Ojos ominosos
Aquella noche era tan obscura como todas… pero fue mi última
como tal, como todas las previas. Por ello escribo esto esperando preveas.
Sus ojos son saltones, negros como el aceite, acuosos y
brillosos cuando la escasa luz de la penumbra se refracta en ellos; enormes,
exorbitantes como sólo aquellos, pero sobre todo abyectos cuando al encontrar
su torvo mirar salen agitadamente de sus cuencas voluminosamente cóncavas, para
reiteradamente regresar más adentro de donde estaban, y así repetitivamente sin
cesar, sin parar, sin evidente descanso; hasta que no los ves más… y no por su
ausencia… Siempre están mirándote. Este ser ominoso, sombrío, de apariencia
macabra o quizá funesta: bajito sin llegar siquiera al metro; y que sospecho
deforma según le convenga; de piel opaca, casi, pero no negruzca, áspera al
tacto, cual lija, mas no a la vista, y tonalidad variante según el sitio en que
se acobija; escuálido, demacrado de figura, pero hábil como ninguna criatura;
su cabeza… pareciera ser enorme, pero ahora reflexionó es una mera ilusión propicia
de su aspecto escueto de carne y resaltado en sus ojos prominentes, así como
por su cabeza; su boca apenas diminuta y de escasos centímetros cuenta con
minúsculos dientecillos horizontales, afilados cual punzantes agujas por
quebrados pero, a la vez, sin forma de serlos y escasamente visibles. No hay
nariz aparente en su aciago rostro, ¡en este infausto ser infame!
Por la noche, en la negrura de un rincón oscuro, o de igual
modo en el día en sitios símiles, de tu hogar, él está ahí. ¡Maldito enano mirón,
voyerista infeliz! Te observa sin que lo adviertas, sin que siquiera lo
imagines o presientas, ¡que si lo sabré, maldita sea! Está bajo la mesa
mientras haces lo que sea que hagas; él te mira expectante a tus movimientos,
en posiciones contorsionadas y que quizá te resultarían incomodas, mas no a él;
está cómodo mientras nos mire; pero no te angusties, pues si por error algún
objeto tiras o simplemente hechas un vistazo, ya se habrá escabullido de tu
encuentro… de tus ojos que sin ser consientes temen verlo; para entonces,
cuando retomes tus actividades, él ya estará en otro sitio sombrío, oculto,
acechante de ti, contemplándote en un rincón, por entre una rendija, una fisura
en algún mueble, quizá debajo de algún otro mueble semi-hueco con el suficiente
espacio para alojarse y mirar… como tanto disfruta.
Estoy seguro que esos ruidos sin aparente motivo, sin
aparente origen o causa, son por qué él ha pasado por ahí, ha puesto sus
palmados pies y huesudas manos, garras, en esos muebles que ante él crujen por
su presencia —porque sólo para eso ocupa sus extremidades, para desplazarse y
poder mirar desde todos los ángulos posibles—; cuando la tapa del inodoro cae
en medio de la noche, seguro es él, ¡desgraciado meón! Los perros, por la noche,
le ladran sabiendo acecha en moradas aledañas —o quizá por qué le perciben— saciando
su ruin necesidad natural e insaciable en él. Objetos cambiados de lugar o
perdidos, los mueve él para con ese propósito mirar que haremos, como
reaccionamos, y gozar con la escena. ¡Seguro!
Hagas lo que hagas, estés donde estés, ten por seguro está
contigo en la misma habitación, tal vez en otra sí es que desde allí puede
contemplarte. Lavándote la boca, las manos, duchándote, está de pie detrás de
ti, asomando por el marco de la puerta; ¡mejor ciérrala! Mirando T.V. o jugando
videojuegos, mirando eso que tanto disfrutas o sólo matando el tiempo, está
contigo, y no mirándolo, mirándote fijamente con sus inmensos ojos aceitosos,
oscuros como las sombras donde se resguárdese. Cuanto más concentrado te estés
en algo, más atento en ti él está, más cerca, pues no prestas atención;
probablemente a centímetros de ti, y no lo sabrás; no hiede como aparentaría si
lo vez, no exhala pues nariz no tiene… no expresa pues sólo mira y mira… a
nosotros y nada más. Mirando el móvil, oyendo música, leyendo un libro en la
gozosa complacencia de tu hogar, ya sea tu cómoda habitación, sentado o en la
cama… o como sea y donde sea; pero sobre todo, mientras ese objeto entre tus
manos te crea un inevitable ángulo muerto al frente de ti, bien podría estar
detrás de dicho objeto; a los pies de la cama o a un costado, sobre algún
mueble, ¿por qué no?
Bajo la cama, en el closet entre abierto o a través de las
rendijas de éste, en cualquier penumbroso lugar, o donde quiera que pueda
escapar de tu vista periférica, ¿estará ahora ahí, mirándote leer esto? ¿Piensas,
se te ocurre algún lugar donde podría estar vigilándote ahora mismo? ¡NO
VOLTEES, NO MIRES, NO LO BUSQUES!, pues no lo hallaras donde quiera que
observes; se escabulle como ningún ser en este mundo, ¡el muy bastardo! Si
acaso lo verás fugazmente, en menos de un instante, cuando tus ojos digan a tu
cerebro creer haber visto algo por un borde de éstos, una sombra transitoria
como el moverse de una silueta difusa, que inevitable guía tu mirada en busca
de eso sin forma, sin designio; o algún ruido inusual; pero no será nada
naturalmente. Él es tan hábil, tan sagaz que jamás en espejos o fotos aparecerá.
¡Una mente macabra, sagaz, lóbrega y siniestra se aboveda tras sus brillosos
ojos… inmensos!
A punto de dormir, sintiendo el movimiento involuntario de
tus extremidades, ¿será él, y tu cuerpo alarmarse instintivo por su sutil
presencia? Cuándo dormido tu cuerpo no responde al llamado de la conciencia que
a gritos clama ayuda para despertar, mientras como un tormentoso sueño que se
torna una ansiolítica y abrumadora pesadilla desgastante, mientras en tu mente
te miras a ti mismo desde otro plano luchado por mover el más liviano de tus
músculos, ¿podría ser él, tan cerca de ti que tu ser te protege de no avivar y
mirarlo; todo en medio de una profunda lucha inconsciente para no verle… no
saber de su existir?
Seguro te preguntas que pasaría si le vez; cómo es que sé
tanto de él si es imposible mirarlo… ¡Maldita mi suerte por saberlo! Te lo diré,
esperando, deseando no corras el mismo destino: Aquella noche era cualquier
otra noche, quizá como ésta. Yo, terminando de perder el tiempo en la
computadora, fui a seguir un rato con el celular. Pasaron los minutos que en
realidad eran de a poco horas, y el sueño me era inconciliable, mi cabeza
estaba más activa incluso que en el día, pensando y pensando en bobadas y cosas
importantes. Contemplaba una y otra vez cada rincón en mi habitación; todos y
cada uno de los objetos que en él había, y que tanto apreciaba; miraba el
suelo, el techo… todo en él. La tormenta
había comenzado hacia un par de horas, lluvia, truenos y rayos incesantes
fustigaban el entorno próximo; con tal estruendo e ira que parecía el mismísimo
cielo buscaba reclamar el alma de alguien con ansia. La corriente eléctrica se
cortó mientras veía T.V. buscando el anhelado cansancio. Por lo cual,
¡estúpidamente!, acudí al cajón próximo a mi cama, para sacar de él una barra
de luz quimioluminiscente —de esas que venden en algunas tiendas de
autoservicio en el departamento de acampar—, la saque de su envoltorio, la tomé
pero, cayó al suelo y se rodó… la busqué a tientas, pero no aparecía. Asomé
bajo la cama esperando hallarla, ayudado por la escasa luz proveniente del
exterior, y lo logré. La así, la flexione hasta que tronó quebrándose el
cristal, y la sacudí con intensidad; en cuestión de segundos ambas sustancias
se mezclaron y la barra iluminó, en un espectro lumínico azulado, y ahí estaba
él, frente a mí, a centímetros, mirándome estar aterrado, sacando y metiendo
esos repulsivos ojotes negros sin cesar y cada vez más rápido. Mi, en ese
momento, frágil corazón bombeaba a todo
lo que daba sin parar, martilleándome en el pecho, zumbándome los oídos, sentía
que desvanecía del shock de ver a tan grotesca, hórrida criatura. Sin fin a mi
desgracia, y siendo este el comienzo de ella, dos fulgurosos relámpagos, de
rayos cercanos, iluminaron mi habitación al tiempo que la ventana se cimbraba
de temor, uno inmediato al otro, como si alguien, o algo, quisiera que siguiera
mirándolo, y así fue; luchando en mi abatimiento, con el corazón pinchándome
con el ardor de un hierro punzante y al rojo vivo atravesándome hasta el mero
centro, en mi horror purgatorio, meciéndome entre este plano y el etéreo que da
fantasía a la muerte, me esforcé desesperado por clamar la ayuda de alguien,
quien fuera… pero nadie acudió, pues simples y lábiles esfuerzos por completar
siquiera una nimia silaba los lograba lánguidos. Me tiré al piso esforzándome
por alejarme de aquel ser macabro —pues las piernas me fallaban provocándome
traspiés constantes al intentar ponerlas en función—, que mientras lo hacía
—aún con la luz en la mano para guiar mi pronto avance—, noté me seguía, a
pasos lentos y sin parar de hacer eso que hace con sus viles ojos; yo me
arrastraba, braceando con premura pugnada, esperando ganar una carrera que
parecía eterna e in-ganable entre ese ser y mi extenuada bomba de vida, que
cada vez intensificaba su labor, llevándonos sin saberlo a un fatídico final en
el que, seguramente, lo último que vería serian esos ojos ingentes,
voluminosos, retrayentes y salientes.
Apenas y pude abrir la puerta él me pasó por encima. A los
pocos minutos me encontraron en el pasillo — llamados por el alboroto de
objetos caer— inconsciente y a nada de morir. Dicen que por fortuna me lograron
reanimar en urgencias, —estando a calles del hospital—.
Los meses han pasado; entre despiadadas noches en vela
temiendo vuelva, sin apagar las luces e ingeniándomelas para que cada rincón de
mi habitación esté iluminado; y días vigilantes buscando con miedo su presencia
en los rincones penumbrosos creados por el sol… En aquel lugar. Temo a la
oscuridad como ni siquiera lo hace un infante. La llegada de la noche me aterra
tanto que mi ansiedad se desborda cuando miro el reloj o la luz diurna
marchitándose, abandonándome; antes de los ansiolíticos me comía las uñas con
frenesí, me rascaba los brazos o cualquier parte del cuerpo buscando desahogar
esa ansiedad anticipatoria. Las pesadillas… las pesadillas son… Eran tan
intensas y vividas como si reviviese ese momento una y otra vez, y no sólo
viéndolo a él, sintiendo todo lo que sentí aquella noche, mi última en
libertad; una libertad de la cual, ahora en gran parte, carezco enjaulado por
mí mismo… a causa de él.
Las pastillas me permiten descansar apenas y unas horas,
pues entre pesadillas y mi paranoia, incrédula aquí para pocos, no concilio el
sueño como debiera. Cuando los parpados me pesan de cansancio y el cerebro se
me comienza a apagar en automático, vuelvo a estar alerta, pues sé es cuando
aparecerá, y vendrá a contemplar lo que aquella tormentosa noche provocó, creó...
dejó de mí; como cualquier otra noche, como ésta.
He escrito esto, también en parte —y durante largo tiempo—, con
la permisión de uno de mis “rehabilitadores”, pues cree me será de ayuda
realizarlo, dice me servirá para aclarar mi mente y progresar. Uno de mis
amigos aquí, un enfermero del cual omitiré su nombre, me ha prometido entregar
esto a un conocido suyo, fuera de estos muros.
Apenas hablo de él, «Ocuigens»,
como le he bautizado —por recomendación para mi “pronta recuperación”; y
gracias a mis tiempos de recreación entre bicolores lienzos instructivos—, con
mis compañeros, me sacan de la sala; en cuanto me alteraba reviviendo aquel
momento me drogaban para que durmiera. Ocasionalmente me esmero por causar
problemas y con ello me encierren en solitario… En esa habitación acolchada en
sus seis caras, pues me es más fácil cuidarme de él ahí, sabiendo no podrá
entrar, o mirarme, ya que pernocto en el muro de la puerta colocando un pie en
ella previendo quiera entrar. Mis cuidadores, de claro vestir, son gentiles
conmigo y a petición mía no apagan nunca la luz cuando en esa segura habitación
me encuentro resguardándome de su presencia. Lo mismo deberías hacer, pues él,
avieso, está ahí y te mira, te observa con avidez… aunque tú no lo sepas o lo
presientas... lo creas o imagines. Si tus ojos han leído esto… asume en
cualquier momento que él te está observando; pero no lo pienses demasiado,
porque bien podrías terminar… Bueno, espero te hagas una idea de cómo.
Al igual que tantos me creerás un loco más y, llegado a este
punto, seguramente sobran motivos; pero si lo haces es mejor que raciocines el
por qué de dicha conclusión sobre mí. Si me crees un orate por un temor
inconsciente a que yo tenga razón, diga la verdad —siendo “mi locura” precedida
por un brutal golpe de realidad—, y jactándote creyendo que por el simple hecho
de creer que algo —con la mente limitada— es inverosímil o escasamente probable,
esto resulta de inmediato y por conclusión en algo falso; no lo hagas. Creerlo
así no lo hace improbable, sino más bien lo vuelve algo oculto, desapercibido
en primera instancia, como tantas cosas en este mundo, hasta probarse lo
contrario; ya que carecer de pruebas sobre su existencia no lo hace falso;
pero… ¿carecer de pruebas positivas, no lo hace meramente desconocido o más
cierto?, sabiendo la peculiar naturaleza de él, sobre todo. Guiarse por la
ancestral y arraigada arrogancia de darlo todo por hecho resulta innatural, no
para nosotros, sino para el modo en que está constituido el Universo mismo.
Sólo podemos ver una fracción de lo que el mundo, la vida es, una parte tan
nimia que visto con buenos ojos termina siendo nada… Y en el todo que no
percibimos, que apenas e imaginamos, está él con sus ojos saltones, observándonos
atento mirar apenas algo insignificante de lo que seguro él sí puede ver;
ocultándose seguro en el abrigo de la endeble franja de lo real e irreal, lo
creíble y lo improbable para nosotros. Pregúntate con ingenio, con inteligencia
tan desmedida de la media popular como te sea posible, al creerme un loco
perturbado: ¿Qué tan real es la realidad? ¿A caso no es real lo real, meramente
por hechos, conclusiones y todo lo que percibimos como legitimo, y que en
conjunto a nuestros sentidos da cabida a la «realidad» sabida y aceptada hasta
hoy? ¿Lo que aún no se descubre, se conoce o se ve, existe ahora que es
desconocido, que es ignorado por la conciencia?, ¿o existe sólo hasta que lo
reconocemos con la percepción, los sentidos y el raciocinio?; ¡y son muy limitados
comparativamente, no lo olvides!
¡La realidad sólo resulta la mera percepción de ella!; y
todo en ella es real, ¿o no? Puesto que… Por ejemplo, las hadas, unicornios, dragones
y criaturas fantásticas, míticas, no son reales como tal, ¡pero lo son!,
incluso llegan a tener cierta vida, vida que le hemos dado partiendo desde la
mente, la imaginación inventiva, y hasta la figura.
Concluyo que en la peor de mis desdichas, de mis tormentos
vividos, si él fuera una mera alucinación producto de mi imaginación averiada,
él es real por el simple hecho de presentarse en este plano de lo conocido,
ante la conciencia mortal que se me ha concedido, y por muy discrepante que
resulte a la de los demás; ¿o es… es que es real sólo para mí por haberlo “visto”;
—y/o hasta que se replique—?, pero real de algún modo… ¡Ya no sé si lo sé, o
que es lo que sé! Pero, piensa en él, hazlo ahora, piensa que te observa con
sus ojos turgentes, vertiginosamente salientes y retrayentes… —y si tentado a
voltear, a buscarlo estás, hazlo pero, sabes que ocurrirá—. ¿Qué tan real es? A
caso ahora, en tu mente, ¿no es real?
D. Leon.
Mayén
Escribir este cuento me ha sido muy interesante, sumamente de hecho; escuchando todos los sountracks de Silent Hill, los de Anole in the Dark: The New Nightmare, y algunas canciones lúgubres, melancólicas, pero gustosas, en el proceso; pero sobre todo imaginándome, creando... Sintiendo a mis espaldas esos ojos... ¡esos ojos!

Para este Hallomeen y aprovechándolo, pues previamente dije en mi Twitter “experimentaría” en el género de terror; así pues, llegamos a esto. Y ya no sé, de tanto corregirlo, si es terror, suspenso o que es. Como sea, espero sea de su agrado, y lo difundan si es así. ¡Y mañana, si toda va bien, uno más por día de muertos, aunque ese bastante lóbrego!
¡Gracias, y que tengan un horripilante Halloween, y que se les piquen los dientes a los niños! ¡JA, JA, JA, JA… JA, JA, JA, JA!
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