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domingo, 27 de mayo de 2018

El abismo de la depresión

Republicación, sobre algunos de los peores momentos de mi vida.

El abismo de la depresión


¿Cómo inicia esto? Sin pedirlo, desearlo o advertirlo.
Claramente recuerdo esa vez… mi encuentro con aquella macabra “criatura”; me es imposible olvidarlo. Nada fue repentino, desde luego, nada pasa de un instante a otro o sólo por qué sí en la psique humana. Simplemente no presté, no supe advertir los designios de su llegada; de lo que pudo desembocar en mis últimos minutos en este mundo. Apenas era un adolecente, rondando los quince quizá. En aquel distante presente el mismísimo infierno comenzaba a materializarse en el país, como en tantos otros antes, y ahora. El amor de mi vida, mi razón de vida se había ido; sin poder yo seguirla. Entre tantas circunstancias como eventos en mi vida es que, sin saberlo o imaginarlo, le abrí la puerta a la Bestia (es la palabra más cercana y moderada que encuentro para referirme a la depresión). Durante el punto más álgido de su despreciable visita, cuando tomó completo control de mí, un sentimiento horrido de querer morir se presentó, dominando mi pensamiento más allá de mi control voluntario; mas, sin embargo, fui consciente de lo malo que ello suponía, que algo iba mal… muy mal. Dicho sentimiento me es difícil de explicar, pues era como… como si todo mi ser quisiera terminar con su entonces sufriente existir. Por fortuna mi cordura estaba intacta como para reconocer el grave problema y pedir auxilio. En principio sirvió, pero… una vez dentro la Criatura no sale.
Superado ese episodio, seguía rondándome, acechándome sedienta de mí, pero ahora desde dentro, en mí; parasitaria, aguerrida moradora de mi mente y sentir. Al llegar ante mí la muerte… la puerta cayó dejando un inmenso orificio sin forma de poder resguardarme de lo que vendría. Lo que de nuevo casi me fina. Dentro de lo que provoca el hecho o efecto conocido como muerte hay una numerosa gama de matices sentimentales en ella. Temer a morir es algo natural, en principio; no siempre y no en todos. Al igual que temer perder a quienes se ama. Pero… que muera alguien amado, de forma repentina, sin poder haber hecho nada, ni siquiera estar en sus últimos momentos, es… es…
Entonces nada importaba. Con el tiempo los clamores de retribución se desvanecen sabiendo de nada servirán, de nada sirve hacer algo. Nada jamás vuelve a ser igual: el mundo, la vida, las personas… uno mismo. Parte de nosotros parte con ellos, bajo ciertas circunstancia azarosas. Aún hoy daría tanto por verla de nuevo, siquiera por un instante. En esos oscuros días llenos de miedo, dolor, arrepentimiento y ciega desesperación, mis alaridos por respuestas, por un por qué a ella…, tantas cosas que a veces me rondan todavía, creí me llevarían al fondo del abismo, a la locura misma.
Creo, por lo vivido, que la realidad, voraz e implacable —o lo que entendemos como tal—, es la llave maestra para que la depresión pueda abrirse camino por entre nuestro mundo de fantasía, nutrido y ensalzado desde que llegamos al mundo; resultando nada más que una rompible burbuja. Claro ejemplo de esto es la enfermedad; padecerla o presenciarla ajena. Lo que me llevó a mi siguiente encuentro ante la bravía Bestia. Fue fácil cerrarse a la evidencia de los acontecimientos diarios; las señales del cuerpo y la mente, lo que uno mismo se arrebata con agonizante lentitud, mirándolo todo de primera mano y sin hacer algo pues el miedo petrifica y la depresión lo acentúa con descaro. Siempre es mejor así, mirar a otro lado, y más llevadero por naturaleza para algunos. Pero el brutal choque con la verdad, la realidad tangible e invariable en sí, es catastrófico. Con esto me refiero a padecimientos sin, o sin claro, retorno. Poco a poco la vida ya no puede ser como era, lo que gustaba hacer ya no lo es por el simple hecho de no poder hacerlo por más que se luche por lograrlo. Al igual que la depresión es una batalla, una guerra, contra uno mismo; me parece paradójico “quien” puede ganar, por qué objetivamente se puede ganar ese tipo de batallas. Nadie hubo, o hay, que entienda lo que pasa, lo que se siente y sufre a causa de uno mismo. Lo peor es que sin importar que tan lejos se corra, que tan lejano se pueda ir… es imposible huir de sí mismo, sin importar lo que se haga. No existe forma posible de compartir, de hacer que alguien más sienta lo que sentimos en esos pesarosos momentos, con exactitud de intensidad, de profundidad; lo más cercano es la experiencia de aquellos a quienes recurrimos, o la empatía, pero muchas veces resulta nada más que una vil blasfemia de la naturaleza. Nadie siente o percibe como cada uno de nosotros. En ese aspecto de la existencia humana estamos infinitamente solos, a merced de nuestras negativas emociones. Todo esto creado, mostrado, por esa maldita criatura infeliz… Un lado sustancialmente lóbrego en el propio interior.
La muerte ya no aclamaba… Medio muerto da igual una martirizante vida o una agónica muerte, pues a fin de cuentas resulta lo mismo: dos caras de una moneda.
La impiadosa bestia aparta las bellas sensaciones de vivir, las profundas y perdurables, casi todas. A mí me despojó de tantas… tantas. Dejando en su lugar la inmensa tristeza, la desolación del alma, el asfixiante pesimismo tomado como absoluta verdad, y la desesperanza… Esperanza, de lo más vital en la vida ulterior al amor. Cada vez que se experimenta, se vive con ardor esas emociones, sensaciones —siendo lo que queda—, ella acrece su voluntad, su poder manipulador y totalitario, y prolonga su estadía. El mayor temor, lo más pavoroso y macabro que he vivido es ese sentimiento, el de desear irse de este plano; para mí no hay nada peor en esta vida que eso.
De actuar a tiempo no resulta tan grave como lo plasmo aquí. Pero, no siempre se es afortunado. Las cicatrices, secuelas y verdades mostradas perduran hasta la tumba. Es difícil volver a mirar y percibir el mundo como antes, de una forma pura e inocente, gustosa y placentera.
Por más luz que haya en algún momento o lugar las sombras siempre están presentes —el estado natural del universo es oscuro y lúgubre—. Lo único para evitarlo de modo absoluto es… mirar estúpidamente siempre hacia la luz, dejándose encandilar con su bello rutilar sobre lo que más nos plazca; así, no mirando a quienes arden, se ahogan o envenenan en la tenebrosa negrura de la cruel realidad.
¡No todo es malo en la vida, pero siempre habrá algo malo en ella!


D. Leon. Mayén

viernes, 23 de marzo de 2018

Bloqueado, destrozado

Tiene mes y medio que no publico nada aquí, ni el estado del clima. Y de este pensamiento se origina por allá en el extinto dos mil diecisiete, específicamente en septiembre. ¡Seis meses...! Juraba, hasta hace unos minutos, que tenía menos tiempo que lo escribí... la mitad de tiempo quizá. Sorprende el funcionamiento de la memoria, de la verdad del ayer en ésta, de cómo carece de sentido o del mismo tiempo como estrictamente lo conocemos.
Es curioso pero, con respecto a mi estado anímico contado en el siguiente texto... creo estar igual, si no es que peor.

Bloqueado, destrozado


Siento ardientes ganas de escribir, mas no sé sobre qué. Un cuento quizá, alguna historia larga, sobre mi amor-desamor… sobre ella.
Desbloquearme lo logro con tiempo o buscando algún pensamiento navegando errante en mi cabeza, como tantos y tantos; o sólo escogiendo un proyecto aún en el aire, orbitándome a la espera. De cualquier modo esto es más fácil que recordarla o pensar en ella, en aquellos tiempos lejanos; sentir algo hacia ella que me de aliento para vivir… ¡Maldita sea!, este amor me terminará matando sin remedio.
La vida resulta un estúpido dilema sin remedio. Es algo de lo que más aborrezco en ella. ¿A dónde me llevará haberla amado? No lo sé. Pero, lo que sí sé es que no sería quien soy sin haberla conocido, amarla, amado; sin cada uno de los pasos previos, aborribles, martirizantes e imperecederos que moran en mí sin poder desecharlos; cada paso que me llevó a ella, sosegando el pesar y la bruma de entonces. Paso a paso caminé hacia ella, sin saberlo o quererlo; ahora alejándome… sabiéndolo y queriéndolo… y no.
En ocasiones, por extensos ratos me duele ser yo, ser como soy sin remedio alguno —por situaciones y aspectos inmutables e invariables por mí, más allá de mi voluntad—; y en otras aprecio y disfruto de quien soy. Tal vez algo común en todo nosotros, pero constantemente me cuesta creerlo. Vivir condenado a esta ambivalencia que desconozco a donde me llevara…, sin ella, mi cura, mi aliento, mi esperanza y razón de vida.


D. Leon. Mayén



Falling Down... for her

jueves, 2 de febrero de 2017

Tibias noches de amargura

Por más que quisiera, ahora, no puedo evitar sentirme así.


Tibias noches de amargura


Heme aquí, refugiándome de la negrura de la noche y el frío de la soledad. Entre luces fatuas, pero útiles a su propósito... Mas no así, el "cobijo" de las sábanas, que en vez de acogerme con calor me dirigen al gélido recuerdo; al ansia y deseo de momentos ya pasados... pero no extintos; raíz de mis desvelos, de mis suplicios nocturnos, mi martirio general.
Sin ella las noches, antes gratas y gloriosas, ahora son tortuosas. Divagando sin fin de un lado a otro, y sin moverme... Queriendo olvidarla... Deseando abrazarla, tomarla y cubrirla, cómo hacen estas sábanas, que no me confortan del todo o consuelan meramente poco.
Buscaré el descanso, la paz en la plácida inconsciencia, esforzándome en no sucumbir entre ya conocidos y eternos anhelos y suspiros... Cuando menos, hasta que retorne a estar aquí tendido.


D. Leon. Mayén


martes, 1 de noviembre de 2016

Este bosque maldito

Como lo prometí, en el cuento anterior, ayer Halloween, titulado "Ojos ominosos"; aquí les traigo esta lectura para Día de Muertos, y una sucinta reflexión u opinión sobre el día (en una cuartilla), al final y a modo de extra, que poco tiene que ver con el cuento aunque está relacionado de algún modo.

Este bosque maldito


   Aquella tarde era nublosa, de un día normal, al exterior de la cabaña, antiguo hogar de la ya difunta matriarca de la familia. José, el padre de Amabel, la había dejado en la cabaña esperando con su primo Antonio —actual habitante del lugar, buscando independencia y algo de libertad—, mientras él, su esposa, su hermano y cuñada acudían a la ciudad; pues la cabaña se hallaba a mitad de camino de casa de cada uno; siendo que, tras la dolorosa muerte de su madre, cada uno de ellos partiera literalmente en direcciones opuestas.
   En esa cabaña antigua, aparentemente, tanto como el mismo bosque, pero curiosa y notoriamente bien cuidada al interior, contaba con todos los servicios imprescindibles y prescindibles: desde electricidad y servicios de agua, hasta el, relativamente, nuevo calentador solar; internet, y T.V. por satélite. Así, de poco se carecía en la morada, y su ocupante como los esporádicos visitantes gozaban de comodidad al alojarse.
   Amabel, rondando los diecisiete años; de estatura apenas inferior al promedio, ojos marrones y pequeños, y de una mirada que iba desde la intensidad del enfado, hasta la felicidad completa, aunque ésta última muy escasa; cabellos tintados de rojo obscuro; y de actitud desafiante y despreocupadamente arrogante a veces, ya sea con su padre o con alguna autoridad que buscara imponérsele; estaba tumbada en el sillón navegando en su celular, mientras Antonio, mayor que ella, miraba la T.V. saltando sin parar de canales; él, de corte corto, cabellos negros y lacios; ojos azules como los de su madre; espíritu y voluntad siempre positivas y mirando al futuro con deseo a cumplir sus metas; querido por todos, aunque algo de fricción había entre él y Amabel por ello, pues ella siempre era la “mala” del cuento, la rebelde y de malas calificaciones; incluso, alguien, alguna vez, la había llamado «bruja maldita» —y bromeando en la familia la llamaba bruja o brujita, dependiendo—.
   De improviso, la corriente eléctrica se suspendió —una rama se había quebrado por el viento, muy lejos de ahí, cayendo pesada sobre los cables—. Amabel de inmediato se quejó de forma molesta y extensa, pataleando también; y fue ahí cuando una brillante idea le nació.
   —¡Vamos al bosque! —dijo de pie frente a Antonio.
   Él se lo pensó y contesto:
   —Mejor no. Esperemos a que vuelva la luz —ella sintiendo de inmediato su inflexibilidad cambio de táctica—. ¿Qué haces, Amabel? —preguntó al mirarla colocarse la gruesa y afelpada chamarra gris que, apenas llegar, había votado en el respaldo del sillón.
   —Entonces, iré sola. Y si… algo me pasa o me comen será tu culpa que fuera sola —expresó con descaro.
   —¡Por eso mejor no vayas! —Le gritó, apenas antes de que la puerta se azotara. Y farfullando, corrió a abrigarse y darle alcance, pues inevitablemente le preocupaba el bienestar de Amabel; y pensaba darle gusto dando un paseo por el denso bosque, y por sobre las inflexibles e impetuosas ordenes, restricciones, de su padre para que no fuera jamás allí.
   Adentrándose en el bosque, Antonio, insistía alzándole la voz una y otra vez a Amabel que parara, que le espera, al ella escurrirse por entre las sendas; estando apenas a unos cuantos metros el uno del otro, pues aunque ella era de piernas cortas él avanzaba con temerosa cautela: vigilando donde pisaba, donde ponía la mano, y desviando la mirada hacia cada ruido que escuchaba y le resultaba sospechoso.
   El bosque, este bosque, de senderos estrechos ceñidos de forma tupida por árboles secos despojados hasta de la más liviana hoja, y velado al suelo de hojarasca, ramas moribundas y troncos por donde quiera que se mirara; al igual que copiosos ojos que contemplaban, atestiguaban todo lo que ocurría ahí, día y noche; algunos acechantes, otros temeroso de esas criaturas que sólo buscaban saciar sus instintos primarios, animales. Las sendas, los caminillos, algunos, apenas y eran distintivos, otros claramente marcados por el pretérito paso de personas y escasos animales de apenas notorio tamaño. El caris era denso; entre frio y fresco; penumbroso allí donde las ramas en lo alto y bajo se aglomeraban cubriendo la poca luz que llegaba a la superficie previamente sosegada por las pesadas nubes grisáceas; en conjunto con la suave niebla gélida que se creaba, apareciendo y esfumándose a azarosas horas del día.
   Pasado un rato de dilatada persecución, Antonio perdió de vista a su prima.
   —¡Amabel, Amabel! ¡No es divertido!; ¿dónde estás?
   —¡Bu-u-u! Ja, ja, ja, ja —emitió ella surgiendo de detrás de una roca; no muy lejos de él.
   —¡Maldita sea; no es gracioso! —La reprendió con severidad; como siempre hacia su padre.
   —¡Eres un cobarde, siempre lo has sido! —interpuso enfadada, caminando hacia el precipicio, donde terminaba abruptamente esa parte del terreno, para continuar unos veinte metros debajo.
   —¡Amabel!, no vallas para allá; es peligroso.
   —¡H-m-m! —expresó guturalmente, arrogante y decidida.
   Amabel echó un vistazo y, siendo ella, permaneció así un par de minutos, pues jamás mostraba ante nadie miedo alguno; volvió y a poco menos de un metro de la orilla, del límite al “vacio”, Amabel pateó el tronco de un árbol con ímpetu, repetidas veces. Se quitó la chamarra, y usándola algo así como soga, pasándola por detrás del árbol y sujetándose de ambas mangas se balanceaba meciéndose con vilipendio a su seguridad y la angustia de Antonio, expresando con placer un sonoro «Yupi, yupi… güi », al hacerlo.
    —¡Basta, Amabel, por favor deja de hacer eso, te vas a caer… para ya! —suplicaba Antonio con angustiada voz.
   —¡Ah-h-h! —exclamó Amabel; al tiempo que voló su chamarra por el aire, cayendo flotante por el precipicio; mientras carcajeaba en el suelo, mirando la expresión de terror en Antonio.
   —Eres odiosa, Amabel; una mocosa que nadie quiere —dijo buscando revancha, desahogando la angustia que le abrumaba—. ¡Volvamos! Y camina al frente donde te vea.
   Amabel calló al percatarse de la lágrima que escurría por la mejilla de Antonio.
   Caminando de regreso, Amabel se sentía apenada, turbada por sentimientos poco explorados por ella. Entonces a medio camino se detuvo dando media vuelta y dijo con voz apagada:
   —¡Lo siento… Antonio! Es que yo… yo… Como dijiste nadie me quiere. Se la pasan reprendiéndome por cualquier cosa que hago mal; es igual en casa que en la escuela. No tengo amigos, no tengo con quien… Estoy sola —reveló sentándose sobre el tronco de un árbol caído, con las manos en los bolsillos de la chamarra que le diera casi de inmediato Antonio, y mirando al suelo con aflicción—. Me siento sola; y supongo por eso soy así, busco llamar la atención esperando…
   —¡No estás sola, Amabel! Me tienes a mí. Yo te quiero; somos familia. Puedes contar conmigo para lo que necesites y cuando quieras. Pero por favor deja de hacer tonterías como la de hace rato, ¿sí? Y cuando te hartes o te sientas sola sólo llámame o ven a verme —Amabel levanto la mirada y respondió a la cálida y sincera sonrisa que le daba Antonio de igual modo—. Ven, párate y deja que te abrace. Sé que no das abrazos pero has una excepción conmigo —Amabel se levando y, en principio, lo abrazo anémicamente, para después estrujarlo con fuerza antes de soltarse—.
   Caminando por un breve rato, estando en medio de un pequeño terreno despoblado de vegetación, cubiertos por la negra sombra de una densa nube, Antonio se detuvo, y mirando desconcertado de un lado a otro, de arriba abajo, dijo sin más:
   —Nos hemos perdido; no sé por dónde ir —Al encontrarse con la mirada de su prima, ella le sonrió algo apenada; pero indispuesta a reconocer culpa alguna—. ¿Podrías tomar una rama y volar alto para saber qué camino seguir? Je, je, je —insinuó bromeando.
   —“Ja-ja-ja” —expresó Amabel con ironía, empujando a Antonio y dando ella media vuelta en busca de la dirección que tomar —Pasados unos instantes, volvió—. Levántate; no te empujé tan fuerte. Se hace de noche. ¡ANTONIO! —exclamó ella, al mirar la sangre que, inadvertida, le brotaba de la boca al buscar pronunciar palabra, y resultando en un mero quejido ahogado.
   Desesperada, aterrada, Amabel no supo qué hacer más que correr, presa total del pavor que le domaba, en busca de ayuda. Corrió y corrió sin parar, tropezando por el miedo reflejado en sus piernas que, pasado un rato de partir sin rumbo cierto, comenzaban a aminorar sus fuerzas. La desesperanza de no encontrar el camino, de no saber siquiera… de desconocer totalmente si se alejaba o aproximaba a la cabaña, debilitaba su temple con poderío; y es que, al imaginar la magnitud de lo que podía pasarle a Antonio si no llegaba pronto la ayuda la hacía no detenerse y seguir adelante sin importar que. Con lágrimas incontenibles en sus ojos, al tropezar por última vez, soltó un iracundo bramido de frustración; y al erguirse tan aprisa como todas las veces anteriores, diviso entre la maleza las luces interiores de la cabaña. Entró gritando en busca de ayuda, pero nadie había; sólo la televisión encendida, sin nadie ya que la viera. Se abalanzó sobre el teléfono, pero éste no daba tono, ya que llevaba días descompuesto; por ello, con prisa, hurgó en sus bolsillos en busca de su teléfono, pero no estaba… Y quedó pasmada de la impresión de recordar que estaba en la chamarra que volara por los aires. Con frenesí buscó por toda la cabaña en busca de algo, incierto para ella, que le socorriera para pedir ayuda o, bien, para atender a Antonio. Entre lágrimas dolorosas y sollozos ruidosos, ella decidió volver a donde yacía esperando su primo. En el momento que Amabel salió rauda de la cabaña, justo llegaban sus padres para recogerla. Amabel detuvo el auto interponiéndose a su ya lento andar.
   —¡Papá, papá! —exclamaba con demacrada voz y gesto, entre abundantes lagrimas y gemidos—. Antonio, está…
   —¡Qué, Amabel!; ¿dónde está? —La cuestionó sacudiéndola de los brazos —¿Dónde está?
   —¡En el bosque, papá! Se cayó y… —Halándola del brazo, la exhortó a dejar de llorar y lo llevara donde estaba él; ulterior a instruir a su esposa a que aguardara y llamara a una ambulancia.
   Minutos más tarde, José, tras su hija contarle con dificultad lo ocurrido, vociferaba:
   —¡Maldita sea, Amabel; dime para donde es ahora!
   —No sé, papá —respondió ella, compungida, acongojada hondamente por lo que ocurría, y podría ocurrir; sin dejar de llorar a mares.
   Minutos después, cerca al atardecer, dieron con la pequeña zona despoblada de verde vida. Amabel, estando próxima al lugar, a espaldas de su padre, lo miraba sobre Antonio; al llegar ella, y mirar a su padre dejarse caer de sentón sobre el suelo y entre lazar las manos al frente con la mirada al suelo; al ella mirar a Antonio: sobre el grupo de pequeñas rocas y ramas, acostado de espaldas con la boca y nariz escurriendo sangre seca, y mirando a la nada con fijeza; la sensación más horrible que jamás había sentido en su joven vida le azotó fulminante, desde el pecho hasta la cabeza, haciéndola desplomarse en el suelo, luchando entre la realidad ante sus ojos y la negación de su mente, eso inverosímil, ocurrido tan perceptiblemente en brevedad; llorando profundamente la muerte de Antonio. Cuando, entre clamores de negación, Amabel trataba de acercarse a su primo, José la detuvo.
   De regreso a la cabaña, llevando José en brazos a su sobrino, Amabel sentía, a momentos, un imperioso impulso de correr sin parar, como hiciera hace poco, y perderse en el bosque, profundamente oscuro ya —justo a donde se dirigía—.
   Los días pasaron y se hicieron tormentosos meses. También, fuera de ella, de sí misma, revivía aquel día con dolor y pesar escuchando de voces familiares y ajenas oraciones como: “¡No debiste salir al bosque!, ¡No debiste dejarlo solo!, ¡Es tu culpa lo que ocurrió!, ¡De no ser por ti él todavía viviría!, ¡Tú lo mataste!”. Ante todo esto, Amabel callaba, tragándose la pena y el sufrir nacientes aquella tarde; cada vez más distante en el calendario, mas no en la mente y alma de quienes por ello desolaban. Ahora como nunca, Amabel estaba sola.
   Los años pasaron, Amabel abandonó la escuela, pues si bien el acoso por la muerte de Antonio, había dejado profunda huella en ella, y muchos ya se habían aburrido de joderla constantemente, otros se emperraban, cual imbéciles moscos en ventanas, a fastidiarla; pero ella, por sobre todo esto, no conseguía olvidar, superar, sus propios tormentos, las agonías inclementes que turbaban su vida haciéndola pesarosa y repleta de arrepentimiento, un arrepentimiento sin aparente fin.
   Una mañana, tras el ya bien plantado insomnio, Amabel anuncio a su madre que iría a la cabaña, ahora abandonada, de la abuela —como toda la familia la conocía y refería—; su madre se limitó a asentir con la garganta, y tristemente Amabel se marchó diciendo: «Te quiero, mamá». Al llegar José a casa del trabajo, de inmediato fue informado sobre su hija, y él, disgustado, fue en su búsqueda, no por preocupación o angustia sino por qué… él sentía debía limitarla, castigarla eternamente en consecuencia de lo ocurrido. A toda prisa partió en su auto hacia el bosque. Apenas al llegar encontró un papel pegado en la puerta, lo arrancó con brusquedad y lo leyó:
   “Escribo esto porque me siento cansada, harta de todo y todos. Mi dolor por lo que paso hace justo cinco años no aminora, y al contrario crese sin parar, desgarrando mi pecho entre pesadillas y un dolor tan hondo repleto de arrepentimiento y sufrir moral que ya no resisto más… ya no quiero. No soporto los ojos de todos mirándome, juzgándome sin compasión sin importarles lo mucho que me destruyen con sus comentarios crueles, inhumanos, culpándome por eso… Nadie los detiene cuando en la escuela, sin importarles que llore en sus caras, me escupan palabras desalmadas hasta acabar en el suelo. Mis padres… ellos son igual que ellos, no por cómo me tratan, pero sí por su indiferencia, su menosprecio y desatención a como me siento; nunca han observado cómo me siento, esta tristeza y soledad que porto ya arraigada desde siempre.. pero más intensa e insoportable ahora. ¡No puedo sacarlo de mi mente...! aquellas últimas palabras que Antonio me dijo esa tarde… Y ahora comprendo que realmente no estaba sola entonces… no como ahora, no como me esperaría el resto de mi vida. Por más que ruegue e implore de rodillas jamás podre logra que él vuelva, que lo que pasó esa tarde jamás haya ocurrido, que todo sea una simple historia cruel, y no esta pesadilla agonizante y sin fin. Con lo que haré espero por fin encuentren paz quienes lastime, que me puedan perdonar por haber matado a mi primo, él que me quería; buscaré su perdón adentrándome en este maldito bosque que toda la familia odia desde que la abuela muriera de inanición un invierno; por qué sé, jamás debió pasar esto, y merezco ser castigada. Tanto quisiera haber caído por el barranco aquella tarde y con ello no arrebatarles lo que tanto amaban, a quien maté por estúpida e imprudente; pues bien sé que mi vida jamás valdrá ni la mitad de lo que la de Antonio valía, una gran vida le esperaba… y yo lo privé de eso, por sobre la mía que, siendo un asco y una miseria sin remedio es mejor que termine pronto, antes de que provoque algo semejante de nuevo. Al morir, si por error termino en el mismo lugar que él (José corrió como nunca en su vida por el bosque, con el corazón acelerado y la vista agudizada en busca de su niña), pediré su perdón, rogando no sea como los demás, de quienes su perdón jamás recibí aunque sea para poder morir en paz ahora. Y también deseo con mi ausencia la familia vuelva a unirse.
   A quien encuentre esto, dígale a mi padre que lo siento, siento haberlo defraudado, haberle faltado tantas veces al respeto siendo tan imbécil testaruda como él, que espero con mi muerte pueda perdonarme la de Antonio, al igual que el resto de la familia; también que espero me recuerde como la niñita que tanto amó, y no la bruja en que me he convertido, la que tanto odia, igual que todos… tanto como yo. Espero que encuentren mi cuerpo antes de que los bichos del bosque me devoren, y si no que más da.
   ¡Lo siento!”
   Amabel, llegó al lugar donde falleció Antonio. Miró sonriente el lugar recordando aquellas bellas palabras que le dijera en ese glorioso momento, también recordando todos esos momentos compartidos en la infancia. Cayendo de rodillas rompió en llanto repitiendo una y otra vez: «¡Perdóname!, ¡perdóname!, ¡perdóname!», la saliva y mucosidad transcurrían desde su boca y nariz hasta por las fisuras entre las rocas, del mismo modo que hiciera la sangre de Antonio hace años: cuando al tropezar de espaldas se le encajara una rama, apenas y unos centímetros pero, perforando el pulmón; y a la vez se golpeara con fuerza una de las vertebras con una puntiaguda roca. Reclinándose sobre sus piernas, sacó de su chamarra el cuchillo que tomó de la cocina antes de salir, cuando su madre ni siquiera volteara a mirarla. Después de enjugarse con la manga las lágrimas de los ojos, y el rostro, cortó prontamente y de un tirón en transversal. El fluido rojizo intenso escurría a chorros, bañando las verduscas y grisáceas rocas, para después afluir creando un caminito que llegaba hasta la base del cumulo de rocas. Amabel, yaciendo inerte, miraba el cielo claro como pocos días en la región, hasta que sus ojos lánguidos, tras un parpadeo, se sellaron…
   Las ramas se quebraban una tras otra, vivas y muertas en el suelo. En cuanto José llegó y miró con horror a su hijita en ese estado, echó a llorar, aterrado, impotente, casi vahído; tomó fuerzas, y de pies a ella sacó presuroso la navaja multiusos heredada por su padre, y con sagacidad se cortó la manga del brazo izquierdo para contener la hemorragia, apretando, anudando, tan fuerte como pudo. Cargándola entre brazos, mientras ella, pálida e inconsciente, se sacudía por el apresurado y desesperado avance por los senderos silvestres, José se esforzaba por mantener su mano en alto, por sobre su pecho. Al llegar al auto, la sentó en el asiento del copiloto, le puso el cinturón de seguridad y, quitándose el cinturón de un fuerte tirón, ató su mano a la agarradera. Votó la navaja en el cenicero, y, tras maniobrar con el auto, pisó a fondo. Conduciendo frenético por la carretera, cada que espejeaba a su costado, veía de reojo a su hija con la mano pendiente por sobre ella; y desde su muñeca líneas irregulares pintadas con claridad hasta el dorso de su mano; su rostro oculto por sus largos y desaseados cabellos. Al entrar en la ciudad, con insistencia se esforzaba, hasta ahora, por que despertara, suplicándole, moviéndola con instancia diciendo:
   —¡Hija, por favor despierta, despierta! —La sacudía, y volteaba su cabeza hundida en el pecho para poder mirarla— ¡DESPIERTA, AMABEL! ¡Por favor, abre los ojos, mi amor! ¡No me dejes…! ¡Perdóname, hija! —pronuncio lastimero, con el rostro lleno de lagrimas y golpeando el volante con rabia.
   Saltándose todos y cada uno de los semáforos y manejando temerario llego hasta la clínica, el lugar más cercano. En brazos la llevó a la recepción donde, gritando con consternación, fue dirigido por una enfermera hasta una camilla; la llevaron al final del corredor al único quirófano del edificio, y en sucintos momentos entró un cirujano.
   José, sin consuelo posible, daba vueltas sin parar en el corredor, llevándose las manos a la nuca y la cabeza, odiándose con toda el alma, temiendo pasara lo peor, compungido por el pasado y suplicando a lo alto por un posible futuro... con su pequeña, con su niñita.
   Horas después, el celular de José vibraba y vibraba, pero él no atendía. Sostenía la mano de Amabel, acariciándola y rogando, mascullando, su perdón por ser tan nefasto padre, por no estar para ella cuando más lo necesito en su vida, cuando nadie más estuvo para ella… y él debió estar ahí. Pero por sobre todo, quería decirle como nunca que la amaba por sobre la estupidez que profesó y le segó durante años, décadas tercas e irreflexivas. Apenas abrió sus pequeños y preciosos ojos, iluminados por la luz del alba, la abrazó y, le dijo lloroso, arrepentido, tantas cosas… tantas cosas.
    Sabiendo, Amabel estaba despierta y bien en lo cavia, respondió al celular, que por enésima vez vibraba —siendo todas esas veces su esposa quien llamaba—. Afuera de la austera pero cómoda habitación donde yacía Amabel, José contó, hipando, y conteniendo el llanto, a Antonia, su esposa, lo ocurrido; para apenas colgar volver a lado de su amada hija, donde siempre estaría.


D. Leon. Mayén


Escribiendo cosa como esta, y leyéndolas, es que me pregunto por qué creo cosas así, tan horribles, dolorosas y tristes sin mesura; pero supongo peor es la vida, pues yo sólo roso sutil lo probable, el tal vez, ¡espero!; ya que saber de una historia así o verla… eso realmente sería horrible, mas allá de cualquier monstruo tenebroso, espantoso como tantas otras historias detrás de ramplonas notas en noticieros, blasfemas descripciones al dolor ajeno en diarios e internet; eso me parece es lo más horrible y asqueroso de esta vida, el menosprecio imbécil a la vida, de todos los días y de toda la vida.
Y aquí mí reflexiva opinión sobre Día de muertos.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Destino

Después de largo tiempo sin escribir algo de éste estilo; principalmente por enfocarme en escribir un cuento largo, durante un mes; y hace pocos días sufriendo los embates repentinos y constantes de la nostalgia del recuerdo y la compunción de la añoranza de lo que se fue y desearía fuera; es ahora que escribo esto. Retomando la escritura de las lineas pensando en ella -sin poder superarla del todo, pues cómo he dicho antes, es parte de mí-.

domingo, 29 de mayo de 2016

Hoy y Siempre

Mientras más tiempo pasa; mientras la vida se lleva consigo mis antiguos sueños y anhelos, diluyéndolos con cada parsimonioso, pero constante,  movimiento de la más extensa de las manecillas en el reloj; consigo parten esos deseos, planes y esperanzas: de estar con ella, compartir nuestras vidas.
Pero, espero que aún sepa que, pase lo que pase y sea cuando sea, estaré ahí: donde tenga que ir, cuando tenga que ir y para lo que sea.


Hoy y Siempre


Se fuerte y resiste, resiste de pie, o harta y cansada en tu cama, pero como sea, se fuerte y resiste.
Resiste las inclemencias de la vida, los obstáculos en ella, las dificultades que parecen insolubles, los días tristes, las noches solitarias.
Resiste hasta que vuelva; o hasta que un día por azar nos volvamos a encontrar, el día en que espero me cuentes que todo va bien, que tu vida es como la soñaste. Pero, si no es así, ten por seguro que estaré ahí para ti.
¡Tan sólo resiste!


D. Leon. Mayén


Hoy y Siempre - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

viernes, 27 de mayo de 2016

Frío Invierno

17-10-15

Frío Invierno


De nuevo, como cada año, ha llegado esta estación del año.  La que hace tiempo ame tanto. Días, tardes y noches; frías, húmedas y lluviosas.
Siento el frío que atraviesa la ventana, y se filtra por debajo de la puerta.

En cuanto el frío se apodera de mis sentidos, provocándome la nostalgia de cálidos recuerdos, te echo de menos. Extrañó esas noches de otoño e invierno, donde bajo las sabanas nuestros cuerpos encontraban calor en el otro permaneciendo tan juntos como si fuésemos uno solo; hasta que con un cálido beso por la mañana te marcharas.


D. Leon. Mayén

Frío Invierno - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

martes, 17 de mayo de 2016

Tocando fondo

Publicado en Tumblr el: 26-10-15

Como podrán leer a continuación y, en estas breves líneas, si han leído anteriormente mis entradas, esto que escribí el año pasado es  posterior a que ella se fuera, que termináramos, que cometiera el que quizá será mi gran y eterno error. En esos tiempos todo volvió a un gris tétrico, a una soledad familiar, pero más gélida y desmotivadora; sentimientos  enmascarados  por la emoción de terminar la que es mi primera novela  corta, mientras esperaba la llamada de una editorial que jamás llego —cosa que me tiene un tanto sin angustia, pues soy realista y sé que no es tan buena como creí en el momento, siendo nuevo en la materia —.
Esas sensaciones desesperanzadas y desoladoras ahora las cubro de nuevo escribiendo; ¡y vaya que sí funciona! Pero sé que únicamente es tapar el sol con un dedo, soluciones momentáneas, pues en la penumbra de la noche siento ese dolor, muy hondo en mí, que persiste ocultándose como yo lo hago de él, esperando acechante por uno de esos momentos solitarios en que nos encontremos cara a cara, ansioso por cobrarme.


No estoy del todo seguro, pero esas sensaciones emocionales, las proyecto al escribir —no en lo que publico aquí, pues la mayoría de los post son “reposteados”—, llegando a tener que dejarlo todo para poder respirar unos días del agobio de pensar y pensar el desarrollo de la historia, y de enmascarar todo tras un muro inexistente para no afrontarlo.

Normalmente mis entradas las publico también en comunidades de Google+, generalmente temáticas de amor o literatura, según el tema; pero esta vez no hablo de amor, sino de mi vida en un tiempo amargo y gris en ella, algo que dudo le interese a muchos, pues si no intereso en el depresivo Tumblr, menos aquí, ja-ja-ja.



Tocando fondo

Sólo me queda seguir adelante, aunque eso sea cavar más y más profundo, en este oscuro hoyo en el que me encuentro desde hace tanto.
Seguir adelante esperando salir. Aceptar que nadie vendrá a sacarme o ayudarme a salir.
Y aceptar como la verdad absoluta, que siempre he estado solo y eso nunca cambiara. Quien no tiene que perder, tiene todo por ganar… Oh ¿No?

jueves, 12 de mayo de 2016

Inevitable e insoportable: inesperado

No lo recuerdo del todo bien, pero creo que esto lo escribí, seguramente, en agosto del 2015, a algunos días de auto-romperme el corazón, no, destrozarme los pedazos que quedaban hasta quedar nada más que punzantes astillas; que hasta hoy siguen hiriéndome. 
Podría leer estas líneas sin fin, y el dolor que experimente al hacerlo no se diluiría al revivir cada una de ellas.
Ahora que lo pienso, ella desconoce este texto; jamás sus ojos lo vieron, y espero no lo hagan.


Inevitable e insoportable: inesperado


Cada instante que pasa me acerca más y más hacia lo que más temo, algo que parecía… distante y en su mayoría improbable. Pero aún así siempre latente, presente aún sin importar si quisiéramos o no verlo. Acechándonos permanentemente, desde las sombras, ansiando que nos descuidáramos bajando la guardia. Rondando a nuestro alrededor, siendo testigo de cada beso, cada caricia, de todos los momentos felices que vivimos. Observando atentamente… cada lagrima derramada, de cada una de todas esas noches solitarias deseando estar juntos, de las palabras que susurramos al viento por la noche, fantaseando que pudiesen llegar a oídos del otro, y las noches soñando con sentir el cuerpo del otro entre las sabanas.
Hoy, no sé que me pesa más saber, si el hecho de que es inevitable y se aproxima el momento del adiós… o más el saber que es inminente nuestra separación; y lo desconoces.
De nada serviría contar las semanas o los días, inclusive las horas. Como sea ese momento tan temido llegara, lo quiera o no.
Qué utilidad tendría marcarlo en el calendario, sólo me serviría para recordar el día en que perdí lo que me quedaba, y no me refiero a ti. Jamás fuste mía; eso sería como tener un colibrí enjaulado; precioso y siempre libre.
Ese día llegara, y caminó hacia el sin poder detenerme, paso a paso, acercándome a ese lugar al que mientras más cerca más oscuro se vuelve… El día que tanto temo, y más aún la inmediata noche.
Después de ese día no se que pasara conmigo, lo que sí sé es que estarás mejor sin mí, siguiendo tu camino como siempre has hecho. ¡Volando libre cual colibrí, mi amada…!



D. Leon. Mayén


Inevitable e insoportable: inesperado (A solas) - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

viernes, 15 de abril de 2016

Alcohol, mujeres y un payaso

Cuento.
Segundo cuento que comparto aquí. Tras terminar con el primero, casi de inmediato ya me encontraba pensando en el segundo, siendo este el resultado (aunque claro con algo de trabajo creativo y desarrollo). 
Durante el tiempo entre este relato y el anterior, acudieron a mi mente diversas historias a desarrollar, mismas que en un futuro próximo plasmare aquí.
Espero la disfruten tanto como yo al crearla.



 Alcohol, mujeres y un payaso 



Pasan, me parece, de las cinco de la madrugada, en casa de Fermín, bueno, de sus padres. Botellas de alcohol a media vida se encuentran desperdigadas por todo el lugar; en la mesa, en el piso, incluso en los, hasta hoy, inmaculados sillones antiguos heredados por su abuela.
Yo, ah-h-h… yo estoy hastiado, para variar y como de costumbre. Realmente no se qué hago aquí, pero creo que no todo es tan detestable en esta situación; me entretuve mirando a los especímenes, «Ja», llegar a la morada donde saben podrán, en su mayoría, perder la conciencia, anestesiar sus sentidos al embriagarse, llegando a —cuando menos en pretensión— sosegar lo que persistentemente aqueja sus almas; algunos más, y lo sé porque notó su actuar, simplemente se dejan llevar por el grupito, resultando ser tanto o más estúpidos que sus “maestros”. También hay quien aparenta tomárselo personar al inclinar la botella, como si de algún deporte nocivo se tratase, o quisieran batir un record. Como sea.
Sentado a la mesa del comedor, a unos centímetros de alguien que ni conozco —sobre la mesa—, aún no supero mi enfado con Fermín, por sus comentarios estúpidos, cuando volvía del sanitario, prediciendo que sería amargado e infeliz hasta mi muerte, y bien debería buscar alguna vieja, como suele referirse hacia las féminas, para pasarla bien; dio nombres, incluso insinuó lo grande que era la habitación de sus padres, y otras tantas idioteces. En este momento, muchas de las “viejas” que mencionó, se encontraban en el suelo o en las camas “bien acompañadas”; realmente, algunas abandonadas tras saciar el grotesco apetito de sus “hombres” de una noche.
Arto de la mesa y su inquilino, me levante y me dirigí a la sala. Antonieta, me parece, estaba arrumbada en el cómodo sillón individual del rincón —mi preferido desde hace tantos años ya, cuando Fermín y yo descansábamos terminadas las tareas—, la jale hacia mí, la cargue con dificultad, pues era mero peso muerto, y la arrastre con problemas hasta uno de los sillones antiguos, donde la coloque con cuidado; en ningún momento advirtió mi presencia ­—de haberse tratado de otro, bien podrían haber abusado de ella y ni enterada—. Me deje caer en el sillón y me arrellane a mis anchas; Antonieta se giro, y resbalaba flemáticamente, hasta acabar de golpe en el suelo. «¡Auch!» exclamó y no tardo en volver al pesado mundo de los sueños.
De entre la obscuridad del corredor, al fondo, se aproximó Fermín. A saber con qué idiotez saldrá ahora.
—No seas estúpido-o-o. —me decía con botella en mano, arrastrando las palabras de lo feliz que se encontraba, y con rastros de vomito en la ropa—. ¡Porque no haces lo que digo-o y vas a por una, una…
—¿Vieja? —Su briago estado le impedía ya completar las oraciones—. Idiota —musite.
—¡Eso-o! eso. Sabes­ —hablaba mientras arrastraba una silla al frente de mi—, he llegado-o a pensar que eres mariquita-a. Novia… no-o tienes. Y —le nació un eructo sorpresivo (extenso y sonoro)— no andas siguiendo persiguiendo algún trasero. Ja-ja. Como perrito-o-o ¡Guaf-guaf! —Por alguna razón, quizá costumbre, ya me inmutaba ante sus befas de alcohólico.
Le mire con fijeza y seriedad por largo rato, mientras me escupía sus tonterías y saliva al rostro. Bla-bla-bla-bla, es todo lo que oía. Cada vez su discurso languidecía, hasta quedarse por completo dormido frente a mí. Cuando no pudo sostener por más la botella de cristal marrón y resbalo de sus siempre torpes manos, me recline en mi asiento, me acerque a él sin despegarme del sillón y, con fuerza, le abofetee —el golpe para cerciórame de su estado se escucho por toda la casa—; y comencé a hablar:
—“Viejas”, usar esa palabra así lleva a un doble sentido contradictorio, sólo reluces tu estúpida ignorancia y vulgar carencia de decencia. A estas alturas dudo que conozcas o llegues a tener la fortuna de conocer a una mujer con todas sus letras, sin contar a tu madre y hermana. No las niñas inmaduras y bobas que yacen aquí, sin saber que quieren en realidad o poseer un remoto respeto propio; y de sus pretendientes ni hablar.
“Habiendo tantas formas de perderse en uno mismo, optas por el alcohol —hice una pausa reflexiva—. Supongo que son peores mis maneras; más subversivas a los sentidos y la percepción, embriagantes como pocas, y en los momentos sombríos autodestructivas. Lo peor del caso en mi perniciosa “situación”, es que no requiero ingerir nada para tocar el abismo obscuro y desolado que seguramente en algún momento golpearas… mi ejemplar amigo. Pero bueno, para que contarte esto si mi amarga soledad es solo cosa mía.”
Me puse de pie y me serví un trago, —de las botellas ocultas de su padre, al fondo de un estante; poco me importaba si le habían prohibido tomarlas—. Regrese al sillón. Bebía, tomando la copa con elegancia, erguiendo el dedo meñique —algo que me causaba mucha gracia—, y continúe con mi soliloquio:
—Sabes, si no salgo con alguien o ando tras alguien, es por… no son… Me cuesta encontrar a alguien que no se pueda catalogar como común. —Pausa reflexiva—. Podría ser que busco a alguien especial, diferente, única; alguien que me haga… abandonar mi fatídico modo de “vivir”, si es que esto es vida; que me eclipse por quien es, y no trate de impresionarme por quien pretende ser: enmarañándose en una mentira propia y con la esperanza de que caiga en sus falsas pretensiones. Pero es mi culpa, supongo —decía meneando la sustancia en la copa, mientras la sostenía por debajo—; ¡una oveja negra entre lanas blancas! —proclamé con profunda vehemencia, alzando la mano (por lo visto las copas se me estaban subiendo ya)—. Me basta con encontrar alguien con quien conectarme, con quien compartir un sentimiento de plenitud en compañía de ella. Que pueda ver más allá de cómo me veo a mí mismo, y me lo demuestre; pero sin fantasías ni tonterías, que me convenza de ello mediante lógica y, sobre todo, hechos, por poco tangibles que puedan parecer.
Tomé la copa que asía, y la arroje contra la pared —era meramente un capricho que tenía desde hace tiempo —emulando películas—, pero la copa sólo revoto en el muro.
Me sumergí en mis delirios mentales, esos a los que me refiero como pensamientos críticos, reflexivos y/o introspectivos; mi mayor defecto en la vida, mi eterna maldición y segura perdición.
Mirando a mí alrededor, al tiempo que cavilaba sin concretar nada en específico o pretendiendo algo —tras no se cuanto tiempo—, noté en el bolsillo trasero de Antonieta, un marcador con el que dibujó en los vasos caritas de todos tipos y gestos —dependiendo de cómo veía a quien se los daba. «¡Toda una artista!», creo yo—.
—Sabes, Fermín, constantemente me pregunto porque seguimos siendo amigos… porque te frecuento aun cuando te conozco casi a la perfección, se de tus vicios de sustancias como de mujeres, perdón “viejas”. —Cerré un ojo y moví la cabeza en busca de perspectiva—. Descaradamente has llegado a tener tres a la vez como tus novias oficiales. Ja-ja, maldita tu suerte, todavía no te pillan. —Le tome de la barbilla y le gire hacia su derecha, para continuar mi labor—. La fortuna se agota amigo. Sigo sin creer que te zafaras de aquella vez que enviaste un texto, «M-m-m», de manera equivocada. Te saliste con la tuya y al poco la cortaste ¡todo un caballero! Tal vez por eso seguimos como amigos, quiero presenciar tu fatídica caída, ja-ja. Además, tus “aventuras” desaventuradas me son tan divertidas. —De igual modo lo gire a su izquierda—. Para muchos no eres más que el bufón que les alegra la vida a costa propia, algo que parece no importarte —Le observe por todos ángulos y sí, creo que sí—; m-m-m… listo.
A punto de irme, pues el sol comenzaba a brotar, desenfunde mi móvil y capture la belleza de mi obra maestra, esplendida y gratificante, «me sentía orgulloso de mí mismo». Me dirigí a la puerta, silenciosamente por la alfombra, y al abrirla, al otro lado se hallaba, cercana a la liviana madera, Camila, hermana de Fermín. Al mirarnos, sus mejillas cambiaron a un tono ligeramente colorado.
—¡Ho-hola! —dijo tímidamente entre sonriendo. La salude de igual modo.
Estando ya al otro lado de la puerta, me detuvo preguntándome si quería tomar un café. Lo pensé con brevedad y acepte cordialmente su invitación.
Nos sentamos en uno de los sillones antiguos, pues la mesa seguía “ocupada”; y, con Antonieta a nuestros pies charlamos largo rato; tocamos diversos temas, sus estudios, el simplón que tiene por hermano, y más que nada, me hizo cuantiosas preguntas relacionadas sobre mí; inclusive me confesó haber pasado largo rato escuchándome hablar con su hermano, al no llevar llaves para entrar; me dijo que ojala a ella la escuchara de igual modo cuando le cuenta algo, y de la misma manera no le juzgará —mientras me lo decía me esforzaba por contener mi risa—.
Al despertarse Fermín, con la playera toda babeada y desorientado, básicamente crudo, Camila y yo no pudimos evitar romper en risas al mirarle, aparentaba ser algún nativo de alguna región remota, con todo el rostro pintado de forma precisa y simétrica. Él claro, no se entero de nada. Únicamente atino a cuestionar a Camila sobre que hacia aquí, a lo que ella respondió estar de visita tras una semana de arduos estudios.
Todos los briagos, ahora crudos, se largaron, y con ellos Fermín, pues seguirían la fiesta en casa de alguien más; y, quedándonos solos seguimos conversando y bebiendo café.


D. Leon. Mayén


Alcohol, mujeres y un payaso - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

jueves, 14 de abril de 2016

Esta mañana, otra mañana

Publicado en Tumblr el: 14-8-15

Esta mañana, otra mañana


¿Cómo es que puedo levantarme de nuevo?
Un día más de lo mismo.
Hago lo mismo de cada día, por los últimos… yo que sé desde cuando, los días sólo se juntan como polvo.
Me pregunto cómo es que cada día persiste el mismo dolor que llevo dentro, acreciendo. Mientras, como, duermo, hablo y vivo o trato de hacerlo, sin poder sacar este sentimiento desolador y profundo que llena el hueco donde se alojaba lo que tuve, por lo que viví.

No importa cuánto me duela o canto sufra, esta sensación, este sentimiento no se marcha, no abandona mí triste cuerpo sin vida.


D. Leon. Mayén