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domingo, 27 de mayo de 2018

El abismo de la depresión

Republicación, sobre algunos de los peores momentos de mi vida.

El abismo de la depresión


¿Cómo inicia esto? Sin pedirlo, desearlo o advertirlo.
Claramente recuerdo esa vez… mi encuentro con aquella macabra “criatura”; me es imposible olvidarlo. Nada fue repentino, desde luego, nada pasa de un instante a otro o sólo por qué sí en la psique humana. Simplemente no presté, no supe advertir los designios de su llegada; de lo que pudo desembocar en mis últimos minutos en este mundo. Apenas era un adolecente, rondando los quince quizá. En aquel distante presente el mismísimo infierno comenzaba a materializarse en el país, como en tantos otros antes, y ahora. El amor de mi vida, mi razón de vida se había ido; sin poder yo seguirla. Entre tantas circunstancias como eventos en mi vida es que, sin saberlo o imaginarlo, le abrí la puerta a la Bestia (es la palabra más cercana y moderada que encuentro para referirme a la depresión). Durante el punto más álgido de su despreciable visita, cuando tomó completo control de mí, un sentimiento horrido de querer morir se presentó, dominando mi pensamiento más allá de mi control voluntario; mas, sin embargo, fui consciente de lo malo que ello suponía, que algo iba mal… muy mal. Dicho sentimiento me es difícil de explicar, pues era como… como si todo mi ser quisiera terminar con su entonces sufriente existir. Por fortuna mi cordura estaba intacta como para reconocer el grave problema y pedir auxilio. En principio sirvió, pero… una vez dentro la Criatura no sale.
Superado ese episodio, seguía rondándome, acechándome sedienta de mí, pero ahora desde dentro, en mí; parasitaria, aguerrida moradora de mi mente y sentir. Al llegar ante mí la muerte… la puerta cayó dejando un inmenso orificio sin forma de poder resguardarme de lo que vendría. Lo que de nuevo casi me fina. Dentro de lo que provoca el hecho o efecto conocido como muerte hay una numerosa gama de matices sentimentales en ella. Temer a morir es algo natural, en principio; no siempre y no en todos. Al igual que temer perder a quienes se ama. Pero… que muera alguien amado, de forma repentina, sin poder haber hecho nada, ni siquiera estar en sus últimos momentos, es… es…
Entonces nada importaba. Con el tiempo los clamores de retribución se desvanecen sabiendo de nada servirán, de nada sirve hacer algo. Nada jamás vuelve a ser igual: el mundo, la vida, las personas… uno mismo. Parte de nosotros parte con ellos, bajo ciertas circunstancia azarosas. Aún hoy daría tanto por verla de nuevo, siquiera por un instante. En esos oscuros días llenos de miedo, dolor, arrepentimiento y ciega desesperación, mis alaridos por respuestas, por un por qué a ella…, tantas cosas que a veces me rondan todavía, creí me llevarían al fondo del abismo, a la locura misma.
Creo, por lo vivido, que la realidad, voraz e implacable —o lo que entendemos como tal—, es la llave maestra para que la depresión pueda abrirse camino por entre nuestro mundo de fantasía, nutrido y ensalzado desde que llegamos al mundo; resultando nada más que una rompible burbuja. Claro ejemplo de esto es la enfermedad; padecerla o presenciarla ajena. Lo que me llevó a mi siguiente encuentro ante la bravía Bestia. Fue fácil cerrarse a la evidencia de los acontecimientos diarios; las señales del cuerpo y la mente, lo que uno mismo se arrebata con agonizante lentitud, mirándolo todo de primera mano y sin hacer algo pues el miedo petrifica y la depresión lo acentúa con descaro. Siempre es mejor así, mirar a otro lado, y más llevadero por naturaleza para algunos. Pero el brutal choque con la verdad, la realidad tangible e invariable en sí, es catastrófico. Con esto me refiero a padecimientos sin, o sin claro, retorno. Poco a poco la vida ya no puede ser como era, lo que gustaba hacer ya no lo es por el simple hecho de no poder hacerlo por más que se luche por lograrlo. Al igual que la depresión es una batalla, una guerra, contra uno mismo; me parece paradójico “quien” puede ganar, por qué objetivamente se puede ganar ese tipo de batallas. Nadie hubo, o hay, que entienda lo que pasa, lo que se siente y sufre a causa de uno mismo. Lo peor es que sin importar que tan lejos se corra, que tan lejano se pueda ir… es imposible huir de sí mismo, sin importar lo que se haga. No existe forma posible de compartir, de hacer que alguien más sienta lo que sentimos en esos pesarosos momentos, con exactitud de intensidad, de profundidad; lo más cercano es la experiencia de aquellos a quienes recurrimos, o la empatía, pero muchas veces resulta nada más que una vil blasfemia de la naturaleza. Nadie siente o percibe como cada uno de nosotros. En ese aspecto de la existencia humana estamos infinitamente solos, a merced de nuestras negativas emociones. Todo esto creado, mostrado, por esa maldita criatura infeliz… Un lado sustancialmente lóbrego en el propio interior.
La muerte ya no aclamaba… Medio muerto da igual una martirizante vida o una agónica muerte, pues a fin de cuentas resulta lo mismo: dos caras de una moneda.
La impiadosa bestia aparta las bellas sensaciones de vivir, las profundas y perdurables, casi todas. A mí me despojó de tantas… tantas. Dejando en su lugar la inmensa tristeza, la desolación del alma, el asfixiante pesimismo tomado como absoluta verdad, y la desesperanza… Esperanza, de lo más vital en la vida ulterior al amor. Cada vez que se experimenta, se vive con ardor esas emociones, sensaciones —siendo lo que queda—, ella acrece su voluntad, su poder manipulador y totalitario, y prolonga su estadía. El mayor temor, lo más pavoroso y macabro que he vivido es ese sentimiento, el de desear irse de este plano; para mí no hay nada peor en esta vida que eso.
De actuar a tiempo no resulta tan grave como lo plasmo aquí. Pero, no siempre se es afortunado. Las cicatrices, secuelas y verdades mostradas perduran hasta la tumba. Es difícil volver a mirar y percibir el mundo como antes, de una forma pura e inocente, gustosa y placentera.
Por más luz que haya en algún momento o lugar las sombras siempre están presentes —el estado natural del universo es oscuro y lúgubre—. Lo único para evitarlo de modo absoluto es… mirar estúpidamente siempre hacia la luz, dejándose encandilar con su bello rutilar sobre lo que más nos plazca; así, no mirando a quienes arden, se ahogan o envenenan en la tenebrosa negrura de la cruel realidad.
¡No todo es malo en la vida, pero siempre habrá algo malo en ella!


D. Leon. Mayén

lunes, 31 de octubre de 2016

Ojos ominosos

Ojos ominosos


   Aquella noche era tan obscura como todas… pero fue mi última como tal, como todas las previas. Por ello escribo esto esperando preveas.

   Sus ojos son saltones, negros como el aceite, acuosos y brillosos cuando la escasa luz de la penumbra se refracta en ellos; enormes, exorbitantes como sólo aquellos, pero sobre todo abyectos cuando al encontrar su torvo mirar salen agitadamente de sus cuencas voluminosamente cóncavas, para reiteradamente regresar más adentro de donde estaban, y así repetitivamente sin cesar, sin parar, sin evidente descanso; hasta que no los ves más… y no por su ausencia… Siempre están mirándote. Este ser ominoso, sombrío, de apariencia macabra o quizá funesta: bajito sin llegar siquiera al metro; y que sospecho deforma según le convenga; de piel opaca, casi, pero no negruzca, áspera al tacto, cual lija, mas no a la vista, y tonalidad variante según el sitio en que se acobija; escuálido, demacrado de figura, pero hábil como ninguna criatura; su cabeza… pareciera ser enorme, pero ahora reflexionó es una mera ilusión propicia de su aspecto escueto de carne y resaltado en sus ojos prominentes, así como por su cabeza; su boca apenas diminuta y de escasos centímetros cuenta con minúsculos dientecillos horizontales, afilados cual punzantes agujas por quebrados pero, a la vez, sin forma de serlos y escasamente visibles. No hay nariz aparente en su aciago rostro, ¡en este infausto ser infame!
   Por la noche, en la negrura de un rincón oscuro, o de igual modo en el día en sitios símiles, de tu hogar, él está ahí. ¡Maldito enano mirón, voyerista infeliz! Te observa sin que lo adviertas, sin que siquiera lo imagines o presientas, ¡que si lo sabré, maldita sea! Está bajo la mesa mientras haces lo que sea que hagas; él te mira expectante a tus movimientos, en posiciones contorsionadas y que quizá te resultarían incomodas, mas no a él; está cómodo mientras nos mire; pero no te angusties, pues si por error algún objeto tiras o simplemente hechas un vistazo, ya se habrá escabullido de tu encuentro… de tus ojos que sin ser consientes temen verlo; para entonces, cuando retomes tus actividades, él ya estará en otro sitio sombrío, oculto, acechante de ti, contemplándote en un rincón, por entre una rendija, una fisura en algún mueble, quizá debajo de algún otro mueble semi-hueco con el suficiente espacio para alojarse y mirar… como tanto disfruta.
   Estoy seguro que esos ruidos sin aparente motivo, sin aparente origen o causa, son por qué él ha pasado por ahí, ha puesto sus palmados pies y huesudas manos, garras, en esos muebles que ante él crujen por su presencia —porque sólo para eso ocupa sus extremidades, para desplazarse y poder mirar desde todos los ángulos posibles—; cuando la tapa del inodoro cae en medio de la noche, seguro es él, ¡desgraciado meón! Los perros, por la noche, le ladran sabiendo acecha en moradas aledañas —o quizá por qué le perciben— saciando su ruin necesidad natural e insaciable en él. Objetos cambiados de lugar o perdidos, los mueve él para con ese propósito mirar que haremos, como reaccionamos, y gozar con la escena. ¡Seguro!
   Hagas lo que hagas, estés donde estés, ten por seguro está contigo en la misma habitación, tal vez en otra sí es que desde allí puede contemplarte. Lavándote la boca, las manos, duchándote, está de pie detrás de ti, asomando por el marco de la puerta; ¡mejor ciérrala! Mirando T.V. o jugando videojuegos, mirando eso que tanto disfrutas o sólo matando el tiempo, está contigo, y no mirándolo, mirándote fijamente con sus inmensos ojos aceitosos, oscuros como las sombras donde se resguárdese. Cuanto más concentrado te estés en algo, más atento en ti él está, más cerca, pues no prestas atención; probablemente a centímetros de ti, y no lo sabrás; no hiede como aparentaría si lo vez, no exhala pues nariz no tiene… no expresa pues sólo mira y mira… a nosotros y nada más. Mirando el móvil, oyendo música, leyendo un libro en la gozosa complacencia de tu hogar, ya sea tu cómoda habitación, sentado o en la cama… o como sea y donde sea; pero sobre todo, mientras ese objeto entre tus manos te crea un inevitable ángulo muerto al frente de ti, bien podría estar detrás de dicho objeto; a los pies de la cama o a un costado, sobre algún mueble, ¿por qué no?
Ojos ominosos
   Bajo la cama, en el closet entre abierto o a través de las rendijas de éste, en cualquier penumbroso lugar, o donde quiera que pueda escapar de tu vista periférica, ¿estará ahora ahí, mirándote leer esto? ¿Piensas, se te ocurre algún lugar donde podría estar vigilándote ahora mismo? ¡NO VOLTEES, NO MIRES, NO LO BUSQUES!, pues no lo hallaras donde quiera que observes; se escabulle como ningún ser en este mundo, ¡el muy bastardo! Si acaso lo verás fugazmente, en menos de un instante, cuando tus ojos digan a tu cerebro creer haber visto algo por un borde de éstos, una sombra transitoria como el moverse de una silueta difusa, que inevitable guía tu mirada en busca de eso sin forma, sin designio; o algún ruido inusual; pero no será nada naturalmente. Él es tan hábil, tan sagaz que jamás en espejos o fotos aparecerá. ¡Una mente macabra, sagaz, lóbrega y siniestra se aboveda tras sus brillosos ojos… inmensos!
Ojos ominosos
   A punto de dormir, sintiendo el movimiento involuntario de tus extremidades, ¿será él, y tu cuerpo alarmarse instintivo por su sutil presencia? Cuándo dormido tu cuerpo no responde al llamado de la conciencia que a gritos clama ayuda para despertar, mientras como un tormentoso sueño que se torna una ansiolítica y abrumadora pesadilla desgastante, mientras en tu mente te miras a ti mismo desde otro plano luchado por mover el más liviano de tus músculos, ¿podría ser él, tan cerca de ti que tu ser te protege de no avivar y mirarlo; todo en medio de una profunda lucha inconsciente para no verle… no saber de su existir?
   Seguro te preguntas que pasaría si le vez; cómo es que sé tanto de él si es imposible mirarlo… ¡Maldita mi suerte por saberlo! Te lo diré, esperando, deseando no corras el mismo destino: Aquella noche era cualquier otra noche, quizá como ésta. Yo, terminando de perder el tiempo en la computadora, fui a seguir un rato con el celular. Pasaron los minutos que en realidad eran de a poco horas, y el sueño me era inconciliable, mi cabeza estaba más activa incluso que en el día, pensando y pensando en bobadas y cosas importantes. Contemplaba una y otra vez cada rincón en mi habitación; todos y cada uno de los objetos que en él había, y que tanto apreciaba; miraba el suelo, el techo… todo en él.  La tormenta había comenzado hacia un par de horas, lluvia, truenos y rayos incesantes fustigaban el entorno próximo; con tal estruendo e ira que parecía el mismísimo cielo buscaba reclamar el alma de alguien con ansia. La corriente eléctrica se cortó mientras veía T.V. buscando el anhelado cansancio. Por lo cual, ¡estúpidamente!, acudí al cajón próximo a mi cama, para sacar de él una barra de luz quimioluminiscente —de esas que venden en algunas tiendas de autoservicio en el departamento de acampar—, la saque de su envoltorio, la tomé pero, cayó al suelo y se rodó… la busqué a tientas, pero no aparecía. Asomé bajo la cama esperando hallarla, ayudado por la escasa luz proveniente del exterior, y lo logré. La así, la flexione hasta que tronó quebrándose el cristal, y la sacudí con intensidad; en cuestión de segundos ambas sustancias se mezclaron y la barra iluminó, en un espectro lumínico azulado, y ahí estaba él, frente a mí, a centímetros, mirándome estar aterrado, sacando y metiendo esos repulsivos ojotes negros sin cesar y cada vez más rápido. Mi, en ese momento,  frágil corazón bombeaba a todo lo que daba sin parar, martilleándome en el pecho, zumbándome los oídos, sentía que desvanecía del shock de ver a tan grotesca, hórrida criatura. Sin fin a mi desgracia, y siendo este el comienzo de ella, dos fulgurosos relámpagos, de rayos cercanos, iluminaron mi habitación al tiempo que la ventana se cimbraba de temor, uno inmediato al otro, como si alguien, o algo, quisiera que siguiera mirándolo, y así fue; luchando en mi abatimiento, con el corazón pinchándome con el ardor de un hierro punzante y al rojo vivo atravesándome hasta el mero centro, en mi horror purgatorio, meciéndome entre este plano y el etéreo que da fantasía a la muerte, me esforcé desesperado por clamar la ayuda de alguien, quien fuera… pero nadie acudió, pues simples y lábiles esfuerzos por completar siquiera una nimia silaba los lograba lánguidos. Me tiré al piso esforzándome por alejarme de aquel ser macabro —pues las piernas me fallaban provocándome traspiés constantes al intentar ponerlas en función—, que mientras lo hacía —aún con la luz en la mano para guiar mi pronto avance—, noté me seguía, a pasos lentos y sin parar de hacer eso que hace con sus viles ojos; yo me arrastraba, braceando con premura pugnada, esperando ganar una carrera que parecía eterna e in-ganable entre ese ser y mi extenuada bomba de vida, que cada vez intensificaba su labor, llevándonos sin saberlo a un fatídico final en el que, seguramente, lo último que vería serian esos ojos ingentes, voluminosos, retrayentes y salientes.
   Apenas y pude abrir la puerta él me pasó por encima. A los pocos minutos me encontraron en el pasillo — llamados por el alboroto de objetos caer— inconsciente y a nada de morir. Dicen que por fortuna me lograron reanimar en urgencias, —estando a calles del hospital—.

   Los meses han pasado; entre despiadadas noches en vela temiendo vuelva, sin apagar las luces e ingeniándomelas para que cada rincón de mi habitación esté iluminado; y días vigilantes buscando con miedo su presencia en los rincones penumbrosos creados por el sol… En aquel lugar. Temo a la oscuridad como ni siquiera lo hace un infante. La llegada de la noche me aterra tanto que mi ansiedad se desborda cuando miro el reloj o la luz diurna marchitándose, abandonándome; antes de los ansiolíticos me comía las uñas con frenesí, me rascaba los brazos o cualquier parte del cuerpo buscando desahogar esa ansiedad anticipatoria. Las pesadillas… las pesadillas son… Eran tan intensas y vividas como si reviviese ese momento una y otra vez, y no sólo viéndolo a él, sintiendo todo lo que sentí aquella noche, mi última en libertad; una libertad de la cual, ahora en gran parte, carezco enjaulado por mí mismo… a causa de él.
   Las pastillas me permiten descansar apenas y unas horas, pues entre pesadillas y mi paranoia, incrédula aquí para pocos, no concilio el sueño como debiera. Cuando los parpados me pesan de cansancio y el cerebro se me comienza a apagar en automático, vuelvo a estar alerta, pues sé es cuando aparecerá, y vendrá a contemplar lo que aquella tormentosa noche provocó, creó... dejó de mí; como cualquier otra noche, como ésta.
   He escrito esto, también en parte —y durante largo tiempo—, con la permisión de uno de mis “rehabilitadores”, pues cree me será de ayuda realizarlo, dice me servirá para aclarar mi mente y progresar. Uno de mis amigos aquí, un enfermero del cual omitiré su nombre, me ha prometido entregar esto a un conocido suyo, fuera de estos muros.
   Apenas hablo de él, «Ocuigens», como le he bautizado —por recomendación para mi “pronta recuperación”; y gracias a mis tiempos de recreación entre bicolores lienzos instructivos—, con mis compañeros, me sacan de la sala; en cuanto me alteraba reviviendo aquel momento me drogaban para que durmiera. Ocasionalmente me esmero por causar problemas y con ello me encierren en solitario… En esa habitación acolchada en sus seis caras, pues me es más fácil cuidarme de él ahí, sabiendo no podrá entrar, o mirarme, ya que pernocto en el muro de la puerta colocando un pie en ella previendo quiera entrar. Mis cuidadores, de claro vestir, son gentiles conmigo y a petición mía no apagan nunca la luz cuando en esa segura habitación me encuentro resguardándome de su presencia. Lo mismo deberías hacer, pues él, avieso, está ahí y te mira, te observa con avidez… aunque tú no lo sepas o lo presientas... lo creas o imagines. Si tus ojos han leído esto… asume en cualquier momento que él te está observando; pero no lo pienses demasiado, porque bien podrías terminar… Bueno, espero te hagas una idea de cómo.

   Al igual que tantos me creerás un loco más y, llegado a este punto, seguramente sobran motivos; pero si lo haces es mejor que raciocines el por qué de dicha conclusión sobre mí. Si me crees un orate por un temor inconsciente a que yo tenga razón, diga la verdad —siendo “mi locura” precedida por un brutal golpe de realidad—, y jactándote creyendo que por el simple hecho de creer que algo —con la mente limitada— es inverosímil o escasamente probable, esto resulta de inmediato y por conclusión en algo falso; no lo hagas. Creerlo así no lo hace improbable, sino más bien lo vuelve algo oculto, desapercibido en primera instancia, como tantas cosas en este mundo, hasta probarse lo contrario; ya que carecer de pruebas sobre su existencia no lo hace falso; pero… ¿carecer de pruebas positivas, no lo hace meramente desconocido o más cierto?, sabiendo la peculiar naturaleza de él, sobre todo. Guiarse por la ancestral y arraigada arrogancia de darlo todo por hecho resulta innatural, no para nosotros, sino para el modo en que está constituido el Universo mismo. Sólo podemos ver una fracción de lo que el mundo, la vida es, una parte tan nimia que visto con buenos ojos termina siendo nada… Y en el todo que no percibimos, que apenas e imaginamos, está él con sus ojos saltones, observándonos atento mirar apenas algo insignificante de lo que seguro él sí puede ver; ocultándose seguro en el abrigo de la endeble franja de lo real e irreal, lo creíble y lo improbable para nosotros. Pregúntate con ingenio, con inteligencia tan desmedida de la media popular como te sea posible, al creerme un loco perturbado: ¿Qué tan real es la realidad? ¿A caso no es real lo real, meramente por hechos, conclusiones y todo lo que percibimos como legitimo, y que en conjunto a nuestros sentidos da cabida a la «realidad» sabida y aceptada hasta hoy? ¿Lo que aún no se descubre, se conoce o se ve, existe ahora que es desconocido, que es ignorado por la conciencia?, ¿o existe sólo hasta que lo reconocemos con la percepción, los sentidos y el raciocinio?; ¡y son muy limitados comparativamente, no lo olvides!
   ¡La realidad sólo resulta la mera percepción de ella!; y todo en ella es real, ¿o no? Puesto que… Por ejemplo, las hadas, unicornios, dragones y criaturas fantásticas, míticas, no son reales como tal, ¡pero lo son!, incluso llegan a tener cierta vida, vida que le hemos dado partiendo desde la mente, la imaginación inventiva, y hasta la figura.
   Concluyo que en la peor de mis desdichas, de mis tormentos vividos, si él fuera una mera alucinación producto de mi imaginación averiada, él es real por el simple hecho de presentarse en este plano de lo conocido, ante la conciencia mortal que se me ha concedido, y por muy discrepante que resulte a la de los demás; ¿o es… es que es real sólo para mí por haberlo “visto”; —y/o hasta que se replique—?, pero real de algún modo… ¡Ya no sé si lo sé, o que es lo que sé! Pero, piensa en él, hazlo ahora, piensa que te observa con sus ojos turgentes, vertiginosamente salientes y retrayentes… —y si tentado a voltear, a buscarlo estás, hazlo pero, sabes que ocurrirá—. ¿Qué tan real es? A caso ahora, en tu mente, ¿no es real?



D. Leon. Mayén




martes, 27 de septiembre de 2016

Mujer en la niebla

¿Está ahí ella, existirá siquiera, es real? Si la ves, ¿será mejor huir o… permanecer y mirarla, contemplarla hasta hallar su verdadera figura? ¿O es que es un simple sueño?


Mujer en la niebla


Apenas y te distingo, apenas y logro ver algo en la bruma; en esto que antes fueran nubarrones tempestivos que segaron mi visión, impidiendo ver el resplandor de un mañana, mientras luchaba por no ahogarme en la ciénaga de penas y culpas que se desbordaron sin remedio.
Inmerso en estas condiciones inclementes y desesperanzadoras, es que me pregunto si realmente existes, si no eres nada más que un espejismo, una ilusión efectuada por mí en este sufrido destierro, una proyección etérea de un deseo desesperado que terminara por torcerse en mi contra. Dime, ¿lo eres? ¿Estás ahí, aun ahora… cuando dudo de ti? ¿Cuándo mi corazón anhela vehemente, por sobre mis ojos y sentidos lo seas; lo eres?
Ronda en torno a mí, misteriosa amiga, confirma por sobre mi ceguera lo que clama mi alma, e impregna mis sentidos con tu presencia; has que mi olfato se deleite con tu esencia; que mis manos sientan tu gélido toque; y si al final lo deseas, que mis labios sientan los tuyos rosándose en armonía. Y demuéstrame así lo que mis ojos dudan y mi cuerpo percibe es real… cuando menos ahora.
Me cuestiono si tus palabras bastaran, si me embelesaran al emitirlas tu voz y con ello podre olvidarme de lo demás, de mis infinitos tormentos. ¿Es a caso que mi alma, en este cariz fosco, percibirá mucho más de lo que mis ojos captan al estar en tu presencia?, y así aclarar la imagen borrosa que miro ante mí de ti, mi querida. ¿Sera así?
No respondes a mis interrogantes… Quizá sea por qué no sé escuchar lo que expresas, o cómo hacerlo correctamente; ¿o prefieres el silencio indiferente, o, la voz parca de un alma cóncava; es eso? ¿Sera probable que mientras más pase contigo se facilitará el escucharte, el verte cómo eres realmente? Esta incertidumbre, superada mi paciencia o mi temple, ¿será?, me conducirá al despeñadero de la manía; caminando sin poder distinguir gran cosa en esta atmosfera tenue de visión y amplia en misterio y temor; ¿o me guiaras de la mano entre la penuria aciaga de este delirante lugar, llevándome de la mano por un terreno ya sabido por ti?
Supongo que no tengo más remedio que permanecer aquí, ¿a dónde más iría, que más haría?, y descubrir tu verdadera figura… ¡Después de todo, estoy casi seguro, yo mismo he creado esta niebla!


Si dejas de sentir… si dudas de lo que sientes, lo que en ti provoco, quizá, mejor será desvanecerse entre la bruma, y dejar el placer y el deseo en lo inconcluso de lo que hasta ahora se ha forjado. –Nota escrita para una despedida.

D. Leon. Mayén


Sin título
Fotografía del perfil, en Flickr, de Kasia
(Usada bajo la licencia Creative Commons)