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lunes, 31 de octubre de 2016

Ojos ominosos

Ojos ominosos


   Aquella noche era tan obscura como todas… pero fue mi última como tal, como todas las previas. Por ello escribo esto esperando preveas.

   Sus ojos son saltones, negros como el aceite, acuosos y brillosos cuando la escasa luz de la penumbra se refracta en ellos; enormes, exorbitantes como sólo aquellos, pero sobre todo abyectos cuando al encontrar su torvo mirar salen agitadamente de sus cuencas voluminosamente cóncavas, para reiteradamente regresar más adentro de donde estaban, y así repetitivamente sin cesar, sin parar, sin evidente descanso; hasta que no los ves más… y no por su ausencia… Siempre están mirándote. Este ser ominoso, sombrío, de apariencia macabra o quizá funesta: bajito sin llegar siquiera al metro; y que sospecho deforma según le convenga; de piel opaca, casi, pero no negruzca, áspera al tacto, cual lija, mas no a la vista, y tonalidad variante según el sitio en que se acobija; escuálido, demacrado de figura, pero hábil como ninguna criatura; su cabeza… pareciera ser enorme, pero ahora reflexionó es una mera ilusión propicia de su aspecto escueto de carne y resaltado en sus ojos prominentes, así como por su cabeza; su boca apenas diminuta y de escasos centímetros cuenta con minúsculos dientecillos horizontales, afilados cual punzantes agujas por quebrados pero, a la vez, sin forma de serlos y escasamente visibles. No hay nariz aparente en su aciago rostro, ¡en este infausto ser infame!
   Por la noche, en la negrura de un rincón oscuro, o de igual modo en el día en sitios símiles, de tu hogar, él está ahí. ¡Maldito enano mirón, voyerista infeliz! Te observa sin que lo adviertas, sin que siquiera lo imagines o presientas, ¡que si lo sabré, maldita sea! Está bajo la mesa mientras haces lo que sea que hagas; él te mira expectante a tus movimientos, en posiciones contorsionadas y que quizá te resultarían incomodas, mas no a él; está cómodo mientras nos mire; pero no te angusties, pues si por error algún objeto tiras o simplemente hechas un vistazo, ya se habrá escabullido de tu encuentro… de tus ojos que sin ser consientes temen verlo; para entonces, cuando retomes tus actividades, él ya estará en otro sitio sombrío, oculto, acechante de ti, contemplándote en un rincón, por entre una rendija, una fisura en algún mueble, quizá debajo de algún otro mueble semi-hueco con el suficiente espacio para alojarse y mirar… como tanto disfruta.
   Estoy seguro que esos ruidos sin aparente motivo, sin aparente origen o causa, son por qué él ha pasado por ahí, ha puesto sus palmados pies y huesudas manos, garras, en esos muebles que ante él crujen por su presencia —porque sólo para eso ocupa sus extremidades, para desplazarse y poder mirar desde todos los ángulos posibles—; cuando la tapa del inodoro cae en medio de la noche, seguro es él, ¡desgraciado meón! Los perros, por la noche, le ladran sabiendo acecha en moradas aledañas —o quizá por qué le perciben— saciando su ruin necesidad natural e insaciable en él. Objetos cambiados de lugar o perdidos, los mueve él para con ese propósito mirar que haremos, como reaccionamos, y gozar con la escena. ¡Seguro!
   Hagas lo que hagas, estés donde estés, ten por seguro está contigo en la misma habitación, tal vez en otra sí es que desde allí puede contemplarte. Lavándote la boca, las manos, duchándote, está de pie detrás de ti, asomando por el marco de la puerta; ¡mejor ciérrala! Mirando T.V. o jugando videojuegos, mirando eso que tanto disfrutas o sólo matando el tiempo, está contigo, y no mirándolo, mirándote fijamente con sus inmensos ojos aceitosos, oscuros como las sombras donde se resguárdese. Cuanto más concentrado te estés en algo, más atento en ti él está, más cerca, pues no prestas atención; probablemente a centímetros de ti, y no lo sabrás; no hiede como aparentaría si lo vez, no exhala pues nariz no tiene… no expresa pues sólo mira y mira… a nosotros y nada más. Mirando el móvil, oyendo música, leyendo un libro en la gozosa complacencia de tu hogar, ya sea tu cómoda habitación, sentado o en la cama… o como sea y donde sea; pero sobre todo, mientras ese objeto entre tus manos te crea un inevitable ángulo muerto al frente de ti, bien podría estar detrás de dicho objeto; a los pies de la cama o a un costado, sobre algún mueble, ¿por qué no?
Ojos ominosos
   Bajo la cama, en el closet entre abierto o a través de las rendijas de éste, en cualquier penumbroso lugar, o donde quiera que pueda escapar de tu vista periférica, ¿estará ahora ahí, mirándote leer esto? ¿Piensas, se te ocurre algún lugar donde podría estar vigilándote ahora mismo? ¡NO VOLTEES, NO MIRES, NO LO BUSQUES!, pues no lo hallaras donde quiera que observes; se escabulle como ningún ser en este mundo, ¡el muy bastardo! Si acaso lo verás fugazmente, en menos de un instante, cuando tus ojos digan a tu cerebro creer haber visto algo por un borde de éstos, una sombra transitoria como el moverse de una silueta difusa, que inevitable guía tu mirada en busca de eso sin forma, sin designio; o algún ruido inusual; pero no será nada naturalmente. Él es tan hábil, tan sagaz que jamás en espejos o fotos aparecerá. ¡Una mente macabra, sagaz, lóbrega y siniestra se aboveda tras sus brillosos ojos… inmensos!
Ojos ominosos
   A punto de dormir, sintiendo el movimiento involuntario de tus extremidades, ¿será él, y tu cuerpo alarmarse instintivo por su sutil presencia? Cuándo dormido tu cuerpo no responde al llamado de la conciencia que a gritos clama ayuda para despertar, mientras como un tormentoso sueño que se torna una ansiolítica y abrumadora pesadilla desgastante, mientras en tu mente te miras a ti mismo desde otro plano luchado por mover el más liviano de tus músculos, ¿podría ser él, tan cerca de ti que tu ser te protege de no avivar y mirarlo; todo en medio de una profunda lucha inconsciente para no verle… no saber de su existir?
   Seguro te preguntas que pasaría si le vez; cómo es que sé tanto de él si es imposible mirarlo… ¡Maldita mi suerte por saberlo! Te lo diré, esperando, deseando no corras el mismo destino: Aquella noche era cualquier otra noche, quizá como ésta. Yo, terminando de perder el tiempo en la computadora, fui a seguir un rato con el celular. Pasaron los minutos que en realidad eran de a poco horas, y el sueño me era inconciliable, mi cabeza estaba más activa incluso que en el día, pensando y pensando en bobadas y cosas importantes. Contemplaba una y otra vez cada rincón en mi habitación; todos y cada uno de los objetos que en él había, y que tanto apreciaba; miraba el suelo, el techo… todo en él.  La tormenta había comenzado hacia un par de horas, lluvia, truenos y rayos incesantes fustigaban el entorno próximo; con tal estruendo e ira que parecía el mismísimo cielo buscaba reclamar el alma de alguien con ansia. La corriente eléctrica se cortó mientras veía T.V. buscando el anhelado cansancio. Por lo cual, ¡estúpidamente!, acudí al cajón próximo a mi cama, para sacar de él una barra de luz quimioluminiscente —de esas que venden en algunas tiendas de autoservicio en el departamento de acampar—, la saque de su envoltorio, la tomé pero, cayó al suelo y se rodó… la busqué a tientas, pero no aparecía. Asomé bajo la cama esperando hallarla, ayudado por la escasa luz proveniente del exterior, y lo logré. La así, la flexione hasta que tronó quebrándose el cristal, y la sacudí con intensidad; en cuestión de segundos ambas sustancias se mezclaron y la barra iluminó, en un espectro lumínico azulado, y ahí estaba él, frente a mí, a centímetros, mirándome estar aterrado, sacando y metiendo esos repulsivos ojotes negros sin cesar y cada vez más rápido. Mi, en ese momento,  frágil corazón bombeaba a todo lo que daba sin parar, martilleándome en el pecho, zumbándome los oídos, sentía que desvanecía del shock de ver a tan grotesca, hórrida criatura. Sin fin a mi desgracia, y siendo este el comienzo de ella, dos fulgurosos relámpagos, de rayos cercanos, iluminaron mi habitación al tiempo que la ventana se cimbraba de temor, uno inmediato al otro, como si alguien, o algo, quisiera que siguiera mirándolo, y así fue; luchando en mi abatimiento, con el corazón pinchándome con el ardor de un hierro punzante y al rojo vivo atravesándome hasta el mero centro, en mi horror purgatorio, meciéndome entre este plano y el etéreo que da fantasía a la muerte, me esforcé desesperado por clamar la ayuda de alguien, quien fuera… pero nadie acudió, pues simples y lábiles esfuerzos por completar siquiera una nimia silaba los lograba lánguidos. Me tiré al piso esforzándome por alejarme de aquel ser macabro —pues las piernas me fallaban provocándome traspiés constantes al intentar ponerlas en función—, que mientras lo hacía —aún con la luz en la mano para guiar mi pronto avance—, noté me seguía, a pasos lentos y sin parar de hacer eso que hace con sus viles ojos; yo me arrastraba, braceando con premura pugnada, esperando ganar una carrera que parecía eterna e in-ganable entre ese ser y mi extenuada bomba de vida, que cada vez intensificaba su labor, llevándonos sin saberlo a un fatídico final en el que, seguramente, lo último que vería serian esos ojos ingentes, voluminosos, retrayentes y salientes.
   Apenas y pude abrir la puerta él me pasó por encima. A los pocos minutos me encontraron en el pasillo — llamados por el alboroto de objetos caer— inconsciente y a nada de morir. Dicen que por fortuna me lograron reanimar en urgencias, —estando a calles del hospital—.

   Los meses han pasado; entre despiadadas noches en vela temiendo vuelva, sin apagar las luces e ingeniándomelas para que cada rincón de mi habitación esté iluminado; y días vigilantes buscando con miedo su presencia en los rincones penumbrosos creados por el sol… En aquel lugar. Temo a la oscuridad como ni siquiera lo hace un infante. La llegada de la noche me aterra tanto que mi ansiedad se desborda cuando miro el reloj o la luz diurna marchitándose, abandonándome; antes de los ansiolíticos me comía las uñas con frenesí, me rascaba los brazos o cualquier parte del cuerpo buscando desahogar esa ansiedad anticipatoria. Las pesadillas… las pesadillas son… Eran tan intensas y vividas como si reviviese ese momento una y otra vez, y no sólo viéndolo a él, sintiendo todo lo que sentí aquella noche, mi última en libertad; una libertad de la cual, ahora en gran parte, carezco enjaulado por mí mismo… a causa de él.
   Las pastillas me permiten descansar apenas y unas horas, pues entre pesadillas y mi paranoia, incrédula aquí para pocos, no concilio el sueño como debiera. Cuando los parpados me pesan de cansancio y el cerebro se me comienza a apagar en automático, vuelvo a estar alerta, pues sé es cuando aparecerá, y vendrá a contemplar lo que aquella tormentosa noche provocó, creó... dejó de mí; como cualquier otra noche, como ésta.
   He escrito esto, también en parte —y durante largo tiempo—, con la permisión de uno de mis “rehabilitadores”, pues cree me será de ayuda realizarlo, dice me servirá para aclarar mi mente y progresar. Uno de mis amigos aquí, un enfermero del cual omitiré su nombre, me ha prometido entregar esto a un conocido suyo, fuera de estos muros.
   Apenas hablo de él, «Ocuigens», como le he bautizado —por recomendación para mi “pronta recuperación”; y gracias a mis tiempos de recreación entre bicolores lienzos instructivos—, con mis compañeros, me sacan de la sala; en cuanto me alteraba reviviendo aquel momento me drogaban para que durmiera. Ocasionalmente me esmero por causar problemas y con ello me encierren en solitario… En esa habitación acolchada en sus seis caras, pues me es más fácil cuidarme de él ahí, sabiendo no podrá entrar, o mirarme, ya que pernocto en el muro de la puerta colocando un pie en ella previendo quiera entrar. Mis cuidadores, de claro vestir, son gentiles conmigo y a petición mía no apagan nunca la luz cuando en esa segura habitación me encuentro resguardándome de su presencia. Lo mismo deberías hacer, pues él, avieso, está ahí y te mira, te observa con avidez… aunque tú no lo sepas o lo presientas... lo creas o imagines. Si tus ojos han leído esto… asume en cualquier momento que él te está observando; pero no lo pienses demasiado, porque bien podrías terminar… Bueno, espero te hagas una idea de cómo.

   Al igual que tantos me creerás un loco más y, llegado a este punto, seguramente sobran motivos; pero si lo haces es mejor que raciocines el por qué de dicha conclusión sobre mí. Si me crees un orate por un temor inconsciente a que yo tenga razón, diga la verdad —siendo “mi locura” precedida por un brutal golpe de realidad—, y jactándote creyendo que por el simple hecho de creer que algo —con la mente limitada— es inverosímil o escasamente probable, esto resulta de inmediato y por conclusión en algo falso; no lo hagas. Creerlo así no lo hace improbable, sino más bien lo vuelve algo oculto, desapercibido en primera instancia, como tantas cosas en este mundo, hasta probarse lo contrario; ya que carecer de pruebas sobre su existencia no lo hace falso; pero… ¿carecer de pruebas positivas, no lo hace meramente desconocido o más cierto?, sabiendo la peculiar naturaleza de él, sobre todo. Guiarse por la ancestral y arraigada arrogancia de darlo todo por hecho resulta innatural, no para nosotros, sino para el modo en que está constituido el Universo mismo. Sólo podemos ver una fracción de lo que el mundo, la vida es, una parte tan nimia que visto con buenos ojos termina siendo nada… Y en el todo que no percibimos, que apenas e imaginamos, está él con sus ojos saltones, observándonos atento mirar apenas algo insignificante de lo que seguro él sí puede ver; ocultándose seguro en el abrigo de la endeble franja de lo real e irreal, lo creíble y lo improbable para nosotros. Pregúntate con ingenio, con inteligencia tan desmedida de la media popular como te sea posible, al creerme un loco perturbado: ¿Qué tan real es la realidad? ¿A caso no es real lo real, meramente por hechos, conclusiones y todo lo que percibimos como legitimo, y que en conjunto a nuestros sentidos da cabida a la «realidad» sabida y aceptada hasta hoy? ¿Lo que aún no se descubre, se conoce o se ve, existe ahora que es desconocido, que es ignorado por la conciencia?, ¿o existe sólo hasta que lo reconocemos con la percepción, los sentidos y el raciocinio?; ¡y son muy limitados comparativamente, no lo olvides!
   ¡La realidad sólo resulta la mera percepción de ella!; y todo en ella es real, ¿o no? Puesto que… Por ejemplo, las hadas, unicornios, dragones y criaturas fantásticas, míticas, no son reales como tal, ¡pero lo son!, incluso llegan a tener cierta vida, vida que le hemos dado partiendo desde la mente, la imaginación inventiva, y hasta la figura.
   Concluyo que en la peor de mis desdichas, de mis tormentos vividos, si él fuera una mera alucinación producto de mi imaginación averiada, él es real por el simple hecho de presentarse en este plano de lo conocido, ante la conciencia mortal que se me ha concedido, y por muy discrepante que resulte a la de los demás; ¿o es… es que es real sólo para mí por haberlo “visto”; —y/o hasta que se replique—?, pero real de algún modo… ¡Ya no sé si lo sé, o que es lo que sé! Pero, piensa en él, hazlo ahora, piensa que te observa con sus ojos turgentes, vertiginosamente salientes y retrayentes… —y si tentado a voltear, a buscarlo estás, hazlo pero, sabes que ocurrirá—. ¿Qué tan real es? A caso ahora, en tu mente, ¿no es real?



D. Leon. Mayén




lunes, 26 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - Parte 4, Final: Perdón u olvido; adiós o hasta nunca


Por fin, después de tanto, el final de esta, un tanto melosa, historia. Comencé escribiendo este cuento sin saber exactamente como o qué se desarrollaría o ocurriría en él; lo único que tenía muy claro era el trasfondo de todo, y no sé si lo transmití con claridad; es una idea, la observación que, desde hace años en mi adolescencia hice en gran parte gracias a mi primer amor, y es básicamente que de entre miles de millones de humanos en este planeta, la búsqueda y sobre todo el hallazgo de quien puede ser nuestro “amor verdadero, nuestra media naranja, alma gemela” se ve ampliamente limitado por una centena —y es poco— de factores y circunstancias ajenas e invisibles a nosotros. ¿Cómo se que ese ser hondamente afín a quien soy no está justo ahora en otro país del cual ni siquiera tengo plena conciencia de él? Quizá, pese a expresarse con otro lenguaje, otro idioma, seriamos perfectos juntos, claro apartando el hecho de la incomunicabilidad entre ambos; o por qué no, habla mi mismo idioma, y comparte algunos de mis gustos, de mis ideas, de lo que amo en esta vida —algo que anteriormente expresé brevemente en este blog, titulado: Lo mismo de siempre—. Es una idea que desde aquellos tiempos, cuando me cautivó, me ha parecido sumamente fascinante, complejamente matizada e incluso maquiavélica al explorarla con profusión; sumamente romántica como triste, gloriosa o penosa, todo dependiendo de cómo se vea, se interprete —al igual que la mejor cualidad de la literatura: ningún texto es el mismo, ni siquiera por quien ya lo haya leído, pues su percepción como él inevitablemente cambia—.
“La verdad es que no soy ruso”, ja-ja; la verdad es que no he estado en Londres, aunque sí, después de escribir esto deseo mucho ir; y es que los sitios que describo sencillamente en el cuento los he podido sentir, casi como estando ahí, cuando pregunte a una amiga remota sobre ese viaje que recordaba me contó había realizado. Escribiéndome y mandándome fotografías, pues es admirable fotógrafa y detallista observadora, así es que termine llevando a Leandro y Sonia a los lugares en que se conocieron de a poco. Creo que en la parte de la carta a Sonia… no ha sido mi mejor parte, y es que pasando por el sufrir de los “aniversarios” y el desaire de la vida me fue difícil hacerlo de otro modo. Sin más el final.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Perdón u olvido; adiós o hasta nunca

En el hotel, el corazón entristecido, colérico y compungido de Leandro se dejaba llevar por las letras de la canción, su predilecta en momentos como este; cantaba cortada y atropelladamente en voz baja, carraspeando al vapulearle la tristeza y acallando mirando por la ventana —recargado en el escritorio sobre sus brazos cruzados y mirando de lado hacia la lamina de cristal humedecido por fuera—; cantando y sufriendo solo y sólo para él y su pesar:

Sometimes the sun shines cold
The road is lonely as I walk alone
In the sky the clouds are racing fast
It's becoming so cold outside
(…)
And
the clouds gather above me
(…)
As I stand in the rain of this cold day
Tears are the words when I cannot confess the pain
Time will heal
But I don't want to feel
(…)
Sometimes it's hard to let go
(…)
As I feel so cold inside
(…)” 1

1 Fragmentos de la canción: One Cold Day; de la banda: Lacuna Coil; de su álbum: Broken Crown Halo.
En su mente, su pensamiento intenso, brumoso e imparable, como él lo refería, sin cesar veía y sentía a Sonia, y al proyectar ideas con ella y sobre ella su mente se calmaba, apaciguaba la aceleración y desvanecía la bruma. Pasadas algunas más de esas esplendorosas canciones, de símil estilo y genero, la nostalgia y las preguntas se hacían presentes guiadas y motivadas por la letra de una canción que más tarde haría oír a su  espontanea amada:

“Are you the one?
The traveler in time who has come
to heal my wounds to lead me to the sun
To walk this path with me until the end of time
(…)” 2

2 Fragmento de la canción: Are you the one?; de Timo Tolkki (con la colaboración de Sharon den Adel); de su álbum: Hymn To life.
Llegó Tomás a la habitación, en el Hotel Strand Continental —a unos metros delante del extremo norte del puente Waterloo, en la misma calle: Strand, y a dos locales antes de Pizza Express—, siendo ya de noche, e interrumpiendo el cantar melancólico y las lágrimas de su amigo. A punto de pronunciar una frase muy a su estilo se contuvo al mirar a Leandro sentado en una silla bajita, al ras de la cama, cerca a la ventana, con un semblante circunspecto, mirada profunda y a la nada, moviendo de lado a lado los ojos en todas direcciones; transmitiendo todo él —y ya conocido por Tomás— un estado sombrío, reflexivo, existencial y taciturno, y que si bien pocas veces lo había presenciado, sabía que si se encontraba así su amigo era por una buena causa, y de peso, posiblemente más allá del apoyo que pudiera brindarle. Por ello, antes de atenderle fue al sanitario, pues sabía que no era algo que pudiera concluir en diez minutos. Tomás se sentó en la cama, y dijo:
—¡Ahora qué! —Al Leandro callar, insistió—. ¿Qué pasó con la chica con la que te fuiste? Obviamente no pasaste aquí la noche. ¿Qué paso? —Leandro posó su mirada sobre Tomás, mirándole con gravedad.
—Lo que pasó es que me quede dormido. Estaba tan cansado; no dormí desde que bajamos del tren —divagaba—; dormí en el avión, luego de camino a ver a tu padre, y apenas en el tren.
—¿Y entonces donde pasaste la noche? —cuestionó Tomás desconcertado.
—Pase la noche con ella —decía con la mira pérdida—. Con Soñichka —Suspiró.
—¿Quién?
—Me pase todo el maldito día mintiéndole, haciéndole creer que era otro; una simple ilusión en su mente. Ni siquiera por la mañana tuve el coraje para decírselo —Hizo una pauta, miró al techo y prosiguió entre risas de aflicción—. Y ahora… ahora estropee la única oportunidad que tenia de saber su sentir por mí.
—¿Sentir? Creo que no comprendes cómo funciona el sexo casual… de una noche.
—Seguramente mañana no irá… La deje plantada. Lo estropee todo, Tom. El Universo me puso, ¡me dio!, una oportunidad irrepetible, y no supe apreciarla, la desperdicie dejándola ir. ¡Debería arrojarme por la ventana! —dijo mirando a Tomás; y Tomás observó un gesto extraño en su rostro, que le llevo irremediablemente a compadecerse de él, al verlo así, con un gesto que demacraba su semblante.
—Sabemos que no lo harás. ¡Anímate, hombre, mañana iremos al museo de Sherlock Holmes y luego a por fish and chips! —anunció con ánimo.
Leandro siguió, buscando desahogarse con cada palabra, cada vez más intensas, coléricas, de sentir mas no de significado.
—¿Recuerdas que cuando me invitaste a venir, te dije cientos de motivos… cientos de peores cosas, ¡tragedias! que podían suceder? Terrorismo, la caída del avión, el descarrilamiento del tren, terminar presos o inculpados de algún delito… Y ninguna de ellas es la que me ha ocurrido. —Casualmente, sirenas sonaron.
—¡SIDA! ¿Eres imbécil o qué? Debiste… —Leandro le calló con una mirada apabullante.
—No dejo de pensar en ella. Incluso, tal vez por la intensidad del día, he soñado todo lo que hicimos, desde el museo hasta anoche. De todo lo que pudo pasar —proclamó solemne—… Insististe mucho por que viniera, y me negué rotundamente hasta que…
—Hasta que dije que iremos al museo de Sherlock Holmes y luego a por fish and chips; por eso, párate y vamos. Olvídate de…
—¡NO, MALDITA SEA! ¡No quiero ir a ningún lado! No entiendes como me siento. No puedes comprender, ¡por qué no tienes la inteligencia para ello!, que tú tal cual eres irremediablemente para bien y mal, no puedes más que relacionarte con alguien como tú, si bien te va; y como todos. Eres, no te ofendas, pero alguien promedio, mundano, la media…
—Ya entendí —pronunció indiferente Tomás, sabiendo sólo buscaba desahogarse de esas ideas, pensamientos y perspectivas que desde su puericia le llegaban a atormentar sin remedio.
—Yo, en cambio —pronunciaba andando por la habitación—, soy alguien atípico, raro, al ser medido por la media popular, ni mejor ni peor… Aparte. Y he encontrado a alguien… que me ha extraído de toda expectativa sobre lo que puedo buscar o esperar en una mujer; y sufro por saber si siente algo, por lo menos diminuto, como yo por ella —Suspiró, se calmó, y prosiguió pesaroso—. Sabes que no me interesa una relación mundana; me es insostenible. Lo único que quiero es… Mi vida será triste y miserable —musitó.
—¡Sabes que, YA CÁLLATE!  Siempre lo mismo contigo. ¡Cállate y vea a buscarla si tanto es lo que quieres! Déjate de estupideces y ve.
—No recuerdo donde vive. Subimos al taxi y dijo algo de «sex»… y me bloquee, no recuerdo más, me puse nervioso. Me llevó pero no…
—¿Cómo es posible que no recuerdes? ¡Pasaste la noche allí!
—¡Porque no soy  un maldito prodigio de la memoria; estoy muy distraído por ella, y no he dormido como debería! ¡Y tampoco soy un estúpido personaje de una película, con algún idiota escribiendo todo lo que pasa, digo o hago, de ser así “llegaría como por arte de magia hasta su puerta, montado en un corcel con alas y diez mil FLORES”! —Azotó la puerta, y fue a caminar.
Al poco tiempo, mientras Tomás miraba un partido quejándose ante la pantalla, Leandro volvió y dijo apenas y asomando la cabeza por la puerta:
—¡Iré a buscarla! Creo poder dar con el lugar —anunció animado y desapareció. Siendo seguido por Mr. Thomas. No tardaron en volver por la tormenta que se acrecentó, misma que comenzara antes de la llegada de Tomás al hotel.
Cerca a la madrugada, ulterior a cenar en el restaurante del hotel, insomnes, Leandro por la particular situación en que se hallaba y Tomás indigesto por atiborrarse de comida, charlaban cada uno desde su cama, entre eructos y disculpas de Mr. Thomas; alumbrados por la lámpara de noche.
—Si no hubieras venido —revelaba Tomás—, mi padre me hubiera dado una miseria para gastar, y me la pasaría en su lujosa y aburrida casa. Diciéndome: «Hijo, si vivieras conmigo sería diferente».
—¿Has considerado irte a vivir con él?
—No. Así estoy bien; me gusta mi vida así. ¡Y mi madre no me lo perdonaría! Dime, ¿cómo es ella?
—¿Quién, Sonia? —Tomás afirmó guturalmente, previo a un eructo y una disculpa—. Ella —pronunciaba con añoranza en la voz— es… inteligente como pocas, observadora como ninguna, introspectiva y reflexiva; yo diría brillante en todo el sentido de la palabra.
—¿Y qué tan “atractiva”?
—¡Sabes mi ver sobre ese tema!
—A-h-g-g. Ya lo sé —decía Mr. Thomas con hartazgo y mofa—. ¡La belleza es subjetiva, y muchas veces superflua, todo dependiendo de…! Bla-bla-bla. Bla.
—¿Dime como te pareció a ti? —cuestionó Leandro impetuoso; sosteniéndose la cabeza con el brazo.
—M-m-m. Pues… guapa…
­—Justo a eso me refiero. De haberte parecido atractiva, muy atractiva como te gusta, hubieras hecho todo lo que se te ocurriera para engatusarla y que fueras tú con quien saliera. ¡Y para mí, para mí es la más bella de todas, la más preciosa mujer que sé que hay —Diciendo esto, Leandro pensaba en ella, en su figura, recorriendo en su mente cada palmo de su cuerpo, desde sus cabellos hasta… Hasta tal punto de tener que voltearse—. Su prima, Lucilda, con quien iba acompañada; seguro que se entenderían ambos —Esto llevó a Tomás (después de repetir su nombre hasta ahora ignorado por él), como en repetidas ocasiones, a preguntarse como demonios llegaba a esas observaciones; pues era imposible que supiera que toda la noche en el bar estuvo tras ella.
—¿Por qué llegas a creer eso? —indagó con disimulo. Leandro estiró sus brazos hasta no más poder, abrió la boca ampliamente y bostezó.
—­Por lo que dijo Sonia de ella. Además, mientras lo hacía me vino a la mente Maritza.
—Maritza ­—balbuceó Tomás—. Sí, ¿pero cómo lo haces, como llegas a decir que congeniaríamos? —preguntaba ansioso, buscando una esperanza, que su amigo le diera alas o solo le animara.
—Simplemente, es cotejar hechos, datos, y extrapolarlos también; y un don o instinto, supongo. Ja-ja.  Por ejemplo, Lucilda me recuerda a Maritza porque, según entendí, al igual que a ella le gusta hacerse del rogar, que los hombres la persigan y le rueguen por una mirada; más o menos. Y a ti, desde que te rechazara Maritza sigues con esa espinita en el ego; y después frecuentabas buscar relaciones de ese tipo. Y también, puede que le gusten los hombres como tú, que le llenen de regalos y toda esa parafernalia en busca de su aprobación. ¡E inmadura como tú, además; por lo que oí, eso deduzco! Pero, ya sabes es mi sexto sentido, ja-ja. Es cosa mía, a saber si es así realmente. Oh, y ambos son juerguistas por vocación; cuando llegó a su «depto.», Sonia me dijo que seguro estaba «como una cuba».
—¿Cómo una cuba?
—Sí, hombre; cómo un barril… llenó de alcohol. ¡Hasta atrás!
—¡Oh, ya!
Mr. Thomas contemplaba el techo reviviéndolos acontecimientos de la noche anterior en el bar, mayormente encajando lo que decía Leandro de ella, ya que en ningún momento, en sus repetidas e imparables incursiones seductoras, Lucilda le desairó rotunda y tajantemente, sólo le decía que se fuera y le dejara, y al volver él le dejaba estar con ella para después correrle descaradamente. Pero, sobre todo recordaba cómo, al beber de su trago, le mostraba claramente el pirsin en su lengua antes de beber.
—¡Seguro tienes razón! —dijo Tomás con convencimiento y volteo a mirar a Leandro en busca de su respaldo, pero ya dormía.
En el apartamento de Lucilda, ella miraba, sentada desde la cocina mientras terminaba el desayuno, a su prima dando vueltas de un lado a otro del recibidor, para sentarse en el sofá a abrazar el peluche rojinegro, e inmediato tomar la carta de entre las páginas del libro que también le obsequiara Liev… Leandro, y la leyera por enésima vez.
—¡Joder, Soni! ¡Ya estás con las lágrimas otra vez! Olvídale de una vez. No seas pringada; no te merece ese cabronazo embustero y pretencioso ¡Seguro que es un orate; por lo que pone! —Lo que llevaba a Lucilda a decir esto, por sobre Sonia que le ignoraba desde hacía rato tras discernir en opiniones, eran sus emociones encontradas, mayormente celos inmaduros, retoñados al Sonia leer en voz alta la carta ante ella —siendo la  segunda vez que la leyera—. Lucilda había sido de ese modo toda su vida; algunas veces incluso, llegando a disuadir, y sin verdaderos justificantes, a Sonia; sobre todo en el instituto.
Lucilda termino el desayuno y se marchó al trabajo, como vendedora en el establecimiento debajo de los departamentos; pero no sin antes advertir a Sonia: «¡No le iras a ver si no he vuelto; no vayas sola!».
Durante el desayuno, a medio día, en la pizzería a dos locales de la angosta entrada al hotel, Leandro y Tomás devoraban rebanada tras rebanada. En un intermedio, ya que la pizza no era grande, Leandro dio a Tomás un obsequio: un dispensador de dulces, grande y siendo un M&M azul motociclista. Tomás, por su parte, sacó del bolsillo interno de su chaqueta parda un pequeño estuche angosto y alargado y lo entregó a Leandro; y este dijo con dramatismo emulado:
—¡Hacia tanto que no me obsequiabas nada! —Al abrirlo y mirar su contenido: una pluma fuente con la leyenda «Semper fi»; cambio el tono de su voz a uno lleno de gratitud al decir—: ¡Gracias, Tom! —Y cortado al decir— Pero la frase, m-m-m.
—Ya sé; nada más se me ocurrió.
­—¡No creas que no me gusta; es muy bonita!
—¿Y los dulces? —preguntó asombrado, revisando el dispensador con sus algo regordetas manos. Leandro calló.
—¿Y la tinta? —Ambos rieron. Y continuaron conversando haciendo tiempo hasta la hora esperada.
Por la tarde, Leandro aguardaba la esperanzada llegada de su amada Soñichka, sentado en una de las mesitas de madera angostas y alargadas, curvadas en los extremos; cerca, y de espaldas, al busto con la leyenda «Cunningham 1883-1963», al pie de la baranda en la esquina derecha de las escaleras principales de la plaza; asiento perteneciente a Café on the square, establecimiento “oculto” en Trafalgar Square, y donde pidió un smoothie de mango y un brownie de chocolate, ansioso por la espera. El día era fresco, grato a los sentidos, y nubloso en ambos sentidos, por ahora; pocas personas deambulaban o turisteaban por la plaza; a ratos el ambiente le resultaba desesperanzador, tanto que Leandro comenzaba a convencerse que no vendría ella. Miraba de un lado a otro, barriendo con la mirada la plaza, yendo de persona en persona, y girando en ciento ochenta grados buscando apareciera por cualquiera de las escaleras a los costados.
Inadvertidamente Sonia se sentó a su lado, sin darle tiempo a Leandro a advertir su llegada, siendo que, desde hacía unos minutos le observaba desde las sombras —las sombras de los árboles al borde de la plaza—; se aproximó rodeando para descender por las escaleras y aparecer abruptamente ante él, sorprendiéndole. Mientras que Leandro sonreía con esplendor y se sentía jubiloso, pero a la vez nervioso —como hacia tanto, en su infancia—, Sonia de inmediato tomó asiento, se cruzo de piernas, y giró su cabeza en dirección opuesta a Leandro, resultando en quedar oculto su rostro por su peinado.
—¿Quieres un smo-o-di? —preguntó a Sonia, esperando le pareciera divertido y aceptara, y romper el hielo.
—¡No! ¡No quiero! —respondió de inmediato, fríamente—. ¿Por qué me mentiste?
—¡Por qué soy un idiota, Sonia! Te ofendí y espero me puedas perdonar; sólo pido tu perdón… no me interesa si no quieres saber nada más de mí.
Tomás, sentado en las bancas de piedra, al borde de la plaza, se percató de algo curioso; acercó la mirada y entrecerró los ojos al hacerlo: una mujer con lentes obscuros y una pashmina, mascada, o a saber que, en la cabeza, les espiaba recargada en el borde de la baranda, sobre ellos. Tomás se dirigió hacia dicha mujer; para al llamarla, Lucilda emprender la huida.
—¿Si te perdonara —decía Sonia— de qué me serviría? —Leandro buscaba que responder—. ¡Olvídalo! Dime, ¿qué es eso de que soy tu contradicción?
—¡Eres mi contradicción, Sonia —Le tomó la mano y se la besó. Y mientras lo hacía, Sonia le miró sin que él le viera, evidenciando sus risueñas facciones; mismas que ocultaba tras su peinado y cada vez que él buscaba sus ojos; ya que ahora ella quería verle la cara haciéndole creer estaba disgustada—. Mi contradicción porque contigo soy opuesto a lo que soy, no sé con total claridad lo que digo, lo que hago y lo que pienso; y me pregunto por qué lo hago así sin más, pero al final me da igual. ¡Por qué la vida que pensaba tendría de manera solitaria, y me aseveraba sería la que mejor me acomodaba, ahora la aborrezco, la desconozco, pensando que mi vida sin la tuya en ella no vale nada; la desdicha y mediocridad se apoderarían de ella sin remedio al dejarla menguar, sumergiéndome en una vorágine decadente en depresión y melancolía sin fin. Pero sobre todo —decía con desesperada voz—, más que mi contradicción, eres mi vendita maldición —Sonia estuvo a punto de voltear estupefacta—, porque de todas las mujeres en esta vasto mundo, de todas las latitudes, de todas las posibilidades… De entre todas —Besó su mano—, la que despertó estos sentimientos que me atormentan eres tú… The only one... La que me arrebató los sentidos y el corazón de un tajo apenas la bese, la que ahora significa todo lo que quiero —pausó su declaración, contemplándola esperando lo volteara a ver—. Volviendo a lo anterior… sé con certeza que no es correcto, sano o esperanzador sentir esto por ti y de este modo, pues me iré y no te veré de nuevo; pero, mi amada Sonia, no me importa, no me importa en lo absoluto si termina por matarme o enloquecerme este amor que te profeso con arrebato, que me consume desde dentro agónico por tu aceptación y reciprocidad.
­—Ah, sí…  —pronunció con voz trémula— ¿Y qué harías para ello? —cuestionó esforzada a mantener estable tono y actitud.
—Primero esto que hago. Después… no lo sé. Pero te diré lo que estaba dispuesto a hacer para hallarte —exclamaba sin soltar su mano—. Anoche mientras sufría sin parar por haberte fallado de nuevo, al no acudir al parque; que espero no hayas ido…
—Fui. Pero continúa —articuló con desdén. Leandro enmudeció brevemente; Sonia sentía su congoja mediante el tacto de su mano—. Durante la madrugada, charlando con Tom, pensaba en cientos de maneras a las que recurriría para encontrarte…
—¡Dímelos, dímelos y tal vez se me pase el cabreo… No lo sé!
—Pasaría horas y horas buscando los perfiles en redes sociales de Lucilda, y en ellos buscaría indicios de donde vivía antes de mudarse a Londres; previendo no quisiera ayudarme.
—¿Y por qué no los míos? —cuestionó investigadora.
—Por qué… esos no los revise en tu celular; ni siquiera me atreví a abrirlos —Sonia, carraspeó suavemente e inclinó la cabeza ocultando su reacción.
—¡Ya había olvidado lo del móvil! Es algo grave; ni a mi padre se lo perdonaría.
—Y si conseguía —prosiguió esperando convencerla— ubicar el lugar, encontraría el modo de contactar contigo, buscando por internet y haciendo llamadas a lugares locales esperando alguien supiera de ti; si no me quisieras responder al contactarte…
—­Y cuando supieras eso, ¿QUÉ?
—Yo viajaría a verte, vendería todas mis posesiones con tal de hablar contigo, en persona, solamente así tendría esta conversación contigo, ni por teléfono. Aunque fuera para que me patearas por disgusto. Si no pudiera… —Sonia ya no lo soportaba más.
—¿Qué harías ahora para que te perdone?
—¡Lo que me pidas y más, Sonia! ¡Dímelo y lo hare!
—Vale. Ponte de pie. ¡Venga, hazlo! —Leandro obedeció sus instrucciones— Quédate ahí. Ahora abre las piernas y presiona con los pies la sombrilla (una sombrilla larga), las manos detrás y cerrando los ojos voltea hacia el cielo —Antes de que cerrara los ojos, Sonia flexionó la pierna, con ardid, calentando—. ¡Ciérralos, ciérralos! —Leandro lo hizo y mascullando se encomendó a Dios—. ¡No mires!
—¡Sabes, si me piensas perdonar esto no será bueno para nuestro futuro! —gritó Leandro al mirarla alejarse un par de metros, tomando cerrera—. ¡Dios!
—¿Listo?
—¡Sólo hazlo! —Inhalaba y exhalaba hondamente.
—¿Estás seguro que lo vale; mi perdón por tus… nueces?
—Si no hay de otra.
—¿Tanto te importa lo que yo piense de ti?
—¡Sí; y aún más lo que sientas!
—Entonces te perdono —dijo Sonia, de pie frente a Leandro, tomándolo de las sienes y plantándole un beso intenso­—. Y —decía apenas separando sus labios— yo… también… Creo.
­—¿También qué? —preguntó él apartando su boca.
Sonia le miró, le tomó la mano y se la besó. Leandro tardo un poco pero, cayó en cuenta de lo que eso significaba, lo que quería expresar Sonia.
Al girarse para volver a la mesa, tomados de la mano, Tomás estaba a media escalera, fatigado, exhausto y sin aliento; pues corrió a toda prisa desde mitad de la plaza al ver lo que ocurriría, buscando salvar la progenie de su amigo, y dejando a Lucilda en el borde exterior de la plaza —con quien caminaba conversando sobre los dos tortolitos— mirando con placer el sádico y masoquista espectáculo esperando se consumara. Tomás hizo un ademán de menospreció con la mano y se sentó en los escalones apoyándose de la baranda en estos.
Sentados, Sonia dijo:
—Toma —Mostraba a Leandro su libreta, asiéndola entre sus dedos abanicándola— Muy interesante lo que pones. Te la has dejado en el piso —Leandro, primero sorprendido, rió con ironía.
­—¿Quieres otro smoothie, Sonia? —preguntó a su amada, estando sentados a la mesa, tras engullir la mitad restante en el vaso.
—Sí, sí quiero —expresó Sonia frunciendo la nariz. Mientras él la tomaba de la mano entrelazando las de ambos, oprimiéndola y meneándola con cariño, mientras miraba sus refulgentes ojos, reflejo de sus emociones a flor de piel—. Llámame Soñichka 3Liev —Ambos sonrieron, rieron y disfrutaron la compañía del otro, entre apapachos, besos apasionados, arrumacos azarosos, caricias discretas.
3 Soñichka: diminutivo afectuoso de Sonia: pronunciado Soñia en ruso.
Por la noche recorrieron Londres acaramelados, abrazados, y de la mano; no al principio, pero sí al retomar la confianza pausada desde su noche amorosa, su noche; y que revivirían antes de despedirse, más intensa, más expresiva de su amor. Durante los días subsecuentes fueron a diversos lugares, primeramente en compañía de sus chaperones, a algunos bares y lugares propios de los gustos de estos, y conociéndose un poco mejor todos; y abandonándolos en un descuido para deambular solos. Yendo a comer fish and chips y visitar el museo de Sherlock Holmes, subir al London eye ; pero sobre todo preferían lugares donde pudieran tener una relativa privacidad, para hablar, y  bueno, besarse, entre expresarse las palabras más bellas que alguien les dijera o susurrara al oído.
Ocultaban ambos, evadían, tanto de forma propia como exterior, discutir, pensar o plantear lo que pasaría inevitable al concluir su visita a la vibrante city of London; y Sonia se olvidó de todos los planes que hiciera para su estadía, sabiendo que Londres seguiría ahí el próximo año, o cuando volviera, mas no tenía ninguna certeza de que sería de su amado Leandro, de ellos dos. Preguntándose en la soledad de las noches, leyendo y enamorándose del libro que le regalara su bienquisto amado, si esto, lo que vivía, sentía con vehemente pasión y agudos sentimientos… si él sería un principio, o sólo se trataba de un mero final esporádico y breve, pero magnifico en su vida.


D. Leon. Mayén
Al otro extremo… Arrebato pasional - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

Nota:
El final. El final puede ser claramente un cliché de tantos en este tipo de historias, y lo sé perfectamente; por ello considere, al escribirlo, otro posibles finales, como que Sonia no acude a la cita, o juega con él, pateándole e irse, y la que más me ha tentado es en la que el tren en que viajan sufre un atentado, y en consecuencia todo es una alucinación comatosa de Leandro, creada en su mente agonizante buscando desesperado paz en un estado incierto entre la vida y la muerte, por ello en una parte he puesto, “(…) Y ninguna de ellas es la que me ha ocurrido. —Casualmente, sirenas sonaron.”.
Pero al final, por mucho realismo que se le imprima a las cosas, sé que todo lo escrito es claramente ficción, aunque algunos “muy listos” no lo capten así; pues siendo una ficción y más algo claramente romántico, lo que se espera muchas veces al estar, sentirse, inmerso en una historia, como me ocurre al escribir o leer, es que todo salga bien, porque estoy seguro ya son suficientes las putadas del mundo como para que además no se creen o disfruten de bellas historias con finales positivos al tratar de emular la mierda que se crea en esta vida, —y no es que no disfrute del realismo en las artes narrativas o creativas, al contrario lo agradezco, pero no siempre resulta elemental—. Y sinceramente me he llegado a cansar de escribir sobre tanta muerte y desgracia —cosas que no publico, y no por pervertido sino por apostarle en mayoría—.

Debo confesar, incluso al escribir ciertas partes, ja-ja-ja, he fantaseado ser Leandro, y más de una vez en el proceso, muy a parte de ayudarme a que fluyera la historia, más por placer propio que por otra cosa, ja-ja. Y es que muchos clichés románticos, parten de esos deseos hondos de que todo irá bien, y así, permitirnos escapar fugazmente de lo que seguro no será, soñar por unos instantes, incluso que somos otros, que llevamos otras vidas —otra de las gloriosas bellezas de la literatura—.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Al otro extremo... Arrebato pasional - "Parte 2: Retratos, pinturas y miradas"

En esta ocasión, en la segunda parte de este relato, este cuento largo o, simplemente, esta historia titulada «Al otro extremo… Arrebato pasional», Liev, aún fingiendo, es llevado por Sonia por algunos lugares de la ciudad, desde un museo hasta una gran dulcería; “conociéndose” mejor en el trayecto; hasta terminar en el apartamento de Lucilda, donde lo que ambos esperaban pasara sin siquiera mediar palabra sobre ello, termina por ocurrir casi de igual modo. Siendo lo que ocurre esta noche lo que define lo que motive el día siguiente.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Retratos, pinturas y miradas

Poco después, tras caminar unas cuantas calles hacia el este por The Strand, hicieron su primera parada, en The National Gallery, de frente a Trafalgar Square, una plaza de gran tamaño, misma que recorrieron: con dos fuetes a los costados, estatuas a las cuatro esquinas de la plaza y una imponente al sur sobre un colosal pilar —llamando particularmente la atención de Leandro la estatua de un fósil, aparentemente de un équido, quizá—; siendo el principal museo artístico de la ciudad. Dentro, caminaron por sus salas, mirando, sobre todo ella, a detalle las pinturas, de diversas épocas y pintores, locales y extranjeros. Sonia, entre pinturas, miraba a Leandro mirando de igual forma las pinturas; y al, él, leer uno de las leyendas de una pintura, sacó su móvil y se lo ofreció a Leandro diciendo:
If you want read something, just use it.1 —dijo sonriéndole; creyendo ella que, naturalmente por lo dicho en el bar, Liev no podría leer lo escrito en los letreritos con facilidad.
1 Si quieres leer algo, simplemente úsalo.
Spasiba2 —respondió él, con gratitud y sorpresa; e intentando imitar lo mejor que podía el acento ruso.
2 ¡Gracias!
Leandro miró el celular, observando en él la aplicación de traducción, y asintió grato. Revisándolo, se alivió al percatarse que la escritura cirílica rusa no estaba habilitada para usarse, pudiendo con ello evitarse la penosa necesidad de escribir el ruso que desconocía, y tanta curiosidad le despertaba; salvo por escasas palabras que sabía, mas no como para evidenciar gran elocuencia al usarlas, menos escribirlas. Observando las pinturas, a momentos miraba el contenido del celular, esperando no ser pillado, buscando obtener una mejor idea de quién era Sonia.
Transcurridas aproximadamente dos horas, salieron del museo y acudieron a tomar un café, por antojo de Sonia, a The National Café, bar-restauran ubicado exactamente en la esquina sureste del museo. Estando ahí, rodeados de personas, Sonia comenzó a hacer algo que en principio alarmó a Leandro, hablar sola, mejor dicho, dialogar con Liev sin esperar a que respondiera, y creyendo él que ella había descubierto su farsa; y, logrando ella con eso apaciguar sus nervios, creados al no poder conversar con él. En su soliloquio teatral le expresaba su opinión sobre las pinturas que vieran; llegando, tras un rato de estar hablando, a parecerle algo divertido hablar sin la esperanza de que le respondiera, incluso liberador, pues comenzaba a contarle sus pensamientos e ideas, sus opiniones y vivencias, problemas y preocupaciones. Haciendo esto Sonia, al inicio Leandro le miraba un tanto indiferente y ansioso, pero casi de inmediato le observaba y escuchaba con sumo interés; sentados en el café rodeados de personas conversando, en su mayoría angloparlantes, y los meseros yendo y viniendo con platillos de mesa en mesa; llegando a momentos a tener que contener su risa o asombro al escuchar las palabra de Sonia, pero liberándose un poco al reír ella y aparentando hacerlo por reflejo.
Terminando con el postre, Leandro devolvió el móvil a Sonia, y ella repentinamente se puso de pie al mirarlo.
—Venga, vamos; se hace tarde —anunció Sonia, mirando hacia la puerta y seguidamente tenderle la mano de manera invitante.
Pagaron la cuenta y volaron.
Leandro, sin objeciones siguió, mejor dicho, fue llevado con toda prisa por Sonia durante cinco cuadras; y siendo la chica frenada en dos ocasiones por su acompañante al intentar lanzarse sin más a cruzar la calle carente de precaución alguna. Llegaron a un parque enrejado, con grandes y frondosos árboles al interior, y al medio de este una glorieta para transitar alrededor de una porción de vivo pasto con una estatua de color obscuro, no muy alta, al centro del circulo; cruzaron el parque de lado a lado para llegar al destino deseado de Sonia: The London Library, a la esquina noreste del parque, en la calle St. James’s Square; la biblioteca se ubicaba justo en la esquina de la calle. Graciosamente para Leandro, la fachada angosta, marcada con el número catorce, daba a aparentar ser un lugar de espacio reducido. Su gran sorpresa fue al estar ya dentro, nada tenía que ver su idea original sobre el lugar con sus entrañas rebosantes de libros y libros. Mientras Sonia pedía indicaciones, Leandro curioseaba por ahí, mirando el lomo de los libros, observando a la gente en la biblioteca: algunos de ellos, sentados a la mesa, trabajando en los portátiles, otros más leyendo bajo la iluminación de las lámparas flexibles, con completa atención en las páginas, inmersos en la lectura. El silencio del lugar apenas era alterado por algunas voces inglesas y la alfombra al caminar por ella en menor modo; la atmosfera en sí creaba un ambiente de serenidad y plenitud confortable. Una chica leyendo, sentada cerca a la ventana; de cabellos rubios, y acobijada vistiendo un suéter verde; llamó la atención de Leandro al pasar cerca a ella. Siendo su risa, efecto de su lectura, la que invocara su atención en ella; al reír de nuevo ella le miró guiada por distinguir su presencia de reojo al pasar; encontrándose sus miradas, Leandro se pasmo por el fulgor de sus ojos garzos, de viso efecto de la luz natural refractada en ellos, y, a la vez, emanante por la naturaleza de su alma; Leandro le respondió por reflejo con una grata y esplendida sonrisa. Caminando en sentido opuesto a la ventana se giró, para de nuevo encontrarse sus miradas y sonreírse, recordando así, aquel momento, que desde que ocurriese se desvanecía en sus memorias, más en ella que en él, pues Leandro difícilmente olvidaba sucesos así —de cualquier naturaleza relevante—.
Leandro, pensaba, creía, con insistencia en algunas situaciones Sonia le leía la mente; evidenciado sobre todo, en los soliloquios de ella, sus, presuntas, conversaciones con ella misma ante él.
Por entre los corredores, formados por estantes repletos de libros y algunos huecos en ellos, Leandro rondaba a Sonia, observándola de pies a cabeza, deteniéndose a detalle en cada centímetro de ella —exactamente como hiciera ella en el museo—, y sobre todo, contemplándola leer, andando ambos en paralelo, mientras ella, caminando con parsimonia a lo largo de los pasillos, susurraba acompañada del movimiento de sus ojos, que descifraban lo escrito en el papel para inmediatamente procesarlo. Leandro se plantó al final del pasillo; al llegar ahí Sonia, se detuvo, pues su visión periférica notaba la presencia de alguien frente a ella, levantó la mirada y al mirarse ambos sus rostros dibujaron una grata sonrisa, espontanea, sincera y jubilosa en ambos; la timidez cohibida, que bien pudo manifestarse por la relación entre ellos, no se manifestó, remplazándose por, bueno…
Al poco rato, alguien les indicó que estaban por cerrar, por tanto, se marcharon.
Esta vez, al caminar de vuelta en dirección al museo, lo hacían con tranquilidad, disfrutando cada paso que daban, lo que veían y la compañía; a penas Sonia veía algo que le llamaba la atención o le sorprendía, jalaba de la mano a Leandro, o del brazo, para llamar su atención de manera muy confiada. Al llegar a Whitcomb Street —una calle al este de Trafalgar Square—, viraron a la izquierda, con dirección al norte. En su trayecto, algunas de las fachadas de los edificios rememoraron a Leandro las calles del centro histórico de su ciudad, muy lejana; experimentando con brevedad algo de nostalgia y anhelo. Sin advertirlo habían llegado a su destino. Sonia se adelantó a entrar al M&M’s World, en eso, Leandro contempló la fachada del edificio, curvada en la esquina, clara en su totalidad, de cristal y con ventanas luminosas al otro lado; sacó de uno de sus bolsillo su libreta y tachó de la lista de los lugares por visitar este; la página opuesta contenía la dirección del hotel donde él y Tomás se hospedaran, por si la olvidaba y cifrada.
Apenas entrar, cruzó gustoso, como niño, aunque sin expresarlo del todo, un pequeño “camión” rojo de dos pisos —típico de Londres y también un icono de la ciudad—, o al menos aparentaba  muy bien ser uno de ellos. Se detuvo junto a Sonia, quien miraba un peluche de un M&M rojo, vestido con el uniforme de la Guardia Real, sustituyendo la casaca roja por su cuerpo colorado y redondo, y con su sombrero alto y negro. Leandro simuló mirar las playeras de «I love London» con un corazón sustituyendo la palabra love; y el rojo del corazón sustituido por la bandera británica. Rápidamente miraron ese piso y el mezanine, y se dirigieron al piso inmediatamente inferior a ese. Ahí, apenas terminando las escaleras, comenzaron el recorrido para seleccionar a su antojo los pequeños dulces de diversos colores y sabores, cautivos dentro de enormes cilindros dispensadores en vertical. Al llegar Sonia a la segunda sección y, en el muro de “arcoíris”, leer la frase inscrita a mitad de los cilindros, atravesándolos horizontal: «Share with someone special», tuvo una idea.
Leandro también tuvo una idea a causa de uno de los letreros del lugar, en particular por uno que se hallaba repetitivamente ante él, y el que le llevó a comprar un dispensador de los famosos chocolatillos, para alguien querido y apreciado por él. Por unos minutos, Leandro se desapareció de la vista de Sonia.
Al salir del edifico, de bullicioso y vistoso interior, Sonia intercambio los dulces que eligiera con los de Leandro; indicándole lo que pretendía a base de señas, pero, Leandro entendió de inmediato lo que ella pretendía al decirlo de viva voz acompañando sus gestos y señas. Sonia esperaba con esto poder conocer un poco más a Liev, sus gustos; y que él conociera los suyos. La acción de Sonia le pareció muy original y divertida a Leandro.
Abordaron un taxi y Sonia dijo al conductor:
To Middlesex and Cobb Street, please! 3
3¡A la calle Middlesex y calle Cobb, por favor!
Durante el trayecto a bordo del taxi, deleitaron sus paladares con las coloridas golosinas; mientras Sonia hablaba y hablaba de cuanto se le ocurría o veía, y sin inhibición alguna, ya que creía “Liev” no comprendía una sola palabra de lo que decía en su lengua materna; y él, bueno, él la miraba entre risas y entre aparentes distracciones al observar por la ventanilla, pero sin dejar de escuchar por un solo momento lo que decía… su voz.
Sonia pago al taxista, contribuyendo Leandro con la mitad; y, dando al taxista los —como llama Tomás a las libras— papelitos de la reina,  descendieron y se encontraron a los pies de su destino final —al este del área de City of London, y unas calles al norte de Whitechapel—; en el número ochenta y cuatro cruzaron la puerta de cristal opaco que da acceso al edificio.
—Lucilda no deja de decirme que este es el mejor piso que pudo conseguir —decía Sonia, mientras subían por las escaleras. —Que lo ama. «Está a dos pasos de la universidad y lo necesario cerca. Y el curro en el piso de abajo». Se la pasa diciéndome.
Llegando al segundo piso, detuvieron su asenso.
En el apartamento, Sonia le indicó tomara asiento; así lo hizo Liev, acomodándose en un sillón individual de color rojo. Durante la ausencia de Sonia, Leandro echó una ojeada al lugar: el recibidor era acogedor; en el muro de la puerta un gran espejo en horizontal hacia lucir más amplio el espacio; bajo el espejo un sofá negro para dos o tres personas; de frente a ambos sofás la TV, y en el centro de todo una masita de cetro de cristal con diversos objetos sobre ella, el control del TV, una taza de café casi vacía, una revista, etc. La cocina —justo de frente a la puerta y de lado izquierdo— y el recibidor apenas y estaban separados, pudiéndose ver en su totalidad desde donde se encontraba él: una barra larga pegada al muro, negra y formando una «L» al llegar al recibidor; sobre ella, alacenas de madera clara, y sobre estas un par de lámparas, muy separadas una de la otra. Leandro volvió a santearse, solo que esta vez en el sofá.
No tardo en aparecer Sonia, proveniente de las habitaciones, a la derecha de la cocina. Leandro la observó de pies a cabeza, notando había ido a “refrescarse”: sus labios, el labial en ellos había sido retocado, haciéndolos destellar al igual que lo hicieran sus ojos bajo la luz del atardecer; sus cabellos negros alborotados y esplendorosos; su escote ligeramente más expuesto, y al sentarse a su lado, una esencia exquisita le deleitó: igual a la que oliera durante todo el día al estar próximo a ella, pero renovada, resaltada y penetrante a su olfato, sin llegar a ser agresiva a este.
Sonia de nuevo lo miraba con timidez; actuando de igual modo. Ella se atrevió a besarle, pero al sentir su inhibición él se rehusó a corresponderle; deteniéndole en seco dijo:
M-m-m. You can… give me your cell phoneplease4 —pronunció, esforzándose por pretender asentó ruso al hablar.
4 M-m-m. Puedes darme tu celular… por favor.
Sonia, con cierto desaire, tomó de su morralito, en la barra de la cocina, su móvil y lo entregó a Liev. Él tecleó en el traductor, y para no batallar con la busque de lo que quería expresar o ser impreciso, lo escribió en español y lo colocó a pantalla completa. Sonia leyó en la pantalla del móvil el mensaje, claro y conciso: «No estoy dispuesto a hacer nada que no quieras que realmente pase». Sonia botó el móvil en el sillón, y pronunció mirándole a los ojos:
I want... Really I want, but... it's just... I never did this before... I think maybe that's wrong... Although... I feel… I want 5 —decía Sonia, esperando comprendiera sus palabras.
5 Yo quiero… Realmente quiero, pero… es sólo… Nunca hice esto antes… Pienso que tal vez esto esté mal… aunque… Siento… lo quiero
Leandro comprendía cada palabra, pero más aún su sentir: dudoso y a la vez deseoso, reprimido y anhelante de ser expresado con arrebato; justo como él se sentía, o eso intuía. Ardido de pasión y sentimientos clamorosos hacia Sonia, y sobre todo anhelando expresar todo lo que retenía en sí y ansiaba decir, contar y expresar a Sonia en respuesta a todo lo que había oído de ella, visto y sentido, por todo eso y quizá más, abalanzó sus labios hacia los de Sonia, tras mirarla fijamente y pensar, sentir, todo lo que inundaba su cabeza, su pecho. Sujetándola suavemente del cuello y de la espalda la atraía hacia sus labios, los que a la par de ella danzaban ensalzados en una, rápidamente, creciente lujuria. Sus bocas festejaban su unión sonoramente al incrementar el vigor de sus besos; disminuyendo por momentos su intensidad, y no así, su pasión, siendo suaves y marcados. Con prontitud, en Sonia desaparecían sus dudas, sustituidas por una mixtura de nerviosismo y excitación, cosquilleos y un acaloramiento repentino; placenteras sensaciones que, con similitud compartía con Liev; estremeciéndoles de pies a cabeza.
Transcurrido un rato de besos que apenas y terminaban al separar sus labios del otro, intuyendo Sonia que Liev cumpliría con su palabra sobre no hacer nada que ella no deseara, se puso de pie; separando él sus labios hasta el último instante sin moverse de su asiento. Soñichka le guió a su alcoba entre más roses apasionados de sus labios y sus sensitivas pieles.
Su alcoba, una de tres en el departamento, era pequeña pero acogedora, cuando menos para ella; alfombrada de color gris; dentro, a escasos pasos de la puerta aparecía la cama; más allá de ella, una diminuta mesa de noche, blanca como los muros, en el rincón ajustada entre el muro exterior y la cama, y con una lámpara de noche alta; seguido por tres ventanas en paralelo al lecho. En el muro frente a los pies de la cama, un ropero con puertas de espejo, en la esquina derecha, y tan alto como el techo; junto a este, una cómoda blanca, y sobre él una pantalla pequeña en el muro; seguido de una mesita individual con una silla, también, de color acorde con la habitación; en la mesita un cuaderno con bolígrafos sobre él y junto a un par de libros, y una lámpara de mesa.
Liev besaba sus mejillas, su cuello, sus hombros haciendo a un lado la prenda que le obstaculizaba. Soñichka, dejándose llevar por el fulgor pasional del momento, susurró:
LievLiev… hagamos el amor.
El modo, el tono en que lo dijo, hizo que Liev, sin miramientos en la farsa que representaba, diera el siguiente paso. A su vez, Soñichka paso por inadvertido el hecho de que él respondiera con entendimiento a su deseo; ya que ambos se hallaban en otro plano, carentes de una completa conciencia al gozar de la plenitud de sus sentidos: el tacto de sus besos y caricias; el aroma natural e imperceptible expelido por el otro; el sonido de sus bocas, de sus gemidos y suspiros; y la visión del otro al encontrarse fugazmente sus miradas.
Ty prikrasna, tak krasiva, Soñichka! 6 —exclamó, tras hilar en su mente con dificultad las palabras. Y sabiendo que ella no le entendería dejó salir una frase conocida, la única cercana a lo que sentía por ella. —YA lyublyu tibya, Soñia! 7
6 ¡Eres hermosa, tan hermosa, Sonia!
7 ¡Te amo, Sonia!

Liev se levantó del borde de la cama y la hizo levantar para despojarla de su prenda superior. Al sentarse él de nuevo ella se sentó sobre sus piernas. Liev le mimaba labialmente desde el cuello hasta donde comenzaban sus senos, y volviendo a su boca, mientras frotaba su espalda con sus manos, suavemente desde su espalda baja hasta su nuca; atrayéndola tan cerca de él como podía. Uniéndose en un abrazo apasionado, con sutileza desabrochó su sujetador sin apartar una mano de su espalda, en vista de que intuía, por sus reacciones, le gustaban las acaricias en esa parte de su hermoso y delicado cuerpo. Liev, acarició con sus labios, y besaba, sus senos, sus aréolas. Entre suspirantes gemidos, inadvertidamente, Soñichka invirtió “los papeles”, al abalanzarse sobre Liev y con ello teniéndolo de espaldas sobre la cama, y a su merced. Rieron y sonrieron. Sonia le asistió a quitarse la playera; y comenzó a besarle como hiciera él, y deteniéndole al, él, intentar acariciarla o buscar besarla. Pues, sin palabra alguna, mutuamente, tácitamente, comenzaron un jugueteo placentero para ambos; quizá, quizá, desde que entraron al apartamento; quizá, desde que se vieran por primera vez. Quizá para… Quizá por…

D. Leon. Mayén

lunes, 5 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - "Parte 1: En el meridiano 0"

Para mis apreciados lectores una nueva historia de mi "puño y letra", o mejor dicho, de mis dedos y teclas. Inspirada por el libro que leí y reseñe previamente; y situada en la ciudad de mi libro favorito: "El signo de los cuatro" de A. Conan Doyle; también por el notable tráfico de personas que miran mis publicaciones allá (al menos eso dicen mis estadísticas del blog).
Esta historia comienza con la llegada de dos amigos a Londres. Donde uno de ellos, Leandro, por incitación y complicidad del otro, se sumerge en una "cita" con una chica desconocida, "Sonichka", en un bar apenas llegan a la ciudad. Envuelto en mentiras: un alias, y falsas pretensiones; llegan a verse inmersos en una ilusión placentera por un tiempo, y a la vez insostenible para uno de ellos. Yendo de sitio en sitio por la ciudad, comienza algo entre ambos, algo que ninguno imaginara al aceptar las incitaciones, respectivas, en el bar, al comenzar el día, o al embarcarse hacia la excitante ciudad de Londres; golpeándoles la incertidumbre del porvenir ulterior al placer y plenitud de lo inevitable (como se asevera él) e incontenible. Esto y más se encuentra entre las líneas de esta historia; y unas gotas de erotismo, porque, el romance sin el erotismo, creo, resulta sólo en lo que pudo ser, lo que culminó al borde de lo que sería envuelto en el esplendor de la pasión arrebatada e intensa: evolución, metamorfosis, del romance.
Dada la extensión de este cuento —por mi facilidad o desdicha de explayarme—, me he decidido por dividirlo en partes; haciendo más fácil su lectura, así como su disfrute... ¡espero! Lo he basado también, en parte, en una experiencia real; muy poco realmente. Todos los lunes una nueva parte.


Al otro extremo… Arrebato pasional


En el meridiano 0

Estaba a punto de arribar el tren 4650 a la estación Charing Cross, en el corazón de Londres. Dos amigos, provenientes del otro hemisferio del mundo, viajaban en dicho tren; uno de ellos, Leandro, leía apaciblemente a la espera de que el tren frenara al llegar a su destino, y siendo esta su primera vez en Londres, más aun, su primer viaje fuera de su país natal; el otro, Tomás, como en gran parte del trayecto, se paseaba de extremo a extremo del tren; de padre británico, y siendo esta una de muchas veces que visitaba la grandiosa ciudad cosmopolita.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás dirigiéndose a su amigo, tomando el libro en sus manos a modo de poder ver la portada.
—«Infancia - adolescencia - juventud» de To… — Tomás desvió la mirada hacia el corredor y sin más se marchó, dejándole, como es habitual en él, con la palabra en la boca (algo ya acostumbrado en su relación).
Leandro retomó la lectura; estando a medio capítulo de la segunda obra del libro. No tardo en estar el 4650 próximo al final del trayecto. Encontrándose el tren en el puente, guardo su libro y contempló a un costado las embarcaciones yendo y viniendo a lo lejos, en el Támesis; y al lado opuesto la “rueda” icónica de Londres, o The London Eye, como indica en la guía turística que adquiriera en el aeropuerto por una módica cantidad.
En la estación, mientras Tomás acudía a realizar un par de llamadas, Leandro observaba atento a la gran diversidad de gente que transitaba por todo el lugar, desde familias, ansíanos, jóvenes, y hasta, como los llamaría su padre, vagos alborotadores —por usar un eufemismo—; un sentir y opinar totalmente opuestos a Leandro, pues le parecía formidable dicha diversidad étnica, cultural y expresiva. El ambiente era bullicioso y abundante de gente fluyendo en él, cientos de personas entrando y saliendo, yendo y viendo por todos lados y a todas direcciones. Aguardaba ansioso no tuviera que dialogar o sencillamente intercambiar palabras con alguien, ya que su inglés no era más que básico tirando a escueto, visto así por el mismo. Aún con ello, se sentía un tanto entusiasmado de poner en práctica los conocimientos que poseía sobre el lenguaje —tampoco es que fuera muy malo, salvo en algunos aspectos de la pronunciación—.
Al volver Tomás, de inmediato se dirigieron a su primer destino del día, y desconocido para Leandro.
Tomás es apenas unos considerables diez centímetros más bajo que su amigo; de figura entrada en carnes, aunque no con exceso, robusto más bien; ojos pequeños, pero notorios por mirones; de rostro bonachón, armónico con su actitud y contrastado por su carácter ocasionalmente arrogante y pesado.
—¿Tomaremos un taxi? —cuestionó Leandro.
—¡Caminaremos; no queda lejos! —respondió Tomás.
—¿A dónde?
—¿A dónde qué?                                 
—¡A dónde iremos!
—¡Oh! A un bar a unas calles de aquí.
—¡Un bar! ¿No crees que es muy temprano para beber? —pronunció Leandro, sabiendo perfectamente que esperar por respuesta.
—Es de noche en casa; y sigo con ese horario —exclamó con tono elocuente, creyendo era muy ingeniosa su respuesta; a no ser por la respuesta de su amigo.
—¡Sabes que allá son —miró su reloj e hizo la cuenta— las ocho de la mañana! —Tomás calló momentáneamente sin atinar a que responder.
—Es igual. No me acostumbro a tomar “técito” —dijo emulando llevarse una taza de té a la boca, levantando como todo un caballero el meñique al hacerlo y haciendo el sonido de estar sorbiendo. Ambos rieron de su payasada.
En breve caminaban por The Strand, una vía importante de la ciudad —misma que, al final de ella en dirección sureste desemboca en el Palacio de Buckingham—. Llegaron a George Court: un callejón estrecho entre una farmacia y un banco, y más allá la famosa “pizza caliente”. Descendiendo los últimos ocho escalones inmediatos al callejón, Leandro por sobre los temores de hallarse en una tierra lejana y desconocida, y sin dominio del lenguaje nativo —algo que le disgustaba de manera preocupante—, se sentía emocionado, como un niño al descubrir el mundo que le rodea, sólo que en él de manera más tenue, pero intensa. Reconociendo las sensaciones mezcladas, débilmente se rehusaba a explorarlas y dejar que le dominaran felizmente en su totalidad.
Esperaron formados por unos veinte minutos; antes de entrar Tomás dijo a su acompañante:
—Aquí llámame Mr. Thomas Nell.
—¡Mr.! Pretendes que sea tu criado —exclamó Leandro girando la cabeza y mirándole con sorpresa incrédula.
—Me conocen así por estos lares —respondió con aire arrogante.
—Sin importar que, me tomas por idiota ¿verdad? Lo que pretendes es hacerme ver como el extranjero lerdo que no se entera de nada. Como aquella vez que querías dar a probar a los gringos un chile de árbol a mordidas. ¡Madura! —Tomás simplemente se carcajeaba, en principio por ser descubierto y seguido por recordar aquel día y sus gracejadas.
Apenas unos pasos dieron en el corredor para llegar a estar en el bar. Al medio del lugar numerosas mesillas redondas con taburetes se hallaban distribuidas, al igual que algunas arrimadas a los muros; un sofá rojo; y al fondo y en el rincón asientos corridos. Frente a la puerta la barra, larga y detrás a ella una vitrina tapizada de disímil  botellas de licores y jarabes; y a la izquierda de la barra las ventanas de vista al callejón. Los muros carmesís del lugar eran cubiertos en gran proporción por retratos y fotografías en blanco y negro todas ellas, de personalidades reconocidas de la región y a través de los años —cuando menos eso suponía Leandro—.
Bebiendo una cerveza —un tanto a desagrado no siendo su veneno preferido­— a sorbos —lo opuesto a Tomás, siendo la tercera la que asía en su mano libre—, Leandro observaba a los presentes, sus atuendos, casuales y otros formales, sus expresiones y ademanes repletos de jovialidad y algunos de fraternidad para con quienes convivían. Al Tomás referir que le presentaría a algunos de sus conocidos ahí, Leandro se rehusó sintiendo no tendrían de que hablar con su escaso dominio del inglés; quedándose, así, solo, bebiendo y leyendo entre sorbos, de espaldas a la pared en una mesilla próxima a la entrada.
Una hora más tarde, sentadas en los asientos corridos al fondo, dos primas de situación algo similar a la de los dos amigos: una de ellas, Lucilda, hacía dos años que vivía en Londres; y su prima, Sonia, de visita por una semana, proveniente de la nación que viera crecer a ambas; charlaban, Lucilda perfecta y desenvueltamente con amigos y desconocidos en el bar, Sonia también, sólo que falta de interés, sobre todo. Cuando se disipó su compañía, quedando solas Lucilda y Sonia, y avanzada la conversación, Lucilda —de cabellera teñida de rubio, ojos grandes y brillosos; un cuerpo ligeramente torneado; siempre vistiendo escotada, y de voz algo escandalosa— decía a su prima:
—Anda; no me digas que no te parece guapo.
—No es eso, Lucí.
—¿Entonces? ¡Eres soltera, y estas de visita en una ciudad excitante que llama a la aventura! ¡Y ya estas grandecita; o acaso no eres una mujer que decide por si sola!
—No sé ­—pronunció dudosa, Sonia, pero sin descartar lo que argumentaba su incitante prima—; Es que…
—¡Nada, tía…! ¡Vale! si no te sientes cómoda lanzándote como yo lo haría, pues no sé… llévalo por la ciudad, dale un pequeño tour: así mareas a la libre y luego ¡ZAZ! JE-JE-JE —Sonia se limitó a mirarla con descontento por no tomar sus planteamientos con la misma seriedad— Vale, perdona. Lo llevas por la ciudad y si no te mola no tiene por que pasar nada; te piras sin más y te olvidas… De él y de un buen polvo de una noche. ¿Vale?
Sonia miraba con duda y curiosidad al extranjero. Lucilda notando eso insistió esperando convencerla:
—Anímate, tía; ¡Es ruso! —aseveró con total certeza, levantándole las cejas.
—¿Estás segura?
—¡Segura; Soni! Cuando llegamos le oí hablar­ —reveló Lucilda, refiriéndose a oírle leer y confundiendo el ruso con el alemán (mal pronunciado, por cierto), y por haber oído la procedencia del autor del libro que leía.
Tomás, conversando, de pie junto a las señoritas, se disculpó y corrió a con su amigo.
—¡Me ca… en toda; Leandro!
—¡Qué! —formuló en protesta Leandro.
Tomás, entre risas y sonrisas se sentó junto a su serio amigo y le sujetó abrazándole con camaradería y pesadez.
—Ves a las chicas, allá —Señaló en su dirección con el índice, sosteniendo la cerveza recién recargada—. ¡Creen que eres ruso! —Le sacudió estrechándole con fuerza del brazo y estrujándole el cuerpo mientras emitía un desmedido y escandaloso chillido de exaltación—. Lo que vas a hacer es que si viene una de ellas hacia acá tú sigues el juego; y no hables por nada del mundo. ¡Deja que papá se encargue de todo!
­Leandro le miró, ¡como vaya!, hace siempre al oír o presenciar sus tonterías, impulsivas y por tanto opuestas a su carácter. Sin tiempo a replicarle algo, Tomás se largo dejándolo solo ante la chica que se aproximaba; fugazmente, pues volvió enseguida.
—¡Hi! —Saludo a Sonia.
—Ho… ¡Hello! —respondió tendiéndole la mano en compañía de una sincera sonrisa. Seguida de una tímida al saludar a Leandro. Quien respondió de igual modo, con un Hello.
Leandro contempló molesto y en desacuerdo a Tomás presentándose e intercambiando algunas palabras con Sonia, en inglés y entendiendo en su totalidad su conversación.
Sonia, he is my good friend1 —Tomás lo miró con insistencia a que siga y acceda con el “plan”.
1 Sonia, él es mi buen amigo…
Brevemente calló, observó a Sonia, para al final contestar:
YA, Liev… Liev Ivanovich… Nejliudov —Presentándose formalmente, tomó su mano y la besó—, krasivaya, Soñichka 2 —Sonia se sonrojó al cruzarse sus miradas tras besarle la mano (siendo un detalle que nadie había hecho antes). Leandro, forzado a pensar rápido atinó a usar las palabras rusas que escasamente conocía.
2 Soy, Liev… Liev Ivánovich… Nejliúdov, hermosa, Sonia.
Sorry, Sonia —continuó Mr. Thomas—, my friend “Liev”, just speaks a little of english; he is… bit silly 3. Ja-ja.
3 Lo siento, Sonia, mi amigo “Liev”, solo habla un poco de inglés; él es… un poco tonto.
—Oh! I see. But you speak russian, don’t you? 4
4 ¡Oh! Ya veo. Pero hablas ruso, ¿verdad?
Mr. Thomas, con premura dijo:
Ya; of course! 5 —Leandro se río de sus embustes descarados e ignorantes.
5 Sí; ¡por supuesto!
Tomás apartó a Sonia e inmediatamente de acordar algo se retiró de vuelta a con su prima.
—¡Listo, amigo! Iras con ella a dar la vuelta por la ciudad. Yo llevo todo al hotel, no te preocupes.
—¡Cómo! No, frénate…
—Chh-Chh-Chh —­Lo acalló—. Todo está pactado. No hay vuelta de hoja, amigo. ¡Y no queras desilusionarla, o hacerme ver como alguien sin palabra ni honor —dijo sarcástico, y lo ultimo con cinismo, antes de levantar de un tirón a Leandro.
—Lo más que has oído en tu vida del honor es el Medal of Honor; y das asco en él. Tal parece que me estas vendiendo. No me gusta…
—Ya hombre, compórtate —exclamó Tomás, jalándole de la ropa tras bofetearle suavemente— No me pides constantemente que madure; da ejemplo. Sólo irán a dar la vuelta —aseguraba Tomás, de nuevo abrazándole y mirando sonriente hacia las chicas—, y si no quieres no tienes porque perder tu preciada virginidad, ja-ja —Se mofó, injuriándolo, ¡como de costumbre!— Y si… ¡Suponiendo! No te agrada, no hagas algo que yo haría, ¡y ya! Te quejas, pero bien que hasta un nombre te inventaste, ¡pillín! Si me preguntas es mucho más creíble tu asentó al hablar inglés que ruso. Da igual.  —Leandro no respondió, estando pensativo y mirando con seriedad hacia la mesa de las chicas.
—Toma —decía Lucilda a Sonia, sacando de su bolso un condón y las llaves de su departamento; entregándoselas. Sonia de inmediato lo guardó en su morralito—. Por si te va bien —Le levantó las cejas pícaramente al entregarle un par más de condones. Sonia intentó devolverlos pero fue rechazada, y sin más los guardo— ¡Anda, tira; a que esperas! —expresó por último Lucilda, haciendo un ademan con la mano, sacudiéndola estirada al frente, en señal de que se alejara.
De similar modo, Tomás “expulsó” a su amigo fuera del bar, rematándole con una patadita en los glúteos, chasqueando la boca, guiñándole un ojo, y con el índice apuntándole y el pulgar erguido.
Tomás miró a Lucilda, al otro lado del bar; ella le mostró un gesto de sutil, pero claro, desprecio hacia sus posibles intenciones.

D. Leon. Mayén