lunes, 12 de septiembre de 2016

Al otro extremo... Arrebato pasional - "Parte 2: Retratos, pinturas y miradas"

En esta ocasión, en la segunda parte de este relato, este cuento largo o, simplemente, esta historia titulada «Al otro extremo… Arrebato pasional», Liev, aún fingiendo, es llevado por Sonia por algunos lugares de la ciudad, desde un museo hasta una gran dulcería; “conociéndose” mejor en el trayecto; hasta terminar en el apartamento de Lucilda, donde lo que ambos esperaban pasara sin siquiera mediar palabra sobre ello, termina por ocurrir casi de igual modo. Siendo lo que ocurre esta noche lo que define lo que motive el día siguiente.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Retratos, pinturas y miradas

Poco después, tras caminar unas cuantas calles hacia el este por The Strand, hicieron su primera parada, en The National Gallery, de frente a Trafalgar Square, una plaza de gran tamaño, misma que recorrieron: con dos fuetes a los costados, estatuas a las cuatro esquinas de la plaza y una imponente al sur sobre un colosal pilar —llamando particularmente la atención de Leandro la estatua de un fósil, aparentemente de un équido, quizá—; siendo el principal museo artístico de la ciudad. Dentro, caminaron por sus salas, mirando, sobre todo ella, a detalle las pinturas, de diversas épocas y pintores, locales y extranjeros. Sonia, entre pinturas, miraba a Leandro mirando de igual forma las pinturas; y al, él, leer uno de las leyendas de una pintura, sacó su móvil y se lo ofreció a Leandro diciendo:
If you want read something, just use it.1 —dijo sonriéndole; creyendo ella que, naturalmente por lo dicho en el bar, Liev no podría leer lo escrito en los letreritos con facilidad.
1 Si quieres leer algo, simplemente úsalo.
Spasiba2 —respondió él, con gratitud y sorpresa; e intentando imitar lo mejor que podía el acento ruso.
2 ¡Gracias!
Leandro miró el celular, observando en él la aplicación de traducción, y asintió grato. Revisándolo, se alivió al percatarse que la escritura cirílica rusa no estaba habilitada para usarse, pudiendo con ello evitarse la penosa necesidad de escribir el ruso que desconocía, y tanta curiosidad le despertaba; salvo por escasas palabras que sabía, mas no como para evidenciar gran elocuencia al usarlas, menos escribirlas. Observando las pinturas, a momentos miraba el contenido del celular, esperando no ser pillado, buscando obtener una mejor idea de quién era Sonia.
Transcurridas aproximadamente dos horas, salieron del museo y acudieron a tomar un café, por antojo de Sonia, a The National Café, bar-restauran ubicado exactamente en la esquina sureste del museo. Estando ahí, rodeados de personas, Sonia comenzó a hacer algo que en principio alarmó a Leandro, hablar sola, mejor dicho, dialogar con Liev sin esperar a que respondiera, y creyendo él que ella había descubierto su farsa; y, logrando ella con eso apaciguar sus nervios, creados al no poder conversar con él. En su soliloquio teatral le expresaba su opinión sobre las pinturas que vieran; llegando, tras un rato de estar hablando, a parecerle algo divertido hablar sin la esperanza de que le respondiera, incluso liberador, pues comenzaba a contarle sus pensamientos e ideas, sus opiniones y vivencias, problemas y preocupaciones. Haciendo esto Sonia, al inicio Leandro le miraba un tanto indiferente y ansioso, pero casi de inmediato le observaba y escuchaba con sumo interés; sentados en el café rodeados de personas conversando, en su mayoría angloparlantes, y los meseros yendo y viniendo con platillos de mesa en mesa; llegando a momentos a tener que contener su risa o asombro al escuchar las palabra de Sonia, pero liberándose un poco al reír ella y aparentando hacerlo por reflejo.
Terminando con el postre, Leandro devolvió el móvil a Sonia, y ella repentinamente se puso de pie al mirarlo.
—Venga, vamos; se hace tarde —anunció Sonia, mirando hacia la puerta y seguidamente tenderle la mano de manera invitante.
Pagaron la cuenta y volaron.
Leandro, sin objeciones siguió, mejor dicho, fue llevado con toda prisa por Sonia durante cinco cuadras; y siendo la chica frenada en dos ocasiones por su acompañante al intentar lanzarse sin más a cruzar la calle carente de precaución alguna. Llegaron a un parque enrejado, con grandes y frondosos árboles al interior, y al medio de este una glorieta para transitar alrededor de una porción de vivo pasto con una estatua de color obscuro, no muy alta, al centro del circulo; cruzaron el parque de lado a lado para llegar al destino deseado de Sonia: The London Library, a la esquina noreste del parque, en la calle St. James’s Square; la biblioteca se ubicaba justo en la esquina de la calle. Graciosamente para Leandro, la fachada angosta, marcada con el número catorce, daba a aparentar ser un lugar de espacio reducido. Su gran sorpresa fue al estar ya dentro, nada tenía que ver su idea original sobre el lugar con sus entrañas rebosantes de libros y libros. Mientras Sonia pedía indicaciones, Leandro curioseaba por ahí, mirando el lomo de los libros, observando a la gente en la biblioteca: algunos de ellos, sentados a la mesa, trabajando en los portátiles, otros más leyendo bajo la iluminación de las lámparas flexibles, con completa atención en las páginas, inmersos en la lectura. El silencio del lugar apenas era alterado por algunas voces inglesas y la alfombra al caminar por ella en menor modo; la atmosfera en sí creaba un ambiente de serenidad y plenitud confortable. Una chica leyendo, sentada cerca a la ventana; de cabellos rubios, y acobijada vistiendo un suéter verde; llamó la atención de Leandro al pasar cerca a ella. Siendo su risa, efecto de su lectura, la que invocara su atención en ella; al reír de nuevo ella le miró guiada por distinguir su presencia de reojo al pasar; encontrándose sus miradas, Leandro se pasmo por el fulgor de sus ojos garzos, de viso efecto de la luz natural refractada en ellos, y, a la vez, emanante por la naturaleza de su alma; Leandro le respondió por reflejo con una grata y esplendida sonrisa. Caminando en sentido opuesto a la ventana se giró, para de nuevo encontrarse sus miradas y sonreírse, recordando así, aquel momento, que desde que ocurriese se desvanecía en sus memorias, más en ella que en él, pues Leandro difícilmente olvidaba sucesos así —de cualquier naturaleza relevante—.
Leandro, pensaba, creía, con insistencia en algunas situaciones Sonia le leía la mente; evidenciado sobre todo, en los soliloquios de ella, sus, presuntas, conversaciones con ella misma ante él.
Por entre los corredores, formados por estantes repletos de libros y algunos huecos en ellos, Leandro rondaba a Sonia, observándola de pies a cabeza, deteniéndose a detalle en cada centímetro de ella —exactamente como hiciera ella en el museo—, y sobre todo, contemplándola leer, andando ambos en paralelo, mientras ella, caminando con parsimonia a lo largo de los pasillos, susurraba acompañada del movimiento de sus ojos, que descifraban lo escrito en el papel para inmediatamente procesarlo. Leandro se plantó al final del pasillo; al llegar ahí Sonia, se detuvo, pues su visión periférica notaba la presencia de alguien frente a ella, levantó la mirada y al mirarse ambos sus rostros dibujaron una grata sonrisa, espontanea, sincera y jubilosa en ambos; la timidez cohibida, que bien pudo manifestarse por la relación entre ellos, no se manifestó, remplazándose por, bueno…
Al poco rato, alguien les indicó que estaban por cerrar, por tanto, se marcharon.
Esta vez, al caminar de vuelta en dirección al museo, lo hacían con tranquilidad, disfrutando cada paso que daban, lo que veían y la compañía; a penas Sonia veía algo que le llamaba la atención o le sorprendía, jalaba de la mano a Leandro, o del brazo, para llamar su atención de manera muy confiada. Al llegar a Whitcomb Street —una calle al este de Trafalgar Square—, viraron a la izquierda, con dirección al norte. En su trayecto, algunas de las fachadas de los edificios rememoraron a Leandro las calles del centro histórico de su ciudad, muy lejana; experimentando con brevedad algo de nostalgia y anhelo. Sin advertirlo habían llegado a su destino. Sonia se adelantó a entrar al M&M’s World, en eso, Leandro contempló la fachada del edificio, curvada en la esquina, clara en su totalidad, de cristal y con ventanas luminosas al otro lado; sacó de uno de sus bolsillo su libreta y tachó de la lista de los lugares por visitar este; la página opuesta contenía la dirección del hotel donde él y Tomás se hospedaran, por si la olvidaba y cifrada.
Apenas entrar, cruzó gustoso, como niño, aunque sin expresarlo del todo, un pequeño “camión” rojo de dos pisos —típico de Londres y también un icono de la ciudad—, o al menos aparentaba  muy bien ser uno de ellos. Se detuvo junto a Sonia, quien miraba un peluche de un M&M rojo, vestido con el uniforme de la Guardia Real, sustituyendo la casaca roja por su cuerpo colorado y redondo, y con su sombrero alto y negro. Leandro simuló mirar las playeras de «I love London» con un corazón sustituyendo la palabra love; y el rojo del corazón sustituido por la bandera británica. Rápidamente miraron ese piso y el mezanine, y se dirigieron al piso inmediatamente inferior a ese. Ahí, apenas terminando las escaleras, comenzaron el recorrido para seleccionar a su antojo los pequeños dulces de diversos colores y sabores, cautivos dentro de enormes cilindros dispensadores en vertical. Al llegar Sonia a la segunda sección y, en el muro de “arcoíris”, leer la frase inscrita a mitad de los cilindros, atravesándolos horizontal: «Share with someone special», tuvo una idea.
Leandro también tuvo una idea a causa de uno de los letreros del lugar, en particular por uno que se hallaba repetitivamente ante él, y el que le llevó a comprar un dispensador de los famosos chocolatillos, para alguien querido y apreciado por él. Por unos minutos, Leandro se desapareció de la vista de Sonia.
Al salir del edifico, de bullicioso y vistoso interior, Sonia intercambio los dulces que eligiera con los de Leandro; indicándole lo que pretendía a base de señas, pero, Leandro entendió de inmediato lo que ella pretendía al decirlo de viva voz acompañando sus gestos y señas. Sonia esperaba con esto poder conocer un poco más a Liev, sus gustos; y que él conociera los suyos. La acción de Sonia le pareció muy original y divertida a Leandro.
Abordaron un taxi y Sonia dijo al conductor:
To Middlesex and Cobb Street, please! 3
3¡A la calle Middlesex y calle Cobb, por favor!
Durante el trayecto a bordo del taxi, deleitaron sus paladares con las coloridas golosinas; mientras Sonia hablaba y hablaba de cuanto se le ocurría o veía, y sin inhibición alguna, ya que creía “Liev” no comprendía una sola palabra de lo que decía en su lengua materna; y él, bueno, él la miraba entre risas y entre aparentes distracciones al observar por la ventanilla, pero sin dejar de escuchar por un solo momento lo que decía… su voz.
Sonia pago al taxista, contribuyendo Leandro con la mitad; y, dando al taxista los —como llama Tomás a las libras— papelitos de la reina,  descendieron y se encontraron a los pies de su destino final —al este del área de City of London, y unas calles al norte de Whitechapel—; en el número ochenta y cuatro cruzaron la puerta de cristal opaco que da acceso al edificio.
—Lucilda no deja de decirme que este es el mejor piso que pudo conseguir —decía Sonia, mientras subían por las escaleras. —Que lo ama. «Está a dos pasos de la universidad y lo necesario cerca. Y el curro en el piso de abajo». Se la pasa diciéndome.
Llegando al segundo piso, detuvieron su asenso.
En el apartamento, Sonia le indicó tomara asiento; así lo hizo Liev, acomodándose en un sillón individual de color rojo. Durante la ausencia de Sonia, Leandro echó una ojeada al lugar: el recibidor era acogedor; en el muro de la puerta un gran espejo en horizontal hacia lucir más amplio el espacio; bajo el espejo un sofá negro para dos o tres personas; de frente a ambos sofás la TV, y en el centro de todo una masita de cetro de cristal con diversos objetos sobre ella, el control del TV, una taza de café casi vacía, una revista, etc. La cocina —justo de frente a la puerta y de lado izquierdo— y el recibidor apenas y estaban separados, pudiéndose ver en su totalidad desde donde se encontraba él: una barra larga pegada al muro, negra y formando una «L» al llegar al recibidor; sobre ella, alacenas de madera clara, y sobre estas un par de lámparas, muy separadas una de la otra. Leandro volvió a santearse, solo que esta vez en el sofá.
No tardo en aparecer Sonia, proveniente de las habitaciones, a la derecha de la cocina. Leandro la observó de pies a cabeza, notando había ido a “refrescarse”: sus labios, el labial en ellos había sido retocado, haciéndolos destellar al igual que lo hicieran sus ojos bajo la luz del atardecer; sus cabellos negros alborotados y esplendorosos; su escote ligeramente más expuesto, y al sentarse a su lado, una esencia exquisita le deleitó: igual a la que oliera durante todo el día al estar próximo a ella, pero renovada, resaltada y penetrante a su olfato, sin llegar a ser agresiva a este.
Sonia de nuevo lo miraba con timidez; actuando de igual modo. Ella se atrevió a besarle, pero al sentir su inhibición él se rehusó a corresponderle; deteniéndole en seco dijo:
M-m-m. You can… give me your cell phoneplease4 —pronunció, esforzándose por pretender asentó ruso al hablar.
4 M-m-m. Puedes darme tu celular… por favor.
Sonia, con cierto desaire, tomó de su morralito, en la barra de la cocina, su móvil y lo entregó a Liev. Él tecleó en el traductor, y para no batallar con la busque de lo que quería expresar o ser impreciso, lo escribió en español y lo colocó a pantalla completa. Sonia leyó en la pantalla del móvil el mensaje, claro y conciso: «No estoy dispuesto a hacer nada que no quieras que realmente pase». Sonia botó el móvil en el sillón, y pronunció mirándole a los ojos:
I want... Really I want, but... it's just... I never did this before... I think maybe that's wrong... Although... I feel… I want 5 —decía Sonia, esperando comprendiera sus palabras.
5 Yo quiero… Realmente quiero, pero… es sólo… Nunca hice esto antes… Pienso que tal vez esto esté mal… aunque… Siento… lo quiero
Leandro comprendía cada palabra, pero más aún su sentir: dudoso y a la vez deseoso, reprimido y anhelante de ser expresado con arrebato; justo como él se sentía, o eso intuía. Ardido de pasión y sentimientos clamorosos hacia Sonia, y sobre todo anhelando expresar todo lo que retenía en sí y ansiaba decir, contar y expresar a Sonia en respuesta a todo lo que había oído de ella, visto y sentido, por todo eso y quizá más, abalanzó sus labios hacia los de Sonia, tras mirarla fijamente y pensar, sentir, todo lo que inundaba su cabeza, su pecho. Sujetándola suavemente del cuello y de la espalda la atraía hacia sus labios, los que a la par de ella danzaban ensalzados en una, rápidamente, creciente lujuria. Sus bocas festejaban su unión sonoramente al incrementar el vigor de sus besos; disminuyendo por momentos su intensidad, y no así, su pasión, siendo suaves y marcados. Con prontitud, en Sonia desaparecían sus dudas, sustituidas por una mixtura de nerviosismo y excitación, cosquilleos y un acaloramiento repentino; placenteras sensaciones que, con similitud compartía con Liev; estremeciéndoles de pies a cabeza.
Transcurrido un rato de besos que apenas y terminaban al separar sus labios del otro, intuyendo Sonia que Liev cumpliría con su palabra sobre no hacer nada que ella no deseara, se puso de pie; separando él sus labios hasta el último instante sin moverse de su asiento. Soñichka le guió a su alcoba entre más roses apasionados de sus labios y sus sensitivas pieles.
Su alcoba, una de tres en el departamento, era pequeña pero acogedora, cuando menos para ella; alfombrada de color gris; dentro, a escasos pasos de la puerta aparecía la cama; más allá de ella, una diminuta mesa de noche, blanca como los muros, en el rincón ajustada entre el muro exterior y la cama, y con una lámpara de noche alta; seguido por tres ventanas en paralelo al lecho. En el muro frente a los pies de la cama, un ropero con puertas de espejo, en la esquina derecha, y tan alto como el techo; junto a este, una cómoda blanca, y sobre él una pantalla pequeña en el muro; seguido de una mesita individual con una silla, también, de color acorde con la habitación; en la mesita un cuaderno con bolígrafos sobre él y junto a un par de libros, y una lámpara de mesa.
Liev besaba sus mejillas, su cuello, sus hombros haciendo a un lado la prenda que le obstaculizaba. Soñichka, dejándose llevar por el fulgor pasional del momento, susurró:
LievLiev… hagamos el amor.
El modo, el tono en que lo dijo, hizo que Liev, sin miramientos en la farsa que representaba, diera el siguiente paso. A su vez, Soñichka paso por inadvertido el hecho de que él respondiera con entendimiento a su deseo; ya que ambos se hallaban en otro plano, carentes de una completa conciencia al gozar de la plenitud de sus sentidos: el tacto de sus besos y caricias; el aroma natural e imperceptible expelido por el otro; el sonido de sus bocas, de sus gemidos y suspiros; y la visión del otro al encontrarse fugazmente sus miradas.
Ty prikrasna, tak krasiva, Soñichka! 6 —exclamó, tras hilar en su mente con dificultad las palabras. Y sabiendo que ella no le entendería dejó salir una frase conocida, la única cercana a lo que sentía por ella. —YA lyublyu tibya, Soñia! 7
6 ¡Eres hermosa, tan hermosa, Sonia!
7 ¡Te amo, Sonia!

Liev se levantó del borde de la cama y la hizo levantar para despojarla de su prenda superior. Al sentarse él de nuevo ella se sentó sobre sus piernas. Liev le mimaba labialmente desde el cuello hasta donde comenzaban sus senos, y volviendo a su boca, mientras frotaba su espalda con sus manos, suavemente desde su espalda baja hasta su nuca; atrayéndola tan cerca de él como podía. Uniéndose en un abrazo apasionado, con sutileza desabrochó su sujetador sin apartar una mano de su espalda, en vista de que intuía, por sus reacciones, le gustaban las acaricias en esa parte de su hermoso y delicado cuerpo. Liev, acarició con sus labios, y besaba, sus senos, sus aréolas. Entre suspirantes gemidos, inadvertidamente, Soñichka invirtió “los papeles”, al abalanzarse sobre Liev y con ello teniéndolo de espaldas sobre la cama, y a su merced. Rieron y sonrieron. Sonia le asistió a quitarse la playera; y comenzó a besarle como hiciera él, y deteniéndole al, él, intentar acariciarla o buscar besarla. Pues, sin palabra alguna, mutuamente, tácitamente, comenzaron un jugueteo placentero para ambos; quizá, quizá, desde que entraron al apartamento; quizá, desde que se vieran por primera vez. Quizá para… Quizá por…

D. Leon. Mayén

lunes, 5 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - "Parte 1: En el meridiano 0"

Para mis apreciados lectores una nueva historia de mi "puño y letra", o mejor dicho, de mis dedos y teclas. Inspirada por el libro que leí y reseñe previamente; y situada en la ciudad de mi libro favorito: "El signo de los cuatro" de A. Conan Doyle; también por el notable tráfico de personas que miran mis publicaciones allá (al menos eso dicen mis estadísticas del blog).
Esta historia comienza con la llegada de dos amigos a Londres. Donde uno de ellos, Leandro, por incitación y complicidad del otro, se sumerge en una "cita" con una chica desconocida, "Sonichka", en un bar apenas llegan a la ciudad. Envuelto en mentiras: un alias, y falsas pretensiones; llegan a verse inmersos en una ilusión placentera por un tiempo, y a la vez insostenible para uno de ellos. Yendo de sitio en sitio por la ciudad, comienza algo entre ambos, algo que ninguno imaginara al aceptar las incitaciones, respectivas, en el bar, al comenzar el día, o al embarcarse hacia la excitante ciudad de Londres; golpeándoles la incertidumbre del porvenir ulterior al placer y plenitud de lo inevitable (como se asevera él) e incontenible. Esto y más se encuentra entre las líneas de esta historia; y unas gotas de erotismo, porque, el romance sin el erotismo, creo, resulta sólo en lo que pudo ser, lo que culminó al borde de lo que sería envuelto en el esplendor de la pasión arrebatada e intensa: evolución, metamorfosis, del romance.
Dada la extensión de este cuento —por mi facilidad o desdicha de explayarme—, me he decidido por dividirlo en partes; haciendo más fácil su lectura, así como su disfrute... ¡espero! Lo he basado también, en parte, en una experiencia real; muy poco realmente. Todos los lunes una nueva parte.


Al otro extremo… Arrebato pasional


En el meridiano 0

Estaba a punto de arribar el tren 4650 a la estación Charing Cross, en el corazón de Londres. Dos amigos, provenientes del otro hemisferio del mundo, viajaban en dicho tren; uno de ellos, Leandro, leía apaciblemente a la espera de que el tren frenara al llegar a su destino, y siendo esta su primera vez en Londres, más aun, su primer viaje fuera de su país natal; el otro, Tomás, como en gran parte del trayecto, se paseaba de extremo a extremo del tren; de padre británico, y siendo esta una de muchas veces que visitaba la grandiosa ciudad cosmopolita.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás dirigiéndose a su amigo, tomando el libro en sus manos a modo de poder ver la portada.
—«Infancia - adolescencia - juventud» de To… — Tomás desvió la mirada hacia el corredor y sin más se marchó, dejándole, como es habitual en él, con la palabra en la boca (algo ya acostumbrado en su relación).
Leandro retomó la lectura; estando a medio capítulo de la segunda obra del libro. No tardo en estar el 4650 próximo al final del trayecto. Encontrándose el tren en el puente, guardo su libro y contempló a un costado las embarcaciones yendo y viniendo a lo lejos, en el Támesis; y al lado opuesto la “rueda” icónica de Londres, o The London Eye, como indica en la guía turística que adquiriera en el aeropuerto por una módica cantidad.
En la estación, mientras Tomás acudía a realizar un par de llamadas, Leandro observaba atento a la gran diversidad de gente que transitaba por todo el lugar, desde familias, ansíanos, jóvenes, y hasta, como los llamaría su padre, vagos alborotadores —por usar un eufemismo—; un sentir y opinar totalmente opuestos a Leandro, pues le parecía formidable dicha diversidad étnica, cultural y expresiva. El ambiente era bullicioso y abundante de gente fluyendo en él, cientos de personas entrando y saliendo, yendo y viendo por todos lados y a todas direcciones. Aguardaba ansioso no tuviera que dialogar o sencillamente intercambiar palabras con alguien, ya que su inglés no era más que básico tirando a escueto, visto así por el mismo. Aún con ello, se sentía un tanto entusiasmado de poner en práctica los conocimientos que poseía sobre el lenguaje —tampoco es que fuera muy malo, salvo en algunos aspectos de la pronunciación—.
Al volver Tomás, de inmediato se dirigieron a su primer destino del día, y desconocido para Leandro.
Tomás es apenas unos considerables diez centímetros más bajo que su amigo; de figura entrada en carnes, aunque no con exceso, robusto más bien; ojos pequeños, pero notorios por mirones; de rostro bonachón, armónico con su actitud y contrastado por su carácter ocasionalmente arrogante y pesado.
—¿Tomaremos un taxi? —cuestionó Leandro.
—¡Caminaremos; no queda lejos! —respondió Tomás.
—¿A dónde?
—¿A dónde qué?                                 
—¡A dónde iremos!
—¡Oh! A un bar a unas calles de aquí.
—¡Un bar! ¿No crees que es muy temprano para beber? —pronunció Leandro, sabiendo perfectamente que esperar por respuesta.
—Es de noche en casa; y sigo con ese horario —exclamó con tono elocuente, creyendo era muy ingeniosa su respuesta; a no ser por la respuesta de su amigo.
—¡Sabes que allá son —miró su reloj e hizo la cuenta— las ocho de la mañana! —Tomás calló momentáneamente sin atinar a que responder.
—Es igual. No me acostumbro a tomar “técito” —dijo emulando llevarse una taza de té a la boca, levantando como todo un caballero el meñique al hacerlo y haciendo el sonido de estar sorbiendo. Ambos rieron de su payasada.
En breve caminaban por The Strand, una vía importante de la ciudad —misma que, al final de ella en dirección sureste desemboca en el Palacio de Buckingham—. Llegaron a George Court: un callejón estrecho entre una farmacia y un banco, y más allá la famosa “pizza caliente”. Descendiendo los últimos ocho escalones inmediatos al callejón, Leandro por sobre los temores de hallarse en una tierra lejana y desconocida, y sin dominio del lenguaje nativo —algo que le disgustaba de manera preocupante—, se sentía emocionado, como un niño al descubrir el mundo que le rodea, sólo que en él de manera más tenue, pero intensa. Reconociendo las sensaciones mezcladas, débilmente se rehusaba a explorarlas y dejar que le dominaran felizmente en su totalidad.
Esperaron formados por unos veinte minutos; antes de entrar Tomás dijo a su acompañante:
—Aquí llámame Mr. Thomas Nell.
—¡Mr.! Pretendes que sea tu criado —exclamó Leandro girando la cabeza y mirándole con sorpresa incrédula.
—Me conocen así por estos lares —respondió con aire arrogante.
—Sin importar que, me tomas por idiota ¿verdad? Lo que pretendes es hacerme ver como el extranjero lerdo que no se entera de nada. Como aquella vez que querías dar a probar a los gringos un chile de árbol a mordidas. ¡Madura! —Tomás simplemente se carcajeaba, en principio por ser descubierto y seguido por recordar aquel día y sus gracejadas.
Apenas unos pasos dieron en el corredor para llegar a estar en el bar. Al medio del lugar numerosas mesillas redondas con taburetes se hallaban distribuidas, al igual que algunas arrimadas a los muros; un sofá rojo; y al fondo y en el rincón asientos corridos. Frente a la puerta la barra, larga y detrás a ella una vitrina tapizada de disímil  botellas de licores y jarabes; y a la izquierda de la barra las ventanas de vista al callejón. Los muros carmesís del lugar eran cubiertos en gran proporción por retratos y fotografías en blanco y negro todas ellas, de personalidades reconocidas de la región y a través de los años —cuando menos eso suponía Leandro—.
Bebiendo una cerveza —un tanto a desagrado no siendo su veneno preferido­— a sorbos —lo opuesto a Tomás, siendo la tercera la que asía en su mano libre—, Leandro observaba a los presentes, sus atuendos, casuales y otros formales, sus expresiones y ademanes repletos de jovialidad y algunos de fraternidad para con quienes convivían. Al Tomás referir que le presentaría a algunos de sus conocidos ahí, Leandro se rehusó sintiendo no tendrían de que hablar con su escaso dominio del inglés; quedándose, así, solo, bebiendo y leyendo entre sorbos, de espaldas a la pared en una mesilla próxima a la entrada.
Una hora más tarde, sentadas en los asientos corridos al fondo, dos primas de situación algo similar a la de los dos amigos: una de ellas, Lucilda, hacía dos años que vivía en Londres; y su prima, Sonia, de visita por una semana, proveniente de la nación que viera crecer a ambas; charlaban, Lucilda perfecta y desenvueltamente con amigos y desconocidos en el bar, Sonia también, sólo que falta de interés, sobre todo. Cuando se disipó su compañía, quedando solas Lucilda y Sonia, y avanzada la conversación, Lucilda —de cabellera teñida de rubio, ojos grandes y brillosos; un cuerpo ligeramente torneado; siempre vistiendo escotada, y de voz algo escandalosa— decía a su prima:
—Anda; no me digas que no te parece guapo.
—No es eso, Lucí.
—¿Entonces? ¡Eres soltera, y estas de visita en una ciudad excitante que llama a la aventura! ¡Y ya estas grandecita; o acaso no eres una mujer que decide por si sola!
—No sé ­—pronunció dudosa, Sonia, pero sin descartar lo que argumentaba su incitante prima—; Es que…
—¡Nada, tía…! ¡Vale! si no te sientes cómoda lanzándote como yo lo haría, pues no sé… llévalo por la ciudad, dale un pequeño tour: así mareas a la libre y luego ¡ZAZ! JE-JE-JE —Sonia se limitó a mirarla con descontento por no tomar sus planteamientos con la misma seriedad— Vale, perdona. Lo llevas por la ciudad y si no te mola no tiene por que pasar nada; te piras sin más y te olvidas… De él y de un buen polvo de una noche. ¿Vale?
Sonia miraba con duda y curiosidad al extranjero. Lucilda notando eso insistió esperando convencerla:
—Anímate, tía; ¡Es ruso! —aseveró con total certeza, levantándole las cejas.
—¿Estás segura?
—¡Segura; Soni! Cuando llegamos le oí hablar­ —reveló Lucilda, refiriéndose a oírle leer y confundiendo el ruso con el alemán (mal pronunciado, por cierto), y por haber oído la procedencia del autor del libro que leía.
Tomás, conversando, de pie junto a las señoritas, se disculpó y corrió a con su amigo.
—¡Me ca… en toda; Leandro!
—¡Qué! —formuló en protesta Leandro.
Tomás, entre risas y sonrisas se sentó junto a su serio amigo y le sujetó abrazándole con camaradería y pesadez.
—Ves a las chicas, allá —Señaló en su dirección con el índice, sosteniendo la cerveza recién recargada—. ¡Creen que eres ruso! —Le sacudió estrechándole con fuerza del brazo y estrujándole el cuerpo mientras emitía un desmedido y escandaloso chillido de exaltación—. Lo que vas a hacer es que si viene una de ellas hacia acá tú sigues el juego; y no hables por nada del mundo. ¡Deja que papá se encargue de todo!
­Leandro le miró, ¡como vaya!, hace siempre al oír o presenciar sus tonterías, impulsivas y por tanto opuestas a su carácter. Sin tiempo a replicarle algo, Tomás se largo dejándolo solo ante la chica que se aproximaba; fugazmente, pues volvió enseguida.
—¡Hi! —Saludo a Sonia.
—Ho… ¡Hello! —respondió tendiéndole la mano en compañía de una sincera sonrisa. Seguida de una tímida al saludar a Leandro. Quien respondió de igual modo, con un Hello.
Leandro contempló molesto y en desacuerdo a Tomás presentándose e intercambiando algunas palabras con Sonia, en inglés y entendiendo en su totalidad su conversación.
Sonia, he is my good friend1 —Tomás lo miró con insistencia a que siga y acceda con el “plan”.
1 Sonia, él es mi buen amigo…
Brevemente calló, observó a Sonia, para al final contestar:
YA, Liev… Liev Ivanovich… Nejliudov —Presentándose formalmente, tomó su mano y la besó—, krasivaya, Soñichka 2 —Sonia se sonrojó al cruzarse sus miradas tras besarle la mano (siendo un detalle que nadie había hecho antes). Leandro, forzado a pensar rápido atinó a usar las palabras rusas que escasamente conocía.
2 Soy, Liev… Liev Ivánovich… Nejliúdov, hermosa, Sonia.
Sorry, Sonia —continuó Mr. Thomas—, my friend “Liev”, just speaks a little of english; he is… bit silly 3. Ja-ja.
3 Lo siento, Sonia, mi amigo “Liev”, solo habla un poco de inglés; él es… un poco tonto.
—Oh! I see. But you speak russian, don’t you? 4
4 ¡Oh! Ya veo. Pero hablas ruso, ¿verdad?
Mr. Thomas, con premura dijo:
Ya; of course! 5 —Leandro se río de sus embustes descarados e ignorantes.
5 Sí; ¡por supuesto!
Tomás apartó a Sonia e inmediatamente de acordar algo se retiró de vuelta a con su prima.
—¡Listo, amigo! Iras con ella a dar la vuelta por la ciudad. Yo llevo todo al hotel, no te preocupes.
—¡Cómo! No, frénate…
—Chh-Chh-Chh —­Lo acalló—. Todo está pactado. No hay vuelta de hoja, amigo. ¡Y no queras desilusionarla, o hacerme ver como alguien sin palabra ni honor —dijo sarcástico, y lo ultimo con cinismo, antes de levantar de un tirón a Leandro.
—Lo más que has oído en tu vida del honor es el Medal of Honor; y das asco en él. Tal parece que me estas vendiendo. No me gusta…
—Ya hombre, compórtate —exclamó Tomás, jalándole de la ropa tras bofetearle suavemente— No me pides constantemente que madure; da ejemplo. Sólo irán a dar la vuelta —aseguraba Tomás, de nuevo abrazándole y mirando sonriente hacia las chicas—, y si no quieres no tienes porque perder tu preciada virginidad, ja-ja —Se mofó, injuriándolo, ¡como de costumbre!— Y si… ¡Suponiendo! No te agrada, no hagas algo que yo haría, ¡y ya! Te quejas, pero bien que hasta un nombre te inventaste, ¡pillín! Si me preguntas es mucho más creíble tu asentó al hablar inglés que ruso. Da igual.  —Leandro no respondió, estando pensativo y mirando con seriedad hacia la mesa de las chicas.
—Toma —decía Lucilda a Sonia, sacando de su bolso un condón y las llaves de su departamento; entregándoselas. Sonia de inmediato lo guardó en su morralito—. Por si te va bien —Le levantó las cejas pícaramente al entregarle un par más de condones. Sonia intentó devolverlos pero fue rechazada, y sin más los guardo— ¡Anda, tira; a que esperas! —expresó por último Lucilda, haciendo un ademan con la mano, sacudiéndola estirada al frente, en señal de que se alejara.
De similar modo, Tomás “expulsó” a su amigo fuera del bar, rematándole con una patadita en los glúteos, chasqueando la boca, guiñándole un ojo, y con el índice apuntándole y el pulgar erguido.
Tomás miró a Lucilda, al otro lado del bar; ella le mostró un gesto de sutil, pero claro, desprecio hacia sus posibles intenciones.

D. Leon. Mayén

jueves, 1 de septiembre de 2016

Destino

Después de largo tiempo sin escribir algo de éste estilo; principalmente por enfocarme en escribir un cuento largo, durante un mes; y hace pocos días sufriendo los embates repentinos y constantes de la nostalgia del recuerdo y la compunción de la añoranza de lo que se fue y desearía fuera; es ahora que escribo esto. Retomando la escritura de las lineas pensando en ella -sin poder superarla del todo, pues cómo he dicho antes, es parte de mí-.

viernes, 19 de agosto de 2016

Un secreto de la vida y el amor

Un secreto de la vida y el amor


Para amar, amar de verdad, hay que mirar esos detalles, esas sutilezas que resultan en hacernos únicos, diferentes, especiales e irrepetibles; más allá de lo obvio y lo evidente.
No hay dos seres iguales en este mundo, así como dos amores iguales; en realidad, objetivamente, ni siquiera dos personas que se amen lo hacen igual, del mismo modo, la misma intensidad.
El amor de verdad es ver lo que nadie o pocos ven, y apreciarlo, defenderlo y, quizá, venerarlo.
Amor verdadero bien puede ser amar incondicionalmente, y requiere cierta madures y una apreciación más allá de los sentidos, de la lógica convencional y prejuiciosa; graciosa y curiosamente, es algo así como estar fuera de los sentidos, incluso, de algún modo, de la cordura, pero sin perderse del todo.
La vida es meramente detalles, grandes y obvios, pequeños e inadvertidos pero, todos ellos parte del todo, y por ello bellos y vitales; de igual modo el amor. Y la vida que armoniza con este.


D. Leon. Mayén

Un secreto de la vida y el amor - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

lunes, 8 de agosto de 2016

La esencia del miedo

La esencia del miedo


—¿Sabes que es el miedo? ¿A qué temo? Claramente lo he tenido, y no sólo eso, lo he «vivido»: le he visto a la cara, directo en sus fulminantes ojos rutilantes… dejando que me devorara, engulléndome a trabes de sus inclementes fauces —El viento golpeaba con fuerza la ventana de la pequeña cabaña, roída y descuidada; en un día otoñal y gris, frío—. ¡Sabes!, lo curioso del miedo es que si piensas huir de él, inmediatamente, aunque quizá inadvertido, se aproxima más, anhelando devorarte con su insaciable voracidad.
Suspiros desesperanzados acompasaban el golpeteo del viento, mientras el caris en el exterior, ausente del brillo del sol, comenzaba a obscurecer, gelideser… lentamente, como el alma que abandona el cuerpo agónico de un ser moribundo.
—El miedo —divagó: voz ronca, cansada, a momentos (enmascarando la edad que realmente debería denotar); penetrante en compañía de ciertas palabras—. ¿Miedo a que?, a lo que vendrá, a lo que será, o a lo que no es. Como sea; ninguna es real. ¿Y que es real al fin y al cavo? El miedo no lo es… pero lo es; si no, no se experimentaría. Confabulaciones de memorias, pensamientos, imaginaciones y más miedos, ¿eso es tu miedo? ¿De ahí viene?
La silla crujió, al igual que el suelo al ser presionado.
—El miedo no es nada en comparación a lo que viene después de que te tiene en su vientre y te escupe, para devorarte de nuevo cuando se le antoje volver a repetir; algunos pocos es que saben salir de sus entrañas, no sin rasguños, pero sí antes de que les escupan. ¡Seguro no sabes de lo que hablo! —La silla volvió a crujir—. Cuando se larga el miedo, saciado con lo que una vez te perteneció, y dejando nada más que inmundicia… entonces, es cuando llega la realidad a consumirte, carroñera, hasta el tuétano. Dejando en tus restos, los despojos, pena, dolor profundo, y que se arraigan cual escoria, extendiéndose como gangrena, sin nada que poder hacer más que sentirlo en carne viva, pues la soledad hace tanto que se planto; el alma se compunge hasta quebrarse en pedazos, siendo la sensación más horrible que puede haber —chasqueos; una llama enana; humo, y más humo a bocanadas—; y todo esto es, sucede, cuando lo irreal, lo imaginado y a la vez intenso en la mente y el alma se vuelve realidad; siendo algo que destruye, carcome sin piedad alguna desde el interior, estrujando hasta desgarrar la nobleza que hubiera en ese lugar que ahora ocupa; un proceso largo… durante meses, años o décadas… Siempre terminando igual.
—M-m-m. M-m-m —Gemidos alterados.
 —A eso deberías temer, a que el miedo se vaya y deje ante tus sentidos lo que tanto temías… Si eres dotado con lo necesario, hábil, o quizá un pobre diablo con suerte, te salvaras. Aunque no ahora. No comprendes de que hablo… para ello alguien debería haberse marchado de tu lado, lejos, tan lejos que jamás volverá… sin importar cuánto perdón pidas, cuanto te arrepientas, cuanto sufras… jamás volverá —Una de las maderas viejas y polvorientas del piso se humedeció insignificantemente—. Jamás.
La obscuridad era total, creándose un abismo en la tierra ­—al irse el sol, mirando hacia otro lado—, sin fin, sin más brillo que un destello débil al interior de la cabaña, intermitente, anaranjado.
Un destello fulminante, un estruendo ensordecedor; se interrumpió la paz y quietud del campo, acallando a las criaturas bulliciosas en él.

Un destello fulminante, un estruendo ensordecedor; y tras pocos segundos la paz y la quietud del campo volvieron a imperar, sin nada más que se les opusiera.


D. Leon. Mayén

La esencia del miedo - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

viernes, 5 de agosto de 2016

Reseña: Infancia - Adolescencia - Juventud De: Lev Tolstoi

Reseña: Infancia - Adolescencia - Juventud
De: Lev Tolstoi


Este libro… me pareciera lo he leído durante un largo tiempo, mas no así ahora, ya que, por desgracia su extenso contenido, bello, conmovedor y grato para mi memoria, no permanece en su totalidad en mí, gracias a la vorágine emocional que he vivido el último par de meses.

Es un libro de presentación rustica, a dos columnas y bastante extenso en sus doscientas cuarenta y tres páginas tamaño A5, compuestas por las tres partes de la obra. En principio, decidiéndome por leer este libro al terminar el anterior que leía, y por dejar para después algunos otros que guardo como algo, quizá, más especial; en sus primeras páginas me pareció aburrido, algo mundano, incluso ya avanzado en algunos capítulos me sentí motivado a botarlo —realmente por cierto desagrado que tuve al leer sus líneas, algo personal, no por otro motivo—. Pero, afortunadamente, supe superar dicho desagrado, y continuar leyendo, algo de lo que me siento afortunado. En repetidas ocasiones me llegue a sentir… más que identificado, trajo a mí gratos recuerdos y sensaciones, pérdidas en mi mente, de mi infancia y adolescencia, motivados por situaciones en la historia, del protagonista «Nicolai», que me resultaron en esencia afines a situaciones de mi propia vida. Algo que me maravilla, pues más allá del tiempo, los siglos, el país, contexto histórico, idioma, clase social, etc., quiero creer con convicción, el hombre puede conectar con alguien pese a todo lo antes mencionado, dejando a un lado, claro, prejuicios e idioteces de esa calaña; incluso diría que esta obra, atemporal, me ha devuelto un poco la esperanza de conectarme con alguien, por muy difícil que me resulte. —Y algo que me lleva a escribir una historia que espero pronto terminar y compartir por este medio—.

Ahora sí, hablando del libro, todo comienza, literalmente, al, el protagonista y narrador de la historia, Nicolai —antes debo mencionar que se trata de una «autobiografía de ficción», que a mi ver poco tiene que ver con la vida de Tolstoi, pero a la vez la refleja muy bien, sobre todo en la visión de sus allegados y familia ¡Cuando menos eso me parece!—; narrar brevemente su infancia, hablando de sus hermanos, padres y criados, por quienes más tarde asevera sentir particular gratitud y afecto. La parte de infancia resulta sucinta en comparación a las siguientes. Lo que recuerdo más trascendental de esta sección es la despedida de Karl Ivanovich, el primer preceptor de la familia —cuando menos de los barones en ella. ¡Menudos tiempos!—; siendo sustituido por Saint-Jérme, quien le preparara y acompañara hasta llegado su ingreso a la universidad.

En adolescencia, cuenta Nicolai, en principio, su viaje de regreso a Moscú, a casa de su abuela, tras la penosa muerte de…; viaje hecho en compañía, esta vez, también de su hermana Liuba, y Katia —­algo que no termina de agradarme es que de Liuba se habla poco, más que para referirla ocasionalmente que tiene pies de ganso—; en este punto de la historia ya me encontraba más que enganchado, preso de lo que ocurriría y el destino de los personajes.

En Juventud, Nicolai, relata su amistad con su amigo Dimitri, al cual, cerca del final de la parte anterior de la  obra, conociera gracias a su hermano Volodia, siendo Dimitri mayor que él, y desarrollando una buena amistad pese su diferencia de edad. También cuenta su ingreso a la universidad, fugazmente. Abarcando mayormente, el trato y relaciones que tiene con allegados y familia, y sus puntos de vista sobre la vida a esa edad. También está el inesperado casamiento de su padre con una dama, su vecina inmediata: —a unos nueve kilómetros—, perteneciente a una familia con la que anteriormente se encontraban enemistados por unos terrenos en disputa; unión que desagrado tanto a Nicolai como a Volodia, y lo opuesto en Liuba.

En las líneas de esta historia, repetidas veces se habla de la muerte de seres queridos para Nicolai y su familia, algunos más para él sobre todo; personajes que llegue a apreciar por lo que se describía de ellos, y todos ellos expirando bajo circunstancias naturales; y entristecedoras también. De todos los personajes, creo que mi predilecto resulta ser Nicolai, apenas y por sobre algunos otros, siendo que sus vivencia y modo de ver me resultan… no sé con precisión como describirlo, pero no es afinidad —o poca de ella— sino admiración, quizá.

Podrá parecer que se trata de algún melodrama familiar, peor no es así; es una historia desarrollada desde el punto de vista de alguien, en este caso Nicolai; la historia de una vida, que, como todos tenemos una; invariablemente desde el principio de la humanidad; y que parte de otro grandioso rasgo de ella, contar, relatar, ¡crear! lo que se vive, piensa o imagina —o un poco de todo—. Y que, por sobre los medios actuales de comunicación audiovisuales y carentes de intimidad intelectual, logra conectar dos mentes mediante la gloria del lenguaje y la escritura.

sábado, 11 de junio de 2016

Mujeres - Divinas mujeres

Ensayo. Mujeres, y una porción sobre mi perspectiva sobre ellas; en conjunto con algunas de mis bagatelas referentes al amor.


Mujeres

Divinas mujeres


¡Ah! Mujeres. Con ellas todo, sin ellas nada.
He oído tanto sobre ellas a lo largo de mi corta vida. Cosas tanto positivas como negativas, y algo que con el tiempo ha perdido importancia para mí, pues muchas opiniones provienen del prejuicio, el ego o la ignorancia; cosas hechas, o dichas que, como muchas, son emitidas por el interlocutor sin filtro alguno, y sin importar como repercutirán en el entorno.
Mujeres “buenas y malas” las hay, sí claro, al igual que hombres de igual manera. Así como la mujer es digna de la más ferviente admiración, también hay que temerle; temer a lo que puede provocar en un hombre.
Quizá por fortuna, o tal vez por mero azar, he “visto” diversidad de mujeres. Algo fácil cuando se apartan prejuicios y tonterías de mundana calaña. Pues la mujer no es como nos lo hacen ver o creer. Una mujer bella o atractiva no es más mujer por serlo —una rosa no es rosa sólo al ser de color rosa—. En la actualidad es difícil mirar a una mujer como mujer. Pues, pareciera que socialmente sólo es fémina la que posee los atributos físicos necesarios para despertar atracción hacia el sexo opuesto, y envidia entre el propio.
Como hombre puedo ver la belleza —refiriéndome a atracción física—, cómo esas sensaciones guiadas de forma subconsciente a causa de ciertas características físicas en la mujer —algunas por demás estereotipadas—. Como hombre sucumbo ante esas características, ¡es casi inevitable!, lo quiera o no. (Recuerdo en particular  una ocasión en que, caminando entre la gente, tomado de la mano de quien fuera entonces mi novia; ella notó que de reojo admiraba esa belleza a la que me refiero en una mujer al otro lado de la calle. Más tarde, ella, sin preocupación alguna me cuestiono acerca de ello. A lo que le respondí: «Me resulta un tanto inevitable resistirme a mirar, ¡es algo inconsciente y más poderoso que yo!». Tras mi respuesta sentí que había metido la pata del todo. Pero, ella siendo alguien madura y comprensiva me contesto tranquila y en broma: «Está bien, mientras no me sueltes y corras atrás de ella, como perro en brama». Reímos y olvidamos el asunto).
En aquella situación, y aunque a ojos de muchos la mujer que llamó mi atención poseía una belleza particularmente embelesadora; para mí sólo fue algo fugas; sí claro, provoco en mi sensaciones —más no sentimientos—, al admirarle. Sensaciones que de dejarme llevar por ellas, me llevarían a no sé dónde; pero sí a convertirme en alguien desleal e insincero. En ese entonces, los sentimientos, arraigados en mí, hacia mí novia fueron lo suficientemente «profundos» como para que yo comprendiera esto que cuento, tras reflexionarlo.
Si bien la belleza es digna de admirarse, también debe ser se cauto ante ella. Esa misma belleza puede ser la mascarada perfecta, para tantas situaciones… viles, ruines y perversas: como de telenovela, pero peores, porque no son al otro lado de la pantalla y mucho menos efímeras.
En repetidas ocasiones, he oído —­y visto, claro—, en programas de TV o de amigos y/o amigas, la pregunta: ¿Qué es lo primero que miras en una mujer, o que te atrae de ella?  Jamás me han hecho esta pregunta en lo particular. ¿Qué respondería? Depende, depende de a quien mire; en toda mujer siempre hay algo que resalta, su cabello o el color de este, sus ojos, su rostro —o alguna facción en él—, su voz, su inteligencia o, porque no, su bondad, entre algunas. Pero, irremediablemente, a primera vista observó todo lo que puedo, desde los pies hasta la cabeza y dejo que mi subconsciente elucubre, luchando por no sucumbir a los encantos antes mencionados; además de prestar suma atención en su forma de ser, su personalidad, su manera de pensar, etc. Muchos, al oír la pregunta antes planteada, de inmediato piensan en dos cosas, los pechos y los glúteos; muchos incluso esperan que sea esa la respuesta. No soy hipócrita, no diré que yo no lo hago al observar a una mujer. Lo hago, pero no le doy una importancia absoluta y frívola —como algunos muchos. Es como preguntar a alguien: ¿Cómo es ella? Y respondiera: «¡Tiene unos pechos!» ¿Y qué más? Y no supiera más que decir pechos.
Para mí una respuesta más elemental e incluso profunda, seria: ¿Qué te enamora de una mujer? Puede resultar complicado separar amor de atracción, al responder. Pero, aún separando el amor como algo profundo y subjetivo; en contraste con la atracción, algo superficial e impulsivo —ambos de igual modo subconscientes—, es difícil responder. El amor en conjunto a la atracción es algo espontaneo e inesperado, y brumoso.
Es diferente amar a alguien, y que te enamoren. ¡Que te enamoren! Dirán que eso es cosa de niñas; pero, si un hombre siente amor hacia una mujer: se enamora —antes o después—, por lo que la ama; y si ese amor es a causa de actos realizadas por esa mujer, ¿a caso no le ha enamorado dicha mujer? Yo pienso que sí. Y a todos nos pasa, sólo que no se habla mucho de ello.
De mi novia, a quien me he referido antes, lo primero que me atrajo de ella fue su iniciativa; llena de seguridad y con libertad al hablar, eso un poco más que su apariencia física —la cual, en conjunto, también me cautivo—; al ser yo un tanto tímido, me pareció atractivo en ella, y aliviador, ja-ja. —Y de no ser por eso, no nos hubiéramos conocido—. Visualmente lo que más llamó mi atención en ella fue su rostro, desde su cabello hasta su cuello; el conjunto de sus rasgos faciales me parecía en lo particular eclipsante. Lo más irresistible en ella era su sonrisa —era lo que para mí resaltaba más en las primeras veces que nos vimos—. Después, con el tiempo, comenzaba a tener sentimientos por ella tan sólo al advertir su presencia, al observar sus gestos, al dialogar y escuchar su melodiosa voz; el delicado movimiento de sus manos, o el moverse de su cabellera al andar. Los mismos sentimientos crecían en mí al conocerla más, saber lo que le gusta, lo que no y porque; sus ideas y pensamientos. Lo que me enamoró de ella rotundamente, además de lo que ella provocaba en mí, fue lo que yo provocaba en ella: cosas y características que pudo ver en mí y que yo no sabía siquiera que poseía; me hizo evolucionar como ser —actualmente, y por infortunio, eso no cualquiera lo puede lograr­—.
Belleza interior, belleza exterior. A veces, lo veo como un libro: una bonita portada sin un buen contenido es algo frívolo y soez. Un buen contenido hace que la portada sea algo secundario. Y un buen contenido con una bonita portada, ¡bueno! es un privilegio —que tampoco es para hacer mucho revuelo; aunque es como toparse con un billete de lotería premiado—. Aunque como todo en esta vida, depende de la perspectiva de quien mira.
En resumen, para mí la belleza de una mujer es la suma de un todo, más que de un puñado de características en ella, o de algo en general y dado por hecho. Al final todos somos lo mismo, sólo que armados con diferentes piezas, tomadas al azar, y mientras andamos de aquí a allá. Y en cuanto al amor y la atracción, me resultan por igual hipócritas… como nosotros mismos —variante en mayor o menor cantidad, pero inevitablemente con ella en nuestro interior—.

Si se busca el amor ¿A caso no basta con encontrar a alguien con la capacidad de amar y ser amado?

Por último, y como observación. Podrán decir que Dios, en su infinita sabiduría, creo a la mujer a partir del hombre —¡y a nadie le consta!—. Pero, sin embargo, cada hombre proviene de una mujer, y eso es ley de vida. ¡Sino pregunta a tu madre!

¡Por lo que considero, más que un ser creado por lo divino, resulta ser una divinidad!


D. Leon. Mayén