y, le dijo lloroso, arrepentido, tantas cosas… tantas cosas.
    Sabiendo, Amabel estaba despierta y bien en lo cavia, respondió al celular, que por enésima vez vibraba —siendo todas esas veces su esposa quien llamaba—. Afuera de la austera pero cómoda habitación donde yacía Amabel, José contó, hipando, y conteniendo el llanto, a Antonia, su esposa, lo ocurrido; para apenas colgar volver a lado de su amada hija, donde siempre estaría.


D. Leon. Mayén


Escribiendo cosa como esta, y leyéndolas, es que me pregunto por qué creo cosas así, tan horribles, dolorosas y tristes sin mesura; pero supongo peor es la vida, pues yo sólo roso sutil lo probable, el tal vez, ¡espero!; ya que saber de una historia así o verla… eso realmente sería horrible, mas allá de cualquier monstruo tenebroso, espantoso como tantas otras historias detrás de ramplonas notas en noticieros, blasfemas descripciones al dolor ajeno en diarios e internet; eso me parece es lo más horrible y asqueroso de esta vida, el menosprecio imbécil a la vida, de todos los días y de toda la vida.
Y aquí mí reflexiva opinión sobre Día de muertos.

lunes, 31 de octubre de 2016

Ojos ominosos

Ojos ominosos


   Aquella noche era tan obscura como todas… pero fue mi última como tal, como todas las previas. Por ello escribo esto esperando preveas.

   Sus ojos son saltones, negros como el aceite, acuosos y brillosos cuando la escasa luz de la penumbra se refracta en ellos; enormes, exorbitantes como sólo aquellos, pero sobre todo abyectos cuando al encontrar su torvo mirar salen agitadamente de sus cuencas voluminosamente cóncavas, para reiteradamente regresar más adentro de donde estaban, y así repetitivamente sin cesar, sin parar, sin evidente descanso; hasta que no los ves más… y no por su ausencia… Siempre están mirándote. Este ser ominoso, sombrío, de apariencia macabra o quizá funesta: bajito sin llegar siquiera al metro; y que sospecho deforma según le convenga; de piel opaca, casi, pero no negruzca, áspera al tacto, cual lija, mas no a la vista, y tonalidad variante según el sitio en que se acobija; escuálido, demacrado de figura, pero hábil como ninguna criatura; su cabeza… pareciera ser enorme, pero ahora reflexionó es una mera ilusión propicia de su aspecto escueto de carne y resaltado en sus ojos prominentes, así como por su cabeza; su boca apenas diminuta y de escasos centímetros cuenta con minúsculos dientecillos horizontales, afilados cual punzantes agujas por quebrados pero, a la vez, sin forma de serlos y escasamente visibles. No hay nariz aparente en su aciago rostro, ¡en este infausto ser infame!
   Por la noche, en la negrura de un rincón oscuro, o de igual modo en el día en sitios símiles, de tu hogar, él está ahí. ¡Maldito enano mirón, voyerista infeliz! Te observa sin que lo adviertas, sin que siquiera lo imagines o presientas, ¡que si lo sabré, maldita sea! Está bajo la mesa mientras haces lo que sea que hagas; él te mira expectante a tus movimientos, en posiciones contorsionadas y que quizá te resultarían incomodas, mas no a él; está cómodo mientras nos mire; pero no te angusties, pues si por error algún objeto tiras o simplemente hechas un vistazo, ya se habrá escabullido de tu encuentro… de tus ojos que sin ser consientes temen verlo; para entonces, cuando retomes tus actividades, él ya estará en otro sitio sombrío, oculto, acechante de ti, contemplándote en un rincón, por entre una rendija, una fisura en algún mueble, quizá debajo de algún otro mueble semi-hueco con el suficiente espacio para alojarse y mirar… como tanto disfruta.
   Estoy seguro que esos ruidos sin aparente motivo, sin aparente origen o causa, son por qué él ha pasado por ahí, ha puesto sus palmados pies y huesudas manos, garras, en esos muebles que ante él crujen por su presencia —porque sólo para eso ocupa sus extremidades, para desplazarse y poder mirar desde todos los ángulos posibles—; cuando la tapa del inodoro cae en medio de la noche, seguro es él, ¡desgraciado meón! Los perros, por la noche, le ladran sabiendo acecha en moradas aledañas —o quizá por qué le perciben— saciando su ruin necesidad natural e insaciable en él. Objetos cambiados de lugar o perdidos, los mueve él para con ese propósito mirar que haremos, como reaccionamos, y gozar con la escena. ¡Seguro!
   Hagas lo que hagas, estés donde estés, ten por seguro está contigo en la misma habitación, tal vez en otra sí es que desde allí puede contemplarte. Lavándote la boca, las manos, duchándote, está de pie detrás de ti, asomando por el marco de la puerta; ¡mejor ciérrala! Mirando T.V. o jugando videojuegos, mirando eso que tanto disfrutas o sólo matando el tiempo, está contigo, y no mirándolo, mirándote fijamente con sus inmensos ojos aceitosos, oscuros como las sombras donde se resguárdese. Cuanto más concentrado te estés en algo, más atento en ti él está, más cerca, pues no prestas atención; probablemente a centímetros de ti, y no lo sabrás; no hiede como aparentaría si lo vez, no exhala pues nariz no tiene… no expresa pues sólo mira y mira… a nosotros y nada más. Mirando el móvil, oyendo música, leyendo un libro en la gozosa complacencia de tu hogar, ya sea tu cómoda habitación, sentado o en la cama… o como sea y donde sea; pero sobre todo, mientras ese objeto entre tus manos te crea un inevitable ángulo muerto al frente de ti, bien podría estar detrás de dicho objeto; a los pies de la cama o a un costado, sobre algún mueble, ¿por qué no?
Ojos ominosos
   Bajo la cama, en el closet entre abierto o a través de las rendijas de éste, en cualquier penumbroso lugar, o donde quiera que pueda escapar de tu vista periférica, ¿estará ahora ahí, mirándote leer esto? ¿Piensas, se te ocurre algún lugar donde podría estar vigilándote ahora mismo? ¡NO VOLTEES, NO MIRES, NO LO BUSQUES!, pues no lo hallaras donde quiera que observes; se escabulle como ningún ser en este mundo, ¡el muy bastardo! Si acaso lo verás fugazmente, en menos de un instante, cuando tus ojos digan a tu cerebro creer haber visto algo por un borde de éstos, una sombra transitoria como el moverse de una silueta difusa, que inevitable guía tu mirada en busca de eso sin forma, sin designio; o algún ruido inusual; pero no será nada naturalmente. Él es tan hábil, tan sagaz que jamás en espejos o fotos aparecerá. ¡Una mente macabra, sagaz, lóbrega y siniestra se aboveda tras sus brillosos ojos… inmensos!
Ojos ominosos
   A punto de dormir, sintiendo el movimiento involuntario de tus extremidades, ¿será él, y tu cuerpo alarmarse instintivo por su sutil presencia? Cuándo dormido tu cuerpo no responde al llamado de la conciencia que a gritos clama ayuda para despertar, mientras como un tormentoso sueño que se torna una ansiolítica y abrumadora pesadilla desgastante, mientras en tu mente te miras a ti mismo desde otro plano luchado por mover el más liviano de tus músculos, ¿podría ser él, tan cerca de ti que tu ser te protege de no avivar y mirarlo; todo en medio de una profunda lucha inconsciente para no verle… no saber de su existir?
   Seguro te preguntas que pasaría si le vez; cómo es que sé tanto de él si es imposible mirarlo… ¡Maldita mi suerte por saberlo! Te lo diré, esperando, deseando no corras el mismo destino: Aquella noche era cualquier otra noche, quizá como ésta. Yo, terminando de perder el tiempo en la computadora, fui a seguir un rato con el celular. Pasaron los minutos que en realidad eran de a poco horas, y el sueño me era inconciliable, mi cabeza estaba más activa incluso que en el día, pensando y pensando en bobadas y cosas importantes. Contemplaba una y otra vez cada rincón en mi habitación; todos y cada uno de los objetos que en él había, y que tanto apreciaba; miraba el suelo, el techo… todo en él.  La tormenta había comenzado hacia un par de horas, lluvia, truenos y rayos incesantes fustigaban el entorno próximo; con tal estruendo e ira que parecía el mismísimo cielo buscaba reclamar el alma de alguien con ansia. La corriente eléctrica se cortó mientras veía T.V. buscando el anhelado cansancio. Por lo cual, ¡estúpidamente!, acudí al cajón próximo a mi cama, para sacar de él una barra de luz quimioluminiscente —de esas que venden en algunas tiendas de autoservicio en el departamento de acampar—, la saque de su envoltorio, la tomé pero, cayó al suelo y se rodó… la busqué a tientas, pero no aparecía. Asomé bajo la cama esperando hallarla, ayudado por la escasa luz proveniente del exterior, y lo logré. La así, la flexione hasta que tronó quebrándose el cristal, y la sacudí con intensidad; en cuestión de segundos ambas sustancias se mezclaron y la barra iluminó, en un espectro lumínico azulado, y ahí estaba él, frente a mí, a centímetros, mirándome estar aterrado, sacando y metiendo esos repulsivos ojotes negros sin cesar y cada vez más rápido. Mi, en ese momento,  frágil corazón bombeaba a todo lo que daba sin parar, martilleándome en el pecho, zumbándome los oídos, sentía que desvanecía del shock de ver a tan grotesca, hórrida criatura. Sin fin a mi desgracia, y siendo este el comienzo de ella, dos fulgurosos relámpagos, de rayos cercanos, iluminaron mi habitación al tiempo que la ventana se cimbraba de temor, uno inmediato al otro, como si alguien, o algo, quisiera que siguiera mirándolo, y así fue; luchando en mi abatimiento, con el corazón pinchándome con el ardor de un hierro punzante y al rojo vivo atravesándome hasta el mero centro, en mi horror purgatorio, meciéndome entre este plano y el etéreo que da fantasía a la muerte, me esforcé desesperado por clamar la ayuda de alguien, quien fuera… pero nadie acudió, pues simples y lábiles esfuerzos por completar siquiera una nimia silaba los lograba lánguidos. Me tiré al piso esforzándome por alejarme de aquel ser macabro —pues las piernas me fallaban provocándome traspiés constantes al intentar ponerlas en función—, que mientras lo hacía —aún con la luz en la mano para guiar mi pronto avance—, noté me seguía, a pasos lentos y sin parar de hacer eso que hace con sus viles ojos; yo me arrastraba, braceando con premura pugnada, esperando ganar una carrera que parecía eterna e in-ganable entre ese ser y mi extenuada bomba de vida, que cada vez intensificaba su labor, llevándonos sin saberlo a un fatídico final en el que, seguramente, lo último que vería serian esos ojos ingentes, voluminosos, retrayentes y salientes.
   Apenas y pude abrir la puerta él me pasó por encima. A los pocos minutos me encontraron en el pasillo — llamados por el alboroto de objetos caer— inconsciente y a nada de morir. Dicen que por fortuna me lograron reanimar en urgencias, —estando a calles del hospital—.

   Los meses han pasado; entre despiadadas noches en vela temiendo vuelva, sin apagar las luces e ingeniándomelas para que cada rincón de mi habitación esté iluminado; y días vigilantes buscando con miedo su presencia en los rincones penumbrosos creados por el sol… En aquel lugar. Temo a la oscuridad como ni siquiera lo hace un infante. La llegada de la noche me aterra tanto que mi ansiedad se desborda cuando miro el reloj o la luz diurna marchitándose, abandonándome; antes de los ansiolíticos me comía las uñas con frenesí, me rascaba los brazos o cualquier parte del cuerpo buscando desahogar esa ansiedad anticipatoria. Las pesadillas… las pesadillas son… Eran tan intensas y vividas como si reviviese ese momento una y otra vez, y no sólo viéndolo a él, sintiendo todo lo que sentí aquella noche, mi última en libertad; una libertad de la cual, ahora en gran parte, carezco enjaulado por mí mismo… a causa de él.
   Las pastillas me permiten descansar apenas y unas horas, pues entre pesadillas y mi paranoia, incrédula aquí para pocos, no concilio el sueño como debiera. Cuando los parpados me pesan de cansancio y el cerebro se me comienza a apagar en automático, vuelvo a estar alerta, pues sé es cuando aparecerá, y vendrá a contemplar lo que aquella tormentosa noche provocó, creó... dejó de mí; como cualquier otra noche, como ésta.
   He escrito esto, también en parte —y durante largo tiempo—, con la permisión de uno de mis “rehabilitadores”, pues cree me será de ayuda realizarlo, dice me servirá para aclarar mi mente y progresar. Uno de mis amigos aquí, un enfermero del cual omitiré su nombre, me ha prometido entregar esto a un conocido suyo, fuera de estos muros.
   Apenas hablo de él, «Ocuigens», como le he bautizado —por recomendación para mi “pronta recuperación”; y gracias a mis tiempos de recreación entre bicolores lienzos instructivos—, con mis compañeros, me sacan de la sala; en cuanto me alteraba reviviendo aquel momento me drogaban para que durmiera. Ocasionalmente me esmero por causar problemas y con ello me encierren en solitario… En esa habitación acolchada en sus seis caras, pues me es más fácil cuidarme de él ahí, sabiendo no podrá entrar, o mirarme, ya que pernocto en el muro de la puerta colocando un pie en ella previendo quiera entrar. Mis cuidadores, de claro vestir, son gentiles conmigo y a petición mía no apagan nunca la luz cuando en esa segura habitación me encuentro resguardándome de su presencia. Lo mismo deberías hacer, pues él, avieso, está ahí y te mira, te observa con avidez… aunque tú no lo sepas o lo presientas... lo creas o imagines. Si tus ojos han leído esto… asume en cualquier momento que él te está observando; pero no lo pienses demasiado, porque bien podrías terminar… Bueno, espero te hagas una idea de cómo.

   Al igual que tantos me creerás un loco más y, llegado a este punto, seguramente sobran motivos; pero si lo haces es mejor que raciocines el por qué de dicha conclusión sobre mí. Si me crees un orate por un temor inconsciente a que yo tenga razón, diga la verdad —siendo “mi locura” precedida por un brutal golpe de realidad—, y jactándote creyendo que por el simple hecho de creer que algo —con la mente limitada— es inverosímil o escasamente probable, esto resulta de inmediato y por conclusión en algo falso; no lo hagas. Creerlo así no lo hace improbable, sino más bien lo vuelve algo oculto, desapercibido en primera instancia, como tantas cosas en este mundo, hasta probarse lo contrario; ya que carecer de pruebas sobre su existencia no lo hace falso; pero… ¿carecer de pruebas positivas, no lo hace meramente desconocido o más cierto?, sabiendo la peculiar naturaleza de él, sobre todo. Guiarse por la ancestral y arraigada arrogancia de darlo todo por hecho resulta innatural, no para nosotros, sino para el modo en que está constituido el Universo mismo. Sólo podemos ver una fracción de lo que el mundo, la vida es, una parte tan nimia que visto con buenos ojos termina siendo nada… Y en el todo que no percibimos, que apenas e imaginamos, está él con sus ojos saltones, observándonos atento mirar apenas algo insignificante de lo que seguro él sí puede ver; ocultándose seguro en el abrigo de la endeble franja de lo real e irreal, lo creíble y lo improbable para nosotros. Pregúntate con ingenio, con inteligencia tan desmedida de la media popular como te sea posible, al creerme un loco perturbado: ¿Qué tan real es la realidad? ¿A caso no es real lo real, meramente por hechos, conclusiones y todo lo que percibimos como legitimo, y que en conjunto a nuestros sentidos da cabida a la «realidad» sabida y aceptada hasta hoy? ¿Lo que aún no se descubre, se conoce o se ve, existe ahora que es desconocido, que es ignorado por la conciencia?, ¿o existe sólo hasta que lo reconocemos con la percepción, los sentidos y el raciocinio?; ¡y son muy limitados comparativamente, no lo olvides!
   ¡La realidad sólo resulta la mera percepción de ella!; y todo en ella es real, ¿o no? Puesto que… Por ejemplo, las hadas, unicornios, dragones y criaturas fantásticas, míticas, no son reales como tal, ¡pero lo son!, incluso llegan a tener cierta vida, vida que le hemos dado partiendo desde la mente, la imaginación inventiva, y hasta la figura.
   Concluyo que en la peor de mis desdichas, de mis tormentos vividos, si él fuera una mera alucinación producto de mi imaginación averiada, él es real por el simple hecho de presentarse en este plano de lo conocido, ante la conciencia mortal que se me ha concedido, y por muy discrepante que resulte a la de los demás; ¿o es… es que es real sólo para mí por haberlo “visto”; —y/o hasta que se replique—?, pero real de algún modo… ¡Ya no sé si lo sé, o que es lo que sé! Pero, piensa en él, hazlo ahora, piensa que te observa con sus ojos turgentes, vertiginosamente salientes y retrayentes… —y si tentado a voltear, a buscarlo estás, hazlo pero, sabes que ocurrirá—. ¿Qué tan real es? A caso ahora, en tu mente, ¿no es real?



D. Leon. Mayén




lunes, 10 de octubre de 2016

Reseña: María, de Jorge Issacs

Reseña: María
De: Jorge Issacs


Autor: Jorge Isaacs (1837-1895) Poeta, novelista, y participante activo de las luchas civiles que sacudieron Colombia en el siglo XIX. Único autor de esta novela y un libro de poemas.
“MARÍA, considerada una de las más destacadas de la literatura romántica hispanoamericana”. Fragmento de la contraportada.
Páginas: 215 (Formato A5)
Publicación: Bogotá, 1867
Como de costumbre este libro "llego a mi" de forma inesperada, por azar. Al comienzo me costó adaptarme a su estilo poético de describir la Colombia de aquel tiempo, sus paisajes. También comprender los modismos de aquella época y en aquel lugar, aunque bien algunos me fueron más que claros.
Muchas veces estuve a punto de dejarlo, pues me parecía nada trascendente, monótonos los sucesos. Pero, en los capítulos subsecuentes grácilmente me sedujo la trama, los personajes y los acontecimientos —teniendo incluso una pesadilla muy interesante y excitante, por la parte de la casería—; ansiando cada vez más saber que ocurriría con Efraín y María. Los últimos capítulos... bueno, a mi parecer le dan todo el sentido a la historia, a la vez que lo trastornan todo bella y románticamente, pero más que nada con lóbrego. ¡Cien veces lo leería!, siempre con la esperanza de que fuera otro el final.
No me gusta mucho hablar de cuestiones técnicas sobre los libros que leo, pues eso me lo reservo para mi aprendizaje como escritor; a lo que mayor importancia le doy es la trascendencia, lo que deja, cambia y me hace reflexionar sobre lo leído, y si bien me va, la vida misma —como en este caso—. Pero esta ocasión lo que más me ha fascinado de la obra es su concisión al narrar, sin demasiadas bagatelas; pero más aún los diálogos, tan coloquiales, tan… como de alguien como yo, alguien cotidiano que simplemente se expresa y ello quedara plasmado en los diálogos; también llega a ser un poco dificultoso captar, a veces, lo que se dice.
Me parece evidente, no es una lectura para cualquiera, más que nada por qué resulta muy clásica, diría yo, refiriéndome a aquellas épocas. Pero sí, pienso, basta con captar el contexto global de la narración y la historia para disfrutar de ella.
Uno de los dones de la literatura, una de sus magias es crear imagines en nuestras mentes imaginativas… Y en particular, ahora, no puedo apartar de mi mente esa imagen final, al pensar en este título, claro por sobre otras más creadas al mirar sus letras, y también inolvidables como gratas.
Por obras como esta amo con pasión gozosa la literatura clásica, pues eran otros tiempos, era otro mundo, otras costumbres; a la vez que en esencia lo mismo; y creo con fervor al leer éstas, formo una pequeña parte de todo aquello; lo que el tiempo ha transformado, se ha llevado inevitable, y que tristemente hemos trastornado, para bien y mal.



D. Leon. Mayén

sábado, 8 de octubre de 2016

Indescifrable: Código Libro Añejo

Código Libro añejo


¡Llevo días, noches, in-narrables momentos en el sanitario, meditando, pensando en cómo descifrarlo, que mensaje oculta! Esto que ahora relatare me tiene desconcertado e incrédulo a los acontecimientos, los hechos, que si bien me parecen poco probables, no así inverosímiles de acontecer en este mundo sempiterno de posibilidades como de probabilidades.

Algo nimio
Hace más o menos mes y medio, creo —no soy muy bueno con los eventos “intrascendentes”—, me obsequiaron, proveniente de un tianguis, y siendo de segunda mano —o quizá tercera, ja-ja—, el libro «La Guerra de los Mundos» de «H.G. Wells». Titulo que a mis ocho añitos, ja-ja, lo leí sin llegar siquiera a concluir el primer capítulo; ¡entonces no era lo mío leer!; y después desaparecido de entre mis posesiones.
Realmente, siendo sincero, fui a votar el libro a mi librero, no por desprecio, aun con que este despastándose y las hojas estén… como arrugadas —temiendo sean rastros de insectos de los libros—, sino por qué actualmente tengo demasiados libros “en puerta”.

¿El código indescifrable?
Entonces, algunos días después, en medio de tormentosos días en mi existir, buscando distracción alguna, me decidí por tomar este libro, y hojeándolo descubrí esta nota. En primera instancia me pareció un papel más, tal vez a modo de separa libros, mas al observarlo a detalle noté, de un lado un enigma y del otro un mensaje cifrado. Conteniendo lo siguiente —sin comillas—:
“b-11-1/14-3/20-3/10-19-10-1/8d
12-1/17/5-19/15/6ie5-3e9-19-17-17-6e1/15e1/14e20k-14/6ie1e16-17-6/5/1/18-3/10-6e16-19/2-19/17-18/1m18-1e16/19-2/6e20-6/15e14-6e5/19-8eo19-14/3-6/8-6e7k1e18-1/15-2-6qe20-6/15-6/20/3-5-3/1-15/18-6ie8-19/9-3/10-k17-3/19se15/6e20-6-15e10/3-15-1-17-6e3/10-3/6-18/19m
17-3/1-18/1e101e1-8/18-19e20-19/9-17-6/15-20/3-18/6e14-14/6-17-6/15m”

Y al reverso:
“Resuelve esto y podrás resolverlo todo en tu vida.
Si te frustras pregunta a Poe que haría, gorgojo amarillo.”
«Imágenes en la parte inferior»

Leyendo lo anotado al reverso, o al frente, depende como se vea, no lo entendí de inmediato, sino hasta la noche siguiente acostado a eso de las 4:00 am buscando desesperado conciliar el sueño. ¡Y entonces como una revelación Divina!, recordé el cuento de Edgar Allan Poe titulado «El Escarabajo Amarillo». Mismo que leí, me parece, a principios de año o finales del anterior, como sea; consulte la parte en la que trata el método por el cual él protagonista resuelve un mensaje también encriptado; algo que hasta ahora me cuesta entender del todo —¡soy consciente de mis limitantes intelectuales!—.

Laxa investigación
Consultando en internet, como resulta natural en estos tiempos, hallé referencias a códigos hasta ahora indescifrables, que van desde uno elaborado por la CIA, hasta algunos antiquísimos; y de ello a diferentes tipos de cifrados clásicos. He usado algunos métodos, pero ninguno me ha dado resultados positivos o cercanamente útiles, posiblemente lo hice mal, lo desconozco.

Observaciones y deducciones
Me es obvio que es un código y no un montón de cifras ordenadas al azar o a lo idiota, pues tiene coherencia en su composición y clara repetición “ordenada”; creo que carece de patrones, salvo la constante repetición de números; y no tengo certeza alguna de la función de las diagonales y los guiones… Pero son muchos, ja-ja. Letras son pocas, y pienso son meros distractores o caracteres falsos.
Dudo mucho que el libro y el mensaje tengan relación para descifrarlo; elucubro podría tratarse de una nota, una anotación, un borrador de algún código, esperando no esté inconcluso, pero sólo son suposiciones; ya que también, es factible, no haya ninguna relación entre el cifrado y el enigma al reverso. Si tan siquiera me fuera tan fácil poder decodificarlo como me lo es imaginar disímil escenarios de trasfondo, como el modo en que llego a mí desde ser creado, ya lo hubiera resuelto. ¡Sera que mi materia gris es creativa o inventiva, mas no matemática o… lo que se necesite para esto!
Ahora bien, el libro fue reimpreso, en México, en octubre de 1999; esto me indica que el código sólo pudo ser colocado entre sus páginas no antes de esa fecha; porque bien pudo ser escrito con anterioridad a esa fecha, pero lo dudo, no luce muy viejo el lienzo. Me parece importante notar que el libro es “mexicano” puesto que muchos procedentes de España o Argentina, mayormente, llegan a la reventa aquí, o venta; sobre todo los viejos. Pero, volviendo al mal de mis placeres, bien podría tratarse de una transferencia casual de un libro extranjero a éste —¡Sí es que la imaginación no me para, joder!; igual y eso me impide resolverlo, ja-ja—.

¡Invitación!
Sé que no es gran cosa, o que aguarde una recompensa monetaria por resolverlo, pero la idea, el ansia, la motivación de saber que oculta este misterioso mensaje, y más que nada la gratificación de haberlo logrado, esa sensación quizá un tanto infantil, pero sumamente gratificante, pues se ha tenido éxito donde otros no, y más que nada por sobre sí mismo.
Mi desesperación, y frustración al tratar de resolver, éste que llamo el «Código Libro Añejo», me lleva a publicar esta entrada y hacerlo público, pues por sobre poder descifrar el mensaje por mis medios, deseo saber que contiene —tampoco es que me obsesione, cuando menos ya no tanto, ja-ja—. Por tanto, si alguien quiere colaborar o difundirlo para desenmascarar el misterio —igual y lo termina descubriendo el mismo autor, ¡algo que sería fantástico!, también—; resolverlo y compartir el mensaje seria genial. ¡Igual y espera un tesoro de aquellos tiempos post Revolución, ja-ja-ja!
Conforme avance la resolución, ya sea propia, o bien en conjunto con la comunidad —algo que espero así sea—, actualizare la entrada cuantas veces haga falta.


martes, 27 de septiembre de 2016

Mujer en la niebla

¿Está ahí ella, existirá siquiera, es real? Si la ves, ¿será mejor huir o… permanecer y mirarla, contemplarla hasta hallar su verdadera figura? ¿O es que es un simple sueño?


Mujer en la niebla


Apenas y te distingo, apenas y logro ver algo en la bruma; en esto que antes fueran nubarrones tempestivos que segaron mi visión, impidiendo ver el resplandor de un mañana, mientras luchaba por no ahogarme en la ciénaga de penas y culpas que se desbordaron sin remedio.
Inmerso en estas condiciones inclementes y desesperanzadoras, es que me pregunto si realmente existes, si no eres nada más que un espejismo, una ilusión efectuada por mí en este sufrido destierro, una proyección etérea de un deseo desesperado que terminara por torcerse en mi contra. Dime, ¿lo eres? ¿Estás ahí, aun ahora… cuando dudo de ti? ¿Cuándo mi corazón anhela vehemente, por sobre mis ojos y sentidos lo seas; lo eres?
Ronda en torno a mí, misteriosa amiga, confirma por sobre mi ceguera lo que clama mi alma, e impregna mis sentidos con tu presencia; has que mi olfato se deleite con tu esencia; que mis manos sientan tu gélido toque; y si al final lo deseas, que mis labios sientan los tuyos rosándose en armonía. Y demuéstrame así lo que mis ojos dudan y mi cuerpo percibe es real… cuando menos ahora.
Me cuestiono si tus palabras bastaran, si me embelesaran al emitirlas tu voz y con ello podre olvidarme de lo demás, de mis infinitos tormentos. ¿Es a caso que mi alma, en este cariz fosco, percibirá mucho más de lo que mis ojos captan al estar en tu presencia?, y así aclarar la imagen borrosa que miro ante mí de ti, mi querida. ¿Sera así?
No respondes a mis interrogantes… Quizá sea por qué no sé escuchar lo que expresas, o cómo hacerlo correctamente; ¿o prefieres el silencio indiferente, o, la voz parca de un alma cóncava; es eso? ¿Sera probable que mientras más pase contigo se facilitará el escucharte, el verte cómo eres realmente? Esta incertidumbre, superada mi paciencia o mi temple, ¿será?, me conducirá al despeñadero de la manía; caminando sin poder distinguir gran cosa en esta atmosfera tenue de visión y amplia en misterio y temor; ¿o me guiaras de la mano entre la penuria aciaga de este delirante lugar, llevándome de la mano por un terreno ya sabido por ti?
Supongo que no tengo más remedio que permanecer aquí, ¿a dónde más iría, que más haría?, y descubrir tu verdadera figura… ¡Después de todo, estoy casi seguro, yo mismo he creado esta niebla!


Si dejas de sentir… si dudas de lo que sientes, lo que en ti provoco, quizá, mejor será desvanecerse entre la bruma, y dejar el placer y el deseo en lo inconcluso de lo que hasta ahora se ha forjado. –Nota escrita para una despedida.

D. Leon. Mayén


Sin título
Fotografía del perfil, en Flickr, de Kasia
(Usada bajo la licencia Creative Commons)

lunes, 26 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - Parte 4, Final: Perdón u olvido; adiós o hasta nunca


Por fin, después de tanto, el final de esta, un tanto melosa, historia. Comencé escribiendo este cuento sin saber exactamente como o qué se desarrollaría o ocurriría en él; lo único que tenía muy claro era el trasfondo de todo, y no sé si lo transmití con claridad; es una idea, la observación que, desde hace años en mi adolescencia hice en gran parte gracias a mi primer amor, y es básicamente que de entre miles de millones de humanos en este planeta, la búsqueda y sobre todo el hallazgo de quien puede ser nuestro “amor verdadero, nuestra media naranja, alma gemela” se ve ampliamente limitado por una centena —y es poco— de factores y circunstancias ajenas e invisibles a nosotros. ¿Cómo se que ese ser hondamente afín a quien soy no está justo ahora en otro país del cual ni siquiera tengo plena conciencia de él? Quizá, pese a expresarse con otro lenguaje, otro idioma, seriamos perfectos juntos, claro apartando el hecho de la incomunicabilidad entre ambos; o por qué no, habla mi mismo idioma, y comparte algunos de mis gustos, de mis ideas, de lo que amo en esta vida —algo que anteriormente expresé brevemente en este blog, titulado: Lo mismo de siempre—. Es una idea que desde aquellos tiempos, cuando me cautivó, me ha parecido sumamente fascinante, complejamente matizada e incluso maquiavélica al explorarla con profusión; sumamente romántica como triste, gloriosa o penosa, todo dependiendo de cómo se vea, se interprete —al igual que la mejor cualidad de la literatura: ningún texto es el mismo, ni siquiera por quien ya lo haya leído, pues su percepción como él inevitablemente cambia—.
“La verdad es que no soy ruso”, ja-ja; la verdad es que no he estado en Londres, aunque sí, después de escribir esto deseo mucho ir; y es que los sitios que describo sencillamente en el cuento los he podido sentir, casi como estando ahí, cuando pregunte a una amiga remota sobre ese viaje que recordaba me contó había realizado. Escribiéndome y mandándome fotografías, pues es admirable fotógrafa y detallista observadora, así es que termine llevando a Leandro y Sonia a los lugares en que se conocieron de a poco. Creo que en la parte de la carta a Sonia… no ha sido mi mejor parte, y es que pasando por el sufrir de los “aniversarios” y el desaire de la vida me fue difícil hacerlo de otro modo. Sin más el final.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Perdón u olvido; adiós o hasta nunca

En el hotel, el corazón entristecido, colérico y compungido de Leandro se dejaba llevar por las letras de la canción, su predilecta en momentos como este; cantaba cortada y atropelladamente en voz baja, carraspeando al vapulearle la tristeza y acallando mirando por la ventana —recargado en el escritorio sobre sus brazos cruzados y mirando de lado hacia la lamina de cristal humedecido por fuera—; cantando y sufriendo solo y sólo para él y su pesar:

Sometimes the sun shines cold
The road is lonely as I walk alone
In the sky the clouds are racing fast
It's becoming so cold outside
(…)
And
the clouds gather above me
(…)
As I stand in the rain of this cold day
Tears are the words when I cannot confess the pain
Time will heal
But I don't want to feel
(…)
Sometimes it's hard to let go
(…)
As I feel so cold inside
(…)” 1

1 Fragmentos de la canción: One Cold Day; de la banda: Lacuna Coil; de su álbum: Broken Crown Halo.
En su mente, su pensamiento intenso, brumoso e imparable, como él lo refería, sin cesar veía y sentía a Sonia, y al proyectar ideas con ella y sobre ella su mente se calmaba, apaciguaba la aceleración y desvanecía la bruma. Pasadas algunas más de esas esplendorosas canciones, de símil estilo y genero, la nostalgia y las preguntas se hacían presentes guiadas y motivadas por la letra de una canción que más tarde haría oír a su  espontanea amada:

“Are you the one?
The traveler in time who has come
to heal my wounds to lead me to the sun
To walk this path with me until the end of time
(…)” 2

2 Fragmento de la canción: Are you the one?; de Timo Tolkki (con la colaboración de Sharon den Adel); de su álbum: Hymn To life.
Llegó Tomás a la habitación, en el Hotel Strand Continental —a unos metros delante del extremo norte del puente Waterloo, en la misma calle: Strand, y a dos locales antes de Pizza Express—, siendo ya de noche, e interrumpiendo el cantar melancólico y las lágrimas de su amigo. A punto de pronunciar una frase muy a su estilo se contuvo al mirar a Leandro sentado en una silla bajita, al ras de la cama, cerca a la ventana, con un semblante circunspecto, mirada profunda y a la nada, moviendo de lado a lado los ojos en todas direcciones; transmitiendo todo él —y ya conocido por Tomás— un estado sombrío, reflexivo, existencial y taciturno, y que si bien pocas veces lo había presenciado, sabía que si se encontraba así su amigo era por una buena causa, y de peso, posiblemente más allá del apoyo que pudiera brindarle. Por ello, antes de atenderle fue al sanitario, pues sabía que no era algo que pudiera concluir en diez minutos. Tomás se sentó en la cama, y dijo:
—¡Ahora qué! —Al Leandro callar, insistió—. ¿Qué pasó con la chica con la que te fuiste? Obviamente no pasaste aquí la noche. ¿Qué paso? —Leandro posó su mirada sobre Tomás, mirándole con gravedad.
—Lo que pasó es que me quede dormido. Estaba tan cansado; no dormí desde que bajamos del tren —divagaba—; dormí en el avión, luego de camino a ver a tu padre, y apenas en el tren.
—¿Y entonces donde pasaste la noche? —cuestionó Tomás desconcertado.
—Pase la noche con ella —decía con la mira pérdida—. Con Soñichka —Suspiró.
—¿Quién?
—Me pase todo el maldito día mintiéndole, haciéndole creer que era otro; una simple ilusión en su mente. Ni siquiera por la mañana tuve el coraje para decírselo —Hizo una pauta, miró al techo y prosiguió entre risas de aflicción—. Y ahora… ahora estropee la única oportunidad que tenia de saber su sentir por mí.
—¿Sentir? Creo que no comprendes cómo funciona el sexo casual… de una noche.
—Seguramente mañana no irá… La deje plantada. Lo estropee todo, Tom. El Universo me puso, ¡me dio!, una oportunidad irrepetible, y no supe apreciarla, la desperdicie dejándola ir. ¡Debería arrojarme por la ventana! —dijo mirando a Tomás; y Tomás observó un gesto extraño en su rostro, que le llevo irremediablemente a compadecerse de él, al verlo así, con un gesto que demacraba su semblante.
—Sabemos que no lo harás. ¡Anímate, hombre, mañana iremos al museo de Sherlock Holmes y luego a por fish and chips! —anunció con ánimo.
Leandro siguió, buscando desahogarse con cada palabra, cada vez más intensas, coléricas, de sentir mas no de significado.
—¿Recuerdas que cuando me invitaste a venir, te dije cientos de motivos… cientos de peores cosas, ¡tragedias! que podían suceder? Terrorismo, la caída del avión, el descarrilamiento del tren, terminar presos o inculpados de algún delito… Y ninguna de ellas es la que me ha ocurrido. —Casualmente, sirenas sonaron.
—¡SIDA! ¿Eres imbécil o qué? Debiste… —Leandro le calló con una mirada apabullante.
—No dejo de pensar en ella. Incluso, tal vez por la intensidad del día, he soñado todo lo que hicimos, desde el museo hasta anoche. De todo lo que pudo pasar —proclamó solemne—… Insististe mucho por que viniera, y me negué rotundamente hasta que…
—Hasta que dije que iremos al museo de Sherlock Holmes y luego a por fish and chips; por eso, párate y vamos. Olvídate de…
—¡NO, MALDITA SEA! ¡No quiero ir a ningún lado! No entiendes como me siento. No puedes comprender, ¡por qué no tienes la inteligencia para ello!, que tú tal cual eres irremediablemente para bien y mal, no puedes más que relacionarte con alguien como tú, si bien te va; y como todos. Eres, no te ofendas, pero alguien promedio, mundano, la media…
—Ya entendí —pronunció indiferente Tomás, sabiendo sólo buscaba desahogarse de esas ideas, pensamientos y perspectivas que desde su puericia le llegaban a atormentar sin remedio.
—Yo, en cambio —pronunciaba andando por la habitación—, soy alguien atípico, raro, al ser medido por la media popular, ni mejor ni peor… Aparte. Y he encontrado a alguien… que me ha extraído de toda expectativa sobre lo que puedo buscar o esperar en una mujer; y sufro por saber si siente algo, por lo menos diminuto, como yo por ella —Suspiró, se calmó, y prosiguió pesaroso—. Sabes que no me interesa una relación mundana; me es insostenible. Lo único que quiero es… Mi vida será triste y miserable —musitó.
—¡Sabes que, YA CÁLLATE!  Siempre lo mismo contigo. ¡Cállate y vea a buscarla si tanto es lo que quieres! Déjate de estupideces y ve.
—No recuerdo donde vive. Subimos al taxi y dijo algo de «sex»… y me bloquee, no recuerdo más, me puse nervioso. Me llevó pero no…
—¿Cómo es posible que no recuerdes? ¡Pasaste la noche allí!
—¡Porque no soy  un maldito prodigio de la memoria; estoy muy distraído por ella, y no he dormido como debería! ¡Y tampoco soy un estúpido personaje de una película, con algún idiota escribiendo todo lo que pasa, digo o hago, de ser así “llegaría como por arte de magia hasta su puerta, montado en un corcel con alas y diez mil FLORES”! —Azotó la puerta, y fue a caminar.
Al poco tiempo, mientras Tomás miraba un partido quejándose ante la pantalla, Leandro volvió y dijo apenas y asomando la cabeza por la puerta:
—¡Iré a buscarla! Creo poder dar con el lugar —anunció animado y desapareció. Siendo seguido por Mr. Thomas. No tardaron en volver por la tormenta que se acrecentó, misma que comenzara antes de la llegada de Tomás al hotel.
Cerca a la madrugada, ulterior a cenar en el restaurante del hotel, insomnes, Leandro por la particular situación en que se hallaba y Tomás indigesto por atiborrarse de comida, charlaban cada uno desde su cama, entre eructos y disculpas de Mr. Thomas; alumbrados por la lámpara de noche.
—Si no hubieras venido —revelaba Tomás—, mi padre me hubiera dado una miseria para gastar, y me la pasaría en su lujosa y aburrida casa. Diciéndome: «Hijo, si vivieras conmigo sería diferente».
—¿Has considerado irte a vivir con él?
—No. Así estoy bien; me gusta mi vida así. ¡Y mi madre no me lo perdonaría! Dime, ¿cómo es ella?
—¿Quién, Sonia? —Tomás afirmó guturalmente, previo a un eructo y una disculpa—. Ella —pronunciaba con añoranza en la voz— es… inteligente como pocas, observadora como ninguna, introspectiva y reflexiva; yo diría brillante en todo el sentido de la palabra.
—¿Y qué tan “atractiva”?
—¡Sabes mi ver sobre ese tema!
—A-h-g-g. Ya lo sé —decía Mr. Thomas con hartazgo y mofa—. ¡La belleza es subjetiva, y muchas veces superflua, todo dependiendo de…! Bla-bla-bla. Bla.
—¿Dime como te pareció a ti? —cuestionó Leandro impetuoso; sosteniéndose la cabeza con el brazo.
—M-m-m. Pues… guapa…
­—Justo a eso me refiero. De haberte parecido atractiva, muy atractiva como te gusta, hubieras hecho todo lo que se te ocurriera para engatusarla y que fueras tú con quien saliera. ¡Y para mí, para mí es la más bella de todas, la más preciosa mujer que sé que hay —Diciendo esto, Leandro pensaba en ella, en su figura, recorriendo en su mente cada palmo de su cuerpo, desde sus cabellos hasta… Hasta tal punto de tener que voltearse—. Su prima, Lucilda, con quien iba acompañada; seguro que se entenderían ambos —Esto llevó a Tomás (después de repetir su nombre hasta ahora ignorado por él), como en repetidas ocasiones, a preguntarse como demonios llegaba a esas observaciones; pues era imposible que supiera que toda la noche en el bar estuvo tras ella.
—¿Por qué llegas a creer eso? —indagó con disimulo. Leandro estiró sus brazos hasta no más poder, abrió la boca ampliamente y bostezó.
—­Por lo que dijo Sonia de ella. Además, mientras lo hacía me vino a la mente Maritza.
—Maritza ­—balbuceó Tomás—. Sí, ¿pero cómo lo haces, como llegas a decir que congeniaríamos? —preguntaba ansioso, buscando una esperanza, que su amigo le diera alas o solo le animara.
—Simplemente, es cotejar hechos, datos, y extrapolarlos también; y un don o instinto, supongo. Ja-ja.  Por ejemplo, Lucilda me recuerda a Maritza porque, según entendí, al igual que a ella le gusta hacerse del rogar, que los hombres la persigan y le rueguen por una mirada; más o menos. Y a ti, desde que te rechazara Maritza sigues con esa espinita en el ego; y después frecuentabas buscar relaciones de ese tipo. Y también, puede que le gusten los hombres como tú, que le llenen de regalos y toda esa parafernalia en busca de su aprobación. ¡E inmadura como tú, además; por lo que oí, eso deduzco! Pero, ya sabes es mi sexto sentido, ja-ja. Es cosa mía, a saber si es así realmente. Oh, y ambos son juerguistas por vocación; cuando llegó a su «depto.», Sonia me dijo que seguro estaba «como una cuba».
—¿Cómo una cuba?
—Sí, hombre; cómo un barril… llenó de alcohol. ¡Hasta atrás!
—¡Oh, ya!
Mr. Thomas contemplaba el techo reviviéndolos acontecimientos de la noche anterior en el bar, mayormente encajando lo que decía Leandro de ella, ya que en ningún momento, en sus repetidas e imparables incursiones seductoras, Lucilda le desairó rotunda y tajantemente, sólo le decía que se fuera y le dejara, y al volver él le dejaba estar con ella para después correrle descaradamente. Pero, sobre todo recordaba cómo, al beber de su trago, le mostraba claramente el pirsin en su lengua antes de beber.
—¡Seguro tienes razón! —dijo Tomás con convencimiento y volteo a mirar a Leandro en busca de su respaldo, pero ya dormía.
En el apartamento de Lucilda, ella miraba, sentada desde la cocina mientras terminaba el desayuno, a su prima dando vueltas de un lado a otro del recibidor, para sentarse en el sofá a abrazar el peluche rojinegro, e inmediato tomar la carta de entre las páginas del libro que también le obsequiara Liev… Leandro, y la leyera por enésima vez.
—¡Joder, Soni! ¡Ya estás con las lágrimas otra vez! Olvídale de una vez. No seas pringada; no te merece ese cabronazo embustero y pretencioso ¡Seguro que es un orate; por lo que pone! —Lo que llevaba a Lucilda a decir esto, por sobre Sonia que le ignoraba desde hacía rato tras discernir en opiniones, eran sus emociones encontradas, mayormente celos inmaduros, retoñados al Sonia leer en voz alta la carta ante ella —siendo la  segunda vez que la leyera—. Lucilda había sido de ese modo toda su vida; algunas veces incluso, llegando a disuadir, y sin verdaderos justificantes, a Sonia; sobre todo en el instituto.
Lucilda termino el desayuno y se marchó al trabajo, como vendedora en el establecimiento debajo de los departamentos; pero no sin antes advertir a Sonia: «¡No le iras a ver si no he vuelto; no vayas sola!».
Durante el desayuno, a medio día, en la pizzería a dos locales de la angosta entrada al hotel, Leandro y Tomás devoraban rebanada tras rebanada. En un intermedio, ya que la pizza no era grande, Leandro dio a Tomás un obsequio: un dispensador de dulces, grande y siendo un M&M azul motociclista. Tomás, por su parte, sacó del bolsillo interno de su chaqueta parda un pequeño estuche angosto y alargado y lo entregó a Leandro; y este dijo con dramatismo emulado:
—¡Hacia tanto que no me obsequiabas nada! —Al abrirlo y mirar su contenido: una pluma fuente con la leyenda «Semper fi»; cambio el tono de su voz a uno lleno de gratitud al decir—: ¡Gracias, Tom! —Y cortado al decir— Pero la frase, m-m-m.
—Ya sé; nada más se me ocurrió.
­—¡No creas que no me gusta; es muy bonita!
—¿Y los dulces? —preguntó asombrado, revisando el dispensador con sus algo regordetas manos. Leandro calló.
—¿Y la tinta? —Ambos rieron. Y continuaron conversando haciendo tiempo hasta la hora esperada.
Por la tarde, Leandro aguardaba la esperanzada llegada de su amada Soñichka, sentado en una de las mesitas de madera angostas y alargadas, curvadas en los extremos; cerca, y de espaldas, al busto con la leyenda «Cunningham 1883-1963», al pie de la baranda en la esquina derecha de las escaleras principales de la plaza; asiento perteneciente a Café on the square, establecimiento “oculto” en Trafalgar Square, y donde pidió un smoothie de mango y un brownie de chocolate, ansioso por la espera. El día era fresco, grato a los sentidos, y nubloso en ambos sentidos, por ahora; pocas personas deambulaban o turisteaban por la plaza; a ratos el ambiente le resultaba desesperanzador, tanto que Leandro comenzaba a convencerse que no vendría ella. Miraba de un lado a otro, barriendo con la mirada la plaza, yendo de persona en persona, y girando en ciento ochenta grados buscando apareciera por cualquiera de las escaleras a los costados.
Inadvertidamente Sonia se sentó a su lado, sin darle tiempo a Leandro a advertir su llegada, siendo que, desde hacía unos minutos le observaba desde las sombras —las sombras de los árboles al borde de la plaza—; se aproximó rodeando para descender por las escaleras y aparecer abruptamente ante él, sorprendiéndole. Mientras que Leandro sonreía con esplendor y se sentía jubiloso, pero a la vez nervioso —como hacia tanto, en su infancia—, Sonia de inmediato tomó asiento, se cruzo de piernas, y giró su cabeza en dirección opuesta a Leandro, resultando en quedar oculto su rostro por su peinado.
—¿Quieres un smo-o-di? —preguntó a Sonia, esperando le pareciera divertido y aceptara, y romper el hielo.
—¡No! ¡No quiero! —respondió de inmediato, fríamente—. ¿Por qué me mentiste?
—¡Por qué soy un idiota, Sonia! Te ofendí y espero me puedas perdonar; sólo pido tu perdón… no me interesa si no quieres saber nada más de mí.
Tomás, sentado en las bancas de piedra, al borde de la plaza, se percató de algo curioso; acercó la mirada y entrecerró los ojos al hacerlo: una mujer con lentes obscuros y una pashmina, mascada, o a saber que, en la cabeza, les espiaba recargada en el borde de la baranda, sobre ellos. Tomás se dirigió hacia dicha mujer; para al llamarla, Lucilda emprender la huida.
—¿Si te perdonara —decía Sonia— de qué me serviría? —Leandro buscaba que responder—. ¡Olvídalo! Dime, ¿qué es eso de que soy tu contradicción?
—¡Eres mi contradicción, Sonia —Le tomó la mano y se la besó. Y mientras lo hacía, Sonia le miró sin que él le viera, evidenciando sus risueñas facciones; mismas que ocultaba tras su peinado y cada vez que él buscaba sus ojos; ya que ahora ella quería verle la cara haciéndole creer estaba disgustada—. Mi contradicción porque contigo soy opuesto a lo que soy, no sé con total claridad lo que digo, lo que hago y lo que pienso; y me pregunto por qué lo hago así sin más, pero al final me da igual. ¡Por qué la vida que pensaba tendría de manera solitaria, y me aseveraba sería la que mejor me acomodaba, ahora la aborrezco, la desconozco, pensando que mi vida sin la tuya en ella no vale nada; la desdicha y mediocridad se apoderarían de ella sin remedio al dejarla menguar, sumergiéndome en una vorágine decadente en depresión y melancolía sin fin. Pero sobre todo —decía con desesperada voz—, más que mi contradicción, eres mi vendita maldición —Sonia estuvo a punto de voltear estupefacta—, porque de todas las mujeres en esta vasto mundo, de todas las latitudes, de todas las posibilidades… De entre todas —Besó su mano—, la que despertó estos sentimientos que me atormentan eres tú… The only one... La que me arrebató los sentidos y el corazón de un tajo apenas la bese, la que ahora significa todo lo que quiero —pausó su declaración, contemplándola esperando lo volteara a ver—. Volviendo a lo anterior… sé con certeza que no es correcto, sano o esperanzador sentir esto por ti y de este modo, pues me iré y no te veré de nuevo; pero, mi amada Sonia, no me importa, no me importa en lo absoluto si termina por matarme o enloquecerme este amor que te profeso con arrebato, que me consume desde dentro agónico por tu aceptación y reciprocidad.
­—Ah, sí…  —pronunció con voz trémula— ¿Y qué harías para ello? —cuestionó esforzada a mantener estable tono y actitud.
—Primero esto que hago. Después… no lo sé. Pero te diré lo que estaba dispuesto a hacer para hallarte —exclamaba sin soltar su mano—. Anoche mientras sufría sin parar por haberte fallado de nuevo, al no acudir al parque; que espero no hayas ido…
—Fui. Pero continúa —articuló con desdén. Leandro enmudeció brevemente; Sonia sentía su congoja mediante el tacto de su mano—. Durante la madrugada, charlando con Tom, pensaba en cientos de maneras a las que recurriría para encontrarte…
—¡Dímelos, dímelos y tal vez se me pase el cabreo… No lo sé!
—Pasaría horas y horas buscando los perfiles en redes sociales de Lucilda, y en ellos buscaría indicios de donde vivía antes de mudarse a Londres; previendo no quisiera ayudarme.
—¿Y por qué no los míos? —cuestionó investigadora.
—Por qué… esos no los revise en tu celular; ni siquiera me atreví a abrirlos —Sonia, carraspeó suavemente e inclinó la cabeza ocultando su reacción.
—¡Ya había olvidado lo del móvil! Es algo grave; ni a mi padre se lo perdonaría.
—Y si conseguía —prosiguió esperando convencerla— ubicar el lugar, encontraría el modo de contactar contigo, buscando por internet y haciendo llamadas a lugares locales esperando alguien supiera de ti; si no me quisieras responder al contactarte…
—­Y cuando supieras eso, ¿QUÉ?
—Yo viajaría a verte, vendería todas mis posesiones con tal de hablar contigo, en persona, solamente así tendría esta conversación contigo, ni por teléfono. Aunque fuera para que me patearas por disgusto. Si no pudiera… —Sonia ya no lo soportaba más.
—¿Qué harías ahora para que te perdone?
—¡Lo que me pidas y más, Sonia! ¡Dímelo y lo hare!
—Vale. Ponte de pie. ¡Venga, hazlo! —Leandro obedeció sus instrucciones— Quédate ahí. Ahora abre las piernas y presiona con los pies la sombrilla (una sombrilla larga), las manos detrás y cerrando los ojos voltea hacia el cielo —Antes de que cerrara los ojos, Sonia flexionó la pierna, con ardid, calentando—. ¡Ciérralos, ciérralos! —Leandro lo hizo y mascullando se encomendó a Dios—. ¡No mires!
—¡Sabes, si me piensas perdonar esto no será bueno para nuestro futuro! —gritó Leandro al mirarla alejarse un par de metros, tomando cerrera—. ¡Dios!
—¿Listo?
—¡Sólo hazlo! —Inhalaba y exhalaba hondamente.
—¿Estás seguro que lo vale; mi perdón por tus… nueces?
—Si no hay de otra.
—¿Tanto te importa lo que yo piense de ti?
—¡Sí; y aún más lo que sientas!
—Entonces te perdono —dijo Sonia, de pie frente a Leandro, tomándolo de las sienes y plantándole un beso intenso­—. Y —decía apenas separando sus labios— yo… también… Creo.
­—¿También qué? —preguntó él apartando su boca.
Sonia le miró, le tomó la mano y se la besó. Leandro tardo un poco pero, cayó en cuenta de lo que eso significaba, lo que quería expresar Sonia.
Al girarse para volver a la mesa, tomados de la mano, Tomás estaba a media escalera, fatigado, exhausto y sin aliento; pues corrió a toda prisa desde mitad de la plaza al ver lo que ocurriría, buscando salvar la progenie de su amigo, y dejando a Lucilda en el borde exterior de la plaza —con quien caminaba conversando sobre los dos tortolitos— mirando con placer el sádico y masoquista espectáculo esperando se consumara. Tomás hizo un ademán de menospreció con la mano y se sentó en los escalones apoyándose de la baranda en estos.
Sentados, Sonia dijo:
—Toma —Mostraba a Leandro su libreta, asiéndola entre sus dedos abanicándola— Muy interesante lo que pones. Te la has dejado en el piso —Leandro, primero sorprendido, rió con ironía.
­—¿Quieres otro smoothie, Sonia? —preguntó a su amada, estando sentados a la mesa, tras engullir la mitad restante en el vaso.
—Sí, sí quiero —expresó Sonia frunciendo la nariz. Mientras él la tomaba de la mano entrelazando las de ambos, oprimiéndola y meneándola con cariño, mientras miraba sus refulgentes ojos, reflejo de sus emociones a flor de piel—. Llámame Soñichka 3Liev —Ambos sonrieron, rieron y disfrutaron la compañía del otro, entre apapachos, besos apasionados, arrumacos azarosos, caricias discretas.
3 Soñichka: diminutivo afectuoso de Sonia: pronunciado Soñia en ruso.
Por la noche recorrieron Londres acaramelados, abrazados, y de la mano; no al principio, pero sí al retomar la confianza pausada desde su noche amorosa, su noche; y que revivirían antes de despedirse, más intensa, más expresiva de su amor. Durante los días subsecuentes fueron a diversos lugares, primeramente en compañía de sus chaperones, a algunos bares y lugares propios de los gustos de estos, y conociéndose un poco mejor todos; y abandonándolos en un descuido para deambular solos. Yendo a comer fish and chips y visitar el museo de Sherlock Holmes, subir al London eye ; pero sobre todo preferían lugares donde pudieran tener una relativa privacidad, para hablar, y  bueno, besarse, entre expresarse las palabras más bellas que alguien les dijera o susurrara al oído.
Ocultaban ambos, evadían, tanto de forma propia como exterior, discutir, pensar o plantear lo que pasaría inevitable al concluir su visita a la vibrante city of London; y Sonia se olvidó de todos los planes que hiciera para su estadía, sabiendo que Londres seguiría ahí el próximo año, o cuando volviera, mas no tenía ninguna certeza de que sería de su amado Leandro, de ellos dos. Preguntándose en la soledad de las noches, leyendo y enamorándose del libro que le regalara su bienquisto amado, si esto, lo que vivía, sentía con vehemente pasión y agudos sentimientos… si él sería un principio, o sólo se trataba de un mero final esporádico y breve, pero magnifico en su vida.


D. Leon. Mayén
Al otro extremo… Arrebato pasional - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

Nota:
El final. El final puede ser claramente un cliché de tantos en este tipo de historias, y lo sé perfectamente; por ello considere, al escribirlo, otro posibles finales, como que Sonia no acude a la cita, o juega con él, pateándole e irse, y la que más me ha tentado es en la que el tren en que viajan sufre un atentado, y en consecuencia todo es una alucinación comatosa de Leandro, creada en su mente agonizante buscando desesperado paz en un estado incierto entre la vida y la muerte, por ello en una parte he puesto, “(…) Y ninguna de ellas es la que me ha ocurrido. —Casualmente, sirenas sonaron.”.
Pero al final, por mucho realismo que se le imprima a las cosas, sé que todo lo escrito es claramente ficción, aunque algunos “muy listos” no lo capten así; pues siendo una ficción y más algo claramente romántico, lo que se espera muchas veces al estar, sentirse, inmerso en una historia, como me ocurre al escribir o leer, es que todo salga bien, porque estoy seguro ya son suficientes las putadas del mundo como para que además no se creen o disfruten de bellas historias con finales positivos al tratar de emular la mierda que se crea en esta vida, —y no es que no disfrute del realismo en las artes narrativas o creativas, al contrario lo agradezco, pero no siempre resulta elemental—. Y sinceramente me he llegado a cansar de escribir sobre tanta muerte y desgracia —cosas que no publico, y no por pervertido sino por apostarle en mayoría—.

Debo confesar, incluso al escribir ciertas partes, ja-ja-ja, he fantaseado ser Leandro, y más de una vez en el proceso, muy a parte de ayudarme a que fluyera la historia, más por placer propio que por otra cosa, ja-ja. Y es que muchos clichés románticos, parten de esos deseos hondos de que todo irá bien, y así, permitirnos escapar fugazmente de lo que seguro no será, soñar por unos instantes, incluso que somos otros, que llevamos otras vidas —otra de las gloriosas bellezas de la literatura—.