lunes, 18 de diciembre de 2017

Andromalia - Capítulo 5

En Istval, Driskell se re-abástese de provisiones; acordando con Elidor, estando en el mercado, llevarlo a por un fuizz. Después, acuden al Palograma, servicio de mensajería local, donde Driskell manda una carta a su amada Kalyna, Elidor satisface su innata curiosidad y Wirt y Sheply hacen de las suyas. Y siguen con el viaje hacia lo inevitable.
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Andromalia - Capítulo V


L
os ojos de Driskell se abrieron. Ahogado en un penetrante miedo que objetivamente se trataba de un miedo irracional, imaginario e inexistente; un hecho carente de importancia, pues lo que sentía a consecuencia de lo que vio y sintió en su delirio nocturno provocaban en todo él profundos y angustiantes sentimientos, haciéndole también revivir dolorosos recuerdos. El corazón le latía como si corriese por su vida; como al despertar, en repetidas ocasiones, después de cerrar los ojos con intención de descansar.
Era muy temprano por la mañana; en lo alto el cielo se teñía de naranja, mientras que en la tierra el ambiente era azulado y con esporádicas ventiscas frías. La luz que les rodeaba era la suficiente como para distinguir con claridad.
Se acercaba, desde la maleza, Wirt, cargando unas cuantas ramas, no muy pesadas ni gruesas, para avivar el fuego; las arrojó sin más a la fogata y dio media vuelta; algo que estuvo realizando repetidamente en el transcurso de la noche.
Cuando el sol se encontraba a una altura acorde a las diez de la mañana, Elidor aún dormía. Se giró de costado, quedando en posición opuesta sobre la manta. A unos centímetros de él, y a causa de su movimiento, un bicho con cuatro escuálidas patas a cada costado; dos extremidades al frente acabadas en pinzas, y una larga cola con punta en aguijón, se alteró, aproximándose hacia Elidor listo para inocularle su mortífera ponzoña. A punto de ser atacado, Wirt le cortó la cola con ayuda de un cuchillo, que oculta bajo su pequeño chaleco entre otras cosas; el escorpión, al ser mutilado, trato de huir a toda prisa, sin conseguirlo, pues no llegó a alejarse ni paso y medio cuando Wirt le clavó el cuchillo justo en el medio; lo alzó observándole brevemente —de cabeza—, empalado, retorcerse de agonía, para ulterior con ayuda de su mano llevárselo directo a la boca. Al despertar Elidor, Wirt se hallaba de pie frente a él, masticando el bicho que, sin saberlo, estuvo a punto de envenenarle; hacía gestos al crujir el exoesqueleto entre sus dientes; masticado un par de veces, Elidor ahora observaba como mascaba el relleno viscoso del bicho. Dijo de manera tímida:
—Buen día, señor Wirt —Wirt le respondió con un chillido tras tragar su desayuno (si se le podía llamar así, pues paso toda la noche comiendo una variada y gustosa clase de bichos).
—¿Qué tal tu noche, cerdito? —preguntó Driskell, montando impetuosos todo en la carretilla.
—No muy acogedora, señor Driskell.
—Ja, ja, ja. “Al menos no moriste en el proceso”. Vallamos a Istval.
A medio kilometro de llegar a Istval, a Driskell le pareció ver a alguien ocultarse a la distancia entre la maleza, a un lado del camino. Por ello, decidió detener la pequeña caravana; sacando de una de las alforjas, a un costado de Zorka, unos prismáticos, observó en busca de alguna confirmación de lo que acababa de ver, o más bien creía haber visto. Meditó por unos instantes como proceder. Creía él que era mejor equivocarse creyendo ver algo que bien pudiera no existir, que equivocarse ignorándolo y ratificar su existencia cuando fuera demasiado tarde.
La pequeña caravana siguió su marcha, pero Driskell avanzó siguiéndoles a la par desde fuera del camino, por entre la maleza. Por esta ocasión los papeles se invirtieron, Pekar iba al frente guiado por Wirt y Zorka les seguía detrás, llevando un parco andar, como si se dejaran llevar por la leve briza del viento. Driskell vigilaba cada paso que daba, evitando hacer el más leve de los ruidos al desplazarse con suavidad por el terreno. Catando profusamente cada sonido que llegaba a sus oídos: el alejarse de un pequeño pajarillo al alertarse de la proximidad del cazador, el lánguido girar de las ruedas de la carretilla sobre el camino, la brisa arrullar la hierba, como también el golpetear de los cascos de sus équidos compañeros; avanzaba agazapado, con el pecho a unos centímetros de las rodillas, ayudándose de las manos al progresar, haciéndolo como si fuera alguna especie de animal acechando con cautela en espera de encontrarse con su presa, sin que esta siquiera advirtiera su presencia.
Habiendo ya avanzado cerca de cincuenta y cinco pasos, desde ambos costados del camino se lanzaron presurosos un par de ladrones, uno de cada lado del camino. Uno de ellos con una pistola en la mano, mientras el otro, con expresión torpe e insegura, asía una daga moviéndola espasmódicamente delante y detrás. Ambos hombres sucios y andrajosos. Usaban palabras absolutamente ofensivas, las que impresionaron con horror a Elidor aun más que el hecho de estar a punto de ser robados vilmente; pues en su vida jamás había sido víctima siquiera del más vulgar y simple de los crímenes, como ahora. El par de ladrones, al aproximarse a la carretilla, se desconcertó al ver el caballo sin jinete, mismo que sabían que hasta hace unos pasos venia con ellos. El hombre con la pistola amenazaba a Wirt apuntando y gritándole que desmontara de la mula o moriría en el acto; Wirt le gruñía con fiereza, pero sin desenfundar sus armas. El ladrón que amenazaba mudamente con titubeos y con su arma blanca en mano al cerdito, fue sorprendido por Driskell saliendo abrupta e intempestivamente de entre la maleza, pillándole por detrás. El ladrón, por tan repentino susto, comenzó a temblar de pies a cabeza, y sin poder siquiera girarse del todo y ver quien le sorprendió Driskell le sujetó de la muñeca derecha —con la que el ladrón sujetaba la daga—, y con la otra mano, —la derecha de Driskell— pasándola por debajo del brazo prensado del temeroso ladrón hasta llegar a su cuello, colocó sus dedos alrededor de éste y presionó con fuerza, le torció el antebrazo antes de impactar con fuerza su rodilla en el estomago del hombre, haciendo que se inclinara de dolor y  expulsara el aire que residía en él; rápidamente, de nuevo le tomó del brazo estirándoselo hacia el costado, y, colocándose dándole la espalda, con completa facilidad Driskell lo desarmó, arrojando la daga hacia la maleza. Mientras Driskell atacaba a su compañero de malaventuras, el otro ladrón, también sorprendido —pero éste al contar con algo más de experiencia y viveza— no dudo en apuntar al hombre que golpeaba sin titubeos ni remordimientos a su socio criminal. Percatándose de lo que planeaba el ladrón, Wirt se le arrojó, trepando por el hombre hasta llegar a su cara, arañándole y mordiéndole entre penetrantes gruñidos. Desarmado y postrado en el suelo, el ladrón golpeado, Driskell le miraba tratándose de mover con dificultad. Se presentó un rugido estruendoso. Driskell se giró y, mirando hacia donde estaba de pie el otro ladrón, vio a Wirt inmóvil en el suelo; ambos hombres se miraron directamente y con fijeza. El ladrón sintiéndose indefenso al haber desperdiciado el único tiro que tenia disponible se quedó de pie mirando a Driskell que manifestaba gallardía y profunda fiereza en la mirada. El ladrón, no sabiendo que más hacer, le arrojó el arma: golpeándole en el antebrazo al interponerlo y evitar que le diera en el rostro. Driskell detuvo con el otro antebrazo el golpe que trato de darle el ladrón, y sujetándolo con un giro rápido de muñeca. Intentó a jalones zafarse del fuerte agarre de Driskell sin éxito; recibiendo una patada en la entrepierna, reflejo de la cuantiosa ira que le inundaba, el bandido cayó, escupiendo, de rodillas, con los ojos exorbitados y ambas manos en la parte media de su cuerpo. Por último Driskell le sujetó de sus mugrientos cabellos hasta alzarle la mirada y le remató con un golpe en seco en la cara. Durante todo el rato Sheply no hizo más que ladrar y gruñir mostrando los dientes con bravura.
Con prontitud fue a donde yacía inmóvil Wirt; levantándolo de la cola lo examinó minuciosamente mientras Elidor con pesar y tristeza observaba de pie junto a la carretilla. Sin más que hacer, Driskell colocó con suma cautela a la zarigüeya sobre la carretilla, acomodándole de manera grata sobre los costales de cuero ocultando en su interior las mantas. Retomaron el trayecto dejando atrás al par de ladrones; después de arrojar sus armas a lo lejos. Elidor no podía dejar de mirar el cuerpo de Wirt, tieso, congelado en un gesto de terror y con parte de la lengua de fuera, emanando un hedor penetrante al olfato —más aun para Elidor—. Lagrimas escurrían por su rostro lleno de tristeza; pese al poco tiempo de conocerle ya sentía aprecio por tan singular y simpático animalito, deseando ahora poder haberlo conocido mejor. Distrayéndose mirando el paisaje, al sentir de nuevo pesadumbre por la conclusión del reciente evento Elidor regreso la mirada al interior de la carretilla… Terminando por dar tremendos chillidos como si le estuvieran matando. De inmediato se detuvo Driskell, seguido por Pekar; haciendo rampar y relinchar a Zorka. Tan pronto como se detuvieron Elidor dio un salto de la carretilla y se alejó corriendo entre constantes chillidos. Trayendo de vuelta a Elidor, con algo de dificultad, Driskell le explicó acerca de la peculiaridad de Wirt de fingir, más bien hacerse pasar por un irrefutable muerto al sentirse amenazado.
—Seguramente se asustó al dispararse el arma —Le contaba al cerdito, de vuelta en el camino—. Cuando nos “conocimos”, al sacarlo del costal hizo exactamente lo mismo.
Elidor le miraba con recelo. Wirt, de nuevo y como era costumbre, se echó montado sobre Pekar, moviendo los ojos de un lado a otro, mirando ocasionalmente a Elidor.
No tardaron en llegar al poblado. Como antes había dicho Elidor, Istval era el poblado más cercano hacia el noreste desde Zlintka; y a un costado de la hilera de montañas, teniendo que pasar por él para así rodear dichas montañas que les impedía el paso directo hacia su destino. Istval era semejante a Zlintka, salvo por el hecho de no contar con una taberna, formalmente; pero en cambio, posee un mercado más sensato —dentro de una edificación—, y un muy competente servicio de mensajería, mismo que está presente en casi todos los poblados aledaños; siendo el de Istval el central.
Al entrar en el poblado, tanto animales como hombres saludaban a Driskell, algunos de ellos al pasar, él les devolvía gentilmente el saludo; Elidor lo hacía de igual modo, en principio al creer que le saludaban a él, y después meramente por cortesía, en ambos casos gustoso de hacerlo. Se detuvieron cerca del mercado. Ahí Driskell instruyó a Sheply que permaneciera en la carretilla vigilando mientras Elidor y él compraban provisiones; Wirt les acompaño, montado en el cuello de Driskell hasta cerca de la entrada, donde subió a lo alto de la estructura del mercado, siguiéndolos pero sin alejarse demasiado como para no escuchar los posibles ladridos de Sheply.
Al interior del mercado podían verse animales y hombres vendiendo, comprando y haciendo trueques, entre otras cosas; desde situaciones mundanas como una oveja comprando alimento o un carnero comprar jugo para su familia, también a un grupito formado por dos niños —un niño rondando los doce años y una niña de cerca de nueve—, una cabrita y por último un pequeño cordero el más joven de todos, pues aún no tenía sus incisivos permanentes. Todos ellos vestidos casi de igual manera, ya que hacía no mucho, al no tener hogar, alguien se compadeció de ellos obsequiándoles ropas pertenecientes a los descendientes de aquella noble alma. Ese pequeño grupito la mayor parte del día se la pasaban divirtiéndose, riendo de cualquier cosa que pudiera causarles gracia, y durmiendo por las noches en algún rincón todos encamorrados, para así calentarse entre sí, pasar otra fría noche y vivir otro incierto día. Para tener que comer iban al mercado, donde enviaban a Tiernan —nombre muy propicio para su labor—, el pequeño cordero, quien pedía con inocencia a quienes vendían comida que le regalasen una fruta o un pedazo de algo para comer, mientras Willard, el niño, con sutileza y sigilo, justo como le enseño hace unos años Driskell, tomaba sólo lo justo para poder alimentar a sus amigos. Willard, al percatarse de la presencia de Driskell llamo a todos; Ailis, la niña de cabellos castaños y ojos marrones claros, corrió al igual que Amalda, la cabrita, junto a Tiernan. Driskell se arrodilló y les abrazo con afecto a todos en grupo, preguntándoles como les había ido desde la última vez. Mientras conversaban y reían Willard les miraba con disimulo a unos metros, pues, sentía emociones encontradas al tropezarse con Driskell: por un lado sentía una gran admiración hacía él, pero en ocasiones se sentía abandonado por él, o con coraje al pensar que podría hacer algo más por ellos.
—¡Como has crecido, preciosa! —decía a Ailis, pasando su mano por su frente y llevando sus cabellos, llenos de tierra al igual que su rostro, hacia atrás de su oreja; Ailis bajó la mirada con timidez y se sonrojó por el alago de Driskell; quien le beso en la frente y se puso de pie.
—¿Cómo ha ido todo, muchacho? —preguntó a Willard al acercarse a él, mientras los demás le seguían detrás emocionados.
—¡Todo bien, Señor!
—Me alegro —afirmó Driskell, alborotándole el cabello y entregándole una talega rebosante de currens (monedas de plata)—. Esto les servirá hasta que vuelva.
El grupito corrió con emoción tras despedirse. Driskell les miraba con aflicción, en parte temiendo que algo malo les pasara, pero también con nostalgia al recordarle la placentera y distante vida que alguna vez tuvo con sus hermanos y las hijas de sus tíos.
Al notar la ausencia del cerdito Driskell se giró de inmediato en todas direcciones tratando de ubicarle; estaba no muy lejos en un puesto. Driskell le tomó del brazo, jalándolo e interrumpiendo la venta entre él y una anciana; respondiendo Driskell a los alegatos del cerdito:
—No te alejes. Trataran de estafarte. ¿Para qué querrías una cabeza de sapo? —Elidor no supo que responder.
Se dejaron de tonterías y fueron a por lo que necesitaban. Con un par de sacos de fruta y verdura a cuestas Driskell se detenía con frecuencia y se giraba diciendo al cerdito:
—¡Vamos, marranito, no te detengas! ¡No necesitas nada de lo que hay aquí; sígueme el paso! —Elidor observaba con fascinación los objetos de todo tipo que vendían allí.
Deteniéndose en un puesto, llamado por una de tantas voces que pregonaban sus productos y cosechas, Driskell preguntó:
—¿Cuánto por las semillas? —Se refería a un montón de semillas de girasol garapiñadas en un costal alto, en el suelo.
—Una almorzada por una cuchilla (moneda común) y cuatro denacs —anunció el vendedor, muy amigable.
Driskell pagó con doce denacs (centavos), y el buen  hombre, de largo y robusto bigote obscuro, tomó del costal las semillas que cupieron entre sus dos manos juntas y los depositó en un cucurucho de papel.
Al detenerse Elidor, por cuarta vez, de pie a una manta sobre el suelo, de objetos de segunda mano, apareció desde lo alto Wirt chillando; alertando de ese modo a Driskell, quien al poner mayor atención escuchó el ladrar de Sheply.
—¡Vamos, apresúrate! —instó al cerdito. Respondiéndole, todo él indeciso:
—Pero… mire es un fuizz.
—¡Anda ya! Te llevaré con quien los hace, pero apresúrate —Propuso; a lo que Elidor al ser tentado de esa manera apresuró el paso.
Fuera del mercado Driskell dejó presuroso los sacos en la escalinata, en la entrada al mercado, indicando a Wirt que cuidara de los sacos como del cerdo. Con el pulgar desenvaino unos centímetros su katana, listo para actuar y dispuesto a todo, se aproximó con cautela hacia la carretilla. Todos, tanto dentro del mercado como en la calle, al oír el ladrar de Sheply le daban menor importancia, algunos conversando otros simplemente siguiendo con su camino. Mirando de arriba abajo, de lado a lado y a todos a su alrededor Driskell buscaba posibles amenazas, junto al motivo que alertaba a Sheply; acercándose cauto hacia la carretilla descartaba que trataran de robarse al caballo y/o a la mula o el contenido en la carretilla. Sheply le ladraba a un gato posado en una barda, de frente a él. Driskell colocó ambas manos en su cintura y dando un profundo suspiro mirando al cielo dijo:
—Ah… como odio que odies los gatos —Se recargó con lentitud en la carretilla y con su dedo pulgar y medio masajeó sus sienes—. ¡Te quieres calmar de una vez!
Reunidos todos en la carretilla contemplaban al gato posado en la barda.
—¿Listo?; asegura bien los cuchillos, no quiero que los pierdas —dijo a Wirt, mientras le cargaba sujetándolo de las costillas.
Realizó un movimiento como si lo fuera a dejarlo en el suelo y violentamente lo arrojó hacia un tejado. Driskell volvió a la carretilla a sentarse, cruzado de brazos, a contemplar la barda.
—¿Por qué ha arrojado al señor Wirt hacia el tejado? —cuestiono intrigado el cerdito.
—Espera y lo veras, cerdito… sólo espera.
Elidor, Sheply y Driskell, mientras Zorka y Pekar bebían agua de la pileta, contemplaban expectantes al gato sobre la barda, de pelaje grisáceo desde el lomo hasta la cola; patas blancas; con una mancha formando un triangulo en su cara, entre sus deleitantes ojos: el derecho de color amarillo y el opuesto de azul; no hacía nada más que mirarles con pereza, abriendo y cerrando los ojos con pesadez, ocasionalmente meneando la cola, como si de un péndulo se tratase. Minutos después, el minino, desconfiado por que le observaban se incorporó, y listo para marcharse se estiró plácidamente: estirando las patas delanteras, arqueando la espalda y cerrando los ojos al abrir la boca tanto como pudo; provocando un bostezo de igual manera en Driskell. De espaldas al gato, Wirt saltó sobre la barda chillando tan fuerte y escandaloso como le fue posible, haciendo que el gato diera un enorme salto asustado; como resultado cayendo al suelo en la calle, corrió despavorido, tan veloz que sólo se distinguía una línea alejarse, sin saber siquiera que había ocurrido. Driskell no podía dejar de reír al acercarse hacia la barda, donde Wirt se colgó con cuidado al borde de ésta y se dejó caer para ser atrapado por él. Sheply ladraba de emoción —aunque sentía una instintiva aversión por los felinos su ocasional pereza le impedía correr tras ellos—. Driskell no dejaba de reír, aunque ahora con menor intensidad.
—No me parece correcto lo que hicieron —dijo Elidor indignado.
—Tranquilo, cerdito. Nadie salió lastimado —respondió entre risas.
—El gato pudo haberse herido.
—¡Querrás decir “el señor gato”! Ja, ja… No te preocupes, chanchito, los gatos están hechos para caer de esa manera y no lastimarse.
—¡Cómo es que sabe eso, señor mío!
—Veras, cerdito, cuando éramos ya no tan niños mis hermanos, primas y yo jugábamos con los gatos; primero los cazábamos… de atraparlos, no de emparejarlos entre sí, de eso se encargaban más tarde ellas. Después los arrojábamos tan alto como podíamos, justo como hice antes con Wirt, y los mirábamos caer siempre de pie; después las niñas trataban de atraparlos antes de que huyeran, para poder casarlos —relataba Driskell, con la mirada llena de ilusión, y denotando en su rostro una expresión de gran placer—. Pero bueno, esos eran otros tiempos; ahora vayámonos —interpuso montando presuroso en Zorka.
—Pero el gato…
—Sube ya a la carretilla y vámonos, ¡quieres! El gato está bien y nosotros vamos tarde. Todavía quieres que vayamos por el fuizz, ¿no?
—Sí, pero…
—Eso creí; móntate en la carretilla y vamos.
A cinco calles al oeste del mercado arribaron a su destino próximo. Frente a una puerta, bajo un letrero de madera que pone: «Tienda de Fuizz», y en letras más pequeñas: «La única, la más cercana, la de la mejor calidad. Sólo en Istval»; de apariencia como si fueran recién colocados, la puerta y el letrero. Driskell se apeó de Zorka y llamó con ímpetu a la puerta tres veces. Llamó a Elidor para que se acercara, pues el hombre al otro lado de la puerta no abriría a menos que se tratara de un animal quien llamara.
—¡Date prisa! —Apresuraba al cerdito al acercarse.
—¡A que se debe tanta maldita insistencia. Me encontraba en la letrina, maldición! —vociferaba un viejo al abrir la puerta.
Un anciano levemente rechoncho apareció frente a ellos; ligeramente encorvado y casi calvo en su totalidad; de mirada fija e inquisitiva.
—¡Qué es lo que buscan! —preguntó de mal genio el viejo.
—“Tendría usted, viejo gruñón y amargado, la gentileza de mostrarle a este distinguido lechón, los fuizz; amable hombre” —explicó Driskell, con mofa santurrona.
—Desde luego, mi estúpido y primitivo amigo. ¡Por aquí por favor! —Les invitó a pasar, de forma cortes señalando con ambas manos hacia el interior; primero entro Elidor y Driskell detrás de él, sonriente.
Dentro de la tienda había cuantiosos aparadores, vitrinas y mostradores, todos ellos repletos de artefactos denominados «fuizz», hechos exclusivamente para el uso de los animales, para con ayuda de ellos poder realizar determinadas acciones realizadas exclusivamente por el hombre; permitiéndoles así poder imitar dichas acciones, como por ejemplo: escribir, dibujar, pintar, tomar algunos objetos (aunque un tanto limitados), entre algunas; siendo estas las más requeridas.
—¿Dime…?
—¡Oh! Soy Elidor Cerdic, señor. ¡Oink! —indicó emocionado por tan inesperada situación en que se encontraba y, claro, pidió disculpas.
—Ya veo, ya veo. Dime; ¿acaso venís del palacio de Cerdic?
—Sí, ¿cómo lo ha sabido?
—Cerdic es un gran cliente de mi tienda. Recibo muchos encargos de él al año. Si no me equivoco todo lo que me pide lo regala a los habitantes en Zlintka.
—Sí, así es. Mi tutor es muy bondadoso con todos. Él fue quien me obsequió mi primer fuizz —refirió Elidor sacando de su morral el fuizz que llevaba consigo para escribir.
—¿Me… permitirías mirarlo más de cerca? —pidió el anciano a Elidor, quien le entregó el artefacto algo viejo y desgastado—. Sí, yo lo he hecho —afirmó el anciano al inspeccionarlo con detenimiento y ayuda de un cristal de aumento—. Está algo desgastado… debe tener al menos tres años —El viejo permaneció callado, meditando—. Te diré que haremos Elidor, escoge el fuizz que quieras y a cambio me entregas este viejo y usado para poder re-utilizarlo; ¿qué  dices?
—Me gustaría más pagar por él, de manera justa como haría alguien más. Me parece ser lo correcto.
—Ya veo, ya veo. Tómalo, pues, como una dadiva de mi parte, por él aprecio que siento por Cerdic; ¿qué dices?
—¡Oink! —pidió disculpas Elidor y, tras su repentino gruñido y consecuente disculpa, manifestó— ¡Está bien!
—Ven conmigo, te mostraré todos para que elijas el que más resulte de tu agrado. Algunos están hechos de oro, plata, hierro e incluso también de metal barato; y desde luego de diversas “tallas”. Todos ellos hechos por mí, con estas viejas y calludas manos —explicaba mientras encendía las velas distribuidas por toda la tienda ya que no contaba con ventanas; así, el anciano creía era más difícil que le robaran, pero, no por animales sino por hombres codiciosos que después venderían los fuizz a costos mayores, algo que si bien hasta ahora no ha ocurrido no por ello era improbable, pensaba él.
Mientras le mostraban a Elidor la gran variedad de fuizz —artilugios extraños para quien por vez primera los ve, pues entre la diversidad de formas, tamaños y materiales, resaltaba su funcionamiento… más aún su uso, ya que hacía ver, aparentaba, que su portador llevase algo extraño al final de su mano, dando un aíre algo tenebroso, mecanizado; al menos hasta que es costumbre verlos en función; con sus copiosos tornillos y remaches, articulaciones accionadas por diminutos botones o mecanismos; relucientes a la vista por su brillo, y al mirarles con el justo detalle y apreciación se mostraban como las joyas y obras de arte que son— Driskell salió de la tienda. Acercándose a la carretilla, Sheply comenzó a gruñir seguido de un suave ladrido. Al estar Driskell a unos pasos de la carretilla Sheply dio un salto fuera de ella, alejándose, y ladrándole sentado a unos metros de distancia. Driskell encontró dentro de uno de los sacos de fruta a Wirt, disfrutando de un jugoso durazno —una de las frutas preferidas de Driskell—.
—¡Sal de ahí, bribón sin vergüenza! ¡Cuántas veces les tengo que repetir que no devoren las provisiones¡ Y tú desvergonzado —Se volteó regañando a Sheply, quien lo miraba con bravura mientras Driskell sujetaba de la cola a Wirt— dejas que este descarado haga el trabajo sucio por ti mientras vigilas. ¿Para eso te entrené a caso?
Pasó los duraznos al costal de las manzanas, peras y otras frutas, dejando así el costal vacio; correteando atrapó con dificultad a Wirt y lo metió en el costal, anudándolo e impidiendo su escape.
—Ahora irás todo el viaje dentro del costal —proclamaba Driskell entre mordidas, comiendo un suculento y jugoso durazno, tanto que le escurría el dulce jugo por la barba, repleta de pelillos en crecimiento, hasta llegar a su barbilla.
Wirt se movía de un lado a otro en el interior del costal. Driskell esperaba paciente con el reloj de bolsillo en mano. Un minuto y veinte segundos fue cuando la punta del cuchillo de Wirt atravesó el saco. Deslizándolo en canal hacia abajo es como se liberó.
—¡Vaya! Has tardado medio minuto menos que la última vez —Le felicitó, tomó un durazno del saco y lo entregó a Wirt entre sus diez deditos—. Ojala ese pulgoso quisiera aprender tanto como tú lo haces —replicó al hacer una mueca tratando de imitar la expresión de enfado en la cara de Sheply—; cumple bien con sus deberes, pero podría hacer más.
Wirt y Driskell, sentados en el borde de la carretilla, miraban a Sheply echado de frente a ellos mostrando los dientes, manifestándoles enfado, pues se había quedado sin el botín o por lo menos sin una diminuta porción de él. Driskell tomó otro durazno del saco, lo asió de arriba abajo y lo arrojó al aire; al soltarlo, de inmediato Sheply se levanto buscando el durazno, se movía de un lado a otro como si estuviese ebrio, buscando donde caería el fruto, al final, de un alebrestado salto le atrapó en el aire. Con la fruta en el hocico, dio media vuelta y se alejó; echándose y dándoles la espalda comía el suculento fruto.
Transcurridos unos minutos tras el intento de auto-atraco por Wirt y Sheply, Elidor salió de la tienda en compañía del viejo; Driskell comía algunas semillas.
—Gracias por todo, señor Calum. —agradecía haciendo una reverencia al propietario de la tienda.
El viejo y Driskell se miraron y entre sonrisas estrecharon sus manos.
—Nos veremos, viejo haragán.
—Tenlo por seguro, muchacho estúpido —Le respondió, dejándose ambos llevar por la emotividad de viejos recuerdos terminaron abrazándose con aprecio.
—¡Le estoy muy agradecido, señor Calum! —Se despedía Elidor al alejarse en la carretilla.
—¡Vallan con Dios! —respondió el viejo.
Al estar la carretilla donde se encontraba echado Sheply, éste dio un salto a ella.
A un par de calles de la «Tienda de Fuizz», Driskell dijo:
—Dime, chanchito, ¿quisieras conocer el servicio de mensajería de Istval?
—¡Por supuesto, señor Driskell! ¿Es acaso muy distinto al de Zlintka?
—No, sólo es ligeramente más grande, y más correo llega aquí. Mandaré una carta mientras lo conoces.
—¡Oink! —Se disculpó.
—Veo que te ha gustado la idea, gochito. Ja, ja, ja.
En el centro de Istval se encuentra el servicio de mensajería, nombrado «Palograma». Cerca de su destino pararon. Driskell, haciendo el menor ruido posible, tomó una pequeña y delgada cadena junto a dos candados también pequeños, de combinación. Ávidamente pescó a Wirt, sometiéndolo de la cola, teniendo cuidado de no lastimarlo, y le apresó con la cadena, entrecruzándola por su pecho.
—Bien sabes por qué hago esto, ¿cierto? Deja de chillar. La última vez que vinimos te comiste unos pichones, ¿lo recuerdas? —Wirt protestó gruñendo—. Veo que no lo has olvidado. Te diré que haremos, compórtate hasta que regresemos… y  de camino cazaremos aves silvestres.
Tras pensárselo un momento Wirt gruñó de manera molesta pero afirmativa; Driskell llamó a Sheply, e hizo en él lo mismo con el otro extremo de la cadena, quedando así unidos por la cadena el can y la zarigüeya.
—¡Cuida que no escape, Sheply, y tendrás tú recompensa! No se alejen —Les ordenó dirigiéndose junto a Elidor al Palograma.
Al cruzar la puerta tomaron asiento en espera de su turno; antes que ellos había un hombre. En el lugar abundaba el característico hedor a guano de ave. Proveniente del piso de arriba, se escuchaba el sonido de abundantes palomas gorjeando y aleteando.
«Pasen», dijo el hombre a cargo de recibir las cartas y mensajes para ser enviados. Un hombre rondando los cincuenta años; de sobresalientes entradas arriba de la frente; con un par de gafas colgándole del cuello; de complexión delgada; sus manos notoriamente picoteadas por las aves; pero, lo que más le caracterizaba era su personalidad: siempre calmada y paciente, tan tolerante que llegaba a resultar desesperante en ocasiones.
—¡Tengan buen día! ¿En qué puedo servirles, caballeros? —inquirió el hombre con tono suave, tanto que resultaba relajador oírle.
—Deseo enviar una carta. También quisiera las cartas y mensajes a mi nombre.
—Mucho me temo, Driskell, que no hemos recibido nada desde hace cerca de semana y media. ¿El mensaje lo tienes listo para enviar o lo redactaras aquí?
Driskell, de pie junto a Elidor, estaba pensativo con la mirada fija sobre el mostrador. Al insistir con su pregunta el hombre, Driskell respondió:
—La… lo escribiré aquí.
—Por favor, pasad y sentaos, tomaos el tiempo que os sea requerido —Indicó el hombre señalando hacia el rincón donde se halla una pequeña área con varios escritorios y sillas.
En cada escritorio un tintero y pluma, así como pedazos de pergamino divididos en dos tamaños: el estándar para las cartas y el otro cortado a un cuarto del anterior para los mensajes. Driskell sustrajo de uno de sus bolcillos un pequeño lápiz —usándolo algo así como a modo de firma personal— y comenzó a escribir. Mientras lo hacía, y Elidor preguntaba curioso al hombre sobre su empleo, fuera del servicio postal se oía el partir de un mensajero a la voz de «¡EHA-A VENGA… ARRE!», partiendo a caballo, a todo galope, dejándose ver al cruzar por la puerta las alforjas del caballo repletas de correspondencia, y una jaula pequeña con dos palomas detrás de la silla.
Al terminar de escribir, Driskell dio una última revisión a su mensaje; que decía:

Mi dulce y amada Queryna, nos encontramos bien y en camino. Justo ahora te escribo esto que verán tus preciosos ojos desde Istval. ¿Recuerdas cuando vinimos aquí y te compré ese lindo vestido que tanto te gusta? ¡Yo lo hago cada vez que te lo veo puesto!
Nada más quisiera que estar justo ahora contigo, apretándote con fuerza entre mis brazos, besando todo tu cuerpo desnudo durante todo el día y toda la noche hasta llegada el alba.
Wirt no lo dice, lo conoces, sólo hace esos chillidos y ruiditos, pero te extraña tanto como tú a él. Cuando vistes ese lindo vestido verde viene a mí mente el recuerdo con aprecio de como jugaban y se divertían tú y él, como se acurrucaba en tu regazo hasta quedarse dormido. Al refunfuñón de Sheply no le gustaba eso y lo tuve que llevar a rastras a dar un paseo; le molestaba lo que pasaba, pero tampoco quería irse. Ja, ja, menudo perro.
En mi actual viaje llevo conmigo a un cerdito, muy listo por cierto. Habita en el palacio de Cerdic. Es un ser noble, lo debo reconocer, y por ende inocente e ingenuo; estuvo a punto de comprar una cabeza de sapo en el mercado, ¡lo puedes crees!
Me despido, mi amada, sólo quiero reiterarte lo que ya sabes: lo mucho que te amo, lo infinitamente feliz que me haces tan sólo con ver tu sonrisa al amanecer y tu  dulce voz al anochecer.
Volveré pronto, Kalyna, como siempre lo hago; bien sabes que soy incapaz de romper una promesa, y jamás una hecha a ti…. jamás. Volveré… y lo haré con dadivas como te gusta, mi amada.
Tu eterno amado, Driskell.

Entregó el mensaje al hombre, quien lo colocó sobre una pequeña tabla y con ayuda de una navaja la recortó, para así reducir su tamaño y consecuentemente su peso —aunque fuera poco—, y ante él sellar el sobre —posterior a preguntar si poseía un sello personal— y etiquetarlo.
—Por ahora únicamente puedo enviarla por paloma —Le informó el hombre.
—Vale —respondió Driskell, tras meditarlo—. Guarda esta copia, por precaución; y pedir la confirmación de recibido, si no la recibes manda la copia por caballo. Ah-h, si llegara algún mensaje para mí reenviármelo a Verdsnan.
—Desde luego; lo haré como siempre  —contestó el hombre.
—¿A qué se refiere con: sólo por paloma? —curioseó Elidor.
—Acabo de enviar una paloma en esa dirección, y si enviase un halcón podría devorarla —Elidor reaccionó con sorpresa, mientras Driskell preguntó disimulando la irónica gracia que le producía:
—¿De verdad?
—¡Sí!... a pasado… a pasado —respondió el hombre, cabizbajo y afligido.
Driskell cuenta con una extensa «red» de información por casi todos los poblados, esa red está conformada de la siguiente forma: contaba con gente de su completa confianza en cada uno de los poblados, ellos le informaban de lo que acontecía en esos poblados como en sus cercanías, así como lo que escuchaban de los demás. Le enviaban los mensajes a Driskell por medio del servicio de mensajería hasta una dirección específica en Zlintka —bajo ningún motivo a su hogar—, donde, de hallarse él de viaje, una copia era reenviada a un poblado por el cual él pasara a su viaje. De este modo Driskell trataba de estar siempre informado de todo lo que acontecía, relevante o no, para no ser sorprendido o poder reaccionar con antelación.
—Dígame, señor, ¿Podría mandar un mensaje pese a no saber escribir? —indagó esperanzado Elidor.
—Por su puesto, únicamente necesita dictarme y yo redactare su mensaje.
Elidor comenzó a dictar al hombre. Driskell le esperaba sentado, pero al notar, por su extensión, que lo que planeaba enviar el cerdito era una carta salió a echarles un ojo a sus compañeros de travesías. Zorka y Pekar estaban tranquilos tomando un descanso bajo la sombra. Driskell tomó una pequeña y muy vieja cubeta de metal, de la carretilla, con la que trajo agua a Zorka y Pekar. Tras hidratar a sus fieles e irremplazables compañeros, como él los consideraba, les dio algo de heno, y se recargo en la carretilla cruzado de brazos observando a Wirt montado en el lomo de Sheply, yendo y viniendo; la zarigüeya se meneaba sobre el can, golpeándolo en las costillas con los pies al disminuir él el andar; respondiéndole Sheply girando rápido la cabeza y gruñir mostrándole con descontento los colmillos. Daban vueltas, llegando a la esquina de la calle y regresando hasta donde se halla Driskell; en repetidas ocasiones, mientras iban y venían, las palomas salían emprendiendo el vuelo —siempre llamando la atención de Wirt— desde el frente del edificio, volando, no todas peros sí la mayoría, en dirección este y otras al suroeste. Mientras Driskell engullía una pizca de semillas, Sheply lo notó y a saltos ansiosos intentó le diera un poco; tirando en el proceso a Wirt de bruces. Éste le mordiera la cola, respondiéndole tirando una mordida al aire entre gruñidos.
Las personas que pasaban por las calles aledañas a la esquina del Palograma lo hacían corriendo y cubriéndose las cabezas. De repente, pasó a lado de donde se hallaba Driskell una niña y su padre; a media calle la niña fue manchada en su impoluto vestido y rojiza mejilla. Berreaba cual cría consentida, molesta por ser ultrajado su elegante y bello vestido nuevo de hace un día, y por el desecho de ave escurriéndole por el rostro.
—¡Pero, pappa-a-a, es nuevo mi vestido! —exclamó la niña, de negros y copiosos rizos, en un berrinchudo llanto, agitando los brazos con violencia de arriba abajo al compas de sus pies zapateando formando tenues calimas.
Mientras su padre la limpiaba con su pañuelo, un hombre de buen vestir fue salpicado también por una paloma al vuelo —la que partía hacia Zlintka; orientándose y tomando el curso al poco de partir—.
Minutos después Elidor por fin salió. Driskell sonreía divertido por la comicidad de la escena presenciada.
—Dime, chanchito, ¿cómo es que envías algo… o, peor aún, que adquieras un fuizz si no sabes escribir?
—¡Desde luego qué se escribir, señor! —replicó, ofendido que dudase de sus capacidades. Sacó de su morral su libreta, la que mostró a Driskell para que constatara que escribir esta dentro de sus cualidades y capacidades.
—¡Pero qué diantres es esto! —profirió con asombro al hojear las páginas de la libreta—. Son simples garabatos ¿Esto no es escribir, chanchito?
—¡Sí, señor! —respondió con orgullo—. Podrán parecerle garabatos, pero de hecho es lo que yo llamo la escritura de los cerdos.
—“¿En serio?” —calló un momento y prosiguió embobado—, pero sólo tú lo entiendes; ¿o no?
—Por ahora sí. Pero en algún momento todos los cerdos, y animales, podrán escribir lo que piensan, comunicarse entre ellos y con otros; ser libres de escribir sobre lo que deseen con mayor facilidad. ¡Oink!
Driskell calló por un momento, cambiando la expresión en su rostro los pensamientos que transitaban por su mente por completo —ya que en realidad se marginaba mucho a los animales; a penas y de un puñado sabia Driskell que escribían y/o leían.
—Me parece bien, cerdito. Pero ahora debemos irnos. Se hace tarde —indicó a Elidor, admirado de él.

(Registrado en INDAUTOR bajo el seudónimo de D. Leo Mayén)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Andromalia - Capítulo 4

En este punto del trayecto se hacen presentes indicios de lo que Driskell enfrentará. Esa misma noche, como cada noche, se manifiesta el dragón que le dio la vida que tiene, y ahora le priva del vital y placentero descanso nocturno.
Link al capítulo III

Andromalia - Capítulo IV


N
o llevaban más de dos horas desde que salieron de Zlintka. El sol se encontraba a sus espaldas, y una hilera de enormes y distantes montañas a su costado izquierdo. Acalorado, Driskell se quitó el chaleco y se remangó la camisa. Elidor dormía plácidamente en la carretilla, Sheply de igual modo; Wirt también dormía, sólo que éste sobre Driskell, a quien comenzaba a cansársele el cuello por la tan plácida posición en que su fiel compañero, la zarigüeya, permanecía desde que partieron: con medio cuerpo torcido sobre su cabeza, y una mano colgándole por un costado. Se meneó de lado a lado, montado sobre Zorka, tratando de despertar a Wirt, sin conseguirlo; pero si, haciendo que Zorka zigzagueara al andar. Resignado, le dejó en paz.
Poco más de un kilometro adelante, al sentir que le escurría saliva desde la cabeza y por la mejilla, tomó a Wirt de la cola, despertándole abruptamente; colgando del brazo extendido de Driskell, Wirt le gruñía enfadado, Driskell respondió balanceándolo en dirección hacia Pekar y terminando por arrojándole hacía la mula tras advertir sus intenciones, al aterrizar Wirt Pekar rebuznó, giró la cabeza hacia atrás mirando a Wirt sobre su lomo; enseñó sus grandes dientes, dirigió la vista hacia Driskell y rebuznó de nuevo a modo de queja.
El exalto de Pekar, por motivo de Driskell, a causa de Wirt, despertó a Elidor y Sheply. El canino no tardo en volverse a echar y cerrar los ojos tras un largo y extenso bostezo; Elidor por su parte se incorporó sentándose al borde de la carretilla.
—¿Dónde nos encontramos? —preguntó, contemplando su alrededor.
—A unos kilómetros de Istval.
—Oh, he oído de él, está al noreste de Zlintka, si no me equivoco. Es el poblado más cercano en esa dirección a Zlintka —pronunció Elidor con entusiasmo.
—“Vaya, pero que cerdito más informado” ¿No lo crees Wirt? ¡Wirt!
Wirt sólo alzó la mirada momentáneamente con un ojo, tumbado pansa abajo en dirección a la retaguardia de Pekar, sobre el harapo en el lomo de la mula.
—¡Bah! —emitió Driskell al ser ignorado— Llegaremos cerca del anochecer —prosiguió dirigiéndose al cerdito.
Driskell no dejaba ni por un minuto de estar atento al trayecto. Inspeccionaba con la mirada los laterales del camino, disminuyendo levemente la velocidad al notar algún movimiento entre la maleza, los matorrales o los arboles; revisaba con especial atención el suelo, en busca de rastros de cualquier tipo; en lo general, eran huellas pertenecientes a personas o animales, que pasaban por allí. Repentinamente notó algo inusual, que atrajo con interés su atención al pasar: un par de huellas animales, pertenecientes al parecer a un borrego joven, terminaban a unos metros delante de donde daban comienzo los de alguna carroza, misma que, por sus huellas, indicaba que provenía desde un costado del camino, notoriamente en los puntos con mayor vegetación y maleza, ideales para ocultar la carroza de la vista desde el camino. Alejándose Driskell le dio menor importancia, pues bien podría tratarse de cualquier cosa, ya sea una carroza averiada que aparco para ser reparada, o simplemente se guarecían de los inclementes rayos del sol.
—Dígame, señor, ¿tiene mucho tiempo desempeñando este trabajo? —preguntó curioso Elidor, como es costumbre en él.
—No demasiado, pero tampoco lo suficiente.
—¿A qué se refiere con lo suficiente?
—A que aún no me canso de hacerlo.
—Si en verdad es tan bueno como dice mi tutor que es, ¿cómo podría cansarse? Por ejemplo, yo soy muy habido de leer; y  aprender me gusta mucho. Tengo la certeza de no cansarme de ello nunca.
—“En verdad, chanchito”, eso has oído de mí… Sí, lo soy. Soy bueno en lo que hago… demasiado —Hizo una pausa, mirando fijamente al frente, y agachando la mirada— Pero, eso no implica que por ser bueno me guste o incluso aun lo disfrute. Tal vez… es sólo que no sé hacer algo más. Cuando llegamos a Zlintka, trate de cambiar de vida, sin lograrlo; al menos no de inmediato.
—Entonces, ¿no disfruta llevando personas de un lado a otro?
Driskell cayó un minuto y, volteando la mirada hacia el cerdito, con expresión de sorpresa dijo:
—Sí, eso me gusta… y lo llego a disfrutar.
Transitaron unos cientos de metros antes de que Elidor retomara su interrogatorio.
—¿Señor, antes a mencionado que llegaron a Zlintka. Dígame, ¿tiene mucho de eso?
—Sí, chanchito. Tanto que he perdido la cuanta. —Se le ocurrió a Driskell que, mientras le contara más al cerdito menos preguntas haría; habiendo notado su particular fascinación por escuchar lo que los demás tenían que decir—. Cuando llegamos —Medito por un momento si pudiera haber algún problema si la mencionaba—… Kalyna y yo a Zlintka, era casi un pueblo abandonado, sólo había cerca de diez personas viviendo en el poblado. Y bueno, ya lo vez, ahora es un lugar prospero.
—Señor. ¿Quién es Kalyna?
—Llámame Driskell. ¡Quieres!
—Desde luego, Señor Driskell.
—Kalyna… —dijo suspirando— Kalyna… ella vive con migo. Dime cerdito, acaso no hay alguien especial. Algo así como una cerdita —mencionó Driskell, llevando a la par de la carretilla a Zorka; e insistió arqueando las cejas.
—No señor; soy el único de mi especie en el palacio; me temo. Cuando viaje al continente conoceré a alguien, lo sé.
—“Al continente, eh” ¡Vaya! ¿A caso tú tutor tiene pensado mandarte?
—¡Oh no¡ De ninguna manera. Pienso ir en algunos años por mi cuenta ¡Oink! —Emocionado se disculpó antes de proseguir— Tengo planeado ir a La Gran Capital. De allí provienen los lápices que llevo en mi morral; también hay allí un sinfín de novedosos objetos, inventados por gente de lo más inteligente; he leído de ellos en diarios, también provenientes de allí.
­—No todo es tan bello como crees, chanchito.
—No se ofenda señor Driskell, pero dudo que usted haya leído sobre como es ahí.
—Tienes razón, marranito, no lo he hecho; pues no tengo necesidad ya que he estado antes en El Continente.
Elidor, permaneció en silencio, pensando con interés en Driskell y su procedencia de El Continente, ansioso por preguntarle cómo es.
—Si le he ofendido antes pido me disculpe. No tenía idea que usted hubiese estado en El Continente. Me sentiría honrado si usted me relatara sobre sus vivencias ahí…
—¡Aguarda! No hables ni te muevas.
Acalló al cerdito al parecerle nada normal que por segunda vez se repitiera la misma escena: de nuevo un par de huellas, esta vez de dos mujeres, desaparecían de igual modo a unos once pasos: casi cien metros —Comúnmente en Exulia se usan pies y pasos: «pasos», noventa centímetros o tres «pies». Algo a lo que Driskell no terminaba de acostumbrase— delante de donde daban comienzo las de una carroza. Intrigado, detuvo a Zorka, dando media vuelta llamó a Wirt y Sheply; ambos reaccionaron de inmediato: Wirt detuvo a Pekar halándolo de las riendas; Sheply respondió al llamado bajando de la carretilla, comenzó a olfatear a su alrededor, mientras Wirt vigilaba atento las cercanías. Driskell daba una y otra vueltas en círculo, montado en Zorka, observando, analizando, deduciendo o intuyendo que era lo que podría haber ocurrido allí. Tras bajar de Zorka, e indagar en los alrededores próximos; buscando cualquier pista o rastro por más diminutos que fueran, Elidor no comprendía el por qué del actuar de todos.
—¿Qué… qué ocurre? —cuestionó con angustia.
—No es nada, sólo es algo extraño que he notado. Tranquilo, cerdito, solamente necesito revisar algo y seguiremos. Espera aquí con Sheply —Le señaló con voz firme, tratando de contener su angustia—. ¡Wirt, conmigo!
Driskell se decidió por comenzar donde iniciaban las huellas de la carroza en el camino; siguiéndolas se adentró donde delimita el camino y la parte aún virgen del paisaje. Cerca de quince metros es donde iniciaba el rastro de la carroza; las huellas de las ruedas de la carroza eran más profundas allí; se percató que había un pequeño pedazo de tierra sin pasto, al frente de donde permaneció estática la carroza; puso una rodilla al suelo para examinar mejor las huellas pertenecientes a un par de caballos; también, cerca de la carroza encontró huellas correspondientes a dos hombres, revelando, unas de ellas, que uno de ellos permaneció sentado en el estribo lateral derecho de la carroza; mientras que, las huellas del otro lo guiaban no muy lejos de la carroza, tenían algo singular: varias huellas, unas sobre las otras, señalando con las punta (correspondientes a los dedos del pie), apuntar en dos direcciones: hacia el hombre sentado en la carroza y hacia un cerro, no muy lejano, a ocho pasos —poco más de setenta metros—. Hincado, revisando las huellas, llamó a Wirt para instruirle; hasta entonces husmeaba por entre la maleza viendo que encontraba:
—Iré a lo alto del cerro, vuelve a la carreta y permanezcan atentos.
Se dirigió a la cima del cerro; al llegar lo primero y más  evidente le era la vista, ya que desde ahí se podía ver a la perfección el camino y sus alrededores, siendo así fácil percatarse si alguien se aproximaba desde lejos: cerca de unos doscientos metros. De igual forma encontró evidencia de alguien que permaneció largo rato allí observando, tendido en el suelo. Yendo de regreso a donde le esperaban, encontró cercano a una roca un puro, o lo que quedo de él, lo guardo de inmediato en uno de sus bolsillos y apresuró la marcha. Montando en Zorka con prontitud, emprendieron la marcha de nuevo; Wirt volvió a montarse sobre Pekar, y Sheply subió a la carretilla de un salto, se sentó y permaneciendo atento vigilando la retaguardia.
Dejándose llevar tranquilo por el ligero y constante meneo al ir montado en el caballo Driskell unía las piezas, llegando a concluir que: se trataba de una carroza arrastrada por dos caballos, con un hombre al frente y dos en el interior, o quizá al revés; ocultaron la carroza tras la enorme vegetación y matorrales; dos de los hombre esperaban, mientras el tercero vigilaba desde lo alto del cerro, a la espera de que alguien, hombre o animal, se aproximase en dirección a ellos, haciéndoles saber, de algún modo, a sus compinches, los que aguardaban impacientes y atentos por su señal. Seguramente al recibir la señal, o reunirse el vigía con ellos, es cuando entraban con la carroza en el camino, andando muy despacio, así sus víctimas podrían darles alcance, y después, como indicaba la ausencia de huellas, subían por voluntad propia en la carroza.
Lo repasaba en su mente, esperando equivocarse, llegando cada vez a estar sólo más convencido. Durante su vida en El Continente aprendió, bastante, a perfeccionar múltiples habilidades, mediante el conocimiento adquirido de forma tanto propia, como de quienes le instruyeron; algo que le tomo años afinar: las huellas, los rastros, todo aquello que pudiera considerarse como indicio en sí. Pocas veces y al saber interpretarles adecuadamente concluían de forma errónea. Así entonces, tanto las huellas profundas de la carroza como las marcas en el pasto dejadas por los caballos, junto con las del hombre en dirección al cerro, le llevaban a concluir una larga espera llegando a ser impaciente para aquellos hombres; a su vez, las direcciones marcadas por las huellas, en dirección a la carroza como hacia el cerro, le sugería que el hombre permaneció allí de pie, conversando con el otro hombre a la vez que debía mirar frecuentemente en dirección al cerro, entonces, debería de ser importante lo que se hallara en aquel sitio, tanto como para ni siquiera sentarse; y por último, la clara y notoria silueta, señalando en dirección al camino, dejada por el «vigía» sobre el pasto en la cima del cerro; lo que le hacía suponer que claramente vigilaba el camino, mientras los otro esperaba ocultos a por su señal. En conjunto todo le llevaba a creer, casi con total certeza, que aquel trío de hombres de intensiones claras, pero no así, de fines de igual modo, realizaban una «emboscada» esperando por él o los desafortunados que pasaran a pie por allí. «Emboscadas similares, pensó Driskell, a las que hace tiempo realizara».
El sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte. Driskell se acercó a Elidor y le dijo:
—Pasaremos la noche aquí.
—¿Aquí? —cuestiono temeroso—. Pero…
—Despreocúpate, cerdito. Lo hemos hecho cientos de veces; no hay gran peligro —replicó Driskell.
—Está bien, ¿pero sólo será por esta noche, cierto? —preguntó temeroso de nuevo.
—Desde luego.
Driskell haló las riendas y se adelantó a galope en buscan de un sitio adecuado para pasar la noche. Elidor lo miraba alejarse; comenzaba a sentirse emocionado; aunque jamás había dormido en algo que no fuera un lecho o un catre, le entusiasmaba vivir una nueva y desconocida experiencia.
La gente común, habitualmente, acostumbraba estar activa durante cerca de doce horas al día, ya que la noche era cegadora cuando la luna se ausentaba, ¡ni siquiera la mano se podía ver! Se procuraba estar, a esas horas de absoluta penumbra, resguardados en sus hogares o en sitio seguro; los peligros eran incontables: ladrones, fantasmas, espíritus vengativos; criaturas horripilantes y malignas: monstruos y demonios, y, claro, bichos ponzoñosos y bestias come gente.
Acamparon cerca del borde de un espacio árido y despejado; lo que le permitía ver al frente, con antelación, si alguien se aproximaba a ellos, y por detrás alertarse de algún ruido si alguien los acechaba entre la maleza. Driskell mandó a Sheply y a Wirt por ramas: Wirt las escogía, y las más pesadas para él se las ponía en el hocico a Sheply para que las llevara, mientras él cargaba las más livianas. Con la ayuda de un par de minerales, que sacó de una de sus talegas, «pedernal y pirita», Driskell dio los pequeños brotes a la fogata ayudado por «pata de caballo» —un hongo— como yesca.
Tras ausentarse por un breve momento, con antorcha en mano, volvió a la fogata a sentarse.
—¡Miren lo que traje! —exclamó alzando entre manos el cadáver de una serpiente, recién cazada—. La destripo y podremos comerla.
Elidor le miró con preocupación. Su emoción por nuevas experiencias no incluía degustar “suculentos manjares” como ese. Al percatarse de su expresión Driskell le mencionó acercándole la canasta que le dio Petra antes de partir:
—Ten, aquí hay algo más para que comas.
Al descubrir la canasta y ver que se trataba de grillos, gusanos y charales, no cambio mucho su expresión; alzó la mirada hacia Driskell, esperando que se compadeciera de él y que si ocultaba algo como una manzana o algo por el estilo lo mostrara.
—Lo siento cerdito, es de lo que disponemos. Come algo. Mañana cuando lleguemos a Istval te zampas lo que desees. Además, no te harán mal; todo es muy nutritivo. Así crecerás grande y fuerte como yo. Ja, ja —echó a reír Driskell volviendo a su lugar.
Muy a su pesar tomó el cuenco de los charales, acercándolo a su hocico; y tras masticarlos concienzudamente y tragarlos declaró:
—No están mal —Y llevó de nuevo el cuenco hasta su hocico.
Abierta en canal y destripada la serpiente, y ya cocida, Driskell partía trozos de carne con ayuda de su daga, comiendo uno y dando otro a Wirt y arrojando el siguiente trozo cerca de Sheply, de espaldas a ellos, echado en el suelo vigilando atento la maleza. Comieron la serpiente de ese modo, por turnos, hasta que no quedo más que huesos y pellejo. Elidor, exhausto sucumbió pronto ante el cansancio, durmiendo profundamente sobre una manta. Wirt se adentró en la maleza, perdiéndose de vista, escuchándose a su paso sólo ramas quebrarse, seguidas de un profundo silencio. Sheply se levantó acercándose al fuego, y se echó mirando en dirección opuesta —ahora hacia el frente—. Driskell, sobre una manta, contemplaba la infinidad de estrellas sobre él; jugando a crear figuras, trazándolas en su mente al unir los brillantes puntos, como lo hacía de niño junto a sus hermanos; pasó gran rato haciéndolo, pero, terminando inevitablemente dormido por más que se empeño en evitarlo.

Driskell entró en la habitación de Kalyna. Ella le esperaba mirando hacia la puerta, sonriente y alegre de verle. Le besaba con pasión, acariciando su espalda hasta llegar a sus glúteos y seguir por sus piernas; «Hagamos el amor, te lo ruego», le susurraba al oído ella. Intempestivamente se escuchó un estruendoso sonido, proveniente de la puerta, era tan sonoro que la casa temblaba a cada golpe. Al Driskell voltear Kalyna había desaparecido; aquel sonido estridente seguía, aumentando la frecuencia a cada golpe. Driskell se levanto de la cama llenó de angustia al no encontrar por ningún lado su katana, portando en su lugar un cuchillo para mantequilla; se aproximó a la puerta, donde al abrirla no se encontraba nadie; asomó la cabeza a su derecha, mirando el pasillo, no había nadie. «No me abandones», se escuchó la suave voz de Kalyna, proveniente de la habitación; al volver Driskell a la habitación y no encontrarse allí Kalyna de nuevo toda la casa se sacudió. Bajó lentamente y con cautela las escaleras, con antorcha en mano —sin estar encendida—, a cada paso se volvía más y más fuerte tanto el sonido de la puerta siendo golpeada como el sacudirse de la casa, y el miedo que le paralizaba. De pie frente a la puerta, el atemorizante y estruendoso ruido cesó. La abrió lentamente. Desde el otro lado de la calle, sobre un tejado, oculto por las tinieblas de la noche, emanaba un hedor fuerte y penetrante al olfato, húmedo y pestilente, proveniente de una fuerte briza que le golpeaba a intervalos constantes. Las casas alrededor de la cuadra ardían. Driskell comenzó a agitarse; cuando le golpeó de lleno una ventisca desde lo alto del tejado, avivando el fuego, alimentando las llamas prontas a consumirlo todo en poco tiempo de forma implacable y sin que pudiera hacer nada; sólo observaba consumirse el poblado, de rodillas en el suelo con la mirada caída, ahogado en un profundo sentimiento de impotencia y derrota, mientras las cenizas aún candentes caían a su alrededor junto a escalofriantes gritos, de todos en Zlintka. Sobre el tejado, se deslizó reptando, y después aleteando apareció frente a Driskell un gran dragón, escamoso, carmesí obscuro, y grisáceo en el pecho; mostraba ante él sus enormes y amarillentos dientes; una línea de espesa y abundante saliva caían de entre sus fauces. El imponente dragón le miraba con fijeza, con sus grandes y amarillentos ojos de pupilas negras y alargadas verticalmente entre lagos dorados; una cresta de gruesos cuernos, algunos curvados hacia el frente y otros con punta hacía atrás, y un par de amplias fosas nasales al final de su hocico romo. Tras exhalarle con fuerza en la cara, a unos centímetros de él, el dragón torció la cabeza hacia un costado y, sin siquiera tener que mover la boca, dijo a Driskell, con voz sumamente grave y penetrante: «¡Mírate! a que has llegado. ¿Dónde estabas cuando te necesitaban? ¿Dónde mientras morían?», le cuestionaba, mientras el alado reptil daba vueltas en torno a él, abatiendo sus alas y agitando la cola: «Mientras los devoraba, ¿dónde estabas, “valiente guerrero”?» Deteniéndose detrás de él, acercó su hocico cerca de su oído: «Luchaste por otros para perder a los tuyos». El dragón se posó frente a él; Driskell le miró lleno de rabia, mientras el dragón habría sus fauces, como si fuera a devorarlo por completo. Arrojó una bocanada de fuego hacia la casa, mientras alzaba el vuelo, y alejándose desapareciendo en las tinieblas de la noche. Driskell corrió tan aprisa como jamás lo había hecho, intensamente agitado, mientras el techo era cubierto por las llamas; exasperado subió las escaleras, dio una patada a la puerta cubierta en llamas de la habitación. Yacía en la cama Kalyna, durmiendo pacíficamente; Driskell se aproximó lentamente a ella; al estar hincado junto a ella pasó su brazo por detrás de su delicado cuello y, posando su cabeza sobre su pecho, le decía: «Kalyna… pensé que tú… ¿Kalyna? ¡Kalyna!», la sacudía entre sus brazos pero, ella no respondía. Driskell lloraba sobre ella, cuando Kalyna alzó de manera rígida su mano, señalando hacia la ventana abierta, dejando ver un magnifico y resplandeciente día, musito: «Aquí esta… ha vuelto por mí». Al otro lado de la ventana, les miraba de frente el dragón, ansioso y decidido. Driskell cubrió con su cuerpo a Kalyna, cerrando los ojos y aguardando lo inevitable, cosa que no sucedió; al mirar la ventana el dragón ya no estaba. Al girarse de nuevo hacia Kalyna y tocarle la mejilla para después besarle, al acariciar sus dulces labios comenzó a palidecer tanto y tan aprisa que parecía fallecida; poco a poco, comenzando por su boca, toda ella se convirtió en cenizas, con pequeñas hojuelas ardientes en su interior.

(Registrado en INDAUTOR bajo el seudónimo de D. Leo Mayén)

martes, 5 de diciembre de 2017

Andromalia - Capítulo 3

Tras tomar y alistar lo necesario para comenzar su viaje: armas, objetos elementales, provisiones, etc., y dejar a buen recaudo a su amada Kalyna, Driskell va en busca de sus fieles compañeros Wirt y Sheply, para dar comienzo a su viaje de incierto porvenir junto a Elidor el cándido cerdito.
Wirt la zarigüeya y Sheply el can resultan imprescindibles no sólo para la historia en sí, sino también para Driskell, para quien él es… Tan queridos y entrañables para él como para mí.
Link al capítulo II

Andromalia - Capítulo III


D
riskell, no muy lejos de la taberna, llagaba al lugar que llamaba hogar: una casa semejante a la taberna, al menos al mirar su exterior, y cómo la mayoría de moradas en el centro del poblado. Al cruzar la puerta de madera gruesa y pesada se podía observar una mesa larga al medio de la estancia con cuatro sillas a su alrededor; más allá de la mesa, al fondo, la chimenea, rodeada por un par de sillones de madera, y un mueble que, aunque bajo, era muy pesado, pegado al muro; la chimenea tenía meses que permanecía fría, helada; en el costado izquierdo de la estancia, la cocina donde está la estufa y horno,  algo rudimentarios,  y varios muebles almacenando alimento; también, por la cocina es como se llega al pequeño establo en la parte posterior de la casa. De lado derecho de la estancia, un extenso estante cubriendo uno de los dos vitrales azules —otro vitral y estante ubicados en paralelo a este, al extremo opuesto de la estancia—, con  algunos libros, velas, cantaros, vasijas, cuecos y tarros, y en la esquina, entre el estante y la letrina, las escaleras que llevan al piso superior, donde hay tres habitaciones.
Ya dentro, Driskell se aseguró que la vela que siempre permanece encendida sobre la chimenea siguiera así. Subió de inmediato las escaleras. Al llegar a la puerta de la primera habitación a la vista se detuvo tratando de escuchar a través de ella, al no oír nada la abrió con suma cautela, lentamente, evitando causar el más mínimo ruido.
Esa habitación era un poco menos amplia que las otras dos; al estar en ella, lo primero que saltaba a la vista eran las gruesas y opacas cortinas de color verde, a los costados de la ventana, de vitrales blancos, la que abre a la par hacia el exterior; cerca a la ventana un sillón de madera, bellamente labrado. A mitad de la habitación, de frente a la ventana y pegada al muro, una cama grande con dosel y cortinas semitranslucidas, sabanas de seda y almohadas rellenas con plumas de ganso, y un gran ropero pegado al muro derecho. Todos provenientes de El Continente.
Sigilosamente se sentó en el sillón. Contemplando fijamente la cama, observando como la sombra, efecto de los rayos del sol, baja lentamente, atravesando las cortinas de la cama hasta detenerse inevitables en la pared. Después de un rato de contemplación de dentro de la cama se percataban delicados movimientos bajo las sabanas; seguidos de una silueta femenina que llevaba sus brazos lo más alto que podía, queriendo alcanzar el techo.
—¡Kalyna! —pronunció Driskell, anunciando su presencia.
A lo que la joven reaccionó dando un pequeño sobresalto; para de prisa acercase a gatas a los pies de la cama asomando la cabeza de entre las cortinas y dibujando en su rostro una luminosa sonrisa. La joven muchacha contaba poco más de la veintena de años en su vivir —mayor que Evett, por alrededor de cuatro años—; de ojos pardos como pelaje de oso; cabellos largos casi hasta el codo y negros cual plumaje de cuervo; figura delgada y estatura regular. Llena de alegría por la presencia de su eternamente amado corrió descalza hacía él. Sentándose sobre su regazo y rodeándole por el cuello con sus brazos le llenó de besos, concluyendo con uno largo y apasionado.
—Veo que me extrañaste —expresó feliz Driskell.
Kalyna se abrazó con fuerza a él, permaneciendo con la cabeza pegada a su pecho, apretándole cada vez un poco más.
—¿Me amas? ¡Di que me amas! —susurró ella aún en su pecho.
—Claro que te amo… lo sabes... ¿O es que dudas? —respondió acariciándole la mejilla.
Ella alzó la mirada; mirándose mutuamente antes de besarse de nuevo. Pasados unos minutos, ella se sentó junto a él abrazándose de su brazo. Driskell la acariciaba suave y lentamente con su mano en su antebrazo; mientras ella miraba fijamente al suelo.
—Son bonitas las mariposas ¿no crees? Volando, moviendo sus pequeñas alitas, yendo de flor en flor por donde quiera. —Ella buscaba conversación al mirar una sombrilla alada revolotear; Driskell calló y siguió acariciándola.
Permanecieron de ese modo por un rato. Sin decir palabra alguna, solo disfrutando de la cercanía mutua.
—Vamos sí… cárgame —le pidió Kalyna, con dulce voz.
Driskell la alzó en brazos, dio un veloz giro sujetándola con fuerza; ella pataleaba y reía, y, él la miraba cautivado: observando cómo resplandecía su cabellera al ser tocada por la luz entrante del vitral; embelesado por su sonrisa, reluciendo la pureza abundante en su corazón. Le encantaba verla así: feliz y sonriente, y no de otro modo. Al estar en el borde de la cama, con delicadeza la colocó sobre ésta, sin ella dejar de mirarle. Kalyna le aló del cinturón, haciéndole caer sobre ella, y él, acariciando sus mejillas, comenzó a besarle pausadamente, en sus suaves y delgados labios; alzándose un poco de la cama al hacerlo.
Más tarde, al levantarse Driskell de la cama, Kalyna le sujetó abruptamente del brazo tirando de él.
—¡No te vayas… por favor¡—Exclamó angustiada.
Driskell volvió a la cama —soslayando la hora que pudiera ser— rodeándole con el brazo y atrayendo su cuerpo descubierto hacia él; sintiendo el cálido tacto de sus pieles al estar de nuevo tan próximas.
—¡Tranquila… tranquila! —pronunció con voz delicada y tersa­—. No te abandonaría por nada en esta vida. Sólo debo ausentarme por unos días, y volveré como siempre. No temas.
—¡Lo prometes! —preguntó al borde de las lágrimas.
—Sí, Kalyna. Te lo juro… —confesó, apretándole con cariño al besarla—. Como siempre. Te traeré algo de mi viaje, ¿qué te parece?
—Está bien —respondió quedamente, entre apasionados jadeos, y enjugándose las lágrimas de los ojos con las sabanas.
Permanecieron acurrucados, con sus cuerpos al descubierto, juntos uno del otro hasta que ella de nuevo dormía; pasando su mano por su frente y llevando sus cabellos hacia atrás de su oreja se despidió besándola con delicadeza. Driskell se puso de pie, tomó sus prendas, se vistió y salió de la habitación; cerró lentamente la puerta, mientras contemplaba a su amada Kalyna dormir pacíficamente.
En el piso de abajo Driskell se dirigió a la cocina de donde tomó de uno de los cantaros, con ayuda de un tarro, agua, bebiéndola a prisa y sirviéndose de nuevo. De una caja, en lo alto del estante, sacó uno de los tantos relojes de bolcillo que guardaba dentro —el único que todavía tenía cuerda—, miró la hora y notó que faltaba cerca de una hora para medio día. Sabiendo esto se sentó en uno de los sillones. Mirando la chimenea con detenimiento; pasando por su mente lo sucedido hacia meses al encenderla: en invierno, un gélido invierno, al bajar las escaleras Kalyna, con lentitud como acostumbra, y percatarse de las llamas de la chimenea comenzó a gritar alterada, desplomándose en el suelo y llorando con ímpetu, con los brazos cruzados apretándose a sí misma con fuerza. Entonces, Driskell corrió a su lado, abrazándola y tratando de calmarla diciéndole repetidamente, mientras frotaba su espalda y trataba de controlar sus asiduos movimientos, «Ya ha pasado… tranquila». Teniéndola que llevar en brazos hasta su habitación, donde la cubrió con suficientes mantas como para pasar la helada noche, y permaneciendo a su lado hasta el día siguiente.
De la chimenea se escuchó el aletear persistente de un ave. Ésta descendió, y estando frente a él, le sacó del transe. En principio decidido a ahuyentarla o capturarla para sacarle, al levantarse no dio ni dos pasos cuando un recuerdo le evocó, dejándole petrificado, paralizado por un escalofrió que le descendió por el espinazo: recordaba, algo difuso, lo que en su temprana juventud oyese, por una parte, de su padre sobre una arraigada superstición oída en uno de sus muchos viajes sobre la visita inesperada de un ave como la que tenía ante sí: de plumajes negros y brillosos; pico largo, puntiagudo y aún rosado; mirada severa y penetrante, atenta y maliciosa; augurando desdicha, tragedia y desgracia en su porvenir, y por otra parte, los relatos —creencias— narrados a él por su madre, representando la voluntad y llamado, por su fiel mensajero, de la Diosa Morrighan. Aún turbado, simplemente abrió la puerta, y el cuervo aleteando con incapacidad voló sobre el sillón, de un salto a la masa y, ya en el suelo, a saltitos hasta afuera. Se miraron ininterrumpidamente, el ave herida con el pico bañado en sangre y él sin parpadear, hasta cerrarse la puerta.
Tratando de olvidar los recuerdos y actuales pensamientos angustiosos, se dirigió hacia el mueble pesado junto a la chimenea, mismo que movió no muy fácilmente; dejando a la vista una trampilla en el suelo. Sacó del mueble unos fósforos y una palmatoria con una vela casi nueva en ella; junto con un trapo. Levanto la trampilla del todo, y, con palmatoria en mano, bajó por unas angostas escaleras, llegando a su “armería” privada: no era muy amplia, poco más de un tercio de la estancia. Alumbrado por la tímida luz de la vela, encendió el resto de las velas de alrededor. Aun con todas las velas encendidas, aquel lugar tenía una apariencia lúgubre, húmeda y polvorienta, incluso tenebrosa. Al medio de su singular madriguera, está una mesa, misma que construyó ahí mismo; y, alrededor varios baúles. Tomó de debajo de la mesa un cántaro con el cuello estrecho y tapado por un corcho; lo destapó y empapó el trapo para limpiar de polvo la mesa. Sustrajo del baúl de los mapas —repleto de ellos—, el mapa geográficamente más extenso, que no abarcaba hasta Verdsnan pues se hallaba muy al norte; lo extendió sobre la mesa, y estudiándolo por unos minutos planeó la ruta que seguirían; lo dobló dejándolo sobre la mesa. De otro baúl tomó un arco recurvado, usado sobre todo para cazar y ocasionalmente para afinar la puntería —algo un tanto innecesario para el viaje, pensó; pero siendo precavido…—, flechas, bastantes flechas, así como una ballesta y virotes. Abrió dudosamente otro baúl; abierto por completo, permaneció observando su contenido moviendo los ojos de un lado a otro; sacó de allí una katana, envuelta en cuantiosos trapos, la sostuvo entre sus manos por unos instantes, sintiendo la textura de la vaina. Ese objeto era muy preciado para Driskell, le recordaba el radical cambio de vida que realizó hacia unos años. La desenvaino unos centímetros… la enfundó y colocó en la mesa. Regresó al mismo baúl, sacando de él una daga de unos quince centímetros; del fondo tomó un hacha. De otros baúles, sacó diversos artefactos y cosas que creía necesarias para el viaje. Antes de subir se equipó con la katana a la cintura, de lado izquierdo; y la daga de lado derecho cerca de la espalda; el arco a la espalda junto a las flechas . Al tenerlo todo listo, apagó las velas y salió de su solitario agujero con tres morrales a cuestas; cerró la trampilla y reacomodo el mueble.
Se dirigió al pequeño establo, donde se hallan un par de sus fieles compañeros de viaje: su caballo «Zorka» y la mula «Pekar». Zorka posee un tono rojizo y esplendida cabellera clara, casi amarillenta; y, una mancha blanca entre los ojos que va desde las orejas hasta la nariz. Y Pekar, una mula obscura de patas grises; la que es usada por Driskell para alar una carretilla de carga; sabiendo que el cerdito carecía de la posibilidad de montar a caballo sería requerida esta vez.
Alimentados y cepillados, Driskell ensilló a uno y acopló al otro a la carretilla, listos para el viaje. Antes de partir Driskell regresó al interior de la casa a por provisiones, mantas y lo que fuera necesario, depositándolo en la carretilla. Abriendo la puerta del establo, por la cual tuvo que pasar agachado, salió montado en Zorka seguido por Pekar; esperando fuera rebuznando emocionada mientras él regresaba a cerrar. Mientras se alejaban a paso lento, en dirección a la taberna, Driskell, miraba afligido la ventana de la habitación de Kalyna.
Al llegar Driskell a la taberna, revisó su reloj de bolsillo, marcando doce menos tres; habiendo cumplido con lo prometido, como acostumbraba. Desmontó de Zorka de un salto, pasando la pierna por detrás. Entró por la puerta trasera, viendo de inmediato a Elidor sentado en la mesa de la cocina escribiendo en su libreta.
—¡Cerdito!
—¡Buen día señor! —reaccionó Elidor, contento de verle.
—¿Listo para el viaje?
—Sí señor; sólo permítame despedirme y tomar mi morral.
—“Despedirte, vaya”. Pues adelante, esperaré fuera.
Mientras Driskell daba arrumacos a Pekar, Petra apareció.
—¿A dónde iréis?
—A Verdsnan; ida y vuelta.
—¡Vaya! Tened mucho cuidado, es un viaje largo… y peligroso.
—No tanto mujer —indicó confiado—. Antes no he necesitado ir tan lejos, pero, lo realmente peligroso está… bueno ya sabes. De cualquier modo evitaré pasar por ahí.
—¡Dios vendito!; eso espero. Toma: es tu bebida y algo más para el camino —Le entrego una pequeña canasta y una cantimplora de madera con una bebida en ella «especial para el día después de una francachela como anoche», y unas “botanas”. Tomando de la bebida, montado en Zorka, es cuando apareció Elidor, quien por instrucción de Driskell se acomodó en la carretilla; despidiéndose de nuevo de Petra al alejarse, diciendo: «Tened suerte».
—¡Id con Dios! —decía la tabernera, al alejarse ellos.
De frente a la salida del poblado, a unas diez calles, Driskell se detuvo; diciendo al cerdito que no tardaría; se apeó del caballo y se adentro en un callejón bastante amplio, donde llamó a la puerta en la cuarta casa del extremo izquierdo; todas, casas sumamente humildes, de un sólo piso y una pequeña ventana al frente. Tras esperar un momento, acudió a la puerta una mujer de mediana edad: cabello recogió, negro y con algunas líneas plateadas; robusta, viuda y sin hijos: Drita de Crastingal, viuda de Artan de Crastingal.
—¡Driskell, que sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? —Lo saludo gustosa la mujer, inclinando levemente la cabeza un par de veces.
—Viajaré; me temo. Puede que se prolongue mí ausencia no sé por cuanto. Si usted pudiera… —Fue interrumpido por Drita.
—Ve despreocupado hijo, cuidare bien de Kalyna en tu ausencia.
—Me tranquilizan sus palabras. Le agradezco. —Tras despedirse volvió a donde lo esperaban.
—¡Qué los Dioses os resguarden! —gritaba Drita, al pasar ellos de esquina a esquina.
A unos pasos de la entrada norte del poblado, se encuentra una pileta, poco profunda, con agua para refrescarse; daba de algún modo la bienvenida a quien llega al poblado. Evett se encontraba sentada en el borde de la pileta. Musitaba, y movía manos y cabeza con movimientos indecisos, como ensayando que decir, sin llegar a una conclusión. Al percatarse de la cercanía a la que ya se hallaba Driskell se puso de pie velozmente, titubeante al sonreír esperando que se acercara del todo.
—¡Driskell! Llevo esperándote… —calló la muchacha, sin saber con qué proseguir, clavando la mirada al suelo.
—¿Qué sucede, Evett? ¡Vamos, dímelo! —insistió, tomándola con delicadeza de la barbilla y guiando su mirada hacia sus ojos.
Driskell la miraba con fijeza, directo a sus profundos ojos azules, a punto de derramar las lágrimas que la inundaban. Ella se arrojó a él, abrazándole con fuerza y rompiendo en llanto; Driskell le abrazo de igual modo, y al besarle en la cabeza, en sus dorados cabellos, dijo:
—Espera a que vuelva. Nos sentaremos tú y yo y me lo contarás todo, ¿sí? —Le pidió, antes de inclinarse y besarla.
—S-í-í. —afirmó suspirando con dilación, llena de esperanza y alegría; pues era la primera vez que él la besaba, que alguien lo hacía.
Dejando atrás a Evett, cruzaron por el gran arco de piedra que indica la salida o entrada al poblado, mismo que tiene biselado en lo alto: «Zlintka».
—Me parece que este no es el camino, señor —sugirió Elidor, al percatarse que tomaban una senda apartada del camino.
—Tranquilo, chanchito. Sólo necesito hacer una breve parada.
Driskell se adentró por una estrecha senda de tierra arenosa, rodeada por yerba alta y ceca, amarillenta, hasta llegar a un viejo árbol de ramas frondosas; donde mirando entre sus ramas grito:
—¡Wirt, ven… tenemos trabajo; venga baja ya! —Sin recibir respuesta alguna, comenzó a sacudir el árbol—. Venga, no tenemos tiempo. ¡Baja ya sucio haragán! —insistió dando una patada al tronco del árbol.
Detrás de él se escuchó el inconfundible crujir de una manzana al ser mordida. Al girarse, allí estaba, de pie comiendo una pequeña manzana, Wirt. Una zarigüeya, cercana al metro de estatura; de pelaje un tanto largo, blanco en la cara, gris tirando a negro en el lomo y las patas, y blanco cerca de la cola; apenas notorio, pues vestía un pantalón holgado y con una pequeña abertura donde se asomaba su cola, larga y gruesa; pues la usaba para colgarse de las ramas; rostro alargado, con orejas negras y redondas; ojos igual de negros; en la punta, una pequeña nariz rosada; unos bigotes largos y prominentes a los costados, y en su enorme boca un par de grandes colmillos al frente. Un ser de actitud notoriamente, más al conocerle, despreocupada, pero no por ello indiferente; de trato tranquilo y amigable, al menos hasta que le molestan; sumamente leal e inteligente en gran medida. Y andarín a dos o cuatro patas.
—¡Anda, que esperas!
Wirt, sin más, dejó caer la manzana a medio comer. Caminando sin preocupación hacia Driskell se dirigió al árbol, al que subió con agilidad; bajando de allí, su pequeño chaleco de piel de cerdo, idéntico al que portaba Driskell sobre su camisa; viejo y algo maltratado.
—¡Date prisa! Aún falta hallar a Sheply.
Sin más, Wirt se arrojó del árbol para ser atrapado en el aire por Driskell. Tras ponerle el chaleco lo llevó sentado sobre sus hombros. Preguntándole en el trayecto, si sabía donde se hallaba Sheply; entendiéndosele algo como, que andaba por aquí; al “hablar” era difícil entenderle, pues, lo hacía entrecortado y con leves sonidos como chillidos y gruñidos, algo a lo que Driskell, como Pekar y Sheply, con los años comprendían mejor.
De camino a la carretilla, a unos metros, de lado derecho, Driskell divisó una mancha negra echada entre la hierba amarilla. Se aproximaron hasta tener la mancha a los pies.
—Míralo, “descansando plácidamente”. —dijo a Wirt, mirando a Sheply.
Un perro de talla mediana, apenas lanudo —con algo de vedija en el lomo— y negro, totalmente negro; echado en el suelo sobre uno de sus costados, con la boca medio abierta. Un can que en la mayoría del tiempo esta de mal genio, igual que indiferente a lo que, a su sentir, carece de relevancia para las funciones que debe desempeñar; siendo por eso que pasa la mayoría del tiempo echado, comiendo o vagabundeando por allí; habitualmente en compañía de Wirt; y al igual que él fiel sin importar que.
Driskell lo movió con el pie suavemente tratando de despertarle. El canino reaccionó incorporándose agitadamente, mirando muy alerta a su alrededor. Se sentó a rascarse el cuello al notar que se trataba de Driskell, con Wirt posado plácidamente sobre su cabeza; el can le mostró los colmillos en señal de protesta.
—¡Anda, hay trabajo! —prorrumpió Driskell, dando media vuelta dirigiéndose hacia la carretilla. Sheply, se estiró, se sacudió la tierra y le siguió.
Sheply, al alcanzarles y notar al cerdito, se detuvo a observarle, sacó la lengua y la deslizo de un lado al otro por su hocico.
Una vez todos juntos: Wirt sobre la mula y Sheply echado sobre la carretilla, emprendieron el viaje o, como lo llamaba Elidor: «la encomienda de suma importancia».
En lo alto de un acantilado, no muy lejos del poblado, Evett les miraba alejarse, volviéndose a cada paso más diminutos hasta desaparecer en el horizonte; lloraba amarga e inconsolablemente, con pañuelo en mano —era este el lugar donde ella acudía cuando deseaba estar a solas o quería desahogar las penas que oprimían su pecho—. Se decía a sí misma que esta vez sí saltaría; temiendo al final, terminar casada con aquel hombre acaudalado, y no con su amado Driskell. Sin hacerlo después de todo, como en repetidas ocasiones; marchándose con lentitud, tocaba sus labios al pensar en la promesa de su amado, y en su primer beso.


(Registrado en INDAUTOR bajo el seudónimo de D. Leo Mayén)


Driskell entró en la habitación de Kalyna. Ella le esperaba mirando hacia la puerta, sonriente y alegre de verle. Le besaba con pasión, acariciando su espalda hasta llegar a sus glúteos y seguir por sus piernas; «Hagamos el amor, te lo ruego», le susurraba al oído ella. Intempestivamente se escuchó un estruendoso sonido, proveniente de la puerta, era tan sonoro que la casa temblaba a cada golpe. Al Driskell voltear Kalyna había desaparecido; aquel sonido estridente seguía, aumentando la frecuencia a cada golpe. Driskell se levanto de la cama llenó de angustia al no encontrar por ningún lado su katana, portando en su lugar un cuchillo para mantequilla; se aproximó a la puerta, donde al abrirla no se encontraba nadie; asomó la cabeza a su derecha, mirando el pasillo, no había nadie. «No me abandones», se escuchó la suave voz de Kalyna, proveniente de la habitación; al volver Driskell a la habitación y no encontrarse allí Kalyna de nuevo toda la casa se sacudió.

Shinken tsuba and saya
Fotografía del perfil, en Flickr, de Bobo Boom
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