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domingo, 7 de agosto de 2022

Cuento corto - Pecados de sangre

 Ya pasó mucho desde que compartí un cuento aquí. 😅 En particular éste lo escribí hace ya casi cinco años, a finales del 2017. 😱😵 Entonces me ley toda una antología de Lovecraft; de ahí viene esta historia. Además, hablo de donde viví hace ya bastante tiempo.
 Debo destacar que esta historia se compagina en parte con una previa. Dejo aquí el link 😁🔗➡ Ojos Ominosos
 

Pecados de sangre

Al suroeste del Golfo de México, en la costa de Veracruz, donde desemboca el río Tecolutla en el mar —a 81 kilómetros en carretera al este de Poza Rica—, la relativamente tranquila superficie del rio fue perturbada por una espantosa creatura proveniente del infinito y oscuro abismos del mar. Morada de creaturas que, mucho más allá de estas costas y mares, surcan sin parar cada rincón del mar en el vasto mundo; sin frontera alguna para ellos, sin lugar que no puedan alcanzar para consumar su macabra naturaleza; asistidos por semejantes creaturas, aunque de naturaleza diversa, pero con la misma intención. Motivados por atávicos propósitos, e imperceptibles para el ser humano… su presa.

La creatura, tan larga como un caballo adulto —de nariz a cola—, asomó sus ojos: inmensos y ovalados, protegidos al zambullirse por una membrana nictitante; sin fosas nasales ni oídos visibles; de enormes dientes puntiagudos como agujas —de diversas longitudes— sobresaliendo desde su quijada, mas no del cráneo. Su torso, blanquecino y terso, muy terso, era dividido por un par de aletas anales apuntando hacia los costados; entre los amplios costillares tres hileras de branquias a cada costado, de igual modo, aunque pequeñas, en el cuello; sus brazos largos y terminando en algo parecido a una mano, de amplio tamaño, con una opaca membrana entre las falanges; cola larga de aleta caudal arqueada, vertical y amplia, y una aleta dorsal retráctil. En aguas poco profundas, de sus costados, cerca del comienzo de la cola, en pocos minutos surgían un par de extremidades de una sola articulación y tan largas como lo es el pie de un hombre hasta la rodilla.

Al parpadear la creatura sus parpados deflactaban la luz de las cercanías; dejando ver por fugaces instantes el brillo difuminado de las luces eléctricas en la costa, así como de las esporádicas embarcaciones a la distancia.

Contempló el entorno por largos minutos; luciendo sus largos y marrones dientes. De un momento a otro se sumergió, tan repentino como surgió.

Se adentró en el río a contra corriente; imparable y veloz. En la orilla norte del río, a la derecha del sentido en que nadaba, se escuchaba el bullicio de una muchedumbre reunida en un restaurante —con su propio muelle repleto de botes—. Celebraban desaforadamente entre música y gritos de gozo… Ignorando lo que a pocos metros de ellos se abría paso entre la calmada corriente como de costumbre. Un infante en el lugar, mientras su padre bailaba sosteniendo una cerveza en mano, señalaba justo a la cabeza de la acuática creatura, pues era la segunda vez que veía la reflexión lumínica de sus parpados; por más que halaba a su padre de las bermudas con marcada insistencia éste no le prestó la mínima atención.

Un par de pescadores —en la parte del rio que linda con el poblado de Gutiérrez Zamora—, aguardando por algo de fortuna, con sus cañas ansiosas por trabajar, se relajaban con el vaivén de la corriente, con la grata briza en sus rostros, fresca y revitalizante después de una larga jornada. Al ser sorprendidos por el brusco y fuerte sacudirse del bote ambos se dispusieron a indagar de inmediato en su alrededor que los golpeó.

—¿Qué vez?

—Nada, güey.

—Busca bien. Prende la lámpara —contestó el mayor de ellos, de cabellos crespos.

Movía la imponente linterna de lado a lado mientras su compañero de pesca hurgaba en el bote en busca del arpón. Se produjo un silencio en el que los dos hombres, como halcones, buscaron con la mirada, y con el arpón listo a tirar.

—¡AHÍ, ¡VERGA, AHÍ!  —vociferó a todo pulmón el portador de la linterna, divisando algo apenas y al alcance del intenso haz de luz.

Los dos tiraban de la cuerda con fuerza, pues era pesada su presa. El mayor de ellos ya saboreaba su presa, mientras que el otro por alguna extraña razón temía que se tratara de algo que no debía sacarse del mar, pues al divisarlo le pareció en exceso extenso para ser un pez, aunado al peso y resistencia que ponía. Al final ambos rieron descubriendo que era un voluminoso pedazo de madera yendo a la deriva.

La abismal creatura ya se encontraba a más de treinta kilómetros de donde los pescadores; pasando por Paso de Valencia a toda velocidad. Las distancias que alcanzaba con corriente a favor eran aún más impresionantes. En dos horas se hallaba justo donde el río deja de limitar Veracruz y Puebla; estando a unos miles de metros de Caxhuacan. Más tarde, donde se bifurca el rio, donde el ramal es visto con claridad desde el Balcón del Diablo —un mirador—, el abismal ser sin titubeos se escurrió hacia el norte, yendo cauto y despacio como en un principio; abriéndose camino por entre las corpulentas rocas y escasa profundidad del agua. Se arriesgaba a ser visto, incluso con la negrura de la noche sin luna, por algún pobre infeliz que anduviese vagando por la zona… El cual sería apartado en dado caso. El instinto, la voluntad férrea en su interior era lo que la movía, lo que le daba vida y razón de existir, eso la guiaba hasta su destino final, lo volvía un ser implacable e indetenible.

A mitad del trayecto, y ya que el río moría con dilatoria agonía y la luminosa luz del amanecer estaba por acariciar la vegetación, se acercó a la orilla esperado atento con las membranas protegiéndole de la tenue luz diurna —al aumentar la intensidad lumínica sus parpados le permitían mirar con claridad—. Un ave negra de pico en punta, plumaje y envergadura vistosa al vuelo, extendiendo con amplitud en abanico la cola y sus alas, se posó al margen del río a por agua. Entre tragos miraba alerta el entorno, previendo posibles amenazas. Más rápido que los reflejos del ave, una especie de tentáculo la caló, llevándola hasta las “manos” de la creatura. Ésta retiró su punzante lengua del pájaro y de inmediato se sumergió llevándola al interior de su espaciosa boca: era nada más que una cavidad, grisácea y sedosa, sin conductos hacia el interior; allí tan sólo se encontraba su larga lengua muscular y retráctil, que en parte se ocultaba donde en el hombre estaría el estómago.

A medio día, en el río, no quedaba nada más que una translucida membrana que, conforme pasaban los segundos, se diluía en el agua… hasta que desapareció por completo. Cuando se desvaneció aquella especie de tejido extraño, al poco tiempo salió disparada del agua el ave bruna; volando incesante hasta su más próximo destino… otro cuerpo de agua. La vida útil del huésped de la creatura era laxa, ya que empeñaba toda su vitalidad en llegar tan pronto como fuera posible a su acuoso refugio, preferentemente por la noche. Al arribar al cuerpo de agua que delimita parte de los estados de Tlaxcala e Hidalgo, espero paciente y repitió el proceso de despojo. Viajados poco más de cincuenta quilómetros, lineales —lo que volvía a sus aladas marionetas unas aves que surcaban el cielo como flechas, sin detenerse, sin cambiar de ruta según el viento, simplemente siendo un animal poseído al capricho y voluntad de su sombrío huésped—, el pájaro se dejó caer en picada en la superficie del embalse de agua conocido como “El Caracol", en el municipio de Ecatepec, Ciudad de México (hasta hace no mucho Distrito Federal). Desde ese punto… era un fluido amorfo e intuitivo y ya no la aborrible creatura que surgió del fondo del mar; era algo que… resultaba en el agua virtualmente invisible, ya que, si bien se desplazaba por debajo de la superficie, si emergía se perdía con la tonalidad que tubería el agua: fuera ésta clara e impoluta u opaca y espuria. De ahí se traslado hacia el sur, hasta llegar donde desemboca el Río de los Remedios para dar el último movimiento hasta su presa. Misma que desesperaba por consumir; anhelaba acallar el ansia que ésta le causaba, y sosegar su voraz apetencia de inmundicia humana por un tiempo.

Días tardo en llegar, arrastrándose a contra corriente y bordeando desechos, hasta el puente conformado por el periférico de la ciudad, en una parte de la “virulenta zona” llamada Naucalpan. Estando aún en el río de aguas negras, colmado de todo tipo de desechos humanos orgánicos, biológicos e inorgánicos, la creatura anidó bajo el puente por una semana entera, en un rincón en el fondo. Durante todo ese tiempo, niños, como habituaban, jugaron en los bordes del río, arrojando piedras, perdiendo alguna pelota o balón; a la vez que desde las chabolas al borde del río algunos arrojaron todo tipo de objetos: chicos, grandes y de cualquier volumen. Pero nadie imaginaba siquiera lo que a unos metros aguardaba, alistándose para surgir y consumar lo propio.

 

Hace siglos, en la antigua roma, un puñado de hombres aseveraba haber visto a la distancia un demonio de gran tamaño devorar a otro hombre; por la naturaleza del hecho la mayoría huyeron del lugar, y no para alertar a otros, sino a guarecerse despavoridos, sólo tres hombres permanecieron observando la aberrante escena, que si bien era lejana resultaba claro lo que ocurría. Desde entonces aquellos hombres, muy en secreto del resto de la comunidad, concluyeron que la víctima —de quién tan sólo quedaron sus prendas— había sido zampada a causa de los yerros de su padre, acusado de ladrón, violador y asesino ­—comprobándosele solamente la primera de las acusaciones y siendo penado por ello—, a esta conclusión se sumaba el hecho de que su hijo, el infeliz desaparecido en su totalidad, seguía los pasos del padre. Además de que no era la primera vez que se decía que algo exactamente igual había acontecido… Igual a como paso aquel atardecer. Entonces, cada que alguien desaparecía por su fama pecaminosa heredada del padre se escuchaba entre susurros, en boca de los más viejos, las palabras: Perversæ et impius pater peccator filius (Padre perverso y malvado, hijo pecador). Aquellos hombres, atávicos a estos tiempos…, no estaban del todo herrados en sus teorías y conclusiones sin pruebas tajantes. Tiempo después, en el medievo, basándose únicamente en pergaminos se aventuró a nombrar a la creatura Sugentem sanguine.

 

Al octavo día, en el fondo del negruzco río, la creatura había terminado de gestarse en su nueva forma. Pasada la media noche, un muchacho rondando los treinta y su joven novia disfrutaban de lujuriosos momentos ilícitos en la vía publica bajo el amparo de un grupo de tres frondosos árboles, cobijados por la oscuridad. A escasos metros de ellos se hallaba un pequeño espacio con aparatos públicos para ejercitarse; más allá y alrededor sólo pasto agreste. Donde se hallaba la pareja apenas y llegaba la luz del farol al medio del campo lindante con el río: con esto, quien fuera que mirara simplemente podía distinguir un par de perfiles apenas reconocibles, uno de ellos hincado y el otro de pie y de espaldas en uno de los árboles. Copiosos cables de energía eléctrica partían de lo alto del farol al medio del campo, tanto en dirección de las viviendas al sur del río, como al otro lado de la calle, y hacia las chabolas al borde del fluvial cuerpo de agua, y arrinconadas a lo alto de éste en dirección norte, todas ordenadas de este a oeste. La noche era callada en especial; de forma habitual cuadrúpedos domesticados dirigían la orquesta nocturna, los canes ladrando y aullando, aquejándose y charlando, y los felinos peleando o buscando pareja… más no esta noche, ni un solo insecto era audible. Absolutamente ningún ser vivo, conocido, se manifestaba de algún modo en las cercanías.

Aquello era como si… como si un amplio número de factores intangibles y recónditos conspiraran para que su víctima estuviera justo donde la quería, donde nadie pudiera socorrerla… o saber que ocurrió.

—¿Oíste? —dijo Jennifer María, tras limpiarse la boca con la manga de la sudadera.

—¡Qué! —protestó Brian. —No es nada ¡Tú síguele; ándale!

—Mejor vámonos —reiteró ella, no siendo la primera vez que temía que los descubrieran.

—¡Oh, que la chingada! ¡No hay nadie ‘horita! —emitió molesto, agarrándola del brazo con brusquedad. —No me puedes dejar a media ma… —calló repentinamente.

—¿Brian, Bri... —Jenny no pudo decir nada más pues tenía el cuello oprimido.

El pavor en Brian, más allá del provocado por no poder siquiera emitir un quejido, le impidió tomar la navaja que portaba en su bolsillo trasero, misma con la que había obtenido numerosos objetos y placer forzado; más que ver la enorme sombra que lo cogía, podía sentirla. Jennifer pataleaba y, más que nunca en toda su vida, buscaba poder gritar, gritar tan fuerte como le fuera posible, como sus pulmones y garganta se lo permitieran, tanto como el miedo que sentía… Pero nada pudo hacer para lograrlo. En cambio, fue vapuleada por el miedo creciente causado por ese grito potente que se ahogaba en ella, ya que, aunque no podía exteriorizarlo, ahí estaba. En cuanto el enorme demonio la liberó —cercano a los dos y medio metros de altura—, Jennifer intentó emprender la carrera, mas el demonio la cogió de la pierna, con su extremidad superior izquierda, la que asemejaba, igual que la derecha, una mano humana, simplemente que ésta sólo con tres falanges grandes y robustas; la opuesta muy semejante a la de un humano. Desde aquel momento la pierna entera de Jennifer le fue inútil; seguida por su otra extremidad cuando la creatura se la alcanzó. Brian, para ese momento, ya se encontraba al medio del campo. La creatura cerró sus ojos “convencionales” al frente de su cabeza —cobrizos, aceitosos, pequeños y muy sumidos con respecto a la frente—, al tiempo que abrió un par distinto, cada uno a un costado de la cabeza —donde en el hombre se hallan las sienes—, de forma elíptica en vertical y de color cian. Apenas y dieron un destello sus ojos laterales, tan intenso como una chispa naciente de metales en fricción, el alumbrado público en la cercanía murió. De un imponente salto el demonio calló sobre su desdichada víctima. Y volvió con ella bajo el árbol de igual manera.

Intentando arrastrarse desesperada, María fue privada de la función de sus brazos. El corazón se le desbordaba, se sentía desfallecer, mas el desmayo jamás llegó. Por cuestiones ajenas a su comprensión, comenzaba a ver con mayor claridad en la noche, permitiéndole observar con claridad alrededor… siendo lo último que sus ojos llorosos observarían; esto era lo único que podía expresar ella: un sentimiento desesperado reflejo de la colosal angustia en su pecho, en su mente: dando como resultado un horripilante llanto mudo. Bryan, en cambio, no experimentaba más que la ausencia de su voz y la de una pierna; ya que él era a por quien el ingente demonio venía, a por quien viajo desde las mismísimas profundidades del abismo, desde la infinita y perpetua oscuridad del mundo… y quería complacerse con ese momento. Luchaba por alejarse a pie, mas caía cada vez sin siquiera poder incorporarse.

Una efímera esperanza calmo con brevedad a María al estarse acercando su novio —y no por qué fuera directamente hacia o por ella, sino por qué hacia esa dirección se le facilitaba el escape—. María observó, tumbada de costado en la impúdica tierra, como el monstruo lo agarró por detrás de la nuca, lo hincó y, con las largas garras de su mano derecha, le perforó la garganta de forma ascendente hacia la quijada. Antes de que la sangre llegara a la base de su cuello, el demonio, de un tirón, le desprendió la cabeza de su lugar, provocándose algo tan horrísono como el grito que este hubiera dado apenas ver a la horrida creatura endemoniada. Sin perder tiempo, colgándole la cabeza de la espina dorsal, el demonio abrió la boca —amplia y hedionda con intensa repulsión; con encías y treinta y dos orificios dentales sin pieza alguna; goteante de una secreción espesa y turbia que gozaba de vida propia, subía y bajaba, se movía con libertad por sus fauces, cual pequeñas serpientes de agua ávidas y vivaces—, abrió la boca desplegando una especie de membrana con la que envolvió el cuello del pobre infeliz ya finado. La sangre que escurría por su piel y ropas se tornó fuliginosa y retorno hacia arriba. Succionando cada mililitro de sangre, el pecho de la creatura como su vientre y costados comenzó a hincharse de forma perceptible, contrayéndose y retrayéndose a ritmo marcado. Tardó segundos en succionar el vital líquido; durante lo cual sus ojos cobrizos y cian se abrían y cerraban —jamás estando ambos pares abiertos a la vez—, ilustrando con eso el extasiante placer que experimentaba la bestia. El serpentino fluido abundante en su boca comenzó a disolver cada uno de los órganos y huesos convirtiéndolos en una grotesca masa gelatinosa y viscosa, y tornando la piel seca y rugosa; el proceso se llevó a cabo sin apartar la membrana del orificio donde hace poco se hallaba su cabeza. La membrana se retrajo de vuelta a su boca velozmente apenas la retiró de su presa. Entonces, el demonio, sentado sobre sus piernas con el cuerpo apoyado en él, introdujo una de sus manos extrayendo la masa homogénea para llevarla hasta su boca, engulléndola con deleite, saciando ahora, además de su sed, su ansiosa hambre. De entre sus piernas comenzó a caer otra especie de fluido, sólo que éste aún más aberrante que el de su hocico, pues era nacarado y aunque similar al otro, como serpiente, éste tenía cuatro “cabezas”, dos delante dos detrás; raudamente se deslizaron no serpenteando o como gusanos sino como halados por alguna fuerza invisible hacia la piel y sangre esparcida por toda la cercanía, para, al asimilar la vital sustancia carmín, dividirse las cabezas y reproducirse por medio de mitosis. Al concluir su tarea, con la misma prontitud, retornaron hasta su amo. Desvaneciendo así cualquier rastro que pudiera quedar de lo ahí acontecido. Repentinamente, y gracias a su alimento, le surgieron dientes con premura. Tomó la cabeza, misma que puso a un lado de él, y de igual manera succionó la sangre, sólo que ahora no se diluyó nada al interior. En cambio, la piel de la cabeza, el rostro, la cabellera, etcétera, se desprendieron del cráneo cual mascara, mientras los globos oculares colgaban. Con su abominable mano siniestra sustrajo el cerebro, y teniendo entre ambas manos lo partió en dos, consumiéndolo de cuatro bocados; masticaba y mascaba hasta tragarlo. Por último engulló los ojos.

Al otro lado del río, un hombre de mediana edad, al tratar de encender la luz, y ésta no responder, optó por tomar la lámpara de mano junto a la cama, pero de igual modo no encendió; no lo haría ningún aparato eléctrico en las inmediaciones.

Desde una calle lejana se observaban aproximarse un par de luces intermitentes e intensas, una roja y la otra azul. Desde lo alto de diversas azoteas, tejados y rincones oscuros en la zona en tinieblas, “los vigías” del demonio lo alertaron sobre la aproximación de dichas luces: un considerable número de creaturas apenas inferior al metro de altura, de ojos ominosos, saltones e ingentes, negros y reflectantes de la escasa luz visible que a ellos llegaba; sacaban y retraían sus ojos de las cuencas mientras lo observaban todo, mucho más allá de lo que cualquier hombre o animal conocido podrían; vigilaban cada palmo de los alrededores sin que un solo detalle les pasara por alto.

Al llegar la patrulla policiaca —una pickup adaptada— a la esquina de la calle paralela al río, la creatura con premura se arrojó sobre María, quien hacía rato que había fallecido al no soportar más su corazón tan lóbrega situación; la piel de la creatura cambio de su tono opaco e idéntico a una costra recién formada en una herida, a un color más acorde con el del terreno cercano. La patrulla, como en algunas noches, pasó ese tramo sin más novedad, cumpliendo con su ocasional labor impuesta.

Al concluir con el mismo proceso de consumo con el cuerpo de María que con Bryan, el demonio saltó al agua junto con las ropas de sus presas, siendo lo único que quedara de ellos; ni siquiera una nimia escama de piel muerta o cabello desprendido… absolutamente nada quedo. El chapoteo del agua fue escuchado por algunos al borde del río. Lo que llevó a Herminio a asomarse a ver qué pasaba, pues no era algo normal un sonido como ese. Nada era visible con claridad desde río arriba donde se curva la corriente hasta el puente que cruza un tramo del Periférico de la ciudad. Sobre él, sobre aquel humilde hombre de familia, una de las ojonas creaturas le observaba con suma atención, sustrayendo y retrayendo los ojos al tiempo que, ocasionalmente, movía la cabeza de un lado a otro, cual perro atento; el demonio esperaba oculto bajo el agua a la espera de la confirmación de la creatura enana de que el hombre no había visto algo respectivo a él, por insignificante que fuera.

Aquella semana, por azares del destino, o quizá por demoniaca confabulación, una diluvial tormenta azotó el Valle de México: Distrito Federal y una parte colindante del Estado de México por igual; a tal grado que, por las intensas horas de copiosa y aparentemente interminable lluvia, el río de los Remedios, en diversas partes, se desbordo inundando numerosas casas y vitales vialidades. En el área donde hacía un par de días el demonio sació su hambre, específicamente en el puente que debió cruzar, el río tuvo la misma suerte. El caudal de éste era intenso, raudo y voraz; en él se podía observar como arrastraba muebles y objetos diversos —de forma curiosa, pelotas de disímiles colores y “estampados”—. Toda esta desdichada situación para los habitantes de la pecaminosa ciudad, resultaba, en cambio, sumamente favorable para la creatura, ya que en cuestión de horas pudo arribar al gran cuerpo de agua donde tomaría posesión de una nueva víctima alada para poder llegar paulatinamente hasta el abismal lugar de donde surge cada que una de las incontables congéneres y observadoras creaturas —nombrada no hace mucho por un desdichado muchacho, que por mera coincidencia pudiera y supiera como verlas, con el nombre de Ocuigens— encontrará a alguna víctima férvida heredera del pecado y propicia para ser consumida. Reposando hasta entonces en lo más profundo de alguno de los vastos mares de este, aún, misterioso planeta… junto a sus iguales.

A Jennifer y Bryan los buscaron por largas semanas familiares y amigos. Pero en una ciudad, en un país donde la desaparición de algún o algunos “don nadie” para la sociedad en general o que meramente llama la atención por un insignificante lapso de tiempo, sin importar cuán prolongado sea, prontamente se les dio por desaparecidos, presumiendo de la posible responsabilidad de algún grupo siempre organizado del crimen o la misma policía local; sobre todo por la inmunda fama del novio, quien claro, fue el principal y siempre conveniente sospechoso, como en cierto tipo de casos. Justo esto es lo que desde milenios aprovechaban estas infaustas creaturas demoniacas; ya fuera en lugares remotos hace miles de años, ya fueran guerras en tiempos más poblados, o cualquier oportunidad que tuvieran. Lo más tenebroso, lo más horripilante y diabólico de cada una de todas ellas era su evolutiva inteligencia superior —quizá no a la par de la humana, pero si tremendamente comparable—; su incomparable colaboración organizada inter-especies; la prevalencia y protección de su criptica existencia, y, sobre todo, la irremediable necesidad de alimentarse por la “especie dominante” en el mundo.

 

D. Leon. Mayén

lunes, 5 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - "Parte 1: En el meridiano 0"

Para mis apreciados lectores una nueva historia de mi "puño y letra", o mejor dicho, de mis dedos y teclas. Inspirada por el libro que leí y reseñe previamente; y situada en la ciudad de mi libro favorito: "El signo de los cuatro" de A. Conan Doyle; también por el notable tráfico de personas que miran mis publicaciones allá (al menos eso dicen mis estadísticas del blog).
Esta historia comienza con la llegada de dos amigos a Londres. Donde uno de ellos, Leandro, por incitación y complicidad del otro, se sumerge en una "cita" con una chica desconocida, "Sonichka", en un bar apenas llegan a la ciudad. Envuelto en mentiras: un alias, y falsas pretensiones; llegan a verse inmersos en una ilusión placentera por un tiempo, y a la vez insostenible para uno de ellos. Yendo de sitio en sitio por la ciudad, comienza algo entre ambos, algo que ninguno imaginara al aceptar las incitaciones, respectivas, en el bar, al comenzar el día, o al embarcarse hacia la excitante ciudad de Londres; golpeándoles la incertidumbre del porvenir ulterior al placer y plenitud de lo inevitable (como se asevera él) e incontenible. Esto y más se encuentra entre las líneas de esta historia; y unas gotas de erotismo, porque, el romance sin el erotismo, creo, resulta sólo en lo que pudo ser, lo que culminó al borde de lo que sería envuelto en el esplendor de la pasión arrebatada e intensa: evolución, metamorfosis, del romance.
Dada la extensión de este cuento —por mi facilidad o desdicha de explayarme—, me he decidido por dividirlo en partes; haciendo más fácil su lectura, así como su disfrute... ¡espero! Lo he basado también, en parte, en una experiencia real; muy poco realmente. Todos los lunes una nueva parte.


Al otro extremo… Arrebato pasional


En el meridiano 0

Estaba a punto de arribar el tren 4650 a la estación Charing Cross, en el corazón de Londres. Dos amigos, provenientes del otro hemisferio del mundo, viajaban en dicho tren; uno de ellos, Leandro, leía apaciblemente a la espera de que el tren frenara al llegar a su destino, y siendo esta su primera vez en Londres, más aun, su primer viaje fuera de su país natal; el otro, Tomás, como en gran parte del trayecto, se paseaba de extremo a extremo del tren; de padre británico, y siendo esta una de muchas veces que visitaba la grandiosa ciudad cosmopolita.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás dirigiéndose a su amigo, tomando el libro en sus manos a modo de poder ver la portada.
—«Infancia - adolescencia - juventud» de To… — Tomás desvió la mirada hacia el corredor y sin más se marchó, dejándole, como es habitual en él, con la palabra en la boca (algo ya acostumbrado en su relación).
Leandro retomó la lectura; estando a medio capítulo de la segunda obra del libro. No tardo en estar el 4650 próximo al final del trayecto. Encontrándose el tren en el puente, guardo su libro y contempló a un costado las embarcaciones yendo y viniendo a lo lejos, en el Támesis; y al lado opuesto la “rueda” icónica de Londres, o The London Eye, como indica en la guía turística que adquiriera en el aeropuerto por una módica cantidad.
En la estación, mientras Tomás acudía a realizar un par de llamadas, Leandro observaba atento a la gran diversidad de gente que transitaba por todo el lugar, desde familias, ansíanos, jóvenes, y hasta, como los llamaría su padre, vagos alborotadores —por usar un eufemismo—; un sentir y opinar totalmente opuestos a Leandro, pues le parecía formidable dicha diversidad étnica, cultural y expresiva. El ambiente era bullicioso y abundante de gente fluyendo en él, cientos de personas entrando y saliendo, yendo y viendo por todos lados y a todas direcciones. Aguardaba ansioso no tuviera que dialogar o sencillamente intercambiar palabras con alguien, ya que su inglés no era más que básico tirando a escueto, visto así por el mismo. Aún con ello, se sentía un tanto entusiasmado de poner en práctica los conocimientos que poseía sobre el lenguaje —tampoco es que fuera muy malo, salvo en algunos aspectos de la pronunciación—.
Al volver Tomás, de inmediato se dirigieron a su primer destino del día, y desconocido para Leandro.
Tomás es apenas unos considerables diez centímetros más bajo que su amigo; de figura entrada en carnes, aunque no con exceso, robusto más bien; ojos pequeños, pero notorios por mirones; de rostro bonachón, armónico con su actitud y contrastado por su carácter ocasionalmente arrogante y pesado.
—¿Tomaremos un taxi? —cuestionó Leandro.
—¡Caminaremos; no queda lejos! —respondió Tomás.
—¿A dónde?
—¿A dónde qué?                                 
—¡A dónde iremos!
—¡Oh! A un bar a unas calles de aquí.
—¡Un bar! ¿No crees que es muy temprano para beber? —pronunció Leandro, sabiendo perfectamente que esperar por respuesta.
—Es de noche en casa; y sigo con ese horario —exclamó con tono elocuente, creyendo era muy ingeniosa su respuesta; a no ser por la respuesta de su amigo.
—¡Sabes que allá son —miró su reloj e hizo la cuenta— las ocho de la mañana! —Tomás calló momentáneamente sin atinar a que responder.
—Es igual. No me acostumbro a tomar “técito” —dijo emulando llevarse una taza de té a la boca, levantando como todo un caballero el meñique al hacerlo y haciendo el sonido de estar sorbiendo. Ambos rieron de su payasada.
En breve caminaban por The Strand, una vía importante de la ciudad —misma que, al final de ella en dirección sureste desemboca en el Palacio de Buckingham—. Llegaron a George Court: un callejón estrecho entre una farmacia y un banco, y más allá la famosa “pizza caliente”. Descendiendo los últimos ocho escalones inmediatos al callejón, Leandro por sobre los temores de hallarse en una tierra lejana y desconocida, y sin dominio del lenguaje nativo —algo que le disgustaba de manera preocupante—, se sentía emocionado, como un niño al descubrir el mundo que le rodea, sólo que en él de manera más tenue, pero intensa. Reconociendo las sensaciones mezcladas, débilmente se rehusaba a explorarlas y dejar que le dominaran felizmente en su totalidad.
Esperaron formados por unos veinte minutos; antes de entrar Tomás dijo a su acompañante:
—Aquí llámame Mr. Thomas Nell.
—¡Mr.! Pretendes que sea tu criado —exclamó Leandro girando la cabeza y mirándole con sorpresa incrédula.
—Me conocen así por estos lares —respondió con aire arrogante.
—Sin importar que, me tomas por idiota ¿verdad? Lo que pretendes es hacerme ver como el extranjero lerdo que no se entera de nada. Como aquella vez que querías dar a probar a los gringos un chile de árbol a mordidas. ¡Madura! —Tomás simplemente se carcajeaba, en principio por ser descubierto y seguido por recordar aquel día y sus gracejadas.
Apenas unos pasos dieron en el corredor para llegar a estar en el bar. Al medio del lugar numerosas mesillas redondas con taburetes se hallaban distribuidas, al igual que algunas arrimadas a los muros; un sofá rojo; y al fondo y en el rincón asientos corridos. Frente a la puerta la barra, larga y detrás a ella una vitrina tapizada de disímil  botellas de licores y jarabes; y a la izquierda de la barra las ventanas de vista al callejón. Los muros carmesís del lugar eran cubiertos en gran proporción por retratos y fotografías en blanco y negro todas ellas, de personalidades reconocidas de la región y a través de los años —cuando menos eso suponía Leandro—.
Bebiendo una cerveza —un tanto a desagrado no siendo su veneno preferido­— a sorbos —lo opuesto a Tomás, siendo la tercera la que asía en su mano libre—, Leandro observaba a los presentes, sus atuendos, casuales y otros formales, sus expresiones y ademanes repletos de jovialidad y algunos de fraternidad para con quienes convivían. Al Tomás referir que le presentaría a algunos de sus conocidos ahí, Leandro se rehusó sintiendo no tendrían de que hablar con su escaso dominio del inglés; quedándose, así, solo, bebiendo y leyendo entre sorbos, de espaldas a la pared en una mesilla próxima a la entrada.
Una hora más tarde, sentadas en los asientos corridos al fondo, dos primas de situación algo similar a la de los dos amigos: una de ellas, Lucilda, hacía dos años que vivía en Londres; y su prima, Sonia, de visita por una semana, proveniente de la nación que viera crecer a ambas; charlaban, Lucilda perfecta y desenvueltamente con amigos y desconocidos en el bar, Sonia también, sólo que falta de interés, sobre todo. Cuando se disipó su compañía, quedando solas Lucilda y Sonia, y avanzada la conversación, Lucilda —de cabellera teñida de rubio, ojos grandes y brillosos; un cuerpo ligeramente torneado; siempre vistiendo escotada, y de voz algo escandalosa— decía a su prima:
—Anda; no me digas que no te parece guapo.
—No es eso, Lucí.
—¿Entonces? ¡Eres soltera, y estas de visita en una ciudad excitante que llama a la aventura! ¡Y ya estas grandecita; o acaso no eres una mujer que decide por si sola!
—No sé ­—pronunció dudosa, Sonia, pero sin descartar lo que argumentaba su incitante prima—; Es que…
—¡Nada, tía…! ¡Vale! si no te sientes cómoda lanzándote como yo lo haría, pues no sé… llévalo por la ciudad, dale un pequeño tour: así mareas a la libre y luego ¡ZAZ! JE-JE-JE —Sonia se limitó a mirarla con descontento por no tomar sus planteamientos con la misma seriedad— Vale, perdona. Lo llevas por la ciudad y si no te mola no tiene por que pasar nada; te piras sin más y te olvidas… De él y de un buen polvo de una noche. ¿Vale?
Sonia miraba con duda y curiosidad al extranjero. Lucilda notando eso insistió esperando convencerla:
—Anímate, tía; ¡Es ruso! —aseveró con total certeza, levantándole las cejas.
—¿Estás segura?
—¡Segura; Soni! Cuando llegamos le oí hablar­ —reveló Lucilda, refiriéndose a oírle leer y confundiendo el ruso con el alemán (mal pronunciado, por cierto), y por haber oído la procedencia del autor del libro que leía.
Tomás, conversando, de pie junto a las señoritas, se disculpó y corrió a con su amigo.
—¡Me ca… en toda; Leandro!
—¡Qué! —formuló en protesta Leandro.
Tomás, entre risas y sonrisas se sentó junto a su serio amigo y le sujetó abrazándole con camaradería y pesadez.
—Ves a las chicas, allá —Señaló en su dirección con el índice, sosteniendo la cerveza recién recargada—. ¡Creen que eres ruso! —Le sacudió estrechándole con fuerza del brazo y estrujándole el cuerpo mientras emitía un desmedido y escandaloso chillido de exaltación—. Lo que vas a hacer es que si viene una de ellas hacia acá tú sigues el juego; y no hables por nada del mundo. ¡Deja que papá se encargue de todo!
­Leandro le miró, ¡como vaya!, hace siempre al oír o presenciar sus tonterías, impulsivas y por tanto opuestas a su carácter. Sin tiempo a replicarle algo, Tomás se largo dejándolo solo ante la chica que se aproximaba; fugazmente, pues volvió enseguida.
—¡Hi! —Saludo a Sonia.
—Ho… ¡Hello! —respondió tendiéndole la mano en compañía de una sincera sonrisa. Seguida de una tímida al saludar a Leandro. Quien respondió de igual modo, con un Hello.
Leandro contempló molesto y en desacuerdo a Tomás presentándose e intercambiando algunas palabras con Sonia, en inglés y entendiendo en su totalidad su conversación.
Sonia, he is my good friend1 —Tomás lo miró con insistencia a que siga y acceda con el “plan”.
1 Sonia, él es mi buen amigo…
Brevemente calló, observó a Sonia, para al final contestar:
YA, Liev… Liev Ivanovich… Nejliudov —Presentándose formalmente, tomó su mano y la besó—, krasivaya, Soñichka 2 —Sonia se sonrojó al cruzarse sus miradas tras besarle la mano (siendo un detalle que nadie había hecho antes). Leandro, forzado a pensar rápido atinó a usar las palabras rusas que escasamente conocía.
2 Soy, Liev… Liev Ivánovich… Nejliúdov, hermosa, Sonia.
Sorry, Sonia —continuó Mr. Thomas—, my friend “Liev”, just speaks a little of english; he is… bit silly 3. Ja-ja.
3 Lo siento, Sonia, mi amigo “Liev”, solo habla un poco de inglés; él es… un poco tonto.
—Oh! I see. But you speak russian, don’t you? 4
4 ¡Oh! Ya veo. Pero hablas ruso, ¿verdad?
Mr. Thomas, con premura dijo:
Ya; of course! 5 —Leandro se río de sus embustes descarados e ignorantes.
5 Sí; ¡por supuesto!
Tomás apartó a Sonia e inmediatamente de acordar algo se retiró de vuelta a con su prima.
—¡Listo, amigo! Iras con ella a dar la vuelta por la ciudad. Yo llevo todo al hotel, no te preocupes.
—¡Cómo! No, frénate…
—Chh-Chh-Chh —­Lo acalló—. Todo está pactado. No hay vuelta de hoja, amigo. ¡Y no queras desilusionarla, o hacerme ver como alguien sin palabra ni honor —dijo sarcástico, y lo ultimo con cinismo, antes de levantar de un tirón a Leandro.
—Lo más que has oído en tu vida del honor es el Medal of Honor; y das asco en él. Tal parece que me estas vendiendo. No me gusta…
—Ya hombre, compórtate —exclamó Tomás, jalándole de la ropa tras bofetearle suavemente— No me pides constantemente que madure; da ejemplo. Sólo irán a dar la vuelta —aseguraba Tomás, de nuevo abrazándole y mirando sonriente hacia las chicas—, y si no quieres no tienes porque perder tu preciada virginidad, ja-ja —Se mofó, injuriándolo, ¡como de costumbre!— Y si… ¡Suponiendo! No te agrada, no hagas algo que yo haría, ¡y ya! Te quejas, pero bien que hasta un nombre te inventaste, ¡pillín! Si me preguntas es mucho más creíble tu asentó al hablar inglés que ruso. Da igual.  —Leandro no respondió, estando pensativo y mirando con seriedad hacia la mesa de las chicas.
—Toma —decía Lucilda a Sonia, sacando de su bolso un condón y las llaves de su departamento; entregándoselas. Sonia de inmediato lo guardó en su morralito—. Por si te va bien —Le levantó las cejas pícaramente al entregarle un par más de condones. Sonia intentó devolverlos pero fue rechazada, y sin más los guardo— ¡Anda, tira; a que esperas! —expresó por último Lucilda, haciendo un ademan con la mano, sacudiéndola estirada al frente, en señal de que se alejara.
De similar modo, Tomás “expulsó” a su amigo fuera del bar, rematándole con una patadita en los glúteos, chasqueando la boca, guiñándole un ojo, y con el índice apuntándole y el pulgar erguido.
Tomás miró a Lucilda, al otro lado del bar; ella le mostró un gesto de sutil, pero claro, desprecio hacia sus posibles intenciones.

D. Leon. Mayén

domingo, 15 de mayo de 2016

Reseña: Los más bellos cuentos rusos

Reseña: Los más bellos cuentos rusosDe: Autores diversosPor: Editores mexicanos unidos


Heme aquí de nuevo, amigos, escribiendo de cuentos.  Anteriormente reseñe dos pertenecientes a este mismo libro: La campesina disfrazada, y, Lenochka; dos de mis preferidos en este libro, pero no los únicos, pues  al avanzar parsimonioso por entre sus páginas descubrí historias que, para mi particular sentir, me resultaron desde, entretenidas, divertidas, interesantes y, en particular la ultima, trágica, conmovedora y a la vez cruel, e inolvidable por ende—aunque apenas ayer lo termine, y en consecuencia leí el ultimo cuento titulado: «El niño», de: Vsevolod Ivanov; no creo olvidarlo fácilmente—.
Uno de ellos que, especialmente me ha divertido mucho, es el titulado: Edipo Rey —nada que ver con Sófocles—. De igual modo y mismo autor: «Los ladrones», de: Arcadi Averchenko. ¡Vaya que sí reí!
 Los que admiré por sus personajes y/o me conmovieron por su historia, fueron:
«Historia del capitán Kopeikin», de: Nicolai V. Gogol
 «Biriuk», de: Ivan S. Turgueniev
«Valor», de: Lev Tolstoi
«Los ruidos del bosque», de: V. G. Korolenko
«El capitán Kablukov», de: Leonid Andreiev.
No entro en detalles como el estilo y cosas más técnicas, literariamente hablando, porque no soy muy fijado en ese aspecto; pues, tanto al leer como escribir, prefiero hacerlo contemplando, “viviendo” una historia que me provoque algo, sensaciones, pensamientos, emociones e imagines, que vayan desde, ya sea, suspenso, intriga, incertidumbre, amor, romance, pasión, ternura, compasión, indignación, rabia, miedo, horror, repulsión, etc.; básicamente algo que me toque el corazón de alguna forma, y me haga evocar imágenes transcritas y plasmadas en mi mente al recordar lo que he leído.
Por otro lado, no menciono lo ocurrido en los relatos aludidos con la esperanza de que, al leer las líneas previas, les motive a leerlos.
Por mi parte, el libro lo adquirí en la librería… «El sótano» (no lo recordaba, ja-ja) por $40.00 monedas (pesos); también me parece se encuentra en «Casa del libro»; esto, en México al menos; desconozco si está disponible en formato digital. “Supongo se pueden hallarse en línea”.

En total, el libro, cuenta con catorce autores y quince cuentos; siendo autores que van desde principios del Siglo XIX hasta finales del mismo y principios del siguiente; y claro, todos ellos rusos.

Si llegas a leer alguno de los cuentos mencionados, me gustaría “oír” tu opinión, así mismo si adquieres el libro.


D. Leon. Mayén

viernes, 15 de abril de 2016

Alcohol, mujeres y un payaso

Cuento.
Segundo cuento que comparto aquí. Tras terminar con el primero, casi de inmediato ya me encontraba pensando en el segundo, siendo este el resultado (aunque claro con algo de trabajo creativo y desarrollo). 
Durante el tiempo entre este relato y el anterior, acudieron a mi mente diversas historias a desarrollar, mismas que en un futuro próximo plasmare aquí.
Espero la disfruten tanto como yo al crearla.



 Alcohol, mujeres y un payaso 



Pasan, me parece, de las cinco de la madrugada, en casa de Fermín, bueno, de sus padres. Botellas de alcohol a media vida se encuentran desperdigadas por todo el lugar; en la mesa, en el piso, incluso en los, hasta hoy, inmaculados sillones antiguos heredados por su abuela.
Yo, ah-h-h… yo estoy hastiado, para variar y como de costumbre. Realmente no se qué hago aquí, pero creo que no todo es tan detestable en esta situación; me entretuve mirando a los especímenes, «Ja», llegar a la morada donde saben podrán, en su mayoría, perder la conciencia, anestesiar sus sentidos al embriagarse, llegando a —cuando menos en pretensión— sosegar lo que persistentemente aqueja sus almas; algunos más, y lo sé porque notó su actuar, simplemente se dejan llevar por el grupito, resultando ser tanto o más estúpidos que sus “maestros”. También hay quien aparenta tomárselo personar al inclinar la botella, como si de algún deporte nocivo se tratase, o quisieran batir un record. Como sea.
Sentado a la mesa del comedor, a unos centímetros de alguien que ni conozco —sobre la mesa—, aún no supero mi enfado con Fermín, por sus comentarios estúpidos, cuando volvía del sanitario, prediciendo que sería amargado e infeliz hasta mi muerte, y bien debería buscar alguna vieja, como suele referirse hacia las féminas, para pasarla bien; dio nombres, incluso insinuó lo grande que era la habitación de sus padres, y otras tantas idioteces. En este momento, muchas de las “viejas” que mencionó, se encontraban en el suelo o en las camas “bien acompañadas”; realmente, algunas abandonadas tras saciar el grotesco apetito de sus “hombres” de una noche.
Arto de la mesa y su inquilino, me levante y me dirigí a la sala. Antonieta, me parece, estaba arrumbada en el cómodo sillón individual del rincón —mi preferido desde hace tantos años ya, cuando Fermín y yo descansábamos terminadas las tareas—, la jale hacia mí, la cargue con dificultad, pues era mero peso muerto, y la arrastre con problemas hasta uno de los sillones antiguos, donde la coloque con cuidado; en ningún momento advirtió mi presencia ­—de haberse tratado de otro, bien podrían haber abusado de ella y ni enterada—. Me deje caer en el sillón y me arrellane a mis anchas; Antonieta se giro, y resbalaba flemáticamente, hasta acabar de golpe en el suelo. «¡Auch!» exclamó y no tardo en volver al pesado mundo de los sueños.
De entre la obscuridad del corredor, al fondo, se aproximó Fermín. A saber con qué idiotez saldrá ahora.
—No seas estúpido-o-o. —me decía con botella en mano, arrastrando las palabras de lo feliz que se encontraba, y con rastros de vomito en la ropa—. ¡Porque no haces lo que digo-o y vas a por una, una…
—¿Vieja? —Su briago estado le impedía ya completar las oraciones—. Idiota —musite.
—¡Eso-o! eso. Sabes­ —hablaba mientras arrastraba una silla al frente de mi—, he llegado-o a pensar que eres mariquita-a. Novia… no-o tienes. Y —le nació un eructo sorpresivo (extenso y sonoro)— no andas siguiendo persiguiendo algún trasero. Ja-ja. Como perrito-o-o ¡Guaf-guaf! —Por alguna razón, quizá costumbre, ya me inmutaba ante sus befas de alcohólico.
Le mire con fijeza y seriedad por largo rato, mientras me escupía sus tonterías y saliva al rostro. Bla-bla-bla-bla, es todo lo que oía. Cada vez su discurso languidecía, hasta quedarse por completo dormido frente a mí. Cuando no pudo sostener por más la botella de cristal marrón y resbalo de sus siempre torpes manos, me recline en mi asiento, me acerque a él sin despegarme del sillón y, con fuerza, le abofetee —el golpe para cerciórame de su estado se escucho por toda la casa—; y comencé a hablar:
—“Viejas”, usar esa palabra así lleva a un doble sentido contradictorio, sólo reluces tu estúpida ignorancia y vulgar carencia de decencia. A estas alturas dudo que conozcas o llegues a tener la fortuna de conocer a una mujer con todas sus letras, sin contar a tu madre y hermana. No las niñas inmaduras y bobas que yacen aquí, sin saber que quieren en realidad o poseer un remoto respeto propio; y de sus pretendientes ni hablar.
“Habiendo tantas formas de perderse en uno mismo, optas por el alcohol —hice una pausa reflexiva—. Supongo que son peores mis maneras; más subversivas a los sentidos y la percepción, embriagantes como pocas, y en los momentos sombríos autodestructivas. Lo peor del caso en mi perniciosa “situación”, es que no requiero ingerir nada para tocar el abismo obscuro y desolado que seguramente en algún momento golpearas… mi ejemplar amigo. Pero bueno, para que contarte esto si mi amarga soledad es solo cosa mía.”
Me puse de pie y me serví un trago, —de las botellas ocultas de su padre, al fondo de un estante; poco me importaba si le habían prohibido tomarlas—. Regrese al sillón. Bebía, tomando la copa con elegancia, erguiendo el dedo meñique —algo que me causaba mucha gracia—, y continúe con mi soliloquio:
—Sabes, si no salgo con alguien o ando tras alguien, es por… no son… Me cuesta encontrar a alguien que no se pueda catalogar como común. —Pausa reflexiva—. Podría ser que busco a alguien especial, diferente, única; alguien que me haga… abandonar mi fatídico modo de “vivir”, si es que esto es vida; que me eclipse por quien es, y no trate de impresionarme por quien pretende ser: enmarañándose en una mentira propia y con la esperanza de que caiga en sus falsas pretensiones. Pero es mi culpa, supongo —decía meneando la sustancia en la copa, mientras la sostenía por debajo—; ¡una oveja negra entre lanas blancas! —proclamé con profunda vehemencia, alzando la mano (por lo visto las copas se me estaban subiendo ya)—. Me basta con encontrar alguien con quien conectarme, con quien compartir un sentimiento de plenitud en compañía de ella. Que pueda ver más allá de cómo me veo a mí mismo, y me lo demuestre; pero sin fantasías ni tonterías, que me convenza de ello mediante lógica y, sobre todo, hechos, por poco tangibles que puedan parecer.
Tomé la copa que asía, y la arroje contra la pared —era meramente un capricho que tenía desde hace tiempo —emulando películas—, pero la copa sólo revoto en el muro.
Me sumergí en mis delirios mentales, esos a los que me refiero como pensamientos críticos, reflexivos y/o introspectivos; mi mayor defecto en la vida, mi eterna maldición y segura perdición.
Mirando a mí alrededor, al tiempo que cavilaba sin concretar nada en específico o pretendiendo algo —tras no se cuanto tiempo—, noté en el bolsillo trasero de Antonieta, un marcador con el que dibujó en los vasos caritas de todos tipos y gestos —dependiendo de cómo veía a quien se los daba. «¡Toda una artista!», creo yo—.
—Sabes, Fermín, constantemente me pregunto porque seguimos siendo amigos… porque te frecuento aun cuando te conozco casi a la perfección, se de tus vicios de sustancias como de mujeres, perdón “viejas”. —Cerré un ojo y moví la cabeza en busca de perspectiva—. Descaradamente has llegado a tener tres a la vez como tus novias oficiales. Ja-ja, maldita tu suerte, todavía no te pillan. —Le tome de la barbilla y le gire hacia su derecha, para continuar mi labor—. La fortuna se agota amigo. Sigo sin creer que te zafaras de aquella vez que enviaste un texto, «M-m-m», de manera equivocada. Te saliste con la tuya y al poco la cortaste ¡todo un caballero! Tal vez por eso seguimos como amigos, quiero presenciar tu fatídica caída, ja-ja. Además, tus “aventuras” desaventuradas me son tan divertidas. —De igual modo lo gire a su izquierda—. Para muchos no eres más que el bufón que les alegra la vida a costa propia, algo que parece no importarte —Le observe por todos ángulos y sí, creo que sí—; m-m-m… listo.
A punto de irme, pues el sol comenzaba a brotar, desenfunde mi móvil y capture la belleza de mi obra maestra, esplendida y gratificante, «me sentía orgulloso de mí mismo». Me dirigí a la puerta, silenciosamente por la alfombra, y al abrirla, al otro lado se hallaba, cercana a la liviana madera, Camila, hermana de Fermín. Al mirarnos, sus mejillas cambiaron a un tono ligeramente colorado.
—¡Ho-hola! —dijo tímidamente entre sonriendo. La salude de igual modo.
Estando ya al otro lado de la puerta, me detuvo preguntándome si quería tomar un café. Lo pensé con brevedad y acepte cordialmente su invitación.
Nos sentamos en uno de los sillones antiguos, pues la mesa seguía “ocupada”; y, con Antonieta a nuestros pies charlamos largo rato; tocamos diversos temas, sus estudios, el simplón que tiene por hermano, y más que nada, me hizo cuantiosas preguntas relacionadas sobre mí; inclusive me confesó haber pasado largo rato escuchándome hablar con su hermano, al no llevar llaves para entrar; me dijo que ojala a ella la escuchara de igual modo cuando le cuenta algo, y de la misma manera no le juzgará —mientras me lo decía me esforzaba por contener mi risa—.
Al despertarse Fermín, con la playera toda babeada y desorientado, básicamente crudo, Camila y yo no pudimos evitar romper en risas al mirarle, aparentaba ser algún nativo de alguna región remota, con todo el rostro pintado de forma precisa y simétrica. Él claro, no se entero de nada. Únicamente atino a cuestionar a Camila sobre que hacia aquí, a lo que ella respondió estar de visita tras una semana de arduos estudios.
Todos los briagos, ahora crudos, se largaron, y con ellos Fermín, pues seguirían la fiesta en casa de alguien más; y, quedándonos solos seguimos conversando y bebiendo café.


D. Leon. Mayén


Alcohol, mujeres y un payaso - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

viernes, 8 de abril de 2016

Reseña: La campesina disfrazada

Reseña: La campesina disfrazada.De: A. S. Pushkin



Comenzare por cómo es que este magnífico «compendio de caracteres» llego ante mis ojos. De forma casual, mirando en la página web de una de una de las librerías que frecuento, descubrí por casualidad la existencia —en busca de obras de un autor—, del libro de diversos autores rusos titulado «Los más bellos cuentos rusos» de: Editores mexicanos unidos; casi de inmediato, y motivado por mi admiración por el cuentista Anton P. Chejov, me arroje a adquirirlo. Tras “agonizar” con las letras de Alan Poe, plasmadas en sus relatos,  es que le he podido meter mano, ja-ja, a esta compilación de escritores rusos; y en parte debido a mi ocupada “agenda literaria”.

Curiosamente este cuento al que hago alusión es el primero en el libro. La narración se desarrolla en una de las provincias del Volga (a principios del siglo XIV); comienza por contarnos sobre dos hombres: Ivan Petrovich y su hijo, quien pronto hará presencia en la historia al retornar de la universidad, y prepararse para formar parte del ejército, pese a las negativas de su padre. Y, su vecino inmediato, Gregorio Ivanovich, de manías anglófilas, y su joven hija; ambos hombres enemistados.
La hija, curiosa hacia el hijo de Petrovich, interroga a su querida criada —con quien no tenía secreto alguno—, al volver esta de la propiedad de los Petrovich; asiendo que le cuente todo sobre el muchacho, así lo hace; y, a la mañana siguiente se escabulle con destino al bosque; previamente con ayuda de sus criada confecciono ropas al estilo de campesina, para así, encontrarse por “casualidad” con el muchacho en el bosque donde sabe suele ir de caza. Él se encuentra repentinamente con ella, quien pese a ser una simple campesina le cautiva con su particular belleza —pues no es alguien despreciativo. Intercambiando palabras, ella miente sobre su nombre, procedencia y familia. Insistente el muchacho sobre verle de nuevo la joven le indica que volverá, cuando, al día siguiente.
 De regreso en su casa, la muchacha decidió no acudir, contrariándose de inmediato al temer que acudiera con el herrero, de quien aseguro —falsamente— ser hija.
El hijo de Petrovich, pasó todo el día pensando en ella; al amanecer se encontraba ya esperándole en el bosque; ella acudió pidiéndole que cesaran con sus encuentros, al confesar este sus sentimientos ella de nuevo acceda a sus encuentros. Así pasaron numerosos días, sin ella confesar sus verdades.
Un día uno de los padres, se hallaba de caza, y el otro recorriendo sus britanizadas tierras. Ambos se encontraron, y tras un accidente de uno de ellos el otro acude en su ayuda, dejando a un lado sus diferencias.
Resumiendo: padre e hijo acuden a casa de Ivanovich, donde, la falsa campesina temiendo ser descubierta, efectúa un particular “espectáculo” para evitarlo. Más tarde ambos caballeros hablan sobre el casamiento entre sus hijos, motivados por afianzar su amistad. Lo demás lo omitiré con la esperanza de que como yo —­y si se ven interesados en hacerlo—, lo lean. El final aunque algo incierto es de mi agrado.

NOTA: No le he resumido con absoluta precisión en los detalles.

Considerándome como un hombre pasional, en diversos sentidos, una de ellas es, sin duda, el romance, en la literatura pero sobre todo la expresión material de este sentimiento. Aunque también, en otra vertiente —y, siendo un ramal que tal vez parte de las mismas raíces— se encuentra la melancolía y tragedia, la desolación, soledad y profunda tristeza; usualmente siendo más lo que escribo que lo que leo.



D. Leon. Mayén