lunes, 11 de diciembre de 2017

Andromalia - Capítulo 4

En este punto del trayecto se hacen presentes indicios de lo que Driskell enfrentará. Esa misma noche, como cada noche, se manifiesta el dragón que le dio la vida que tiene, y ahora le priva del vital y placentero descanso nocturno.
Link al capítulo III

Andromalia - Capítulo IV


N
o llevaban más de dos horas desde que salieron de Zlintka. El sol se encontraba a sus espaldas, y una hilera de enormes y distantes montañas a su costado izquierdo. Acalorado, Driskell se quitó el chaleco y se remangó la camisa. Elidor dormía plácidamente en la carretilla, Sheply de igual modo; Wirt también dormía, sólo que éste sobre Driskell, a quien comenzaba a cansársele el cuello por la tan plácida posición en que su fiel compañero, la zarigüeya, permanecía desde que partieron: con medio cuerpo torcido sobre su cabeza, y una mano colgándole por un costado. Se meneó de lado a lado, montado sobre Zorka, tratando de despertar a Wirt, sin conseguirlo; pero si, haciendo que Zorka zigzagueara al andar. Resignado, le dejó en paz.
Poco más de un kilometro adelante, al sentir que le escurría saliva desde la cabeza y por la mejilla, tomó a Wirt de la cola, despertándole abruptamente; colgando del brazo extendido de Driskell, Wirt le gruñía enfadado, Driskell respondió balanceándolo en dirección hacia Pekar y terminando por arrojándole hacía la mula tras advertir sus intenciones, al aterrizar Wirt Pekar rebuznó, giró la cabeza hacia atrás mirando a Wirt sobre su lomo; enseñó sus grandes dientes, dirigió la vista hacia Driskell y rebuznó de nuevo a modo de queja.
El exalto de Pekar, por motivo de Driskell, a causa de Wirt, despertó a Elidor y Sheply. El canino no tardo en volverse a echar y cerrar los ojos tras un largo y extenso bostezo; Elidor por su parte se incorporó sentándose al borde de la carretilla.
—¿Dónde nos encontramos? —preguntó, contemplando su alrededor.
—A unos kilómetros de Istval.
—Oh, he oído de él, está al noreste de Zlintka, si no me equivoco. Es el poblado más cercano en esa dirección a Zlintka —pronunció Elidor con entusiasmo.
—“Vaya, pero que cerdito más informado” ¿No lo crees Wirt? ¡Wirt!
Wirt sólo alzó la mirada momentáneamente con un ojo, tumbado pansa abajo en dirección a la retaguardia de Pekar, sobre el harapo en el lomo de la mula.
—¡Bah! —emitió Driskell al ser ignorado— Llegaremos cerca del anochecer —prosiguió dirigiéndose al cerdito.
Driskell no dejaba ni por un minuto de estar atento al trayecto. Inspeccionaba con la mirada los laterales del camino, disminuyendo levemente la velocidad al notar algún movimiento entre la maleza, los matorrales o los arboles; revisaba con especial atención el suelo, en busca de rastros de cualquier tipo; en lo general, eran huellas pertenecientes a personas o animales, que pasaban por allí. Repentinamente notó algo inusual, que atrajo con interés su atención al pasar: un par de huellas animales, pertenecientes al parecer a un borrego joven, terminaban a unos metros delante de donde daban comienzo los de alguna carroza, misma que, por sus huellas, indicaba que provenía desde un costado del camino, notoriamente en los puntos con mayor vegetación y maleza, ideales para ocultar la carroza de la vista desde el camino. Alejándose Driskell le dio menor importancia, pues bien podría tratarse de cualquier cosa, ya sea una carroza averiada que aparco para ser reparada, o simplemente se guarecían de los inclementes rayos del sol.
—Dígame, señor, ¿tiene mucho tiempo desempeñando este trabajo? —preguntó curioso Elidor, como es costumbre en él.
—No demasiado, pero tampoco lo suficiente.
—¿A qué se refiere con lo suficiente?
—A que aún no me canso de hacerlo.
—Si en verdad es tan bueno como dice mi tutor que es, ¿cómo podría cansarse? Por ejemplo, yo soy muy habido de leer; y  aprender me gusta mucho. Tengo la certeza de no cansarme de ello nunca.
—“En verdad, chanchito”, eso has oído de mí… Sí, lo soy. Soy bueno en lo que hago… demasiado —Hizo una pausa, mirando fijamente al frente, y agachando la mirada— Pero, eso no implica que por ser bueno me guste o incluso aun lo disfrute. Tal vez… es sólo que no sé hacer algo más. Cuando llegamos a Zlintka, trate de cambiar de vida, sin lograrlo; al menos no de inmediato.
—Entonces, ¿no disfruta llevando personas de un lado a otro?
Driskell cayó un minuto y, volteando la mirada hacia el cerdito, con expresión de sorpresa dijo:
—Sí, eso me gusta… y lo llego a disfrutar.
Transitaron unos cientos de metros antes de que Elidor retomara su interrogatorio.
—¿Señor, antes a mencionado que llegaron a Zlintka. Dígame, ¿tiene mucho de eso?
—Sí, chanchito. Tanto que he perdido la cuanta. —Se le ocurrió a Driskell que, mientras le contara más al cerdito menos preguntas haría; habiendo notado su particular fascinación por escuchar lo que los demás tenían que decir—. Cuando llegamos —Medito por un momento si pudiera haber algún problema si la mencionaba—… Kalyna y yo a Zlintka, era casi un pueblo abandonado, sólo había cerca de diez personas viviendo en el poblado. Y bueno, ya lo vez, ahora es un lugar prospero.
—Señor. ¿Quién es Kalyna?
—Llámame Driskell. ¡Quieres!
—Desde luego, Señor Driskell.
—Kalyna… —dijo suspirando— Kalyna… ella vive con migo. Dime cerdito, acaso no hay alguien especial. Algo así como una cerdita —mencionó Driskell, llevando a la par de la carretilla a Zorka; e insistió arqueando las cejas.
—No señor; soy el único de mi especie en el palacio; me temo. Cuando viaje al continente conoceré a alguien, lo sé.
—“Al continente, eh” ¡Vaya! ¿A caso tú tutor tiene pensado mandarte?
—¡Oh no¡ De ninguna manera. Pienso ir en algunos años por mi cuenta ¡Oink! —Emocionado se disculpó antes de proseguir— Tengo planeado ir a La Gran Capital. De allí provienen los lápices que llevo en mi morral; también hay allí un sinfín de novedosos objetos, inventados por gente de lo más inteligente; he leído de ellos en diarios, también provenientes de allí.
­—No todo es tan bello como crees, chanchito.
—No se ofenda señor Driskell, pero dudo que usted haya leído sobre como es ahí.
—Tienes razón, marranito, no lo he hecho; pues no tengo necesidad ya que he estado antes en El Continente.
Elidor, permaneció en silencio, pensando con interés en Driskell y su procedencia de El Continente, ansioso por preguntarle cómo es.
—Si le he ofendido antes pido me disculpe. No tenía idea que usted hubiese estado en El Continente. Me sentiría honrado si usted me relatara sobre sus vivencias ahí…
—¡Aguarda! No hables ni te muevas.
Acalló al cerdito al parecerle nada normal que por segunda vez se repitiera la misma escena: de nuevo un par de huellas, esta vez de dos mujeres, desaparecían de igual modo a unos once pasos: casi cien metros —Comúnmente en Exulia se usan pies y pasos: «pasos», noventa centímetros o tres «pies». Algo a lo que Driskell no terminaba de acostumbrase— delante de donde daban comienzo las de una carroza. Intrigado, detuvo a Zorka, dando media vuelta llamó a Wirt y Sheply; ambos reaccionaron de inmediato: Wirt detuvo a Pekar halándolo de las riendas; Sheply respondió al llamado bajando de la carretilla, comenzó a olfatear a su alrededor, mientras Wirt vigilaba atento las cercanías. Driskell daba una y otra vueltas en círculo, montado en Zorka, observando, analizando, deduciendo o intuyendo que era lo que podría haber ocurrido allí. Tras bajar de Zorka, e indagar en los alrededores próximos; buscando cualquier pista o rastro por más diminutos que fueran, Elidor no comprendía el por qué del actuar de todos.
—¿Qué… qué ocurre? —cuestionó con angustia.
—No es nada, sólo es algo extraño que he notado. Tranquilo, cerdito, solamente necesito revisar algo y seguiremos. Espera aquí con Sheply —Le señaló con voz firme, tratando de contener su angustia—. ¡Wirt, conmigo!
Driskell se decidió por comenzar donde iniciaban las huellas de la carroza en el camino; siguiéndolas se adentró donde delimita el camino y la parte aún virgen del paisaje. Cerca de quince metros es donde iniciaba el rastro de la carroza; las huellas de las ruedas de la carroza eran más profundas allí; se percató que había un pequeño pedazo de tierra sin pasto, al frente de donde permaneció estática la carroza; puso una rodilla al suelo para examinar mejor las huellas pertenecientes a un par de caballos; también, cerca de la carroza encontró huellas correspondientes a dos hombres, revelando, unas de ellas, que uno de ellos permaneció sentado en el estribo lateral derecho de la carroza; mientras que, las huellas del otro lo guiaban no muy lejos de la carroza, tenían algo singular: varias huellas, unas sobre las otras, señalando con las punta (correspondientes a los dedos del pie), apuntar en dos direcciones: hacia el hombre sentado en la carroza y hacia un cerro, no muy lejano, a ocho pasos —poco más de setenta metros—. Hincado, revisando las huellas, llamó a Wirt para instruirle; hasta entonces husmeaba por entre la maleza viendo que encontraba:
—Iré a lo alto del cerro, vuelve a la carreta y permanezcan atentos.
Se dirigió a la cima del cerro; al llegar lo primero y más  evidente le era la vista, ya que desde ahí se podía ver a la perfección el camino y sus alrededores, siendo así fácil percatarse si alguien se aproximaba desde lejos: cerca de unos doscientos metros. De igual forma encontró evidencia de alguien que permaneció largo rato allí observando, tendido en el suelo. Yendo de regreso a donde le esperaban, encontró cercano a una roca un puro, o lo que quedo de él, lo guardo de inmediato en uno de sus bolsillos y apresuró la marcha. Montando en Zorka con prontitud, emprendieron la marcha de nuevo; Wirt volvió a montarse sobre Pekar, y Sheply subió a la carretilla de un salto, se sentó y permaneciendo atento vigilando la retaguardia.
Dejándose llevar tranquilo por el ligero y constante meneo al ir montado en el caballo Driskell unía las piezas, llegando a concluir que: se trataba de una carroza arrastrada por dos caballos, con un hombre al frente y dos en el interior, o quizá al revés; ocultaron la carroza tras la enorme vegetación y matorrales; dos de los hombre esperaban, mientras el tercero vigilaba desde lo alto del cerro, a la espera de que alguien, hombre o animal, se aproximase en dirección a ellos, haciéndoles saber, de algún modo, a sus compinches, los que aguardaban impacientes y atentos por su señal. Seguramente al recibir la señal, o reunirse el vigía con ellos, es cuando entraban con la carroza en el camino, andando muy despacio, así sus víctimas podrían darles alcance, y después, como indicaba la ausencia de huellas, subían por voluntad propia en la carroza.
Lo repasaba en su mente, esperando equivocarse, llegando cada vez a estar sólo más convencido. Durante su vida en El Continente aprendió, bastante, a perfeccionar múltiples habilidades, mediante el conocimiento adquirido de forma tanto propia, como de quienes le instruyeron; algo que le tomo años afinar: las huellas, los rastros, todo aquello que pudiera considerarse como indicio en sí. Pocas veces y al saber interpretarles adecuadamente concluían de forma errónea. Así entonces, tanto las huellas profundas de la carroza como las marcas en el pasto dejadas por los caballos, junto con las del hombre en dirección al cerro, le llevaban a concluir una larga espera llegando a ser impaciente para aquellos hombres; a su vez, las direcciones marcadas por las huellas, en dirección a la carroza como hacia el cerro, le sugería que el hombre permaneció allí de pie, conversando con el otro hombre a la vez que debía mirar frecuentemente en dirección al cerro, entonces, debería de ser importante lo que se hallara en aquel sitio, tanto como para ni siquiera sentarse; y por último, la clara y notoria silueta, señalando en dirección al camino, dejada por el «vigía» sobre el pasto en la cima del cerro; lo que le hacía suponer que claramente vigilaba el camino, mientras los otro esperaba ocultos a por su señal. En conjunto todo le llevaba a creer, casi con total certeza, que aquel trío de hombres de intensiones claras, pero no así, de fines de igual modo, realizaban una «emboscada» esperando por él o los desafortunados que pasaran a pie por allí. «Emboscadas similares, pensó Driskell, a las que hace tiempo realizara».
El sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte. Driskell se acercó a Elidor y le dijo:
—Pasaremos la noche aquí.
—¿Aquí? —cuestiono temeroso—. Pero…
—Despreocúpate, cerdito. Lo hemos hecho cientos de veces; no hay gran peligro —replicó Driskell.
—Está bien, ¿pero sólo será por esta noche, cierto? —preguntó temeroso de nuevo.
—Desde luego.
Driskell haló las riendas y se adelantó a galope en buscan de un sitio adecuado para pasar la noche. Elidor lo miraba alejarse; comenzaba a sentirse emocionado; aunque jamás había dormido en algo que no fuera un lecho o un catre, le entusiasmaba vivir una nueva y desconocida experiencia.
La gente común, habitualmente, acostumbraba estar activa durante cerca de doce horas al día, ya que la noche era cegadora cuando la luna se ausentaba, ¡ni siquiera la mano se podía ver! Se procuraba estar, a esas horas de absoluta penumbra, resguardados en sus hogares o en sitio seguro; los peligros eran incontables: ladrones, fantasmas, espíritus vengativos; criaturas horripilantes y malignas: monstruos y demonios, y, claro, bichos ponzoñosos y bestias come gente.
Acamparon cerca del borde de un espacio árido y despejado; lo que le permitía ver al frente, con antelación, si alguien se aproximaba a ellos, y por detrás alertarse de algún ruido si alguien los acechaba entre la maleza. Driskell mandó a Sheply y a Wirt por ramas: Wirt las escogía, y las más pesadas para él se las ponía en el hocico a Sheply para que las llevara, mientras él cargaba las más livianas. Con la ayuda de un par de minerales, que sacó de una de sus talegas, «pedernal y pirita», Driskell dio los pequeños brotes a la fogata ayudado por «pata de caballo» —un hongo— como yesca.
Tras ausentarse por un breve momento, con antorcha en mano, volvió a la fogata a sentarse.
—¡Miren lo que traje! —exclamó alzando entre manos el cadáver de una serpiente, recién cazada—. La destripo y podremos comerla.
Elidor le miró con preocupación. Su emoción por nuevas experiencias no incluía degustar “suculentos manjares” como ese. Al percatarse de su expresión Driskell le mencionó acercándole la canasta que le dio Petra antes de partir:
—Ten, aquí hay algo más para que comas.
Al descubrir la canasta y ver que se trataba de grillos, gusanos y charales, no cambio mucho su expresión; alzó la mirada hacia Driskell, esperando que se compadeciera de él y que si ocultaba algo como una manzana o algo por el estilo lo mostrara.
—Lo siento cerdito, es de lo que disponemos. Come algo. Mañana cuando lleguemos a Istval te zampas lo que desees. Además, no te harán mal; todo es muy nutritivo. Así crecerás grande y fuerte como yo. Ja, ja —echó a reír Driskell volviendo a su lugar.
Muy a su pesar tomó el cuenco de los charales, acercándolo a su hocico; y tras masticarlos concienzudamente y tragarlos declaró:
—No están mal —Y llevó de nuevo el cuenco hasta su hocico.
Abierta en canal y destripada la serpiente, y ya cocida, Driskell partía trozos de carne con ayuda de su daga, comiendo uno y dando otro a Wirt y arrojando el siguiente trozo cerca de Sheply, de espaldas a ellos, echado en el suelo vigilando atento la maleza. Comieron la serpiente de ese modo, por turnos, hasta que no quedo más que huesos y pellejo. Elidor, exhausto sucumbió pronto ante el cansancio, durmiendo profundamente sobre una manta. Wirt se adentró en la maleza, perdiéndose de vista, escuchándose a su paso sólo ramas quebrarse, seguidas de un profundo silencio. Sheply se levantó acercándose al fuego, y se echó mirando en dirección opuesta —ahora hacia el frente—. Driskell, sobre una manta, contemplaba la infinidad de estrellas sobre él; jugando a crear figuras, trazándolas en su mente al unir los brillantes puntos, como lo hacía de niño junto a sus hermanos; pasó gran rato haciéndolo, pero, terminando inevitablemente dormido por más que se empeño en evitarlo.

Driskell entró en la habitación de Kalyna. Ella le esperaba mirando hacia la puerta, sonriente y alegre de verle. Le besaba con pasión, acariciando su espalda hasta llegar a sus glúteos y seguir por sus piernas; «Hagamos el amor, te lo ruego», le susurraba al oído ella. Intempestivamente se escuchó un estruendoso sonido, proveniente de la puerta, era tan sonoro que la casa temblaba a cada golpe. Al Driskell voltear Kalyna había desaparecido; aquel sonido estridente seguía, aumentando la frecuencia a cada golpe. Driskell se levanto de la cama llenó de angustia al no encontrar por ningún lado su katana, portando en su lugar un cuchillo para mantequilla; se aproximó a la puerta, donde al abrirla no se encontraba nadie; asomó la cabeza a su derecha, mirando el pasillo, no había nadie. «No me abandones», se escuchó la suave voz de Kalyna, proveniente de la habitación; al volver Driskell a la habitación y no encontrarse allí Kalyna de nuevo toda la casa se sacudió. Bajó lentamente y con cautela las escaleras, con antorcha en mano —sin estar encendida—, a cada paso se volvía más y más fuerte tanto el sonido de la puerta siendo golpeada como el sacudirse de la casa, y el miedo que le paralizaba. De pie frente a la puerta, el atemorizante y estruendoso ruido cesó. La abrió lentamente. Desde el otro lado de la calle, sobre un tejado, oculto por las tinieblas de la noche, emanaba un hedor fuerte y penetrante al olfato, húmedo y pestilente, proveniente de una fuerte briza que le golpeaba a intervalos constantes. Las casas alrededor de la cuadra ardían. Driskell comenzó a agitarse; cuando le golpeó de lleno una ventisca desde lo alto del tejado, avivando el fuego, alimentando las llamas prontas a consumirlo todo en poco tiempo de forma implacable y sin que pudiera hacer nada; sólo observaba consumirse el poblado, de rodillas en el suelo con la mirada caída, ahogado en un profundo sentimiento de impotencia y derrota, mientras las cenizas aún candentes caían a su alrededor junto a escalofriantes gritos, de todos en Zlintka. Sobre el tejado, se deslizó reptando, y después aleteando apareció frente a Driskell un gran dragón, escamoso, carmesí obscuro, y grisáceo en el pecho; mostraba ante él sus enormes y amarillentos dientes; una línea de espesa y abundante saliva caían de entre sus fauces. El imponente dragón le miraba con fijeza, con sus grandes y amarillentos ojos de pupilas negras y alargadas verticalmente entre lagos dorados; una cresta de gruesos cuernos, algunos curvados hacia el frente y otros con punta hacía atrás, y un par de amplias fosas nasales al final de su hocico romo. Tras exhalarle con fuerza en la cara, a unos centímetros de él, el dragón torció la cabeza hacia un costado y, sin siquiera tener que mover la boca, dijo a Driskell, con voz sumamente grave y penetrante: «¡Mírate! a que has llegado. ¿Dónde estabas cuando te necesitaban? ¿Dónde mientras morían?», le cuestionaba, mientras el alado reptil daba vueltas en torno a él, abatiendo sus alas y agitando la cola: «Mientras los devoraba, ¿dónde estabas, “valiente guerrero”?» Deteniéndose detrás de él, acercó su hocico cerca de su oído: «Luchaste por otros para perder a los tuyos». El dragón se posó frente a él; Driskell le miró lleno de rabia, mientras el dragón habría sus fauces, como si fuera a devorarlo por completo. Arrojó una bocanada de fuego hacia la casa, mientras alzaba el vuelo, y alejándose desapareciendo en las tinieblas de la noche. Driskell corrió tan aprisa como jamás lo había hecho, intensamente agitado, mientras el techo era cubierto por las llamas; exasperado subió las escaleras, dio una patada a la puerta cubierta en llamas de la habitación. Yacía en la cama Kalyna, durmiendo pacíficamente; Driskell se aproximó lentamente a ella; al estar hincado junto a ella pasó su brazo por detrás de su delicado cuello y, posando su cabeza sobre su pecho, le decía: «Kalyna… pensé que tú… ¿Kalyna? ¡Kalyna!», la sacudía entre sus brazos pero, ella no respondía. Driskell lloraba sobre ella, cuando Kalyna alzó de manera rígida su mano, señalando hacia la ventana abierta, dejando ver un magnifico y resplandeciente día, musito: «Aquí esta… ha vuelto por mí». Al otro lado de la ventana, les miraba de frente el dragón, ansioso y decidido. Driskell cubrió con su cuerpo a Kalyna, cerrando los ojos y aguardando lo inevitable, cosa que no sucedió; al mirar la ventana el dragón ya no estaba. Al girarse de nuevo hacia Kalyna y tocarle la mejilla para después besarle, al acariciar sus dulces labios comenzó a palidecer tanto y tan aprisa que parecía fallecida; poco a poco, comenzando por su boca, toda ella se convirtió en cenizas, con pequeñas hojuelas ardientes en su interior.

martes, 5 de diciembre de 2017

Andromalia - Capítulo 3

Tras tomar y alistar lo necesario para comenzar su viaje: armas, objetos elementales, provisiones, etc., y dejar a buen recaudo a su amada Kalyna, Driskell va en busca de sus fieles compañeros Wirt y Sheply, para dar comienzo a su viaje de incierto porvenir junto a Elidor el cándido cerdito.
Wirt la zarigüeya y Sheply el can resultan imprescindibles no sólo para la historia en sí, sino también para Driskell, para quien él es… Tan queridos y entrañables para él como para mí.
Link al capítulo II

Andromalia - Capítulo III


D
riskell, no muy lejos de la taberna, llagaba al lugar que llamaba hogar: una casa semejante a la taberna, al menos al mirar su exterior, y cómo la mayoría de moradas en el centro del poblado. Al cruzar la puerta de madera gruesa y pesada se podía observar una mesa larga al medio de la estancia con cuatro sillas a su alrededor; más allá de la mesa, al fondo, la chimenea, rodeada por un par de sillones de madera, y un mueble que, aunque bajo, era muy pesado, pegado al muro; la chimenea tenía meses que permanecía fría, helada; en el costado izquierdo de la estancia, la cocina donde está la estufa y horno,  algo rudimentarios,  y varios muebles almacenando alimento; también, por la cocina es como se llega al pequeño establo en la parte posterior de la casa. De lado derecho de la estancia, un extenso estante cubriendo uno de los dos vitrales azules —otro vitral y estante ubicados en paralelo a este, al extremo opuesto de la estancia—, con  algunos libros, velas, cantaros, vasijas, cuecos y tarros, y en la esquina, entre el estante y la letrina, las escaleras que llevan al piso superior, donde hay tres habitaciones.
Ya dentro, Driskell se aseguró que la vela que siempre permanece encendida sobre la chimenea siguiera así. Subió de inmediato las escaleras. Al llegar a la puerta de la primera habitación a la vista se detuvo tratando de escuchar a través de ella, al no oír nada la abrió con suma cautela, lentamente, evitando causar el más mínimo ruido.
Esa habitación era un poco menos amplia que las otras dos; al estar en ella, lo primero que saltaba a la vista eran las gruesas y opacas cortinas de color verde, a los costados de la ventana, de vitrales blancos, la que abre a la par hacia el exterior; cerca a la ventana un sillón de madera, bellamente labrado. A mitad de la habitación, de frente a la ventana y pegada al muro, una cama grande con dosel y cortinas semitranslucidas, sabanas de seda y almohadas rellenas con plumas de ganso, y un gran ropero pegado al muro derecho. Todos provenientes de El Continente.
Sigilosamente se sentó en el sillón. Contemplando fijamente la cama, observando como la sombra, efecto de los rayos del sol, baja lentamente, atravesando las cortinas de la cama hasta detenerse inevitables en la pared. Después de un rato de contemplación de dentro de la cama se percataban delicados movimientos bajo las sabanas; seguidos de una silueta femenina que llevaba sus brazos lo más alto que podía, queriendo alcanzar el techo.
—¡Kalyna! —pronunció Driskell, anunciando su presencia.
A lo que la joven reaccionó dando un pequeño sobresalto; para de prisa acercase a gatas a los pies de la cama asomando la cabeza de entre las cortinas y dibujando en su rostro una luminosa sonrisa. La joven muchacha contaba poco más de la veintena de años en su vivir —mayor que Evett, por alrededor de cuatro años—; de ojos pardos como pelaje de oso; cabellos largos casi hasta el codo y negros cual plumaje de cuervo; figura delgada y estatura regular. Llena de alegría por la presencia de su eternamente amado corrió descalza hacía él. Sentándose sobre su regazo y rodeándole por el cuello con sus brazos le llenó de besos, concluyendo con uno largo y apasionado.
—Veo que me extrañaste —expresó feliz Driskell.
Kalyna se abrazó con fuerza a él, permaneciendo con la cabeza pegada a su pecho, apretándole cada vez un poco más.
—¿Me amas? ¡Di que me amas! —susurró ella aún en su pecho.
—Claro que te amo… lo sabes... ¿O es que dudas? —respondió acariciándole la mejilla.
Ella alzó la mirada; mirándose mutuamente antes de besarse de nuevo. Pasados unos minutos, ella se sentó junto a él abrazándose de su brazo. Driskell la acariciaba suave y lentamente con su mano en su antebrazo; mientras ella miraba fijamente al suelo.
—Son bonitas las mariposas ¿no crees? Volando, moviendo sus pequeñas alitas, yendo de flor en flor por donde quiera. —Ella buscaba conversación al mirar una sombrilla alada revolotear; Driskell calló y siguió acariciándola.
Permanecieron de ese modo por un rato. Sin decir palabra alguna, solo disfrutando de la cercanía mutua.
—Vamos sí… cárgame —le pidió Kalyna, con dulce voz.
Driskell la alzó en brazos, dio un veloz giro sujetándola con fuerza; ella pataleaba y reía, y, él la miraba cautivado: observando cómo resplandecía su cabellera al ser tocada por la luz entrante del vitral; embelesado por su sonrisa, reluciendo la pureza abundante en su corazón. Le encantaba verla así: feliz y sonriente, y no de otro modo. Al estar en el borde de la cama, con delicadeza la colocó sobre ésta, sin ella dejar de mirarle. Kalyna le aló del cinturón, haciéndole caer sobre ella, y él, acariciando sus mejillas, comenzó a besarle pausadamente, en sus suaves y delgados labios; alzándose un poco de la cama al hacerlo.
Más tarde, al levantarse Driskell de la cama, Kalyna le sujetó abruptamente del brazo tirando de él.
—¡No te vayas… por favor¡—Exclamó angustiada.
Driskell volvió a la cama —soslayando la hora que pudiera ser— rodeándole con el brazo y atrayendo su cuerpo descubierto hacia él; sintiendo el cálido tacto de sus pieles al estar de nuevo tan próximas.
—¡Tranquila… tranquila! —pronunció con voz delicada y tersa­—. No te abandonaría por nada en esta vida. Sólo debo ausentarme por unos días, y volveré como siempre. No temas.
—¡Lo prometes! —preguntó al borde de las lágrimas.
—Sí, Kalyna. Te lo juro… —confesó, apretándole con cariño al besarla—. Como siempre. Te traeré algo de mi viaje, ¿qué te parece?
—Está bien —respondió quedamente, entre apasionados jadeos, y enjugándose las lágrimas de los ojos con las sabanas.
Permanecieron acurrucados, con sus cuerpos al descubierto, juntos uno del otro hasta que ella de nuevo dormía; pasando su mano por su frente y llevando sus cabellos hacia atrás de su oreja se despidió besándola con delicadeza. Driskell se puso de pie, tomó sus prendas, se vistió y salió de la habitación; cerró lentamente la puerta, mientras contemplaba a su amada Kalyna dormir pacíficamente.
En el piso de abajo Driskell se dirigió a la cocina de donde tomó de uno de los cantaros, con ayuda de un tarro, agua, bebiéndola a prisa y sirviéndose de nuevo. De una caja, en lo alto del estante, sacó uno de los tantos relojes de bolcillo que guardaba dentro —el único que todavía tenía cuerda—, miró la hora y notó que faltaba cerca de una hora para medio día. Sabiendo esto se sentó en uno de los sillones. Mirando la chimenea con detenimiento; pasando por su mente lo sucedido hacia meses al encenderla: en invierno, un gélido invierno, al bajar las escaleras Kalyna, con lentitud como acostumbra, y percatarse de las llamas de la chimenea comenzó a gritar alterada, desplomándose en el suelo y llorando con ímpetu, con los brazos cruzados apretándose a sí misma con fuerza. Entonces, Driskell corrió a su lado, abrazándola y tratando de calmarla diciéndole repetidamente, mientras frotaba su espalda y trataba de controlar sus asiduos movimientos, «Ya ha pasado… tranquila». Teniéndola que llevar en brazos hasta su habitación, donde la cubrió con suficientes mantas como para pasar la helada noche, y permaneciendo a su lado hasta el día siguiente.
De la chimenea se escuchó el aletear persistente de un ave. Ésta descendió, y estando frente a él, le sacó del transe. En principio decidido a ahuyentarla o capturarla para sacarle, al levantarse no dio ni dos pasos cuando un recuerdo le evocó, dejándole petrificado, paralizado por un escalofrió que le descendió por el espinazo: recordaba, algo difuso, lo que en su temprana juventud oyese, por una parte, de su padre sobre una arraigada superstición oída en uno de sus muchos viajes sobre la visita inesperada de un ave como la que tenía ante sí: de plumajes negros y brillosos; pico largo, puntiagudo y aún rosado; mirada severa y penetrante, atenta y maliciosa; augurando desdicha, tragedia y desgracia en su porvenir, y por otra parte, los relatos —creencias— narrados a él por su madre, representando la voluntad y llamado, por su fiel mensajero, de la Diosa Morrighan. Aún turbado, simplemente abrió la puerta, y el cuervo aleteando con incapacidad voló sobre el sillón, de un salto a la masa y, ya en el suelo, a saltitos hasta afuera. Se miraron ininterrumpidamente, el ave herida con el pico bañado en sangre y él sin parpadear, hasta cerrarse la puerta.
Tratando de olvidar los recuerdos y actuales pensamientos angustiosos, se dirigió hacia el mueble pesado junto a la chimenea, mismo que movió no muy fácilmente; dejando a la vista una trampilla en el suelo. Sacó del mueble unos fósforos y una palmatoria con una vela casi nueva en ella; junto con un trapo. Levanto la trampilla del todo, y, con palmatoria en mano, bajó por unas angostas escaleras, llegando a su “armería” privada: no era muy amplia, poco más de un tercio de la estancia. Alumbrado por la tímida luz de la vela, encendió el resto de las velas de alrededor. Aun con todas las velas encendidas, aquel lugar tenía una apariencia lúgubre, húmeda y polvorienta, incluso tenebrosa. Al medio de su singular madriguera, está una mesa, misma que construyó ahí mismo; y, alrededor varios baúles. Tomó de debajo de la mesa un cántaro con el cuello estrecho y tapado por un corcho; lo destapó y empapó el trapo para limpiar de polvo la mesa. Sustrajo del baúl de los mapas —repleto de ellos—, el mapa geográficamente más extenso, que no abarcaba hasta Verdsnan pues se hallaba muy al norte; lo extendió sobre la mesa, y estudiándolo por unos minutos planeó la ruta que seguirían; lo dobló dejándolo sobre la mesa. De otro baúl tomó un arco recurvado, usado sobre todo para cazar y ocasionalmente para afinar la puntería —algo un tanto innecesario para el viaje, pensó; pero siendo precavido…—, flechas, bastantes flechas, así como una ballesta y virotes. Abrió dudosamente otro baúl; abierto por completo, permaneció observando su contenido moviendo los ojos de un lado a otro; sacó de allí una katana, envuelta en cuantiosos trapos, la sostuvo entre sus manos por unos instantes, sintiendo la textura de la vaina. Ese objeto era muy preciado para Driskell, le recordaba el radical cambio de vida que realizó hacia unos años. La desenvaino unos centímetros… la enfundó y colocó en la mesa. Regresó al mismo baúl, sacando de él una daga de unos quince centímetros; del fondo tomó un hacha. De otros baúles, sacó diversos artefactos y cosas que creía necesarias para el viaje. Antes de subir se equipó con la katana a la cintura, de lado izquierdo; y la daga de lado derecho cerca de la espalda; el arco a la espalda junto a las flechas . Al tenerlo todo listo, apagó las velas y salió de su solitario agujero con tres morrales a cuestas; cerró la trampilla y reacomodo el mueble.
Se dirigió al pequeño establo, donde se hallan un par de sus fieles compañeros de viaje: su caballo «Zorka» y la mula «Pekar». Zorka posee un tono rojizo y esplendida cabellera clara, casi amarillenta; y, una mancha blanca entre los ojos que va desde las orejas hasta la nariz. Y Pekar, una mula obscura de patas grises; la que es usada por Driskell para alar una carretilla de carga; sabiendo que el cerdito carecía de la posibilidad de montar a caballo sería requerida esta vez.
Alimentados y cepillados, Driskell ensilló a uno y acopló al otro a la carretilla, listos para el viaje. Antes de partir Driskell regresó al interior de la casa a por provisiones, mantas y lo que fuera necesario, depositándolo en la carretilla. Abriendo la puerta del establo, por la cual tuvo que pasar agachado, salió montado en Zorka seguido por Pekar; esperando fuera rebuznando emocionada mientras él regresaba a cerrar. Mientras se alejaban a paso lento, en dirección a la taberna, Driskell, miraba afligido la ventana de la habitación de Kalyna.
Al llegar Driskell a la taberna, revisó su reloj de bolsillo, marcando doce menos tres; habiendo cumplido con lo prometido, como acostumbraba. Desmontó de Zorka de un salto, pasando la pierna por detrás. Entró por la puerta trasera, viendo de inmediato a Elidor sentado en la mesa de la cocina escribiendo en su libreta.
—¡Cerdito!
—¡Buen día señor! —reaccionó Elidor, contento de verle.
—¿Listo para el viaje?
—Sí señor; sólo permítame despedirme y tomar mi morral.
—“Despedirte, vaya”. Pues adelante, esperaré fuera.
Mientras Driskell daba arrumacos a Pekar, Petra apareció.
—¿A dónde iréis?
—A Verdsnan; ida y vuelta.
—¡Vaya! Tened mucho cuidado, es un viaje largo… y peligroso.
—No tanto mujer —indicó confiado—. Antes no he necesitado ir tan lejos, pero, lo realmente peligroso está… bueno ya sabes. De cualquier modo evitaré pasar por ahí.
—¡Dios vendito!; eso espero. Toma: es tu bebida y algo más para el camino —Le entrego una pequeña canasta y una cantimplora de madera con una bebida en ella «especial para el día después de una francachela como anoche», y unas “botanas”. Tomando de la bebida, montado en Zorka, es cuando apareció Elidor, quien por instrucción de Driskell se acomodó en la carretilla; despidiéndose de nuevo de Petra al alejarse, diciendo: «Tened suerte».
—¡Id con Dios! —decía la tabernera, al alejarse ellos.
De frente a la salida del poblado, a unas diez calles, Driskell se detuvo; diciendo al cerdito que no tardaría; se apeó del caballo y se adentro en un callejón bastante amplio, donde llamó a la puerta en la cuarta casa del extremo izquierdo; todas, casas sumamente humildes, de un sólo piso y una pequeña ventana al frente. Tras esperar un momento, acudió a la puerta una mujer de mediana edad: cabello recogió, negro y con algunas líneas plateadas; robusta, viuda y sin hijos: Drita de Crastingal, viuda de Artan de Crastingal.
—¡Driskell, que sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? —Lo saludo gustosa la mujer, inclinando levemente la cabeza un par de veces.
—Viajaré; me temo. Puede que se prolongue mí ausencia no sé por cuanto. Si usted pudiera… —Fue interrumpido por Drita.
—Ve despreocupado hijo, cuidare bien de Kalyna en tu ausencia.
—Me tranquilizan sus palabras. Le agradezco. —Tras despedirse volvió a donde lo esperaban.
—¡Qué los Dioses os resguarden! —gritaba Drita, al pasar ellos de esquina a esquina.
A unos pasos de la entrada norte del poblado, se encuentra una pileta, poco profunda, con agua para refrescarse; daba de algún modo la bienvenida a quien llega al poblado. Evett se encontraba sentada en el borde de la pileta. Musitaba, y movía manos y cabeza con movimientos indecisos, como ensayando que decir, sin llegar a una conclusión. Al percatarse de la cercanía a la que ya se hallaba Driskell se puso de pie velozmente, titubeante al sonreír esperando que se acercara del todo.
—¡Driskell! Llevo esperándote… —calló la muchacha, sin saber con qué proseguir, clavando la mirada al suelo.
—¿Qué sucede, Evett? ¡Vamos, dímelo! —insistió, tomándola con delicadeza de la barbilla y guiando su mirada hacia sus ojos.
Driskell la miraba con fijeza, directo a sus profundos ojos azules, a punto de derramar las lágrimas que la inundaban. Ella se arrojó a él, abrazándole con fuerza y rompiendo en llanto; Driskell le abrazo de igual modo, y al besarle en la cabeza, en sus dorados cabellos, dijo:
—Espera a que vuelva. Nos sentaremos tú y yo y me lo contarás todo, ¿sí? —Le pidió, antes de inclinarse y besarla.
—S-í-í. —afirmó suspirando con dilación, llena de esperanza y alegría; pues era la primera vez que él la besaba, que alguien lo hacía.
Dejando atrás a Evett, cruzaron por el gran arco de piedra que indica la salida o entrada al poblado, mismo que tiene biselado en lo alto: «Zlintka».
—Me parece que este no es el camino, señor —sugirió Elidor, al percatarse que tomaban una senda apartada del camino.
—Tranquilo, chanchito. Sólo necesito hacer una breve parada.
Driskell se adentró por una estrecha senda de tierra arenosa, rodeada por yerba alta y ceca, amarillenta, hasta llegar a un viejo árbol de ramas frondosas; donde mirando entre sus ramas grito:
—¡Wirt, ven… tenemos trabajo; venga baja ya! —Sin recibir respuesta alguna, comenzó a sacudir el árbol—. Venga, no tenemos tiempo. ¡Baja ya sucio haragán! —insistió dando una patada al tronco del árbol.
Detrás de él se escuchó el inconfundible crujir de una manzana al ser mordida. Al girarse, allí estaba, de pie comiendo una pequeña manzana, Wirt. Una zarigüeya, cercana al metro de estatura; de pelaje un tanto largo, blanco en la cara, gris tirando a negro en el lomo y las patas, y blanco cerca de la cola; apenas notorio, pues vestía un pantalón holgado y con una pequeña abertura donde se asomaba su cola, larga y gruesa; pues la usaba para colgarse de las ramas; rostro alargado, con orejas negras y redondas; ojos igual de negros; en la punta, una pequeña nariz rosada; unos bigotes largos y prominentes a los costados, y en su enorme boca un par de grandes colmillos al frente. Un ser de actitud notoriamente, más al conocerle, despreocupada, pero no por ello indiferente; de trato tranquilo y amigable, al menos hasta que le molestan; sumamente leal e inteligente en gran medida. Y andarín a dos o cuatro patas.
—¡Anda, que esperas!
Wirt, sin más, dejó caer la manzana a medio comer. Caminando sin preocupación hacia Driskell se dirigió al árbol, al que subió con agilidad; bajando de allí, su pequeño chaleco de piel de cerdo, idéntico al que portaba Driskell sobre su camisa; viejo y algo maltratado.
—¡Date prisa! Aún falta hallar a Sheply.
Sin más, Wirt se arrojó del árbol para ser atrapado en el aire por Driskell. Tras ponerle el chaleco lo llevó sentado sobre sus hombros. Preguntándole en el trayecto, si sabía donde se hallaba Sheply; entendiéndosele algo como, que andaba por aquí; al “hablar” era difícil entenderle, pues, lo hacía entrecortado y con leves sonidos como chillidos y gruñidos, algo a lo que Driskell, como Pekar y Sheply, con los años comprendían mejor.
De camino a la carretilla, a unos metros, de lado derecho, Driskell divisó una mancha negra echada entre la hierba amarilla. Se aproximaron hasta tener la mancha a los pies.
—Míralo, “descansando plácidamente”. —dijo a Wirt, mirando a Sheply.
Un perro de talla mediana, apenas lanudo —con algo de vedija en el lomo— y negro, totalmente negro; echado en el suelo sobre uno de sus costados, con la boca medio abierta. Un can que en la mayoría del tiempo esta de mal genio, igual que indiferente a lo que, a su sentir, carece de relevancia para las funciones que debe desempeñar; siendo por eso que pasa la mayoría del tiempo echado, comiendo o vagabundeando por allí; habitualmente en compañía de Wirt; y al igual que él fiel sin importar que.
Driskell lo movió con el pie suavemente tratando de despertarle. El canino reaccionó incorporándose agitadamente, mirando muy alerta a su alrededor. Se sentó a rascarse el cuello al notar que se trataba de Driskell, con Wirt posado plácidamente sobre su cabeza; el can le mostró los colmillos en señal de protesta.
—¡Anda, hay trabajo! —prorrumpió Driskell, dando media vuelta dirigiéndose hacia la carretilla. Sheply, se estiró, se sacudió la tierra y le siguió.
Sheply, al alcanzarles y notar al cerdito, se detuvo a observarle, sacó la lengua y la deslizo de un lado al otro por su hocico.
Una vez todos juntos: Wirt sobre la mula y Sheply echado sobre la carretilla, emprendieron el viaje o, como lo llamaba Elidor: «la encomienda de suma importancia».
En lo alto de un acantilado, no muy lejos del poblado, Evett les miraba alejarse, volviéndose a cada paso más diminutos hasta desaparecer en el horizonte; lloraba amarga e inconsolablemente, con pañuelo en mano —era este el lugar donde ella acudía cuando deseaba estar a solas o quería desahogar las penas que oprimían su pecho—. Se decía a sí misma que esta vez sí saltaría; temiendo al final, terminar casada con aquel hombre acaudalado, y no con su amado Driskell. Sin hacerlo después de todo, como en repetidas ocasiones; marchándose con lentitud, tocaba sus labios al pensar en la promesa de su amado, y en su primer beso.




Driskell entró en la habitación de Kalyna. Ella le esperaba mirando hacia la puerta, sonriente y alegre de verle. Le besaba con pasión, acariciando su espalda hasta llegar a sus glúteos y seguir por sus piernas; «Hagamos el amor, te lo ruego», le susurraba al oído ella. Intempestivamente se escuchó un estruendoso sonido, proveniente de la puerta, era tan sonoro que la casa temblaba a cada golpe. Al Driskell voltear Kalyna había desaparecido; aquel sonido estridente seguía, aumentando la frecuencia a cada golpe. Driskell se levanto de la cama llenó de angustia al no encontrar por ningún lado su katana, portando en su lugar un cuchillo para mantequilla; se aproximó a la puerta, donde al abrirla no se encontraba nadie; asomó la cabeza a su derecha, mirando el pasillo, no había nadie. «No me abandones», se escuchó la suave voz de Kalyna, proveniente de la habitación; al volver Driskell a la habitación y no encontrarse allí Kalyna de nuevo toda la casa se sacudió.

Shinken tsuba and saya
Fotografía del perfil, en Flickr, de Bobo Boom
Usada bajo la licencia Creative Commons

jueves, 30 de noviembre de 2017

Andromalia - Capitulo 2

En principio, por los acontecimientos, situaciones y personajes, descritos en el capítulo anterior (Da click para ir al capítulo 1) bien podría pareces que se trata de algún cuento infantil, los animalitos que hablan, unos buenos y otros malos, en apariencia (aunque la ingesta de bebidas alcohólicas rompe esa premisa, ja, ja). Pero la trama, poco a poco, se va trastornando hasta límites displicentes, sangrientos y brutales. Si bien el hecho de que en este "mundo" los animales hablen e imiten al hombre es sumamente trascendente y vital en la historia, no cambia la realidad de lo que llega a ser la especie humana; demostrándose aquí tanto lo notable como lo perverso en ella, tanto hacia los animales como hacia entre nosotros mismos.

Ahora Elidor conocerá al hombre que lo llevará hasta su destino; por un precio, desde luego... Mayor para uno que para el otro a fin de cuentas. Su viaje será, como muchos otros, tranquilo y normal (como seguro todos hemos tenido alguno)... pero el final de éste será como ninguno de nosotros desearíamos experimentar.

Andromalia - Capítulo II


U
na carreta de carga, con dos mulas al frente y cargada de cubas, se detuvo tras la taberna, bajando de ella un hombre. Entró en la taberna por la puerta trasera; del otro lado de la puerta, que da a la cocina, se encontraba sentada en un banquillo Evett, hija de la tabernera: una muchacha joven, de piel clara; ojos azules, profundos como el mismísimo mar; cabellos largos,  rizados y blondos, de una tonalidad como el bello plumaje mate y claro en un pequeño canario; de silueta sutilmente robusta y de rostro marcado por sus bellas facciones. Un ser bondadoso, delicado y a la vez fantasioso. Permanecía sentada en el banquillo desde hacía ya tiempo, expectante; con el codo flexionado sobre la mesa y la mano sosteniéndole la barbilla, como soportando una pesada carga, llena de pesadumbre y desilusiones. Esperaba a la llegada de su amado —perteneciente a un amor no correspondido, pero aun así esperanzador, lleno de anhelo e ilusión— quien al cruzar el umbral lleno su corazón de los más bellos y gratos sentimientos; llena de dicha se puso de pie de un salto, corrió de brazos abiertos, repitiendo su nombre; con los brazos extendidos alrededor de su cuello se alzó de  puntillas para así poder besarle la mejilla.
—¡Driskell! Cuanto te he extrañado; ¡no tienes idea! —exclamó Evett, con la voz entrecortada, mientras Driskell la abrazaba con suavidad y besaba su frente.
—Avisa a tu madre que he llegado. ¿Sí, Evett? —le pidió, pasando su mano por entre sus dorados cabellos, inclinando la cabeza y mirándole sonreír, llena de la más pura inocencia.
Evett corrió llena de júbilo a notificar a su madre —quien en ese momento no daba abasto en atender a los numerosos clientes—, de la tan esperada llegada por todos en la taberna.
Driskell, un hombre alto, de estatura notoria y fornido; de cabellera obscura, corta, algo enmarañada, a poco más de la oreja; barba de patilla a patilla, naciente hace pocos días; ojos marrones, y mirar profundo; musculatura marcada —cosa que en lo particular no le era tan favorable con las mujeres, así como en su «trabajo», pues muchas le veían con ojos lujuriosos aunque discretos, llevándolo a insinuaciones que rechazaba cortes, pero trayéndole escándalos y habladurías—; al oírsele hablar como al tratarle, podía ser gentil, bondadoso, fraternal y solaz; muchas veces irónico; y por otro lado, penetrante, atemorizante y amenazador, incluso a veces siniestro. Un hombre de arraigadas convicciones y avasallante visceralidad. Lleno de secretos, mayormente por actos pasados; secretos forjados entre el hierro de espadas, la madera de agudas flechas y el fuego de rugientes armas, motivadas por ajena codicia y poder, y saldadas con sangre: en obscuras y cruentas tierras lejanas al otro lado de un vasto e inmenso océano.
Petra, sonriendo sin disimulo, limpiándose las manos en el delantal recibió a Driskell abrazándole afectuosamente.
—¿Qué tal tu viaje? ¿Lo has descargado ya? Comienzan a impacientarse ahí dentro.
—¡Apenas llegó de un viaje de casi tres días! Me gustaría descansar un poco y comer aunque sea una mísera pieza de pan duro. ¡Si no te importa, mujer! —dijo sonriente.
—¡Tienes razón! ¿Siéntate y te sirvo algo de comer?
—Si hay muchos ansiosos por embriagarse mejor será que descargue los barriles, y después comeré. Ja, ja.
Descargados los barriles, llenos de baba urapi, y una vez guardadas y alimentadas las mulas, Driskell se dirigió a la muchedumbre que se reunía en la taberna. No cabía allí ni un alma más.
—Amigos míos. Les he traído por lo que esperan afanosos cada mes, por lo que pasan días enteros ahorrando, para luego venir a despilfarrarlo. ¡Así que todos a beber!
Tras el breve discurso que animó a todos en la taberna, Petra comenzó a llenar con baba urapi uno por uno tarros y cuencos. El ambiente en la taberna era de gran regodeo, ya que como bien había dicho Driskell, todos esperaban con ansia la llegada de la preciada bebida. Una bebida procedente de Destrren, un poblado al noreste de Zlintka, a día y medio en carreta. La baba urapi era elaborada extrayéndola de una planta de hojas verdes, largas y gruesas, decrecientes en longitud y terminantes en punta, dentadas con espinas en los bordes; creándola con el aguamiel o “esencia” de la planta; formándose la baba al dejar fermentar la “esencia”; consiguiendo cuantiosos litros de baba al mes, tan sólo de una planta.
Minutos después de media noche, la taberna seguía repleta. Los únicos en salir eran quienes lo hacían para vomitar, o los que confundían la puerta de la letrina. Desde fuera se percibía, cual bisbiseos incomprensibles, el bullicio de la muchedumbre reunida en la taberna; sólo al abrirse momentáneamente la puerta se dejaba oír todo lo que allí ocurría. Desde el otro extremo de la calle se aproximaba Cleyn, a paso apresurado, pensando angustiado que no le guardarían aunque fuera una mísera porción de baba urapi. Al entrar Cleyn, todos le acogieron a gritos —por estar ebrios, no por otra razón—; ignoró a la muchedumbre aún mal humorado por lo antes ocurrido; buscó de inmediato a Petra y pidió con alivio la tan deseada bebida. Pasado un corto lapso de tiempo se marchó satisfecho.
En la taberna, al encontrarse repleta, resultaba difícil distinguir lo que ahí se decía. En el rincón derecho, cerca a la letrina se hallaba un viejo: de cabellos y barba larga y cenizos, y en desorden; ojos claros; frente arrugada y piel reseca, desde el rostro hasta los pies; escuálido, pero aún así conservando el vigor pese a los años desfilados; vestía unos viejos harapos. Sentado en un banquillo —con la barba con residuos de baba urapi y patitas de grillo— tocaba sonriente y con entusiasmo la lira; las melodías emitidas no eran del todo desafinadas, pero sí pasaban desapercibidas, ya que nadie les prestaba la más mínima atención, exceptuando a Evett que escuchaba con placer desde la cocina.
Mientras algunos discutían, otros alegaban, casi a gritos, sobre cualquier nimiedad. Podía escucharse, sólo al acercarse a cada una de las mesas, cosas como: a un par de campesinos discutir acerca de que el trigo de esta temporada no era tan bueno como en ocasiones pasadas; o a un par de carneros y al herrero del poblado alegar sobro lo sucia que se pone la lana si no se limpia con frecuencia; a lo que uno de los carneros reacciono: «¡Me llamáis sucio!», poniéndose de pie ofendido. Momentos después se les podía ver compartiendo un plato de “botana”, la que consistía en, ya sea, grillos, charales o gusanos.
Desde la cocina, oculta entre las telas que hacen de puerta, Evett contemplaba entre suspiros a Driskell. Él estaba en una mesa en el medio de la taberna relatando sus audaces viajes por todo El Continente —la mayoría, inexactos y exagerados por voluntad propia—, todos le escuchaban con atención, reaccionando con asombro y emoción. Evett, susurraba entre las telas:
—Es tan apuesto… como valiente —Soltó un suspiro desde lo profundo de su ser—. Algún día, cuando… —Su madre, de pie a lado de ella, partiendo en trozos en ese momento una hogaza de pan de ajo, la detuvo.
—Lo que debes hacer es dejar de perder el tiempo en un hombre que no te corresponde, ni es para ti. Podrá serte de buen ver, pero no es lo que necesitas de un hombre; constantemente pienso en la pobre Kalyna y lo que será de ella sí algún día, ¡Dios no lo permita!, no vuelve de uno de sus viajes. ¿Eso quieres de un hombre; no saber si volverá, si morirá lejos de ti? ­—Le reprochó a la joven, quien no apartaba la mirada (reflejando ahora enfado) de su amado—. Él hombre que vino hace días… ¡Él sí que es alguien adecuado para ti!; dueño de tierras, ¡y!, de una generosa fortuna. Si os casáis… entristeceré por tu partida, pero ya iré a visitaros. ¡Que son dos poblados! —pronunció con nostalgia, partiendo en rodajas otra hogaza de pan—. ¡Espero que tengáis hijos pronto!
Evett dio media vuelta, salió de la cocina por la puerta trasera y subió presurosa las escaleras hasta llegar a su habitación, ahogando allí, sobre la cama, sus amargas penas entre lágrimas y profundos sollozos hasta dormir.
De vuelta en la taberna, todos los presentes, exceptuando quienes dormían en el piso o recargados en las mesas, coreaban ebrios una canción que, como cada mes, resonaba en la taberna:

Si no bebéis, bestias no seréis.
¡Baba, baba para cada bestia,
en este pútrido lugar!
¡BA-BA-BA! Cómo la oveja.
¡Bebed, bebed, bebed
hasta que la barriga esté repleta!

Driskell, poco afecto a cantar o bailar, o a cualquier actividad semejante, se refugió en la cocina. Petra se sirvió en un tarro la baba que había apartado para consumo propio, en un cántaro.
—¿Cansado de contarles tus hazañas? —preguntó Petra, rellenándole el tarro.
—Sí. ¿No deberías atender a tus “festivos” clientes? —la cuestionó Driskell, entre sorbos.
—Una vez que cantan esa ridícula canción es mejor no servirles más —Ambos rieron.
—No es de esperarse que compongan una bellísima canción poética una panda de ebrios. Ja, ja.
Driskell se sentó; observaba a Petra arrodajar más pan, con la mirada perdida, fija en el cuchillo, llevándose ocasionalmente el tarro a la boca.
—Kalyna… ¿Sabes cómo se encuentra? —preguntó Driskell pausadamente y con voz apagada.
Dejando su tarro sobre la mesa Petra se acercó con lentitud a él, y dijo con suavidad:
—¡Bien¡ Se encuentra bien... ­—Él se limitó a asentir con la cabeza. Dio un sorbo al tarro.
Elidor, sentado a solas en un banquillo, de espaldas a la pared; después de una placida siesta hacia unas horas; llevaba rato contemplando el frenesí concertado en aquel lugar. Sintiéndose en parte asustado, en parte asombrado, pues en palacio jamás oyó sobre el particular estado de los asistentes. (Por qué las voces creadoras de esas historias sólo relataban el ambiente en general: siendo ellas vivas participes de aquellos excesos). Nadie que sirviera o viviera en el palacio se encontraba presente esa noche, pues en palacio tenían su propia celebración. Por más que clientes, así como la misma Petra, le insistían que bebería un poco de baba Elidor declinaba muy cortésmente. Durante el rato como espectador, Elidor observó como aquellos irascos con los que hacia unas horas se encontraba conversando, ahora, uno de ellos yacía en el suelo, inerte y con la lengua de fuera; mientras el otro, aún de “pie”, se atiborraba de comida que encontraba en el suelo. También fue testigo de cómo los dos campesinos antes llamados «Asesinos», por Cleyn, minutos antes alegaban entre sí, con voz trémula, aguda y soez —característica en alguien en ese estado—, acerca de la mujer del otro, argumentando que era una tonta al haberse casado con él; siguiendo su alegato con cosas como, quien era mejor hombre con sus respectivas mujeres, y, terminando por amenazarse de muerte, diciéndose entre movimientos toscos: «¡Os matare señor!», respondiéndole el otro «¡No si yo os mato primero!». Posteriormente, mirándolos a ambos entre llantos afectivos y suplicas de perdón. Elidor observaba con inquietud constantemente al oso, de quien temía se despertara y devorara a todos allí. Algo imposible, pero persistente en su mente, debido a un aterrador cuento que había leído hacía ya tiempo, en su puerquil infancia.
—¡Por cierto! —pronunció Petra tratando de distraer a Driskell de sus aparentemente sombríos pensamientos—, ha venido un cerdo a buscarte. Te espera allí dentro.
—Lo he visto. ¿Sabes por qué me busca? —preguntó con interés, saliendo de su transe y poniéndose de pie.
—No. Ve y pregúntaselo.
Driskell echó un breve vistazo alrededor. Mirando al cerdito con detenimiento y recordando un viejo acuerdo. Bajó cuidadoso de una de las mesas, cercana al rincón donde Elidor se encontraba, a un carnero que dormía del todo despreocupado. Se acercó al cerdito parándose frente a él de brazos cruzados.
—Me han dicho que me buscas. ¿Es cierto? —preguntó con severidad.
—Así es, señor. Llevo toda la tarde esperándolo. ¡Oink! —pidió disculpas—. Permítame presentarme: soy Elidor Cerdic. Enviado por…
—Sé de dónde vienes, cerdito. Sígueme y conversemos —Tomaron asiento en la mesa libre de carnero—. ¿Dime, que te trae a este “placido y acogedor” agujero? —Elidor se extraño al no comprender a que se refería con “placido y acogedor”.
—He venido en su búsqueda… ya que requiero de sus servicios. En mí hay una encomienda de suma importancia.
—Ya veo. Dime, en donde entro yo en esa “encomienda de suma importancia”.
—Debo acudir a la tierra del conocimiento.
—¡Vaya! Eso es lejos. “A pie seguro no llegas”. —Añadiendo lo último en mofa; Elidor no comprendió.
—Desde luego que no señor, por ello necesito de sus servicios. Cuento con el dinero necesario. —(Los ahorros de su vida; cantidad que no resultaría retribución suficiente para lo que les aguardaba).
—De acuerdo, cerdito. Necesito saber quiénes irán, que llevaran consigo y quiénes son. ¿Dime, has ido ya a Verdsnan?
—Solo seré yo; llevo únicamente este morral que ve, y soy Elidor. Por lo demás me temo que no, señor. Pero estoy muy emocionado al respecto, es la primera vez que saldré de Zlintka. ¡Oink! —Se dispensó.
—Seguro que si cerdito… seguro. Escucha, nos veremos aquí mañana a medio día.
—Me gustaría, si no le importa, partir ahora. No puedo volver a palacio a estas horas. ¡Es peligroso! ¡Oink¡ —pidió lo excusara.
Driskell permaneció callado y pensativo.
—Me encuentro medio ebrio, medio sobrio, cerdito… —pronuncio malgeniado y exhausto—, pero, te diré que haremos: pediré a Petra que te permita dormir en la habitación extra que tiene. ¿Qué te parece?
—De acuerdo. Le agradeceré sea puntual. No quisiera abusar de su generosidad.
Driskell y Elidor siguieron discutiendo los pormenores de su futuro viaje. Más tarde Driskell habló con Petra; ella aceptó de buena manera; guiando al cerdito hasta la habitación donde pasaría la noche.
Las aves trinaban cuando, del este, los primeros rayos de luz se dejaban ver por entre las calles de Zlintka; en la taberna abundaba un hondo silencio, así como una honda peste. Quienes gozaban hacia unas horas, entre gritos y canciones desentonadas, yacían ahora en el piso o en las mesas, dormidos o inconscientes, boquiabiertos, algunos con las lenguas de fuera; otros más sobre sus propios charcos de vomito; también había quien roncaba desaforadamente. Entre tanto, Petra recogía de entre los impúdicos presentes, tarros —los pocos que no sucumbieron a tan alborotada velada— y platos, entre otras cosillas; para seguido, extraer sin pena alguna, de sus bolsillos, el respectivo dinero que debían. Petra siempre recordaba con suma precisión quienes y cuanto debían.
De entre el tétrico y sucio interior de la taberna, comenzaban a reanimarse los cuerpos victimas del exceso; tratando de incorporarse con movimientos torpes y lentos; algunos no podían siquiera concluir su cometido, cayendo de nuevo. El primero en ponerse de pie, un hombre, arrastraba los pies, sujetándose la cabeza — esperando no se le cayera por tan intenso malestar—, al llegar a la puerta se detuvo un instante, susurrando: «Me matara mi mujer, lo sé»; al abrir éste la puerta, permitió la entrada de la esplendorosa e intensa luz del sol, la que, no solo a él, al mirarle sintió que le quemaba las retinas y provocaba profuso dolor en la cabeza. Desorientado al salir, tomo el camino opuesto a su casa, notándolo casi de inmediato dio media vuelta y tomó la dirección correcta.




Tratando de olvidar los recuerdos y actuales pensamientos angustiosos, se dirigió hacia el mueble pesado junto a la chimenea, mismo que movió no muy fácilmente; dejando a la vista una trampilla en el suelo. Sacó del mueble unos fósforos y una palmatoria con una vela casi nueva en ella; junto con un trapo. Levanto la trampilla del todo, y, con palmatoria en mano, bajó por unas angostas escaleras, llegando a su “armería” privada: no era muy amplia, poco más de un tercio de la estancia. Alumbrado por la tímida luz de la vela, encendió el resto de las velas de alrededor. Aun con todas las velas encendidas, aquel lugar tenía una apariencia lúgubre, húmeda y polvorienta, incluso tenebrosa. Al medio de su singular madriguera, está una mesa, misma que construyó ahí mismo; y, alrededor varios baúles. Tomó de debajo de la mesa un cántaro con el cuello estrecho y tapado por un corcho; lo destapó y empapó el trapo para limpiar de polvo la mesa. Sustrajo del baúl de los mapas —repleto de ellos—, el mapa geográficamente más extenso, que no abarcaba hasta Verdsnan pues se hallaba muy al norte; lo extendió sobre la mesa, y estudiándolo por unos minutos planeó la ruta que seguirían; lo dobló dejándolo sobre la mesa. De otro baúl tomó un arco recurvado, usado sobre todo para cazar y ocasionalmente para afinar la puntería —algo un tanto innecesario para el viaje, pensó; pero siendo precavido…—, flechas, bastantes flechas, así como una ballesta y virotes. Abrió dudosamente otro baúl; abierto por completo, permaneció observando su contenido moviendo los ojos de un lado a otro; sacó de allí una katana, envuelta en cuantiosos trapos, la sostuvo entre sus manos por unos instantes, sintiendo la textura de la vaina. Ese objeto era muy preciado para Driskell, le recordaba el radical cambio de vida que realizó hacia unos años. La desenvaino unos centímetros… la enfundó y colocó en la mesa. Regresó al mismo baúl, sacando de él una daga de unos quince centímetros; del fondo tomó un hacha. De otros baúles, sacó diversos artefactos y cosas que creía necesarias para el viaje. Antes de subir se equipó con la katana a la cintura, de lado izquierdo; y la daga de lado derecho cerca de la espalda; el arco a la espalda junto a las flechas . Al tenerlo todo listo, apagó las velas y salió de su solitario agujero con tres morrales a cuestas; cerró la trampilla y reacomodo el mueble.


sheep
Fotografía del perfil, en Flickr, de steve p2008
Usada bajo la licencia Creative Commons

sábado, 25 de noviembre de 2017

Andromalia - Capitulo 1

¿Darías tu vida por un animal? ¿Qué harías para salvarlo; hasta dónde llegarías para lograrlo?

Diría que estos son algunos cuestionamientos que nuestro protagonista se plantea, pero no es así. Ya que, Driskell, no requiere siquiera pensarlo, es una de las mayores convicciones en él. Para él, realmente da igual si es un animal ordinario, un digno humano o un animal “parlante” —como algunos en este mundo ficticio—, una vida valiosa, es una vida imprescindible.

Sin más, con ustedes queridos lectores el primer capitulo de Andromalia - El hijo de la reina. (Registrado en INDAUTOR bajo el seudónimo de D. Leo Mayén)


Andromalia

El hijo de la Reina


“Aquel que acoja con su manto nuestra Reina de la mano le guiará dentro y fuera del campo de batalla, entre algazaras de guerra y paz; al adoptado, su hijo. Eternamente protegiéndolo mientras sea férvido servidor de su voluntad; sin cuestionarla o reclamarla, simplemente siguiendo, intuyendo y obedeciendo sus designios. Siendo el vehículo de sus deseos; estoico entre oscuros y lúgubres senderos.”

Traducción de la inscripción al pie de una de las estatuas en el templo de la Diosa Morrighan, en Drakdlan.

Capitulo I


E
l gallo en el corral, hacia más de una hora que cantaba anunciando la majestuosa presencia en el horizonte del astro rey, dando pie al comienzo de un nuevo día.
Un día en lo particular importante para Elidor Cerdic: un cerdo de notable sapiencia —para un cerdo—; con poco más de siete años en su haber; un ser amable y bondadoso, de gestos gentiles y jubilosos; ávido por aprender, sin importar tema o materia a tratar. De altura promedio —en un cerdo: cerca del metro setenta; siendo más un bípedo que cuadrúpedo, aunque también solía andar a cuatro patas—; de piel rosada, cubierta de pelillos en ciertas partes; su hocico, así como su trompa, casi tan grandes como sus orejas, rosadas, grandes y puntiagudas; ojos pequeños y marrones, ubicados casi al centro de la cara; sus pesuñas de las patas como de las manos siempre bien cortadas. Vistiendo un chaleco de lana teñida de color marrón; en el bolsillo interno del mismo es donde guarda sus voluminosos lentes, necesarios para notar los más finos detalles, y pantalones gruesos y holgados, exceptuando de la cadera, donde están bien sujetos pues sería más que vergonzoso para él que cayeran en público.
Elidor se disponía a salir a una encomienda de suma importancia; como él solía referirse lleno de emoción, pues, era esta la primera vez que saldría más allá de las cercanías del poblado. Alistó todo lo que consideró necesario para su encomienda; lo revisó repetidamente hasta que se sintió seguro de no olvidar nada.
Cuando el sol se hallaba en lo más alto, salió de su humilde y sencilla choza, no de paja o de madera, de arcilla; y tras volver a revisar que todo estaba colocado en su respectivo sitio, cerró la puerta de la choza girando una enorme llave, y, ocultándola después entre los arbustos, ubicados a los pies de la choza. Con el alma llena de júbilo, al contemplar él su alrededor, se podía notar en su cara la emoción que le invadía, escapándosele un corto y espontaneo gruñido, tras el cual emprendió la marcha.
Elidor bajó por la senda que lleva desde su choza hasta el jardín; mismo que se encuentra a un costado del majestuoso palacio, propiedad de un hombre el cual aún al renunciar a ser llamado por un título nobiliario gozaba de reconocimiento, no sólo por sus tierras o su cuantiosa riqueza sino por su notable y amplio conocimiento, pero más aun por su generosidad hacia los demás.
Al encontrarse Elidor con el jardinero: un hombre de mediana edad; de tez acanelada a causa del sol; quien en ese momento se encontraba en plena labor, achatando los matorrales, se dirigió a él:
—¡Buen día, Antón! —dijo Elidor— tendrías la amabilidad de comunicar a mi tutor que he partido hacia el poblado.
—Desde luego, su excelencia; se lo hare saber en cuanto lo vea­ —respondió Antón, sonriente, sosteniendo su sombrero de paja entre las manos y haciendo una reverencia.
—Tened suerte —Se despidió Elidor.
Tras caminar cerca de un kilometro y poco más, Elidor, llegó al poblado: Zlintka. Observaba con admiración, como era habitual en él, todo a su alrededor: desde los niños y crías, con caras mugrientas, jugando en la diminuta plaza; así como a la gente comerciar en el mercado —tanto animales como hombres—; emocionado por los ruidos y voces producidos por los mismos. Sentía particular contento al saludar amablemente tanto a conocidos como a extraños; salvo a algunos con quienes tenía reservas.
A una calle, detrás del mercado, se encuentra la taberna del poblado. Sitio al cual, Elidor, sentía particular repelo, debido a diversas historias oídas sobre ese lugar entre los muros del palacio. Pero, aún así, sintiendo particular curiosidad por lo que allí ocurría; se preguntaba si aquellas míseras historias, llenas de excesos y vulgaridad eran ciertas, o meras exageraciones. Indeciso por no saber si tocar a la puerta o simplemente entrar a la taberna, permaneció de pie frente a la puerta; hasta que se decidió a simplemente entrar. Empujando ligeramente la puerta, vieja y astillada de los bordes —y rara vez bajo llave—, ya dentro de la taberna todos ahí le miraron con ojos entre cerrados, a causa de la intensa y resplandeciente luz diurna que intrusa penetraba por la puerta. Tras acostumbrarse los ojos de Elidor a la escueta luminosidad en el interior de aquel lúgubre y sombrío lugar, de nuevo permaneció de pie indeciso sobre cómo proceder: ¿Preguntar e irse, o sólo sentarse y esperar? O más importante aún ¿Si permanecía demasiado tiempo allí sucumbiría a las bajezas relatadas en las “historia”? Transcurridos unos segundos todos en la taberna dejaron de mirarle, siguiendo en lo propio, creándose así un silencio, interrumpido ocasionalmente por algún breve ruido sin importancia.
La propietaria de la taberna, quien vivía en la parte superior de la misma junto a su joven hija, era Petra: una mujer de figura ancha y estatura media; de cabellos negros, bien sujetos en la nuca formando una rosca; llevaba un delantal sucio, lleno de todo tipo de manchas. Desde cerca de la cocina notó al desorientado cerdito, pareciéndole algo extraño, pues además del hecho de que la mayoría sabían perfectamente a que acudían a la taberna, era nada usual ver un cerdo como Elidor en ese lugar —o a un cerdo que no fuera él en Zlintka—. Era bien sabido por ella, quien era él y quien era su tutor, al igual que muchos en Zlintka. Petra se acercó a preguntarle que necesitaba. A lo que Elidor respondió:
—Buen día, buena mujer. Vengo en busca de un hombre del cual desconozco su nombre. Soy enviado por…
—¿A quién buscas? —preguntó la tabernera interrumpiéndolo; algo que sorprendió a Elidor, junto a la descortesía de hablarle así. “Menudos modales”, pensó.
—El hombre a quien busco es alto, fornido, de cabellera corta. Me dijeron que lo encontraría aquí, lo necesito para emprender un viaje a… —De nuevo fue abruptamente interrumpido. Pues, Petra no necesitaba más información para saber a quién se refería.
—¡Oh, sí! Ahora no está. Si esperas no tardara en aparecer.
La robusta tabernera le ofreció tomar asiento, pidiéndole que si deseaba comer o beber algo la llamara. Elidor se sentó en una mesa cerca del rincón izquierdo, próximo a la puerta. De su morral, que cruzaba por su pecho hasta un costado, sacó una libreta, un lápiz —un objeto raro al menos en las cercanías, pero de uso frecuente en El Continente—,  y un artefacto especializado para poder sostenerle. En su libreta escribía acerca de la taberna. Si bien no era lo que imaginaba, tampoco era una representación exacta de lo que oyó.  Comenzó por mencionar lo primero que percibió al entrar: una amplia variedad de aromas y hedores; desde comida de diversos y suculentos aromas, hasta olores nuevos y extraños, un tanto desagradables para él. Describía la taberna como un lugar amplio, que contaba con más de diez mesas, y en cada una con ocho cuencos incorporados —algo que en lo partículas le parecía interesante, ya que sobre eso no le contaron—, dos para cada cliente animal, así como cuatro banquillos en cada mesa; aunque algo sucias. En los muros, se hallaban quinqués siempre encendidos, de igual modo, una vela al centro de cada mesa; la cocina permanecía oculta a la vista por un par de telas que fungían de puerta.
Del otro lado de la taberna, estaban sentados dos irascos y un carnero esquilado, quienes comían y bebían —los tres vistiendo pantalones holgados, semejantes a los del cerdito—. En el rincón frente a Elidor, lindante a la cocina, estaba dormido sobre la mesa un gran oso, se notaba con facilidad como se inflaba todo su cuerpo, al inhalar y exhalar con profunda serenidad; aquel oso, causaba temor en él, pues a momentos y entre sueños dejaba ver sus enormes colmillos.
Momentos después entraron en la taberna dos hombres, de aspecto rubicundo y taciturno, ambos con ropas repletas de manchas obscuras; se sentaron en una mesa en el medio. Pasaron unos minutos antes de ser atendidos; los hombres pidieron de beber, recibiendo una respuesta negativa de parte de la tabernera, oyéndose de la fuerte y ligeramente ronca voz de Petra: «Sólo hay cerveza ahora, aún no llegan las mulas con la baba. ¿Si deseáis esperad?». Los hombres, descontentos y un tanto decaídos, pidieron de comer.
Un par de hombres, cerca a Elidor, conversaban, llegando a escucharles él inevitablemente, pero siendo arrastrado a poner atención a lo que decían por el contenido de la conversación; algo que le resultaba descortés al cerdito: escuchar conversaciones ajenas; pero sucumbió ante la curiosidad innata en él.
—Mi abuelo contaba —decía uno de los hombres— que su abuelo le contó, que originalmente por una guerra llegaron los pobladores originarios aquí, asentándose en la tierra del olvido, decía él —Su compañero, oyente, devoraba y bebía con igualado apetito que interés por lo dicho.
—¿Tierra del olvido? —Le cuestionó al pasar bocado acompañado de un sorbo de cerveza.
—Sí, algo tenía que ver con que eran los olvidados o algo.
—¡Vaya! ¿Quién diría? Ahora la llamamos Exulia. Mejor nombre.
—Y antes de eso, Exuterra; también me contó mi abuelo.
Durante una breve distracción de los hombres, el carnero trato a señas de llamar la atención de Elidor, invitándole a sentarse con ellos en la mesa. Titubeante, Elidor, se aproximó hacia la mesa aceptando su invitación.
Uno de los irascos poseía una mancha marrón en el ojo izquierdo, cubriéndole casi del todo la mitad de la cara. Por lo demás eran muy semejantes: de pelaje blanco; largos mechones de pelo en la barba; orejas alargadas, apuntando a los costados; mirada despreocupada, y cuernos curvados hacia atrás. El carnero, al estar deslanado llevaba —irónicamente— un grueso chaleco de lana gris; su cabeza grande y alargada; nariz amplia; orejas también alargadas, casi imperceptibles por lo enrollado de sus robustos cuernos, enroscados formando una espiral con punta al frente; y mirada severa.
—¡Buen día, señores! —pronunció Elidor al sentarse.
—¡Buen día! —respondieron al unisonó los irascos, mientras el carnero se inclinaba para beber de uno de los cuencos.
Los irascos se expresaban acompañados de un acento remarcando, balante, arrastrando la «a» previa a la «b o v»; entre moviendo frecuentemente la boca, llevando la mandíbula de un lado a otro, como si mascaran; de igual manera el carnero, sólo que este acompañado de una pronunciación, acento balante, más entrecortado y con particulares muletillas; diferentemente en la «e», e igual en la «b y v».
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó uno de los irascos.
—Soy Elidor Cerdic. ¡Oink!—respondió, lleno de orgullo; y pidiendo disculpas.
—¡Tienes apellido! ¡E-eh! —exclamó el carnero.
—Así es. Lo llevo con orgullo desde que mi tutor me lo otorgó de muy buena manera.
—¿A caso eres el cerdo que vive en el palacio, en la colina? —preguntó uno de los irascos; mirándose entre sí.
—Así es.
—¡He oído de él! —exclamó con asombro hacia su compañero—. ¿Es cierto que eres muy listo?
—Tanto como puedo, señor —reconoció con modestia.
—¿Qué hace un cerdo tan listo en un lugar como este? —inquirió el carnero con tono altanero—, aquí no hay libros o cosas así. ¡E-eh!
—No molestes, Cleyn —pidió uno de los irascos al carnero—. No le escuches Elidor, siempre está temperamental cuando lo han deslanado.
Ambos irascos rieron por lo antes dicho —Emitiendo sonidos interpretables como risas; como hace en particular cada animal—, mientras el carnero bebía, ignorándoles.
—He venido en busca de un hombre… —Elidor fue interrumpido por el carnero.
—¿Un hombre? ¿Eres un cerdo tonto? No se puede confiar en «Asesinos». ¡En cuanto te das la vuelta —Dio un golpe con la pesuña en la mesa, atrayendo la mirada de todos en la taberna—… te matan! Son ruines, sucios ladrones, hipócritas y mentirosos… traicioneros, sólo piensan en cómo aprovecharse de los demás. Carecen de decencia y respeto propio, o por los demás ¡E-e-eh!... Mirad a esos dos, sentados, planeando como…
—Ignóralo, Elidor, no todos son malos.
—Siempre está con eso recién lo deslanan —añadió el otro irasco, y riendo de nuevo—, se queja aún viniendo a gastar lo que le han pagado por su lana —De nuevo rieron.
El carnero, molesto por lo dicho, se puso de pie, se dirigió a la cocina a pagar lo que debía y se marchó tirante.
Se produjo un silencio, mientras uno de los irascos fue a la letrina y el otro bebía. En ese lapso de tiempo, Elidor, retomó la escritura en su libreta; escribía, preguntándose por qué Cleyn, el carnero, se refería de ese modo hacia los hombres. «Asesinos», una referencia al hombre que sólo había leído en libros. Se creaba una interrogante discrepante y llena de incredulidad, con gotas de indignación, en Elidor, quizá, debido a la imagen sumamente arraigada en él hacia su tutor, quien no había sido nada menos que magnánimo con él.
Por su parte, los dos “Asesinos”, sin mediar palabra o cruzar miradas, simplemente contemplando sus respectivos platos sobre las bandejas, comían sin apuro alguno, dos piezas de gallina cada uno; siendo lo que podían pagar, aunque también, guardaban lo suficiente para gastar a la llegada de las mulas. Ambos campesinos, lo cual se podía notar en sus manos y ropas, obscurecidas por trabajar la tierra bajo el incesante ardor del sol.
Al regreso del irasco, comenzaron a conversar los tres. Los irascos le contaban sobre sus vidas en el monte; él cerdito les escuchaba muy atentamente. Después de un buen rato escuchándoles, Elidor pidió amablemente a la tabernera que le sirviera una porción de vegetales —una porción consistía en lo que cupiera en uno de los cuencos, parte de la mesa—. Ya servida su porción, al preguntarle Petra que deseaba de beber, Elidor pidió cortésmente agua. Al finalizar con su alimento, los irascos interrogaron al cerdito sobre cómo era la vida en el palacio; Elidor con gran deleite relato su diario vivir dentro y fuera de los muros del palacio. Les relataba como era su humilde pero amada choza de arcilla; cómo, cerca de medio día acudía al palacio a instruirse, leyendo amplia variedad de libros; para más tarde entablar extensas y enriquecedoras conversaciones con su tutor; contándole éste, en ocasiones, sobre su vida durante los años vividos en El Continente. Los irascos le escuchaban con admiración.
Intercambiando historias, transcurrió desapercibido el tiempo. En la taberna no dejaba de abrirse y cerrarse la puerta; como si de un reloj de arena se tratara, uno a uno y en ocasiones a la par, entraban a la taberna hombres y animales, llenándola poco a poco, y más y más. Al abrirse la puerta, en esos breves lapsos, podía notarse que el ocaso estaba por marchitarse. Al notarlo Elidor, y temiendo volver a obscuras a palacio, se excuso con los irascos y se levanto; dirigiéndose a la tabernera preguntó de nuevo por el hombre a quien buscaba. Petra respondió:
—No tardara, cerdito; ya va siendo hora de que se aparezca. Driskell de Drakdlan jamás rompe una promesa —aseveró con convicción, en voz baja.
—¡Driskell! —exclamo Elidor al saber el nombre del tan buscado hombre.
Al oírse ese nombre, todos en la taberna, tanto animales como hombres, aclamaron gritando a coro: ¡Driskell! ¡Driskell!
—¡Calmaos señores… calmaos! Todavía no está aquí —repuso Petra, tratando de acallar el exalto de los presentes.


U
na carreta de carga, con dos mulas al frente y cargada de cubas, se detuvo tras la taberna, bajando de ella un hombre. Entró en la taberna por la puerta trasera; del otro lado de la puerta, que da a la cocina, se encontraba sentada en un banquillo Evett, hija de la tabernera: una muchacha joven, de piel clara; ojos azules, profundos como el mismísimo mar; cabellos largos,  rizados y blondos, de una tonalidad como el bello plumaje mate y claro en un pequeño canario; de silueta sutilmente robusta y de rostro marcado por sus bellas facciones. Un ser bondadoso, delicado y a la vez fantasioso. Permanecía sentada en el banquillo desde hacía ya tiempo, expectante; con el codo flexionado sobre la mesa y la mano sosteniéndole la barbilla, como soportando una pesada carga, llena de pesadumbre y desilusiones. Esperaba a la llegada de su amado —perteneciente a un amor no correspondido, pero aun así esperanzador, lleno de anhelo e ilusión— quien al cruzar el umbral lleno su corazón de los más bellos y gratos sentimientos; llena de dicha se puso de pie de un salto, corrió de brazos abiertos, repitiendo su nombre; con los brazos extendidos alrededor de su cuello se alzó de  puntillas para así poder besarle la mejilla.



Piglets
Piglets
Fotografía del perfil, en Flickr, de A. Sparrow
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