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jueves, 6 de septiembre de 2018

Dad vuestro corazón - Poema

Despu-é-é-és de tanto, he vuelto al blog, y tras tenerlo más que abandonado, arrumbado sin actividad alguna, o al menos post de mi autoría. Definitivamente no han sido mis mejores meses, y aún son así. Como sea, les comparto este nuevo post esperando sea de su agrado. :)☺


Dad vuestro corazón


Dadle vuestro corazón a una mujer
y mil cosas podrán acontecer,
bienhechoras y gratas
o pérfidas y malvadas.
Dadle vuestro corazón a una niña enmascarada
y terminará hecho una plasta.
Dadle sin mesura el corazón a vuestra amada
y tendréis una vida aborregada.
¡Mas dadle vuestro corazón a un Ángel…!
sea cual sea su traza,
y estará con vosotros siempre…
aun separado el cuerpo del ánima.


D. Leo Mayén



martes, 14 de febrero de 2017

Des-amor

¿Desamor es amar sin amor? ¿O quizá no tener a quien amar?

Des-amor


El desamor, para muchos repudiado y por todos temido, al menos los que lo han saboreando previamente y con “deleite”; pero, como sea, inevitable. Porque, a mi ver, el desamor no existe sin un amor previo.

La RAE (Real Academia Española) define así esta palabra, en su actual edición:
desamor
1. m. Falta de amor o amistad.
2. m. Falta del sentimiento y afecto que inspiran por lo general ciertas cosas.
3. m. Enemistad, aborrecimiento.”

Y, amor así:
amor
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.
5. m. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor.
6. m. Persona amada. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing. Para llevarle un don a sus amores.
7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.”

Y por ultimo veamos el prefijo des-:
“des-
1. pref. Denota negación o inversión del significado de la palabra simple a la que va antepuesto. Desconfiar, deshacer.
2. pref. Indica privación. Desabejar.
3. pref. Indica exceso o demasía. Deslenguado.
4. pref. Significa 'fuera de'. Descamino, deshora.
5. pref. A veces indica afirmación. Despavorido.”

En lo personal, me parecen sobradas muchísimas definiciones al hablar del amor o el desamor, y cosas afines; aunado a que no es igual para unos que para otros. El desamor, como el amor, tiene miles de facetas, aunque la mayoría se centran en lo romántico (del cual hablare en breve). No es igual el desamor que puede sentir un bebé, o niño, de sus padres; o entre hermanos, incluso una mascota de su amo —también sienten con fervor; dejémonos de idioteces—.

Pero perfilémonos en lo romántico, eso de lo que todos quieren —queremos— escuchar; ya sea por anhelo, remembranza, deseo de sentirlo y experimentarlo, o por mera ansia curiosa. Como mencioné sin amor no puede existir desamor, al menos romántico, aunque, claramente hay excepciones; y es que el desamor surgente de un profundo y vehemente amor es… puede ser lo opuesto a lo que dicho amor fue: algo destructivo, sumamente doloroso e incontenible a todo deseo o razón, algo que avasalla el temple, la voluntad y el deseo por todo, desembocando, en el peor de los casos, en una aberrante depresión «pero ese es otro tema, muy escabroso, a tratar».

Desamor es desear, anhelar, evocar, sollozar, adolecer… amar sin amar, y, a la vez, sufrir de amor. Porque el amor ahí está, no es —por mucho que lo digan o pretendan— algo que se va o desecha apenas se acaba una relación, cual hojas al caer de un frondoso árbol, bello, vívido. El dolor de la ida de ese amor, de esa persona que locamente hemos amado, es lo que desgarra el pecho, punza la mente y mengua la voluntad. Martirizándonos en las noches de vigilia, que sin notarlo mutan en destellantes y molestos amaneceres, amargos y solitarios. Desamor no es que no te quieran, eso bien puede ser que te desaíren, te rechacen o meramente no eres de su agrado; claro que, bien se puede amar sin ser correspondido; o “no saber amar”. Desamor es desear tener lo que se tuvo, con arrebatado frenesí y desesperada agonía, porque eso que se sintió, eso que él o ella nos han provocado en su tiempo fue para nosotros todo lo que queríamos… necesitábamos y bastaba; el resto era nada, comparado con nuestro amor. Desamor sin un previo «amar», es sólo desear amar; pues no hay carencia de nada, solamente ansia de amar y ser amado… —sin embargo, es mi punto de vista—.

El desamor al igual que su homónimo, nos lleva a miles de locuras, estupideces y osadías… Y a otros, a sufrir sin aparente fin, doliéndonos de compunción por los errores cometidos y sentenciados a la eternidad. Recordando con nostalgia —una nostalgia en mixtura con el pesar y la tristeza— lo que fue, quienes éramos en su compañía, entre sus brazos, entre las carisias que supusimos serían eternas; entre besos y miradas apasionadas… intensas; arrullándonos en deleite con sus palabras; haciéndonos soñar con sus sonrisas y ocurrencias, sus detalles y sorpresas… alimentando con su ser, bienhechor, nuestra alma, y arrobándola inevitablemente; quedando ahora agonizando en pena por un retorno que no será… ya no será.

Me parece, a la vez, que el desamor… es a causa de ese amor que se tiene arraigado en el corazón y ya no tiene a donde fluir libremente, en quien proyectarlo y ceñirlo con él sin mesura, con fervor; no como lo hicimos… no con quien quisiéramos… no más.

En parte esto es lo que es para mí el desamor, lo que significa; y sé claramente no es lo mismo para todos, no todos pensamos, sentimos y ¡amamos! igual, dentro de nosotros, ni a alguien más: ¡cada amor y amante es diferente, único e irrepetible!

Seguramente tu no sientas lo mismo al pensar en esta palabra —que casi no he mencionado, ja, ja—, desamor; y/o posiblemente compartas algunos de mis puntos de vista pero, te aseguro no lo sufres como yo… Y yo como tú.

En inglés, creo, la palabra equivalente a desamor es loveless, algo así como sin amor, carente de él —en parte, casi lo mismo que lo antes citado—. Ahora bien, a mi gusto prefiero un equivalente como lovesick, pero, más apropiado me resulta, y bello por su síntesis y profundidad, lovelorn: Abandonado por su amor. Herido de amor, suspirando de amor —Así lo hallé en un viejo diccionario—. Ambas palabras me agradan mucho, definen bien el sentir con brevedad.

Por último; quiero creer que el desamor puede hacer que amemos más, que se aprecie el amar, se desee; al llegar hasta cierto punto, y no sólo de manera romántica…; aunque claro, hablo en el mejor de los casos. De otro modo nos volvemos unos bastardos frívolos, amargados, rencorosos e insufribles, patanes intolerables —y mira que como los hay—.


¡Volver a amar no es olvidar amores pasados,
es encontrar un espacio para un nuevo amor
donde creemos no hay sitio!



D. Leon. Mayén


¡FELIZ SAN VALENTÍN... O NO! Tracks of Love "Rastros de amor"
Versión leída, por mi amiga, y booktuber, Ximena: Hablando sobre el Desamor - Soñando entre mundos: http://youtu.be/Eo99eCckmow

lunes, 23 de enero de 2017

Noches entre dos - Pasos y caricias

Las noches en vela, insomnes... son siempre mejores en compañía, y más aún en la correcta, la deseada.

Noches entre dos

Pasos y carisias


Muchas veces la noche es reflejo de la nada y del miedo, de lo oculto y peligroso. No así en el cobijo del lecho, entre dos seres que se desean… Se aman, se anhelan con desenfreno; no sólo con o por lujuria, sino también con ella, aunada al cariño, el afecto, el romance creciente y el deseo desbordado de ambos.

Momentos en los cuales el entorno, de algún modo, desaparece de nuestras conciencias, dando pie a lo que sentimos, emocional y sensitivamente; mezclándose ambas maneras de forma diáfana en nuestros cuerpos y mentes… palabras, ademanes y expresiones, en nuestros ojos y labios, que con estupor alborotan nuestro ser, uniéndose con mayor intensidad y frecuencia mientras la noche se hace más honda, pero, apacible y gozosa. Entre pensamientos que no compartimos, o quizá sí, del uno por el otro, entre roces y carisias, lentas o arrebatadas, da igual; pues si bien el tacto de tu piel, de tus cabellos, de toda tú entre mis manos o mi propia piel es un deleite, atizarlo con palabras, susurros, lo vuelve todo un placer creciente.

Las noches llegan a ser parcas, esporádicas, tanto como un abrir y cerrar de ojos; pero en tu compañía se prolongarán en segmentos; aunque a futuro se vuelva un entrañable recuerdo en mi cabeza… Al disfrutar de cada detalle se convertirán en una extensa escena, que más allá de cualquier pantalla posible, retendré en ella tú aroma, no el que impregnas cada día para ornarte de aún mayor atracción y placer al olfato —aunque también lo remembraré, pues es parte de ti—, sino del que emana esencial de tu cuerpo, impregnando mi olfato con él en cada beso que dé a tu cuerpo, de pies a cabeza; del sentir de tu presencia, de mi vista que te contemplara como lo mereces, hasta que me pidas cese. Pues en ese momento, mis manos, mis labios, mis ojos… todo yo estaré volcado a tu venia y voluntad; abnegados a tu voz guiadora que musita —o como sea— indicándome que hacer, a donde ir, cuando volver y sobre todo como andar entre tú magistral ser.

¡Marca el paso… y lo seguiré! Un buen vals, danza, o cualquier baile es mejor al compás, de tal modo que dos asemejen uno, que todo movimiento propicie armónico el próximo; hasta dar al esmero y el cansancio su merecida recompensa. Y así, emprenderá, en la orquestal noche —si eso deseas— entre voces, risas y gemidos, la segunda pieza conociendo mejor el ritmo y el paso, sea cual sea: lento o acelerado, suave y sutil o repetido y marcado.

Deseando cada vez, insaciable, conocer un poco más de ti; desde cada una de tus cabellos, tu nuca, contar una a una las vertebras de tu espalda mientras las roso con delicadeza, y así cada centímetro de tu cuerpo… todo el que me permitas reconocer; pero, también aunar en tus pensamientos, tus ideas y secretos, que de tu voz bondadosa compartas conmigo; ocultándolos con mi vida si así lo pides.


Cual felino nocturno, no siempre está en mí la docilidad, tornada a veces en capricho y curiosidad, ansia o arrebato pasional; mas no creas con mis garras de laceraré… Jamás lastimaría las manos que con cariño me acarician.

Así, en estas noches, o no tan noches, con el transcurrir crearemos, mutuos, nuestro propio baile: al ritmo y compás compuesto a la par, extasiante y jubiloso para ambos.



D. Leon. Mayén

martes, 27 de septiembre de 2016

Mujer en la niebla

¿Está ahí ella, existirá siquiera, es real? Si la ves, ¿será mejor huir o… permanecer y mirarla, contemplarla hasta hallar su verdadera figura? ¿O es que es un simple sueño?


Mujer en la niebla


Apenas y te distingo, apenas y logro ver algo en la bruma; en esto que antes fueran nubarrones tempestivos que segaron mi visión, impidiendo ver el resplandor de un mañana, mientras luchaba por no ahogarme en la ciénaga de penas y culpas que se desbordaron sin remedio.
Inmerso en estas condiciones inclementes y desesperanzadoras, es que me pregunto si realmente existes, si no eres nada más que un espejismo, una ilusión efectuada por mí en este sufrido destierro, una proyección etérea de un deseo desesperado que terminara por torcerse en mi contra. Dime, ¿lo eres? ¿Estás ahí, aun ahora… cuando dudo de ti? ¿Cuándo mi corazón anhela vehemente, por sobre mis ojos y sentidos lo seas; lo eres?
Ronda en torno a mí, misteriosa amiga, confirma por sobre mi ceguera lo que clama mi alma, e impregna mis sentidos con tu presencia; has que mi olfato se deleite con tu esencia; que mis manos sientan tu gélido toque; y si al final lo deseas, que mis labios sientan los tuyos rosándose en armonía. Y demuéstrame así lo que mis ojos dudan y mi cuerpo percibe es real… cuando menos ahora.
Me cuestiono si tus palabras bastaran, si me embelesaran al emitirlas tu voz y con ello podre olvidarme de lo demás, de mis infinitos tormentos. ¿Es a caso que mi alma, en este cariz fosco, percibirá mucho más de lo que mis ojos captan al estar en tu presencia?, y así aclarar la imagen borrosa que miro ante mí de ti, mi querida. ¿Sera así?
No respondes a mis interrogantes… Quizá sea por qué no sé escuchar lo que expresas, o cómo hacerlo correctamente; ¿o prefieres el silencio indiferente, o, la voz parca de un alma cóncava; es eso? ¿Sera probable que mientras más pase contigo se facilitará el escucharte, el verte cómo eres realmente? Esta incertidumbre, superada mi paciencia o mi temple, ¿será?, me conducirá al despeñadero de la manía; caminando sin poder distinguir gran cosa en esta atmosfera tenue de visión y amplia en misterio y temor; ¿o me guiaras de la mano entre la penuria aciaga de este delirante lugar, llevándome de la mano por un terreno ya sabido por ti?
Supongo que no tengo más remedio que permanecer aquí, ¿a dónde más iría, que más haría?, y descubrir tu verdadera figura… ¡Después de todo, estoy casi seguro, yo mismo he creado esta niebla!


Si dejas de sentir… si dudas de lo que sientes, lo que en ti provoco, quizá, mejor será desvanecerse entre la bruma, y dejar el placer y el deseo en lo inconcluso de lo que hasta ahora se ha forjado. –Nota escrita para una despedida.

D. Leon. Mayén


Sin título
Fotografía del perfil, en Flickr, de Kasia
(Usada bajo la licencia Creative Commons)

sábado, 11 de junio de 2016

Mujeres - Divinas mujeres

Ensayo. Mujeres, y una porción sobre mi perspectiva sobre ellas; en conjunto con algunas de mis bagatelas referentes al amor.


Mujeres

Divinas mujeres


¡Ah! Mujeres. Con ellas todo, sin ellas nada.
He oído tanto sobre ellas a lo largo de mi corta vida. Cosas tanto positivas como negativas, y algo que con el tiempo ha perdido importancia para mí, pues muchas opiniones provienen del prejuicio, el ego o la ignorancia; cosas hechas, o dichas que, como muchas, son emitidas por el interlocutor sin filtro alguno, y sin importar como repercutirán en el entorno.
Mujeres “buenas y malas” las hay, sí claro, al igual que hombres de igual manera. Así como la mujer es digna de la más ferviente admiración, también hay que temerle; temer a lo que puede provocar en un hombre.
Quizá por fortuna, o tal vez por mero azar, he “visto” diversidad de mujeres. Algo fácil cuando se apartan prejuicios y tonterías de mundana calaña. Pues la mujer no es como nos lo hacen ver o creer. Una mujer bella o atractiva no es más mujer por serlo —una rosa no es rosa sólo al ser de color rosa—. En la actualidad es difícil mirar a una mujer como mujer. Pues, pareciera que socialmente sólo es fémina la que posee los atributos físicos necesarios para despertar atracción hacia el sexo opuesto, y envidia entre el propio.
Como hombre puedo ver la belleza —refiriéndome a atracción física—, cómo esas sensaciones guiadas de forma subconsciente a causa de ciertas características físicas en la mujer —algunas por demás estereotipadas—. Como hombre sucumbo ante esas características, ¡es casi inevitable!, lo quiera o no. (Recuerdo en particular  una ocasión en que, caminando entre la gente, tomado de la mano de quien fuera entonces mi novia; ella notó que de reojo admiraba esa belleza a la que me refiero en una mujer al otro lado de la calle. Más tarde, ella, sin preocupación alguna me cuestiono acerca de ello. A lo que le respondí: «Me resulta un tanto inevitable resistirme a mirar, ¡es algo inconsciente y más poderoso que yo!». Tras mi respuesta sentí que había metido la pata del todo. Pero, ella siendo alguien madura y comprensiva me contesto tranquila y en broma: «Está bien, mientras no me sueltes y corras atrás de ella, como perro en brama». Reímos y olvidamos el asunto).
En aquella situación, y aunque a ojos de muchos la mujer que llamó mi atención poseía una belleza particularmente embelesadora; para mí sólo fue algo fugas; sí claro, provoco en mi sensaciones —más no sentimientos—, al admirarle. Sensaciones que de dejarme llevar por ellas, me llevarían a no sé dónde; pero sí a convertirme en alguien desleal e insincero. En ese entonces, los sentimientos, arraigados en mí, hacia mí novia fueron lo suficientemente «profundos» como para que yo comprendiera esto que cuento, tras reflexionarlo.
Si bien la belleza es digna de admirarse, también debe ser se cauto ante ella. Esa misma belleza puede ser la mascarada perfecta, para tantas situaciones… viles, ruines y perversas: como de telenovela, pero peores, porque no son al otro lado de la pantalla y mucho menos efímeras.
En repetidas ocasiones, he oído —­y visto, claro—, en programas de TV o de amigos y/o amigas, la pregunta: ¿Qué es lo primero que miras en una mujer, o que te atrae de ella?  Jamás me han hecho esta pregunta en lo particular. ¿Qué respondería? Depende, depende de a quien mire; en toda mujer siempre hay algo que resalta, su cabello o el color de este, sus ojos, su rostro —o alguna facción en él—, su voz, su inteligencia o, porque no, su bondad, entre algunas. Pero, irremediablemente, a primera vista observó todo lo que puedo, desde los pies hasta la cabeza y dejo que mi subconsciente elucubre, luchando por no sucumbir a los encantos antes mencionados; además de prestar suma atención en su forma de ser, su personalidad, su manera de pensar, etc. Muchos, al oír la pregunta antes planteada, de inmediato piensan en dos cosas, los pechos y los glúteos; muchos incluso esperan que sea esa la respuesta. No soy hipócrita, no diré que yo no lo hago al observar a una mujer. Lo hago, pero no le doy una importancia absoluta y frívola —como algunos muchos. Es como preguntar a alguien: ¿Cómo es ella? Y respondiera: «¡Tiene unos pechos!» ¿Y qué más? Y no supiera más que decir pechos.
Para mí una respuesta más elemental e incluso profunda, seria: ¿Qué te enamora de una mujer? Puede resultar complicado separar amor de atracción, al responder. Pero, aún separando el amor como algo profundo y subjetivo; en contraste con la atracción, algo superficial e impulsivo —ambos de igual modo subconscientes—, es difícil responder. El amor en conjunto a la atracción es algo espontaneo e inesperado, y brumoso.
Es diferente amar a alguien, y que te enamoren. ¡Que te enamoren! Dirán que eso es cosa de niñas; pero, si un hombre siente amor hacia una mujer: se enamora —antes o después—, por lo que la ama; y si ese amor es a causa de actos realizadas por esa mujer, ¿a caso no le ha enamorado dicha mujer? Yo pienso que sí. Y a todos nos pasa, sólo que no se habla mucho de ello.
De mi novia, a quien me he referido antes, lo primero que me atrajo de ella fue su iniciativa; llena de seguridad y con libertad al hablar, eso un poco más que su apariencia física —la cual, en conjunto, también me cautivo—; al ser yo un tanto tímido, me pareció atractivo en ella, y aliviador, ja-ja. —Y de no ser por eso, no nos hubiéramos conocido—. Visualmente lo que más llamó mi atención en ella fue su rostro, desde su cabello hasta su cuello; el conjunto de sus rasgos faciales me parecía en lo particular eclipsante. Lo más irresistible en ella era su sonrisa —era lo que para mí resaltaba más en las primeras veces que nos vimos—. Después, con el tiempo, comenzaba a tener sentimientos por ella tan sólo al advertir su presencia, al observar sus gestos, al dialogar y escuchar su melodiosa voz; el delicado movimiento de sus manos, o el moverse de su cabellera al andar. Los mismos sentimientos crecían en mí al conocerla más, saber lo que le gusta, lo que no y porque; sus ideas y pensamientos. Lo que me enamoró de ella rotundamente, además de lo que ella provocaba en mí, fue lo que yo provocaba en ella: cosas y características que pudo ver en mí y que yo no sabía siquiera que poseía; me hizo evolucionar como ser —actualmente, y por infortunio, eso no cualquiera lo puede lograr­—.
Belleza interior, belleza exterior. A veces, lo veo como un libro: una bonita portada sin un buen contenido es algo frívolo y soez. Un buen contenido hace que la portada sea algo secundario. Y un buen contenido con una bonita portada, ¡bueno! es un privilegio —que tampoco es para hacer mucho revuelo; aunque es como toparse con un billete de lotería premiado—. Aunque como todo en esta vida, depende de la perspectiva de quien mira.
En resumen, para mí la belleza de una mujer es la suma de un todo, más que de un puñado de características en ella, o de algo en general y dado por hecho. Al final todos somos lo mismo, sólo que armados con diferentes piezas, tomadas al azar, y mientras andamos de aquí a allá. Y en cuanto al amor y la atracción, me resultan por igual hipócritas… como nosotros mismos —variante en mayor o menor cantidad, pero inevitablemente con ella en nuestro interior—.

Si se busca el amor ¿A caso no basta con encontrar a alguien con la capacidad de amar y ser amado?

Por último, y como observación. Podrán decir que Dios, en su infinita sabiduría, creo a la mujer a partir del hombre —¡y a nadie le consta!—. Pero, sin embargo, cada hombre proviene de una mujer, y eso es ley de vida. ¡Sino pregunta a tu madre!

¡Por lo que considero, más que un ser creado por lo divino, resulta ser una divinidad!


D. Leon. Mayén

viernes, 15 de abril de 2016

Alcohol, mujeres y un payaso

Cuento.
Segundo cuento que comparto aquí. Tras terminar con el primero, casi de inmediato ya me encontraba pensando en el segundo, siendo este el resultado (aunque claro con algo de trabajo creativo y desarrollo). 
Durante el tiempo entre este relato y el anterior, acudieron a mi mente diversas historias a desarrollar, mismas que en un futuro próximo plasmare aquí.
Espero la disfruten tanto como yo al crearla.



 Alcohol, mujeres y un payaso 



Pasan, me parece, de las cinco de la madrugada, en casa de Fermín, bueno, de sus padres. Botellas de alcohol a media vida se encuentran desperdigadas por todo el lugar; en la mesa, en el piso, incluso en los, hasta hoy, inmaculados sillones antiguos heredados por su abuela.
Yo, ah-h-h… yo estoy hastiado, para variar y como de costumbre. Realmente no se qué hago aquí, pero creo que no todo es tan detestable en esta situación; me entretuve mirando a los especímenes, «Ja», llegar a la morada donde saben podrán, en su mayoría, perder la conciencia, anestesiar sus sentidos al embriagarse, llegando a —cuando menos en pretensión— sosegar lo que persistentemente aqueja sus almas; algunos más, y lo sé porque notó su actuar, simplemente se dejan llevar por el grupito, resultando ser tanto o más estúpidos que sus “maestros”. También hay quien aparenta tomárselo personar al inclinar la botella, como si de algún deporte nocivo se tratase, o quisieran batir un record. Como sea.
Sentado a la mesa del comedor, a unos centímetros de alguien que ni conozco —sobre la mesa—, aún no supero mi enfado con Fermín, por sus comentarios estúpidos, cuando volvía del sanitario, prediciendo que sería amargado e infeliz hasta mi muerte, y bien debería buscar alguna vieja, como suele referirse hacia las féminas, para pasarla bien; dio nombres, incluso insinuó lo grande que era la habitación de sus padres, y otras tantas idioteces. En este momento, muchas de las “viejas” que mencionó, se encontraban en el suelo o en las camas “bien acompañadas”; realmente, algunas abandonadas tras saciar el grotesco apetito de sus “hombres” de una noche.
Arto de la mesa y su inquilino, me levante y me dirigí a la sala. Antonieta, me parece, estaba arrumbada en el cómodo sillón individual del rincón —mi preferido desde hace tantos años ya, cuando Fermín y yo descansábamos terminadas las tareas—, la jale hacia mí, la cargue con dificultad, pues era mero peso muerto, y la arrastre con problemas hasta uno de los sillones antiguos, donde la coloque con cuidado; en ningún momento advirtió mi presencia ­—de haberse tratado de otro, bien podrían haber abusado de ella y ni enterada—. Me deje caer en el sillón y me arrellane a mis anchas; Antonieta se giro, y resbalaba flemáticamente, hasta acabar de golpe en el suelo. «¡Auch!» exclamó y no tardo en volver al pesado mundo de los sueños.
De entre la obscuridad del corredor, al fondo, se aproximó Fermín. A saber con qué idiotez saldrá ahora.
—No seas estúpido-o-o. —me decía con botella en mano, arrastrando las palabras de lo feliz que se encontraba, y con rastros de vomito en la ropa—. ¡Porque no haces lo que digo-o y vas a por una, una…
—¿Vieja? —Su briago estado le impedía ya completar las oraciones—. Idiota —musite.
—¡Eso-o! eso. Sabes­ —hablaba mientras arrastraba una silla al frente de mi—, he llegado-o a pensar que eres mariquita-a. Novia… no-o tienes. Y —le nació un eructo sorpresivo (extenso y sonoro)— no andas siguiendo persiguiendo algún trasero. Ja-ja. Como perrito-o-o ¡Guaf-guaf! —Por alguna razón, quizá costumbre, ya me inmutaba ante sus befas de alcohólico.
Le mire con fijeza y seriedad por largo rato, mientras me escupía sus tonterías y saliva al rostro. Bla-bla-bla-bla, es todo lo que oía. Cada vez su discurso languidecía, hasta quedarse por completo dormido frente a mí. Cuando no pudo sostener por más la botella de cristal marrón y resbalo de sus siempre torpes manos, me recline en mi asiento, me acerque a él sin despegarme del sillón y, con fuerza, le abofetee —el golpe para cerciórame de su estado se escucho por toda la casa—; y comencé a hablar:
—“Viejas”, usar esa palabra así lleva a un doble sentido contradictorio, sólo reluces tu estúpida ignorancia y vulgar carencia de decencia. A estas alturas dudo que conozcas o llegues a tener la fortuna de conocer a una mujer con todas sus letras, sin contar a tu madre y hermana. No las niñas inmaduras y bobas que yacen aquí, sin saber que quieren en realidad o poseer un remoto respeto propio; y de sus pretendientes ni hablar.
“Habiendo tantas formas de perderse en uno mismo, optas por el alcohol —hice una pausa reflexiva—. Supongo que son peores mis maneras; más subversivas a los sentidos y la percepción, embriagantes como pocas, y en los momentos sombríos autodestructivas. Lo peor del caso en mi perniciosa “situación”, es que no requiero ingerir nada para tocar el abismo obscuro y desolado que seguramente en algún momento golpearas… mi ejemplar amigo. Pero bueno, para que contarte esto si mi amarga soledad es solo cosa mía.”
Me puse de pie y me serví un trago, —de las botellas ocultas de su padre, al fondo de un estante; poco me importaba si le habían prohibido tomarlas—. Regrese al sillón. Bebía, tomando la copa con elegancia, erguiendo el dedo meñique —algo que me causaba mucha gracia—, y continúe con mi soliloquio:
—Sabes, si no salgo con alguien o ando tras alguien, es por… no son… Me cuesta encontrar a alguien que no se pueda catalogar como común. —Pausa reflexiva—. Podría ser que busco a alguien especial, diferente, única; alguien que me haga… abandonar mi fatídico modo de “vivir”, si es que esto es vida; que me eclipse por quien es, y no trate de impresionarme por quien pretende ser: enmarañándose en una mentira propia y con la esperanza de que caiga en sus falsas pretensiones. Pero es mi culpa, supongo —decía meneando la sustancia en la copa, mientras la sostenía por debajo—; ¡una oveja negra entre lanas blancas! —proclamé con profunda vehemencia, alzando la mano (por lo visto las copas se me estaban subiendo ya)—. Me basta con encontrar alguien con quien conectarme, con quien compartir un sentimiento de plenitud en compañía de ella. Que pueda ver más allá de cómo me veo a mí mismo, y me lo demuestre; pero sin fantasías ni tonterías, que me convenza de ello mediante lógica y, sobre todo, hechos, por poco tangibles que puedan parecer.
Tomé la copa que asía, y la arroje contra la pared —era meramente un capricho que tenía desde hace tiempo —emulando películas—, pero la copa sólo revoto en el muro.
Me sumergí en mis delirios mentales, esos a los que me refiero como pensamientos críticos, reflexivos y/o introspectivos; mi mayor defecto en la vida, mi eterna maldición y segura perdición.
Mirando a mí alrededor, al tiempo que cavilaba sin concretar nada en específico o pretendiendo algo —tras no se cuanto tiempo—, noté en el bolsillo trasero de Antonieta, un marcador con el que dibujó en los vasos caritas de todos tipos y gestos —dependiendo de cómo veía a quien se los daba. «¡Toda una artista!», creo yo—.
—Sabes, Fermín, constantemente me pregunto porque seguimos siendo amigos… porque te frecuento aun cuando te conozco casi a la perfección, se de tus vicios de sustancias como de mujeres, perdón “viejas”. —Cerré un ojo y moví la cabeza en busca de perspectiva—. Descaradamente has llegado a tener tres a la vez como tus novias oficiales. Ja-ja, maldita tu suerte, todavía no te pillan. —Le tome de la barbilla y le gire hacia su derecha, para continuar mi labor—. La fortuna se agota amigo. Sigo sin creer que te zafaras de aquella vez que enviaste un texto, «M-m-m», de manera equivocada. Te saliste con la tuya y al poco la cortaste ¡todo un caballero! Tal vez por eso seguimos como amigos, quiero presenciar tu fatídica caída, ja-ja. Además, tus “aventuras” desaventuradas me son tan divertidas. —De igual modo lo gire a su izquierda—. Para muchos no eres más que el bufón que les alegra la vida a costa propia, algo que parece no importarte —Le observe por todos ángulos y sí, creo que sí—; m-m-m… listo.
A punto de irme, pues el sol comenzaba a brotar, desenfunde mi móvil y capture la belleza de mi obra maestra, esplendida y gratificante, «me sentía orgulloso de mí mismo». Me dirigí a la puerta, silenciosamente por la alfombra, y al abrirla, al otro lado se hallaba, cercana a la liviana madera, Camila, hermana de Fermín. Al mirarnos, sus mejillas cambiaron a un tono ligeramente colorado.
—¡Ho-hola! —dijo tímidamente entre sonriendo. La salude de igual modo.
Estando ya al otro lado de la puerta, me detuvo preguntándome si quería tomar un café. Lo pensé con brevedad y acepte cordialmente su invitación.
Nos sentamos en uno de los sillones antiguos, pues la mesa seguía “ocupada”; y, con Antonieta a nuestros pies charlamos largo rato; tocamos diversos temas, sus estudios, el simplón que tiene por hermano, y más que nada, me hizo cuantiosas preguntas relacionadas sobre mí; inclusive me confesó haber pasado largo rato escuchándome hablar con su hermano, al no llevar llaves para entrar; me dijo que ojala a ella la escuchara de igual modo cuando le cuenta algo, y de la misma manera no le juzgará —mientras me lo decía me esforzaba por contener mi risa—.
Al despertarse Fermín, con la playera toda babeada y desorientado, básicamente crudo, Camila y yo no pudimos evitar romper en risas al mirarle, aparentaba ser algún nativo de alguna región remota, con todo el rostro pintado de forma precisa y simétrica. Él claro, no se entero de nada. Únicamente atino a cuestionar a Camila sobre que hacia aquí, a lo que ella respondió estar de visita tras una semana de arduos estudios.
Todos los briagos, ahora crudos, se largaron, y con ellos Fermín, pues seguirían la fiesta en casa de alguien más; y, quedándonos solos seguimos conversando y bebiendo café.


D. Leon. Mayén


Alcohol, mujeres y un payaso - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén