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lunes, 19 de septiembre de 2016

Al otro extremo... Arrebato pasional - "Parte 3: Una noche única como ella"


En esta la tercera parte, Leandro, insomne, se dispone a escribir una epístola a Sonia, declarando en ella su arrepentimiento, y sentir por ella, al haberle mentido con descaro. Para al final distanciarse, él a la espera por ella, y ella.... bueno....
Esta parte es un poco más extensa; por ello vendrá a ser la penúltima parte del cuento. Tal vez me pase de cursi, no lo sé. La parte de la carta, me resultó un tanto inevitable llegado a este punto de la trama; supongo por que es muy mío ser romántico de esta forma (en riesgo de extinción), ja-ja-ja.  Sin más que decir, espero esta fracción de la historia sea de su agrado queridos lectores -al igual que espero hayan sido las partes previas-.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Una noche única como ella

Leandro miraba las fotografías tomadas con su cámara a lo largo del día, comenzando en Trafalgar Square, dándole poca importancia a todos esos lugares que capturara interesado en ellos o meramente pareciéndole dignos de fotografiar, pasándolos de largo; y deteniéndose a contemplar a detalle en las que aparecía Soñichka o ambos a cuadro; pues ella le había pedido tomarlas para después se las enviara por e-mail. Miraba a Soñichka, a medio cubrir por las tibias sabanas, con media pierna de fuera al igual que su espalda, hasta llegar a donde pierde su nombre, e iluminada por la luz de la luna que, desde su cintura hacia abajo, le alumbraba con resplandor, de una forma, a los ojos de Leandro, etérea, mágica, divina; contemplando su juvenil y exuberante piel emanante de beldad pura, luchaba indeciso contra el impulso de fotografiarla, temiendo y sopesando las repercusiones de dicho acto: proyectando que terminaran en internet por numerosos infortunios, como ser hackeado, perder la cámara o memoria, etc., y con ello terminar por menoscabar a Soñichka, algo que temía con angustia. Al final, decidió proceder con dicha pretensión, prometiéndose resguardar la fotografía de ojos extraños, y pedir más tarde su venia para conservarla, o eliminarla si no era así. Cambió la memoria por la de respaldo y colocándose de tal modo que el rostro de ella no saliera a cuadro oprimió el disparador y la inmortalizo en pixeles, bits; y con ello sentimientos, recuerdos, que quería no desaparecieran nunca, más allá de su memoria.
Tras observarla dormir, por un buen rato, dio una rápida hojeada a sus libros, abrió el cuaderno en el escritorio y se puso a escribir, curvando y entrelazando los caracteres romances:
«Londres, Inglaterra. “Habitación de huéspedes de Lucilda.”      Verano de 201(…)    Para Sonia a secas.
Te escribo esta carta, querida Soñichka, porque sé que jamás nadie te escribirá una; en estos tiempos ya no; por tanto, tengo la esperanza de que la atesores, en caso de que no termines por odiarme al terminar de leerla; por mi atrevimiento… Mi descaro. También la redacto porque ni mil mensajitos podrían expresar lo que siento, lo que mi corazón envía a mi cerebro y este transcribe lo mejor que puede, para con mis dedos, mi muñeca, plasmar con tinta en estas hojas lo que quiero que sepas, lo que siento, lo que me impide conciliar el sueño ahora; y no podría expresarte todo esto con palabras, al menos no sin antes registrarlas en lienzo. En verdad, sinceramente, Sonia, lo hago así por mi cobardía a decirte la verdad de frente; y temiendo en un arrebato se estropee todo.
La verdad es que no soy ruso, escasas palabras sé, y escribirlo… menos, lo más que conozco de esa misteriosa y excitante cultura es algo de su literatura de hace dos siglos; lo que se dice de ellos con exageración en series, TV, películas y videojuegos, la leyenda rusa que el “mundo” ha creado de ellos; en parte cierta supongo, toda leyenda tiene algo de verdad. Por otro lado, mi inglés es regular tirando a pobre, supongo. Liev es el nombre del autor del libro que leo actualmente; mi nombre es Leandro (…).  Y la mayor verdad, la mayor mentira, es que hablo español… Por consiguiente lo entiendo a la “perfección”; cada palabra que pronunciaste creyendo no la captaría la he comprendido. Te he mentido, y desde el primer momento me he arrepentido; me deje llevar, influenciar por Tomás… Y después no supe como confesártelo; conforme pasaba el tiempo más difícil se volvía hacerlo, y no encontraba como afrontarlo, decírtelo; temía huyeras sin remedio al hacerlo. En la librería, daba y daba vueltas pensando como decirlo; pero cuando mi angustia era creciente repentinamente me calme y deje fluir la situación con naturalidad. Ahora bien, si en este punto estas enfadada, molesta por haberte engañado con descaro, por favor te pido no sigas leyendo; y entenderé si botas, rompes o quemas esta misiva, o si haces todo junto. Por favor no creas que todo ha sido nada más que un ardid para terminar en la cama; es sólo que soy un idiota, el imbécil más grande al haberte mentido, y créeme que me arrepiento profundamente. Si pudiera volver en el tiempo… No cambiaría nada, pues creo con fervor, los acontecimientos de hoy son la prueba de un fatalismo fluctuante de determinismo; siempre he creído que el “mundo humano” es así, y hoy más que nunca; además no te vería como lo hago ahora.
Ayer, hace unas horas, ahora (contigo el tiempo me es confuso), oyéndote hablar he querido conversar y contarte tantas cosas, en principio pensé que lo que tenía por decir te parecería estúpido, mundano y vano, y creo estar equivocado, tan equivocado. Por cierto, he revisado tu teléfono, no he mirado tus mensajes, sí tus fotos, historial de internet y algunas cosillas más, lo siento por invadir tu privacidad; no es escusa pero, quería conocerte un poco más, y como permanecía con mi estupidez de pretender ser alguien más, bueno…
Espero poderte compensar; si es que así lo decides, contestare todas tus preguntas sin importar que. Te contare un poco de mí, soy alguien generalmente solitario; la solitud es común en mí. Tomás es… en gran parte opuesto a como soy yo, y somos amigos pese a ello, porque su amistad siempre ha sido incondicional; y aún con nuestros constantes desacuerdos y conflictos no rompemos nuestra amistad. Y supongo, le debo en gran parte el conocerte, pero no le culpare si esto sale mal, pues en cualquier momento pude decirte la verdad, o rehusarme a su plan. Mi soledad y melancolía, con las que vivo y siento la vida, son eclipsadas ahora por ti, con lo que creo es una honda conexión, y temó no sea reciproca sino imaginaciones mías.
Debo confesarte, en este viaje, en esta ciudad, se estremecen mis sentidos; al oír el acento, o acentos, originarios de esta región, específicamente de las damas inglesas, es que me ocurre sobre todo; pero sobre este particular deleite sensual que sufro, siempre se ha hallado, por mucho, el de escuchar hablar a una dama como tú; hay algo en tu acento que me cautiva, embelesa sin remedio, incluso diría excita. Jamás había apreciado tanto el lenguaje hispánico, nuestro idioma, como ahora… Oyendo de tu embelesadora y melodiosa voz las palabras que florecían de ella. Tu voz me resulta canola, magnifica, atildada por ese sensual acento castellano prodigado de “des” en sustitución de algunas consonantes. Simplemente enloquezco, enervándome por completo al oírte pronunciar cualquier palabra.
Londres me resulta muy pintoresco y a la vez vibrante, pero las ciudades son sólo lo que la gente plasma en ellas, y lo que ellas expelen es lo que es su gente; por ello, ahora, nada me haría más feliz que descubrir la ciudad o donde quiera que sea el lugar que te viera crecer, aquel al que de seguro llamas hogar con orgullo. No me atrevo siquiera a imaginarlo, ya que sé erraría al hacerlo.
Me has otorgado el mejor día de mi vida, hasta ahora. Si no me perdonaras, tratare de recordar lo mejor de este día, y no emperrarme en la culpa y la desdicha.
Creo que sería aventurado decirte que lo que siento es porque te amo; y siento que no hacerlo sería expresar algo deshonesto. Estoy  tan confundido, como nunca lo he estado o creería estarlo.
Creo que el amor es, fuera de su manto que cobija embelesador y cegador, hipócrita, pues al salir de esa ilusión que nos hiciera ver y creer lo mejor sobre la persona “amada”, al menos en apariencia, el golpe con la realidad es brutal, a veces; y aún así seguimos repitiendo el patrón. Sabiendo esto… Quiero creer, querida Soñichka, que lo que siento ahora por ti es un algo, espero, más allá del amor convencional, de ese simplón, vano y carente de inteligencia y profundidad, ese del que todos hablan y se habla en canciones poperas y películas trilladas; llegando a tal grado de unir dos almas más allá de tiempo, distancia o lo que sea. También, me considero alguien pirrónico a creer en el amor repentino, el mítico “a primera vista”; incluso a expresarlo sin meditarlo y evaluarlo, si realmente es lo que siento y no un arrebato caprichoso de mis emociones o sentidos; incluso lo hago de este modo simplemente para usar la palabra en cualquier ámbito de mi vida. Y tú, mi querida Soñichka… me desconciertas, enervas mi temple, mi razonamiento, mi lógica, mi cordura... Esta noche, inolvidable, de añoranza, te he dicho que te amo sin que lo sepas… Y ya no se, Sonia, si es verdad… si es verdad en lo que creo, mis convicciones, mis opiniones y puntos de vista sobre las mujeres, el amor, su significado, como se siente… Si lo que siento es amor, y por tanto, si te amo. No lo sé Sonia. Y temó con pavor, un miedo apabullante, que sea así, porque de ser así, no sé qué hare; pero soy consciente que será mi ruina, mi fin… sin ti.
Hasta esta noche… Por esta noche a tu lado, ahora dudo alguna vez haber hecho el amor; los actos íntimos que tuve con anterioridad no son ni de cerca lo que tuvimos esta noche, se quedan muy detrás del placer que hoy experimente, que está con cada latido de mi corazón, que me hace sufrir como nunca creí posible. Si no duele no se ama; y por amor se sufre, ¿no?
Justo escribiendo esto, contengo mis suspiros, mis lagrimas (pues si te despierto que pensaras de mí; y no es que me importe que me veas llorar por ti, sino que me creas un raro) al imaginar que si me perdonaras por engañarte irremediablemente nos separaremos en unos días, yo partiendo al este y tu al sur… No sufro por qué no sientas lo mismo que yo, eso es decisión tuya y la respetare, sufro pensando que me correspondas y no culmine lo que deseemos que sea de nosotros, y se quiebre sin remedio al separarnos. Dicen que el amor de lejos es para… ustedes dirían «gilipollas», ja-ja. En este momento quiero creer, como varias ideas en mí, con convicción, que no será así, que quizá hallemos un modo de estar juntos, de profesarnos ese amor que espero compartamos. Pero, también temo hacerlo, hacer todo por ti, por sobre mí y otros; temo dejar todo por ti, abandonarlo, “solo tendrías que pedírmelo”, y que con el tiempo el hechizo embestido sobre mí se desvanezca, y con ello lo que hoy deseo más que nada desaparezca resultando con el tiempo un recuerdo, una ilusión etérea de una vida hasta entonces maravillosa. Este es mi peor mal, proyectar, imaginar lo que es, fue y será de lo que vivo y veo, es mi maldición… Y entre ello, tú mi contradicción.
Todo lo que daba por hecho me resulta ahora equivoco o dudoso; me siento temeroso e inseguro sobre la vida, y quiero con anhelo que me muestres la tuya, esperando vuelvan los colores donde ya no los hay, que me ayudes a retomar el rumbo al camino que acabo de perder: pensando en no verte de nuevo, pues si llegáramos a congeniar, como espero sea, la distancia nos separara, sin mucho que podamos hacer para remediarlo.
Cien razones puedo ver en lo nuestro, lo que tenemos hasta ahora: como que cada decisión que hemos tomado y aún antes de poder hacerlo, nos ha traído irremediablemente a este momento, para cambiara nuestras vidas; o que nuestras almas, en cada vida, con ardimiento se han atraído una y otra vez para estar juntas, siendo lo nuestro un amor mas allá de la muerte y profundo en la vida; también, podría ser que nuestras almas se sintiesen solas, y al el Universo sentir esa soledad conspirara y nos guiara a este viaje, para  al sentirnos atraernos fatalmente y unir nuestras almas afines, y ansiar por voluntad propia estar juntos (siendo así como me complace creerlo). Pero, mi mente más allá de toda lógica, misma que prevalece casi en todo momento, se rehúsa a creer que es un simple encuentro casual y fugaz entre dos simples personas que se encontraron por casualidad, para después seguir con sus vidas tal y como eran antes de encontrarse. Creo que mi cerebro estallara y mi corazón se despedazara compreso, abrumados por las sensaciones y sentimientos profundos, intensos, avasalladores que imperan en mí. Prefiero pensar que todo mi ser es el que me lleva a sentir esto; que hasta el último átomo vibra con excitación al sentirte, ya sea cerca de mí, ya sea viéndote, ya sea meramente en mi pensamiento.
Eres mi contradicción porque quiero que seas lo que espero que seas, pero no te confundas, no quiero que seas algo determinado por mí, quiero que seas esa a quien le puedo contar todo, la que me ame por quien soy, que comparta su vida conmigo, tal vez la última y única; y mi contradicción porque yo no creía en esto, y ahora sólo quiero creer. Entre lágrimas, por mi corazón que se desborda, te digo Sonia: ¡Si me odias, si me desprecias por mentirte, es mi justo castigo por deshonrarte, injuriarte, crearte sentimientos ilusorios; y si me correspondes, me aceptas, ¡la dicha no cabra en mí y mi felicidad será total!
Considerándolo todo, tranquilizándome y meditando mirando por la ventana, quiero decirte, que sepas, que te amo, sí, te amo; porque si el enamoramiento es un proceso químico, en parte involuntario y que surge del inconsciente, ahora soy víctima de dicho proceso, y si tú lo provocaste puedo decir que te amo sin faltar a mis convicciones, dejándome de mis absurdas dudas existenciales. ¡Te amo! Muy a mi modo nubloso y prodigado de incertidumbre, ¡te amo!
Ahora tratare, me esforzare, por sacar de mí ser, y que sepas, lo que siento por ti, más concretamente lo que me quema, lo que habita ardido en mi pecho mientras asoma el sol esperando le cuente la dicha de mi vida; y no pensando en escenarios que quizá no sean reales a futuro. ¡Aunque lo que escriba realmente no pueda capturar o denotar lo que siento con análoga intensidad!
Al igual que anoche, mientras jugaba con tus labios y, repentinamente, me golpeabas la espalda con los talones o me alabas del cabello… Lo que quiero que sepas con esto, es que por ti sufriría lo que sea con tal de complacerte… Así me pidas te olvide.
Durante la noche, durante nuestro encuentro romántico, intimo, amoroso, no podía dejar, evitar, besar tu boca, por sobre otras zonas de tu precioso cuerpo, impulsado por un incontenible clamor de sensaciones, que al hacerlo era como obtener de tu aliento un algo que llenaba mi pecho, mi alma; algo que creo es lo que habita en la tuya, lo bello en ella, en ti, y como sientes la vida; pues ahora a unas horas de este glorioso momento, nuestro momento, extraña e irremediablemente veo el mundo diferente: todo brilla más, es más grato, más… lleno de vida (bien podría ser el cambio de iluminación, ja-ja). ¡Gracias por ello… por tus dulces besos que yacen ahora en mi alma!
Ojos verdes, azules y de otras tonalidades los hay, pero para mí los más bellos son los tuyos. El color, visto superfluamente, como la mayoría hace, es un mero engaño propio, pues sólo resaltan su vistosidad; sin en cambio todos pudieran ver lo que he visto en los tuyos… Cuando me mirabas en el museo desviando de inmediato tu mirada frágil como el cristal, o en la “dulcería” llenos de evidente jubilo como la niña que creo aún yace en ti; o en el lecho cuando nuestras miradas se encontraban, ¡y más aún!, cuando se buscaban motivadas por sensaciones y sentimientos mutuos, compartidos del uno por el otro, y pare el otro; sería más grata y sencilla esta vida… un poco menos banal y sumamente más bella. Quisiera mis ojos vieran los tuyos cada día, pero…
Comparto, como varias de tus ideas y pensamientos, contigo la opinión sobre que, si a caso habrá un par de millones de personas en este vasto planeta que en verdad traten con respeto y dignidad a los animales, no como iguales, ni como inferiores, como debe ser. “Verdaderos héroes; dignos de admiración”, como dijiste. En lo que discrepo rotundamente, con inflexión y sin miramientos, es en que sepan mejor las hamburguesas con cátsup y sin papas a la francesa.
Por qué lo dijiste, sé lo importante que es tu preparación para tu futuro; el que quieres; y me honrarías si formara parte de él, aunque fuera como un simple amigo casual con quien hablas al estar aburrida; pero a la vez, me niego a que me cambiaras o interfiriera con él.
Si me preguntaras que es lo que más quiero en esta vida, ahora te contestaría que es estar contigo, a tu lado, compartir nuestras vidas, ver el mundo progresar o degradarse, pero contigo a mi lado, estar horas y horas contigo en la cama, y no solo haciendo el amor, sino también acariciando tu piel desnuda mientras me cuentas algo, lo que sea, no me importa, o, también, en completo silencio, como esta noche, dejando que nuestros cuerpos hablen, sientan y gocen de nuestra compañía (creo que también me has hecho apreciar el silencio); o meramente durmiendo y roncando, ja-ja; mientras estés a mi lado. Mientras estés a mi lado, física o moralmente, siento casi como un presentimiento, una vocecilla que me dice que todo será mejor, todo irá bien sin importar que pase.
De todos los países, de todas las mujeres, tenias que ser tú a quien mejor se ajustan los términos «el amor de mi vida», «alma gemela», etc. Supongo que en realidad el amor no tiene fronteras; aunque te debo decir que eso de la frontera no creí que cubriera todo un mar de lejanía. De entre miles de posibilidades en mi vida, me tenía que enamorar de ti; no lo digo con pesar, sino como un hecho ineludible. Y no es que tuviéramos que conocernos de un modo u otro, sino más bien que tenía que ser ahora y aquí, solamente aquí y sin más opciones. ¡Lo vez, me es imposible dejar de pensar en los porqués y motivos, el trasfondo y la profundidad de todo!
Creo que esta carta es poco clara y concisa sobre mi sentir; pero estoy abrumado, cansado física y mentalmente, y es la quinta vez que la reescribo, por lo que prefiero, si es que lo quieres y me lo permites, mostrártelo, quererte, adorarte y enloquecer por ti.

P.D.:
Si has llegado a esta parte de la carta, y no me odias, o solo quieres patearme la ingle, te esperare en el parque que cruzamos para llegar a la biblioteca, hoy a las 5:00 pm, la hora del té. Y si no llegaras a tiempo, amada Soñichka, dejare una nota debajo de la banca que mira al sur y en ella encontraras donde aguardare por ti al día siguiente. Si no te presentas… mi amada Soñichka, sabré tu sentir y pensar. Lo hago así esperando que si me odias y no acudes, conservaré el recuerdo de hoy intacto como está hasta ahora, y preguntándome hasta la tumba que hubiera sido si… Hoy cuando me marche, y bese tu mano, será una expresión de que te amo, mi voz enmudecida y mi corazón expresándote su amor por ti.
Si hago todo esto es con la esperanza de tu perdón, y evitando una confrontación que estropee todo, a la vez que puedas procesar todo de mejor manera y decidas a tus anchas. Por cierto, te deje dos presentes detrás de la pantalla, en la sala, ¡espero sean de tu agrado!
Al igual que nadie te escribirá ya una carta romántica, amorosa, como ésta, nadie te amara como yo haré… Mi amada Soñichka.
                                                                                                 Я люблю тебя,  мой Соня... Сонечка

Sonia despertó; Liev volteó de inmediato al ella llamarle. Sonriente, despeinada y somnolienta, pero bella y sensual ante la luz amarillenta de la lámpara de mesa, estirando el brazo pedía a Liev le acompañara en la cama. Liev dejó lo que estaba haciendo: meditar mirando las gotas de lluvia escurrir por el cristal de la ventana; y acudió ante Sonia, su amada Soñichka. Se introdujo en las sabanas, puesto que la atmosfera había enfriado un poco. Sonia le abrazó, y sonriendo con júbilo le estrujó con cariño acercándose tanto como le fue posible a él, y, entrelazó y frotó su pierna con la de él. Él le abrazó con fuerza, beso su nuca, y acariciando suavemente su brazo suspiró hondamente, cerró los ojos al hacerlo y dijo musitando:
YA lyublyu tibya, Soñia… YA lyublyu tibya.1
1 ¡Te amo, Sonia… te amo!
Para Sonia, fuera del confort y el cariño que experimentaba, pasaba por alto la punzante e intensa aflicción que experimentaba Leandro, colerizándole, compungiéndole y martirizándole por diversas razones completamente ignoradas por ella. Al poco, a Leandro una profunda paz interna y sosiego le mecían, apartándolo de preocupaciones y angustias, sintiendo el cálido momento así como el cuerpo de Sonia pegado al suyo, con plenitud hasta volver a dormir.
Antes de medio día, Leandro y Sonia yacían acurrucados, de costado, él de espaldas a ella abrazándola con fuerza sabiendo, muy probablemente, no volvería a hacerlo nunca. Sonia se levantó y tras besarlo, y él desairar su invitación, de inmediato se dirigió a la ducha. Escuchando el agua caer antes de cerrase la puerta, Leandro se incorporó sentándose al borde de la cama, mirando al suelo con profundo pesar en su ser… Dio un hondo suspiro, miró al techo y se dispuso a vestirse. Apenas dejó sobre el escritorio el celular de Sonia, directo, dejó una nota a primera vista para cuando ella saliera; y cruzó el umbral.
Sonia, secándose el cabello tras vestirse, en la sala, atendió al llamado del timbre de la puerta del departamento. Y como indicaba en la nota, Leandro volvió con el desayuno; yendo a un lugar cercano a unas cuentas calles del departamento, más concretamente en la esquina de Commercial St y Lolesworth: en un grato lugar llamado «Lupita». Colocó la bolsa sobre la barra y ambos tomaron asiento: Sonia de frente a Liev, pues quería verle con ahincó. Al Liev servirle en el plato dos porciones ella preguntó jubilosa:
What is this? 2 —Leandro fue sacado de su transe pensativo, para responderle, meditando el modo en que lo haría, el asentó, esperando no delatarse.
2 ¿Qué es esto?
It’s… —Hizo una pausa fingiendo buscar en su mente. —Tacos of po… chicken pibil and pastor. And to drink, deliciouscoolwater of jamaica and horchata. Mexican food! 3 ­—Esta vez, al terminar de hablar, se sintió tan estúpido, ya que era un asentó sumamente estadounidense, nada que ver con sus anteriores pretensiones. Por ello, se preguntaba, consideraba, la posibilidad de que Sonia supiera o cuando menos se imaginara la verdad, y no le importara; llegando a relajarse al convencerse de ello—. I hope you enjoy it, Soñia.4
3 Es… Tacos de po… pollo pibil y pastor. Y para beber, deliciosa agua “fresca” de jamaica y horchata.
4 Espero que lo disfrutes, Sonia.
Sonia, bebiendo con ayuda de un popote, primero del agua blanquecina que le sirviera Liev, miraba a este alistar su plato, bañando la carne sobre el “platito comestible de maíz” con abundantes gotas de limón y algunos condimentos más, y saltándose la salsa. Al ver esto, Sonia imitó el proceso, al igual que la forma de sostenerlos y llevarlos hasta la boca; mismo modo que estaba especificado en un par de mantelitos de papel que venían con la orden. Leandro sabía que todo fue de su agrado notándolo por su expresión al comer, al igual que el agua fresca que tomara con prisa. Y por último, como postre, Leandro sacó de la bolsa unos largos y azucarados churros.
Al terminar ambos con los platos, fueron al sofá, donde miraron la TV sin prestar realmente atención a lo que ocurría en aquel pixelado rectángulo, pues cada uno se sumergía en sus pensamientos, miedos y fantasías. Ella ansiosa y feliz; él melancólico y angustiado, tan temeroso como nunca de la incertidumbre del futuro. Entre tanto, Sonia jugaba con la mano de Liev, y él le acariciaba sus largos cabellos, suavemente, subiendo y bajando. Sonia buscó un beso, y al poco buscó otro; deteniéndose Leandro al saber donde terminarían de seguir por ese camino calzado de besos, arrumacos, caricias y emociones intensas.
En la puerta, tras intercambiar unas palabras, Sonia, afligida y melancólica, estaba dudosa de si besarle, despedirse de mano o quizá un abrazo; Leandro le tomó la mano y antes de besarla dijo, hilando lo que pudo para decir lo que quería:
Da svidañiya! My beloved, Soñichka 5 —Tardo en liberar su mano y le sonrió con nostalgia al hacerlo, mirando fugazmente su rostro sonrojado; para salir por la puerta y cerrarla tras de sí… portando consigo un equipaje sumamente pesado y voluptuoso, un equipaje emocional de contenido diverso y variado, matizado, pesaroso y gozoso. Y un obsequio en una bolsa.
5 ¡Adiós! Mi amada, Sonia.
Bajo a la ventana de la habitación de Sonia, Leandro se montaba en un taxi, mientras ella, sentada en su escritorio, comenzaba a leer la carta dejada entre las hojas de su cuaderno.

D. Leon. Mayén
Al otro extremo… Arrebato pasional - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

lunes, 5 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - "Parte 1: En el meridiano 0"

Para mis apreciados lectores una nueva historia de mi "puño y letra", o mejor dicho, de mis dedos y teclas. Inspirada por el libro que leí y reseñe previamente; y situada en la ciudad de mi libro favorito: "El signo de los cuatro" de A. Conan Doyle; también por el notable tráfico de personas que miran mis publicaciones allá (al menos eso dicen mis estadísticas del blog).
Esta historia comienza con la llegada de dos amigos a Londres. Donde uno de ellos, Leandro, por incitación y complicidad del otro, se sumerge en una "cita" con una chica desconocida, "Sonichka", en un bar apenas llegan a la ciudad. Envuelto en mentiras: un alias, y falsas pretensiones; llegan a verse inmersos en una ilusión placentera por un tiempo, y a la vez insostenible para uno de ellos. Yendo de sitio en sitio por la ciudad, comienza algo entre ambos, algo que ninguno imaginara al aceptar las incitaciones, respectivas, en el bar, al comenzar el día, o al embarcarse hacia la excitante ciudad de Londres; golpeándoles la incertidumbre del porvenir ulterior al placer y plenitud de lo inevitable (como se asevera él) e incontenible. Esto y más se encuentra entre las líneas de esta historia; y unas gotas de erotismo, porque, el romance sin el erotismo, creo, resulta sólo en lo que pudo ser, lo que culminó al borde de lo que sería envuelto en el esplendor de la pasión arrebatada e intensa: evolución, metamorfosis, del romance.
Dada la extensión de este cuento —por mi facilidad o desdicha de explayarme—, me he decidido por dividirlo en partes; haciendo más fácil su lectura, así como su disfrute... ¡espero! Lo he basado también, en parte, en una experiencia real; muy poco realmente. Todos los lunes una nueva parte.


Al otro extremo… Arrebato pasional


En el meridiano 0

Estaba a punto de arribar el tren 4650 a la estación Charing Cross, en el corazón de Londres. Dos amigos, provenientes del otro hemisferio del mundo, viajaban en dicho tren; uno de ellos, Leandro, leía apaciblemente a la espera de que el tren frenara al llegar a su destino, y siendo esta su primera vez en Londres, más aun, su primer viaje fuera de su país natal; el otro, Tomás, como en gran parte del trayecto, se paseaba de extremo a extremo del tren; de padre británico, y siendo esta una de muchas veces que visitaba la grandiosa ciudad cosmopolita.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás dirigiéndose a su amigo, tomando el libro en sus manos a modo de poder ver la portada.
—«Infancia - adolescencia - juventud» de To… — Tomás desvió la mirada hacia el corredor y sin más se marchó, dejándole, como es habitual en él, con la palabra en la boca (algo ya acostumbrado en su relación).
Leandro retomó la lectura; estando a medio capítulo de la segunda obra del libro. No tardo en estar el 4650 próximo al final del trayecto. Encontrándose el tren en el puente, guardo su libro y contempló a un costado las embarcaciones yendo y viniendo a lo lejos, en el Támesis; y al lado opuesto la “rueda” icónica de Londres, o The London Eye, como indica en la guía turística que adquiriera en el aeropuerto por una módica cantidad.
En la estación, mientras Tomás acudía a realizar un par de llamadas, Leandro observaba atento a la gran diversidad de gente que transitaba por todo el lugar, desde familias, ansíanos, jóvenes, y hasta, como los llamaría su padre, vagos alborotadores —por usar un eufemismo—; un sentir y opinar totalmente opuestos a Leandro, pues le parecía formidable dicha diversidad étnica, cultural y expresiva. El ambiente era bullicioso y abundante de gente fluyendo en él, cientos de personas entrando y saliendo, yendo y viendo por todos lados y a todas direcciones. Aguardaba ansioso no tuviera que dialogar o sencillamente intercambiar palabras con alguien, ya que su inglés no era más que básico tirando a escueto, visto así por el mismo. Aún con ello, se sentía un tanto entusiasmado de poner en práctica los conocimientos que poseía sobre el lenguaje —tampoco es que fuera muy malo, salvo en algunos aspectos de la pronunciación—.
Al volver Tomás, de inmediato se dirigieron a su primer destino del día, y desconocido para Leandro.
Tomás es apenas unos considerables diez centímetros más bajo que su amigo; de figura entrada en carnes, aunque no con exceso, robusto más bien; ojos pequeños, pero notorios por mirones; de rostro bonachón, armónico con su actitud y contrastado por su carácter ocasionalmente arrogante y pesado.
—¿Tomaremos un taxi? —cuestionó Leandro.
—¡Caminaremos; no queda lejos! —respondió Tomás.
—¿A dónde?
—¿A dónde qué?                                 
—¡A dónde iremos!
—¡Oh! A un bar a unas calles de aquí.
—¡Un bar! ¿No crees que es muy temprano para beber? —pronunció Leandro, sabiendo perfectamente que esperar por respuesta.
—Es de noche en casa; y sigo con ese horario —exclamó con tono elocuente, creyendo era muy ingeniosa su respuesta; a no ser por la respuesta de su amigo.
—¡Sabes que allá son —miró su reloj e hizo la cuenta— las ocho de la mañana! —Tomás calló momentáneamente sin atinar a que responder.
—Es igual. No me acostumbro a tomar “técito” —dijo emulando llevarse una taza de té a la boca, levantando como todo un caballero el meñique al hacerlo y haciendo el sonido de estar sorbiendo. Ambos rieron de su payasada.
En breve caminaban por The Strand, una vía importante de la ciudad —misma que, al final de ella en dirección sureste desemboca en el Palacio de Buckingham—. Llegaron a George Court: un callejón estrecho entre una farmacia y un banco, y más allá la famosa “pizza caliente”. Descendiendo los últimos ocho escalones inmediatos al callejón, Leandro por sobre los temores de hallarse en una tierra lejana y desconocida, y sin dominio del lenguaje nativo —algo que le disgustaba de manera preocupante—, se sentía emocionado, como un niño al descubrir el mundo que le rodea, sólo que en él de manera más tenue, pero intensa. Reconociendo las sensaciones mezcladas, débilmente se rehusaba a explorarlas y dejar que le dominaran felizmente en su totalidad.
Esperaron formados por unos veinte minutos; antes de entrar Tomás dijo a su acompañante:
—Aquí llámame Mr. Thomas Nell.
—¡Mr.! Pretendes que sea tu criado —exclamó Leandro girando la cabeza y mirándole con sorpresa incrédula.
—Me conocen así por estos lares —respondió con aire arrogante.
—Sin importar que, me tomas por idiota ¿verdad? Lo que pretendes es hacerme ver como el extranjero lerdo que no se entera de nada. Como aquella vez que querías dar a probar a los gringos un chile de árbol a mordidas. ¡Madura! —Tomás simplemente se carcajeaba, en principio por ser descubierto y seguido por recordar aquel día y sus gracejadas.
Apenas unos pasos dieron en el corredor para llegar a estar en el bar. Al medio del lugar numerosas mesillas redondas con taburetes se hallaban distribuidas, al igual que algunas arrimadas a los muros; un sofá rojo; y al fondo y en el rincón asientos corridos. Frente a la puerta la barra, larga y detrás a ella una vitrina tapizada de disímil  botellas de licores y jarabes; y a la izquierda de la barra las ventanas de vista al callejón. Los muros carmesís del lugar eran cubiertos en gran proporción por retratos y fotografías en blanco y negro todas ellas, de personalidades reconocidas de la región y a través de los años —cuando menos eso suponía Leandro—.
Bebiendo una cerveza —un tanto a desagrado no siendo su veneno preferido­— a sorbos —lo opuesto a Tomás, siendo la tercera la que asía en su mano libre—, Leandro observaba a los presentes, sus atuendos, casuales y otros formales, sus expresiones y ademanes repletos de jovialidad y algunos de fraternidad para con quienes convivían. Al Tomás referir que le presentaría a algunos de sus conocidos ahí, Leandro se rehusó sintiendo no tendrían de que hablar con su escaso dominio del inglés; quedándose, así, solo, bebiendo y leyendo entre sorbos, de espaldas a la pared en una mesilla próxima a la entrada.
Una hora más tarde, sentadas en los asientos corridos al fondo, dos primas de situación algo similar a la de los dos amigos: una de ellas, Lucilda, hacía dos años que vivía en Londres; y su prima, Sonia, de visita por una semana, proveniente de la nación que viera crecer a ambas; charlaban, Lucilda perfecta y desenvueltamente con amigos y desconocidos en el bar, Sonia también, sólo que falta de interés, sobre todo. Cuando se disipó su compañía, quedando solas Lucilda y Sonia, y avanzada la conversación, Lucilda —de cabellera teñida de rubio, ojos grandes y brillosos; un cuerpo ligeramente torneado; siempre vistiendo escotada, y de voz algo escandalosa— decía a su prima:
—Anda; no me digas que no te parece guapo.
—No es eso, Lucí.
—¿Entonces? ¡Eres soltera, y estas de visita en una ciudad excitante que llama a la aventura! ¡Y ya estas grandecita; o acaso no eres una mujer que decide por si sola!
—No sé ­—pronunció dudosa, Sonia, pero sin descartar lo que argumentaba su incitante prima—; Es que…
—¡Nada, tía…! ¡Vale! si no te sientes cómoda lanzándote como yo lo haría, pues no sé… llévalo por la ciudad, dale un pequeño tour: así mareas a la libre y luego ¡ZAZ! JE-JE-JE —Sonia se limitó a mirarla con descontento por no tomar sus planteamientos con la misma seriedad— Vale, perdona. Lo llevas por la ciudad y si no te mola no tiene por que pasar nada; te piras sin más y te olvidas… De él y de un buen polvo de una noche. ¿Vale?
Sonia miraba con duda y curiosidad al extranjero. Lucilda notando eso insistió esperando convencerla:
—Anímate, tía; ¡Es ruso! —aseveró con total certeza, levantándole las cejas.
—¿Estás segura?
—¡Segura; Soni! Cuando llegamos le oí hablar­ —reveló Lucilda, refiriéndose a oírle leer y confundiendo el ruso con el alemán (mal pronunciado, por cierto), y por haber oído la procedencia del autor del libro que leía.
Tomás, conversando, de pie junto a las señoritas, se disculpó y corrió a con su amigo.
—¡Me ca… en toda; Leandro!
—¡Qué! —formuló en protesta Leandro.
Tomás, entre risas y sonrisas se sentó junto a su serio amigo y le sujetó abrazándole con camaradería y pesadez.
—Ves a las chicas, allá —Señaló en su dirección con el índice, sosteniendo la cerveza recién recargada—. ¡Creen que eres ruso! —Le sacudió estrechándole con fuerza del brazo y estrujándole el cuerpo mientras emitía un desmedido y escandaloso chillido de exaltación—. Lo que vas a hacer es que si viene una de ellas hacia acá tú sigues el juego; y no hables por nada del mundo. ¡Deja que papá se encargue de todo!
­Leandro le miró, ¡como vaya!, hace siempre al oír o presenciar sus tonterías, impulsivas y por tanto opuestas a su carácter. Sin tiempo a replicarle algo, Tomás se largo dejándolo solo ante la chica que se aproximaba; fugazmente, pues volvió enseguida.
—¡Hi! —Saludo a Sonia.
—Ho… ¡Hello! —respondió tendiéndole la mano en compañía de una sincera sonrisa. Seguida de una tímida al saludar a Leandro. Quien respondió de igual modo, con un Hello.
Leandro contempló molesto y en desacuerdo a Tomás presentándose e intercambiando algunas palabras con Sonia, en inglés y entendiendo en su totalidad su conversación.
Sonia, he is my good friend1 —Tomás lo miró con insistencia a que siga y acceda con el “plan”.
1 Sonia, él es mi buen amigo…
Brevemente calló, observó a Sonia, para al final contestar:
YA, Liev… Liev Ivanovich… Nejliudov —Presentándose formalmente, tomó su mano y la besó—, krasivaya, Soñichka 2 —Sonia se sonrojó al cruzarse sus miradas tras besarle la mano (siendo un detalle que nadie había hecho antes). Leandro, forzado a pensar rápido atinó a usar las palabras rusas que escasamente conocía.
2 Soy, Liev… Liev Ivánovich… Nejliúdov, hermosa, Sonia.
Sorry, Sonia —continuó Mr. Thomas—, my friend “Liev”, just speaks a little of english; he is… bit silly 3. Ja-ja.
3 Lo siento, Sonia, mi amigo “Liev”, solo habla un poco de inglés; él es… un poco tonto.
—Oh! I see. But you speak russian, don’t you? 4
4 ¡Oh! Ya veo. Pero hablas ruso, ¿verdad?
Mr. Thomas, con premura dijo:
Ya; of course! 5 —Leandro se río de sus embustes descarados e ignorantes.
5 Sí; ¡por supuesto!
Tomás apartó a Sonia e inmediatamente de acordar algo se retiró de vuelta a con su prima.
—¡Listo, amigo! Iras con ella a dar la vuelta por la ciudad. Yo llevo todo al hotel, no te preocupes.
—¡Cómo! No, frénate…
—Chh-Chh-Chh —­Lo acalló—. Todo está pactado. No hay vuelta de hoja, amigo. ¡Y no queras desilusionarla, o hacerme ver como alguien sin palabra ni honor —dijo sarcástico, y lo ultimo con cinismo, antes de levantar de un tirón a Leandro.
—Lo más que has oído en tu vida del honor es el Medal of Honor; y das asco en él. Tal parece que me estas vendiendo. No me gusta…
—Ya hombre, compórtate —exclamó Tomás, jalándole de la ropa tras bofetearle suavemente— No me pides constantemente que madure; da ejemplo. Sólo irán a dar la vuelta —aseguraba Tomás, de nuevo abrazándole y mirando sonriente hacia las chicas—, y si no quieres no tienes porque perder tu preciada virginidad, ja-ja —Se mofó, injuriándolo, ¡como de costumbre!— Y si… ¡Suponiendo! No te agrada, no hagas algo que yo haría, ¡y ya! Te quejas, pero bien que hasta un nombre te inventaste, ¡pillín! Si me preguntas es mucho más creíble tu asentó al hablar inglés que ruso. Da igual.  —Leandro no respondió, estando pensativo y mirando con seriedad hacia la mesa de las chicas.
—Toma —decía Lucilda a Sonia, sacando de su bolso un condón y las llaves de su departamento; entregándoselas. Sonia de inmediato lo guardó en su morralito—. Por si te va bien —Le levantó las cejas pícaramente al entregarle un par más de condones. Sonia intentó devolverlos pero fue rechazada, y sin más los guardo— ¡Anda, tira; a que esperas! —expresó por último Lucilda, haciendo un ademan con la mano, sacudiéndola estirada al frente, en señal de que se alejara.
De similar modo, Tomás “expulsó” a su amigo fuera del bar, rematándole con una patadita en los glúteos, chasqueando la boca, guiñándole un ojo, y con el índice apuntándole y el pulgar erguido.
Tomás miró a Lucilda, al otro lado del bar; ella le mostró un gesto de sutil, pero claro, desprecio hacia sus posibles intenciones.

D. Leon. Mayén