lunes, 19 de septiembre de 2016

Al otro extremo... Arrebato pasional - "Parte 3: Una noche única como ella"


En esta la tercera parte, Leandro, insomne, se dispone a escribir una epístola a Sonia, declarando en ella su arrepentimiento, y sentir por ella, al haberle mentido con descaro. Para al final distanciarse, él a la espera por ella, y ella.... bueno....
Esta parte es un poco más extensa; por ello vendrá a ser la penúltima parte del cuento. Tal vez me pase de cursi, no lo sé. La parte de la carta, me resultó un tanto inevitable llegado a este punto de la trama; supongo por que es muy mío ser romántico de esta forma (en riesgo de extinción), ja-ja-ja.  Sin más que decir, espero esta fracción de la historia sea de su agrado queridos lectores -al igual que espero hayan sido las partes previas-.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Una noche única como ella

Leandro miraba las fotografías tomadas con su cámara a lo largo del día, comenzando en Trafalgar Square, dándole poca importancia a todos esos lugares que capturara interesado en ellos o meramente pareciéndole dignos de fotografiar, pasándolos de largo; y deteniéndose a contemplar a detalle en las que aparecía Soñichka o ambos a cuadro; pues ella le había pedido tomarlas para después se las enviara por e-mail. Miraba a Soñichka, a medio cubrir por las tibias sabanas, con media pierna de fuera al igual que su espalda, hasta llegar a donde pierde su nombre, e iluminada por la luz de la luna que, desde su cintura hacia abajo, le alumbraba con resplandor, de una forma, a los ojos de Leandro, etérea, mágica, divina; contemplando su juvenil y exuberante piel emanante de beldad pura, luchaba indeciso contra el impulso de fotografiarla, temiendo y sopesando las repercusiones de dicho acto: proyectando que terminaran en internet por numerosos infortunios, como ser hackeado, perder la cámara o memoria, etc., y con ello terminar por menoscabar a Soñichka, algo que temía con angustia. Al final, decidió proceder con dicha pretensión, prometiéndose resguardar la fotografía de ojos extraños, y pedir más tarde su venia para conservarla, o eliminarla si no era así. Cambió la memoria por la de respaldo y colocándose de tal modo que el rostro de ella no saliera a cuadro oprimió el disparador y la inmortalizo en pixeles, bits; y con ello sentimientos, recuerdos, que quería no desaparecieran nunca, más allá de su memoria.
Tras observarla dormir, por un buen rato, dio una rápida hojeada a sus libros, abrió el cuaderno en el escritorio y se puso a escribir, curvando y entrelazando los caracteres romances:
«Londres, Inglaterra. “Habitación de huéspedes de Lucilda.”      Verano de 201(…)    Para Sonia a secas.
Te escribo esta carta, querida Soñichka, porque sé que jamás nadie te escribirá una; en estos tiempos ya no; por tanto, tengo la esperanza de que la atesores, en caso de que no termines por odiarme al terminar de leerla; por mi atrevimiento… Mi descaro. También la redacto porque ni mil mensajitos podrían expresar lo que siento, lo que mi corazón envía a mi cerebro y este transcribe lo mejor que puede, para con mis dedos, mi muñeca, plasmar con tinta en estas hojas lo que quiero que sepas, lo que siento, lo que me impide conciliar el sueño ahora; y no podría expresarte todo esto con palabras, al menos no sin antes registrarlas en lienzo. En verdad, sinceramente, Sonia, lo hago así por mi cobardía a decirte la verdad de frente; y temiendo en un arrebato se estropee todo.
La verdad es que no soy ruso, escasas palabras sé, y escribirlo… menos, lo más que conozco de esa misteriosa y excitante cultura es algo de su literatura de hace dos siglos; lo que se dice de ellos con exageración en series, TV, películas y videojuegos, la leyenda rusa que el “mundo” ha creado de ellos; en parte cierta supongo, toda leyenda tiene algo de verdad. Por otro lado, mi inglés es regular tirando a pobre, supongo. Liev es el nombre del autor del libro que leo actualmente; mi nombre es Leandro (…).  Y la mayor verdad, la mayor mentira, es que hablo español… Por consiguiente lo entiendo a la “perfección”; cada palabra que pronunciaste creyendo no la captaría la he comprendido. Te he mentido, y desde el primer momento me he arrepentido; me deje llevar, influenciar por Tomás… Y después no supe como confesártelo; conforme pasaba el tiempo más difícil se volvía hacerlo, y no encontraba como afrontarlo, decírtelo; temía huyeras sin remedio al hacerlo. En la librería, daba y daba vueltas pensando como decirlo; pero cuando mi angustia era creciente repentinamente me calme y deje fluir la situación con naturalidad. Ahora bien, si en este punto estas enfadada, molesta por haberte engañado con descaro, por favor te pido no sigas leyendo; y entenderé si botas, rompes o quemas esta misiva, o si haces todo junto. Por favor no creas que todo ha sido nada más que un ardid para terminar en la cama; es sólo que soy un idiota, el imbécil más grande al haberte mentido, y créeme que me arrepiento profundamente. Si pudiera volver en el tiempo… No cambiaría nada, pues creo con fervor, los acontecimientos de hoy son la prueba de un fatalismo fluctuante de determinismo; siempre he creído que el “mundo humano” es así, y hoy más que nunca; además no te vería como lo hago ahora.
Ayer, hace unas horas, ahora (contigo el tiempo me es confuso), oyéndote hablar he querido conversar y contarte tantas cosas, en principio pensé que lo que tenía por decir te parecería estúpido, mundano y vano, y creo estar equivocado, tan equivocado. Por cierto, he revisado tu teléfono, no he mirado tus mensajes, sí tus fotos, historial de internet y algunas cosillas más, lo siento por invadir tu privacidad; no es escusa pero, quería conocerte un poco más, y como permanecía con mi estupidez de pretender ser alguien más, bueno…
Espero poderte compensar; si es que así lo decides, contestare todas tus preguntas sin importar que. Te contare un poco de mí, soy alguien generalmente solitario; la solitud es común en mí. Tomás es… en gran parte opuesto a como soy yo, y somos amigos pese a ello, porque su amistad siempre ha sido incondicional; y aún con nuestros constantes desacuerdos y conflictos no rompemos nuestra amistad. Y supongo, le debo en gran parte el conocerte, pero no le culpare si esto sale mal, pues en cualquier momento pude decirte la verdad, o rehusarme a su plan. Mi soledad y melancolía, con las que vivo y siento la vida, son eclipsadas ahora por ti, con lo que creo es una honda conexión, y temó no sea reciproca sino imaginaciones mías.
Debo confesarte, en este viaje, en esta ciudad, se estremecen mis sentidos; al oír el acento, o acentos, originarios de esta región, específicamente de las damas inglesas, es que me ocurre sobre todo; pero sobre este particular deleite sensual que sufro, siempre se ha hallado, por mucho, el de escuchar hablar a una dama como tú; hay algo en tu acento que me cautiva, embelesa sin remedio, incluso diría excita. Jamás había apreciado tanto el lenguaje hispánico, nuestro idioma, como ahora… Oyendo de tu embelesadora y melodiosa voz las palabras que florecían de ella. Tu voz me resulta canola, magnifica, atildada por ese sensual acento castellano prodigado de “des” en sustitución de algunas consonantes. Simplemente enloquezco, enervándome por completo al oírte pronunciar cualquier palabra.
Londres me resulta muy pintoresco y a la vez vibrante, pero las ciudades son sólo lo que la gente plasma en ellas, y lo que ellas expelen es lo que es su gente; por ello, ahora, nada me haría más feliz que descubrir la ciudad o donde quiera que sea el lugar que te viera crecer, aquel al que de seguro llamas hogar con orgullo. No me atrevo siquiera a imaginarlo, ya que sé erraría al hacerlo.
Me has otorgado el mejor día de mi vida, hasta ahora. Si no me perdonaras, tratare de recordar lo mejor de este día, y no emperrarme en la culpa y la desdicha.
Creo que sería aventurado decirte que lo que siento es porque te amo; y siento que no hacerlo sería expresar algo deshonesto. Estoy  tan confundido, como nunca lo he estado o creería estarlo.
Creo que el amor es, fuera de su manto que cobija embelesador y cegador, hipócrita, pues al salir de esa ilusión que nos hiciera ver y creer lo mejor sobre la persona “amada”, al menos en apariencia, el golpe con la realidad es brutal, a veces; y aún así seguimos repitiendo el patrón. Sabiendo esto… Quiero creer, querida Soñichka, que lo que siento ahora por ti es un algo, espero, más allá del amor convencional, de ese simplón, vano y carente de inteligencia y profundidad, ese del que todos hablan y se habla en canciones poperas y películas trilladas; llegando a tal grado de unir dos almas más allá de tiempo, distancia o lo que sea. También, me considero alguien pirrónico a creer en el amor repentino, el mítico “a primera vista”; incluso a expresarlo sin meditarlo y evaluarlo, si realmente es lo que siento y no un arrebato caprichoso de mis emociones o sentidos; incluso lo hago de este modo simplemente para usar la palabra en cualquier ámbito de mi vida. Y tú, mi querida Soñichka… me desconciertas, enervas mi temple, mi razonamiento, mi lógica, mi cordura... Esta noche, inolvidable, de añoranza, te he dicho que te amo sin que lo sepas… Y ya no se, Sonia, si es verdad… si es verdad en lo que creo, mis convicciones, mis opiniones y puntos de vista sobre las mujeres, el amor, su significado, como se siente… Si lo que siento es amor, y por tanto, si te amo. No lo sé Sonia. Y temó con pavor, un miedo apabullante, que sea así, porque de ser así, no sé qué hare; pero soy consciente que será mi ruina, mi fin… sin ti.
Hasta esta noche… Por esta noche a tu lado, ahora dudo alguna vez haber hecho el amor; los actos íntimos que tuve con anterioridad no son ni de cerca lo que tuvimos esta noche, se quedan muy detrás del placer que hoy experimente, que está con cada latido de mi corazón, que me hace sufrir como nunca creí posible. Si no duele no se ama; y por amor se sufre, ¿no?
Justo escribiendo esto, contengo mis suspiros, mis lagrimas (pues si te despierto que pensaras de mí; y no es que me importe que me veas llorar por ti, sino que me creas un raro) al imaginar que si me perdonaras por engañarte irremediablemente nos separaremos en unos días, yo partiendo al este y tu al sur… No sufro por qué no sientas lo mismo que yo, eso es decisión tuya y la respetare, sufro pensando que me correspondas y no culmine lo que deseemos que sea de nosotros, y se quiebre sin remedio al separarnos. Dicen que el amor de lejos es para… ustedes dirían «gilipollas», ja-ja. En este momento quiero creer, como varias ideas en mí, con convicción, que no será así, que quizá hallemos un modo de estar juntos, de profesarnos ese amor que espero compartamos. Pero, también temo hacerlo, hacer todo por ti, por sobre mí y otros; temo dejar todo por ti, abandonarlo, “solo tendrías que pedírmelo”, y que con el tiempo el hechizo embestido sobre mí se desvanezca, y con ello lo que hoy deseo más que nada desaparezca resultando con el tiempo un recuerdo, una ilusión etérea de una vida hasta entonces maravillosa. Este es mi peor mal, proyectar, imaginar lo que es, fue y será de lo que vivo y veo, es mi maldición… Y entre ello, tú mi contradicción.
Todo lo que daba por hecho me resulta ahora equivoco o dudoso; me siento temeroso e inseguro sobre la vida, y quiero con anhelo que me muestres la tuya, esperando vuelvan los colores donde ya no los hay, que me ayudes a retomar el rumbo al camino que acabo de perder: pensando en no verte de nuevo, pues si llegáramos a congeniar, como espero sea, la distancia nos separara, sin mucho que podamos hacer para remediarlo.
Cien razones puedo ver en lo nuestro, lo que tenemos hasta ahora: como que cada decisión que hemos tomado y aún antes de poder hacerlo, nos ha traído irremediablemente a este momento, para cambiara nuestras vidas; o que nuestras almas, en cada vida, con ardimiento se han atraído una y otra vez para estar juntas, siendo lo nuestro un amor mas allá de la muerte y profundo en la vida; también, podría ser que nuestras almas se sintiesen solas, y al el Universo sentir esa soledad conspirara y nos guiara a este viaje, para  al sentirnos atraernos fatalmente y unir nuestras almas afines, y ansiar por voluntad propia estar juntos (siendo así como me complace creerlo). Pero, mi mente más allá de toda lógica, misma que prevalece casi en todo momento, se rehúsa a creer que es un simple encuentro casual y fugaz entre dos simples personas que se encontraron por casualidad, para después seguir con sus vidas tal y como eran antes de encontrarse. Creo que mi cerebro estallara y mi corazón se despedazara compreso, abrumados por las sensaciones y sentimientos profundos, intensos, avasalladores que imperan en mí. Prefiero pensar que todo mi ser es el que me lleva a sentir esto; que hasta el último átomo vibra con excitación al sentirte, ya sea cerca de mí, ya sea viéndote, ya sea meramente en mi pensamiento.
Eres mi contradicción porque quiero que seas lo que espero que seas, pero no te confundas, no quiero que seas algo determinado por mí, quiero que seas esa a quien le puedo contar todo, la que me ame por quien soy, que comparta su vida conmigo, tal vez la última y única; y mi contradicción porque yo no creía en esto, y ahora sólo quiero creer. Entre lágrimas, por mi corazón que se desborda, te digo Sonia: ¡Si me odias, si me desprecias por mentirte, es mi justo castigo por deshonrarte, injuriarte, crearte sentimientos ilusorios; y si me correspondes, me aceptas, ¡la dicha no cabra en mí y mi felicidad será total!
Considerándolo todo, tranquilizándome y meditando mirando por la ventana, quiero decirte, que sepas, que te amo, sí, te amo; porque si el enamoramiento es un proceso químico, en parte involuntario y que surge del inconsciente, ahora soy víctima de dicho proceso, y si tú lo provocaste puedo decir que te amo sin faltar a mis convicciones, dejándome de mis absurdas dudas existenciales. ¡Te amo! Muy a mi modo nubloso y prodigado de incertidumbre, ¡te amo!
Ahora tratare, me esforzare, por sacar de mí ser, y que sepas, lo que siento por ti, más concretamente lo que me quema, lo que habita ardido en mi pecho mientras asoma el sol esperando le cuente la dicha de mi vida; y no pensando en escenarios que quizá no sean reales a futuro. ¡Aunque lo que escriba realmente no pueda capturar o denotar lo que siento con análoga intensidad!
Al igual que anoche, mientras jugaba con tus labios y, repentinamente, me golpeabas la espalda con los talones o me alabas del cabello… Lo que quiero que sepas con esto, es que por ti sufriría lo que sea con tal de complacerte… Así me pidas te olvide.
Durante la noche, durante nuestro encuentro romántico, intimo, amoroso, no podía dejar, evitar, besar tu boca, por sobre otras zonas de tu precioso cuerpo, impulsado por un incontenible clamor de sensaciones, que al hacerlo era como obtener de tu aliento un algo que llenaba mi pecho, mi alma; algo que creo es lo que habita en la tuya, lo bello en ella, en ti, y como sientes la vida; pues ahora a unas horas de este glorioso momento, nuestro momento, extraña e irremediablemente veo el mundo diferente: todo brilla más, es más grato, más… lleno de vida (bien podría ser el cambio de iluminación, ja-ja). ¡Gracias por ello… por tus dulces besos que yacen ahora en mi alma!
Ojos verdes, azules y de otras tonalidades los hay, pero para mí los más bellos son los tuyos. El color, visto superfluamente, como la mayoría hace, es un mero engaño propio, pues sólo resaltan su vistosidad; sin en cambio todos pudieran ver lo que he visto en los tuyos… Cuando me mirabas en el museo desviando de inmediato tu mirada frágil como el cristal, o en la “dulcería” llenos de evidente jubilo como la niña que creo aún yace en ti; o en el lecho cuando nuestras miradas se encontraban, ¡y más aún!, cuando se buscaban motivadas por sensaciones y sentimientos mutuos, compartidos del uno por el otro, y pare el otro; sería más grata y sencilla esta vida… un poco menos banal y sumamente más bella. Quisiera mis ojos vieran los tuyos cada día, pero…
Comparto, como varias de tus ideas y pensamientos, contigo la opinión sobre que, si a caso habrá un par de millones de personas en este vasto planeta que en verdad traten con respeto y dignidad a los animales, no como iguales, ni como inferiores, como debe ser. “Verdaderos héroes; dignos de admiración”, como dijiste. En lo que discrepo rotundamente, con inflexión y sin miramientos, es en que sepan mejor las hamburguesas con cátsup y sin papas a la francesa.
Por qué lo dijiste, sé lo importante que es tu preparación para tu futuro; el que quieres; y me honrarías si formara parte de él, aunque fuera como un simple amigo casual con quien hablas al estar aburrida; pero a la vez, me niego a que me cambiaras o interfiriera con él.
Si me preguntaras que es lo que más quiero en esta vida, ahora te contestaría que es estar contigo, a tu lado, compartir nuestras vidas, ver el mundo progresar o degradarse, pero contigo a mi lado, estar horas y horas contigo en la cama, y no solo haciendo el amor, sino también acariciando tu piel desnuda mientras me cuentas algo, lo que sea, no me importa, o, también, en completo silencio, como esta noche, dejando que nuestros cuerpos hablen, sientan y gocen de nuestra compañía (creo que también me has hecho apreciar el silencio); o meramente durmiendo y roncando, ja-ja; mientras estés a mi lado. Mientras estés a mi lado, física o moralmente, siento casi como un presentimiento, una vocecilla que me dice que todo será mejor, todo irá bien sin importar que pase.
De todos los países, de todas las mujeres, tenias que ser tú a quien mejor se ajustan los términos «el amor de mi vida», «alma gemela», etc. Supongo que en realidad el amor no tiene fronteras; aunque te debo decir que eso de la frontera no creí que cubriera todo un mar de lejanía. De entre miles de posibilidades en mi vida, me tenía que enamorar de ti; no lo digo con pesar, sino como un hecho ineludible. Y no es que tuviéramos que conocernos de un modo u otro, sino más bien que tenía que ser ahora y aquí, solamente aquí y sin más opciones. ¡Lo vez, me es imposible dejar de pensar en los porqués y motivos, el trasfondo y la profundidad de todo!
Creo que esta carta es poco clara y concisa sobre mi sentir; pero estoy abrumado, cansado física y mentalmente, y es la quinta vez que la reescribo, por lo que prefiero, si es que lo quieres y me lo permites, mostrártelo, quererte, adorarte y enloquecer por ti.

P.D.:
Si has llegado a esta parte de la carta, y no me odias, o solo quieres patearme la ingle, te esperare en el parque que cruzamos para llegar a la biblioteca, hoy a las 5:00 pm, la hora del té. Y si no llegaras a tiempo, amada Soñichka, dejare una nota debajo de la banca que mira al sur y en ella encontraras donde aguardare por ti al día siguiente. Si no te presentas… mi amada Soñichka, sabré tu sentir y pensar. Lo hago así esperando que si me odias y no acudes, conservaré el recuerdo de hoy intacto como está hasta ahora, y preguntándome hasta la tumba que hubiera sido si… Hoy cuando me marche, y bese tu mano, será una expresión de que te amo, mi voz enmudecida y mi corazón expresándote su amor por ti.
Si hago todo esto es con la esperanza de tu perdón, y evitando una confrontación que estropee todo, a la vez que puedas procesar todo de mejor manera y decidas a tus anchas. Por cierto, te deje dos presentes detrás de la pantalla, en la sala, ¡espero sean de tu agrado!
Al igual que nadie te escribirá ya una carta romántica, amorosa, como ésta, nadie te amara como yo haré… Mi amada Soñichka.
                                                                                                 Я люблю тебя,  мой Соня... Сонечка

Sonia despertó; Liev volteó de inmediato al ella llamarle. Sonriente, despeinada y somnolienta, pero bella y sensual ante la luz amarillenta de la lámpara de mesa, estirando el brazo pedía a Liev le acompañara en la cama. Liev dejó lo que estaba haciendo: meditar mirando las gotas de lluvia escurrir por el cristal de la ventana; y acudió ante Sonia, su amada Soñichka. Se introdujo en las sabanas, puesto que la atmosfera había enfriado un poco. Sonia le abrazó, y sonriendo con júbilo le estrujó con cariño acercándose tanto como le fue posible a él, y, entrelazó y frotó su pierna con la de él. Él le abrazó con fuerza, beso su nuca, y acariciando suavemente su brazo suspiró hondamente, cerró los ojos al hacerlo y dijo musitando:
YA lyublyu tibya, Soñia… YA lyublyu tibya.1
1 ¡Te amo, Sonia… te amo!
Para Sonia, fuera del confort y el cariño que experimentaba, pasaba por alto la punzante e intensa aflicción que experimentaba Leandro, colerizándole, compungiéndole y martirizándole por diversas razones completamente ignoradas por ella. Al poco, a Leandro una profunda paz interna y sosiego le mecían, apartándolo de preocupaciones y angustias, sintiendo el cálido momento así como el cuerpo de Sonia pegado al suyo, con plenitud hasta volver a dormir.
Antes de medio día, Leandro y Sonia yacían acurrucados, de costado, él de espaldas a ella abrazándola con fuerza sabiendo, muy probablemente, no volvería a hacerlo nunca. Sonia se levantó y tras besarlo, y él desairar su invitación, de inmediato se dirigió a la ducha. Escuchando el agua caer antes de cerrase la puerta, Leandro se incorporó sentándose al borde de la cama, mirando al suelo con profundo pesar en su ser… Dio un hondo suspiro, miró al techo y se dispuso a vestirse. Apenas dejó sobre el escritorio el celular de Sonia, directo, dejó una nota a primera vista para cuando ella saliera; y cruzó el umbral.
Sonia, secándose el cabello tras vestirse, en la sala, atendió al llamado del timbre de la puerta del departamento. Y como indicaba en la nota, Leandro volvió con el desayuno; yendo a un lugar cercano a unas cuentas calles del departamento, más concretamente en la esquina de Commercial St y Lolesworth: en un grato lugar llamado «Lupita». Colocó la bolsa sobre la barra y ambos tomaron asiento: Sonia de frente a Liev, pues quería verle con ahincó. Al Liev servirle en el plato dos porciones ella preguntó jubilosa:
What is this? 2 —Leandro fue sacado de su transe pensativo, para responderle, meditando el modo en que lo haría, el asentó, esperando no delatarse.
2 ¿Qué es esto?
It’s… —Hizo una pausa fingiendo buscar en su mente. —Tacos of po… chicken pibil and pastor. And to drink, deliciouscoolwater of jamaica and horchata. Mexican food! 3 ­—Esta vez, al terminar de hablar, se sintió tan estúpido, ya que era un asentó sumamente estadounidense, nada que ver con sus anteriores pretensiones. Por ello, se preguntaba, consideraba, la posibilidad de que Sonia supiera o cuando menos se imaginara la verdad, y no le importara; llegando a relajarse al convencerse de ello—. I hope you enjoy it, Soñia.4
3 Es… Tacos de po… pollo pibil y pastor. Y para beber, deliciosa agua “fresca” de jamaica y horchata.
4 Espero que lo disfrutes, Sonia.
Sonia, bebiendo con ayuda de un popote, primero del agua blanquecina que le sirviera Liev, miraba a este alistar su plato, bañando la carne sobre el “platito comestible de maíz” con abundantes gotas de limón y algunos condimentos más, y saltándose la salsa. Al ver esto, Sonia imitó el proceso, al igual que la forma de sostenerlos y llevarlos hasta la boca; mismo modo que estaba especificado en un par de mantelitos de papel que venían con la orden. Leandro sabía que todo fue de su agrado notándolo por su expresión al comer, al igual que el agua fresca que tomara con prisa. Y por último, como postre, Leandro sacó de la bolsa unos largos y azucarados churros.
Al terminar ambos con los platos, fueron al sofá, donde miraron la TV sin prestar realmente atención a lo que ocurría en aquel pixelado rectángulo, pues cada uno se sumergía en sus pensamientos, miedos y fantasías. Ella ansiosa y feliz; él melancólico y angustiado, tan temeroso como nunca de la incertidumbre del futuro. Entre tanto, Sonia jugaba con la mano de Liev, y él le acariciaba sus largos cabellos, suavemente, subiendo y bajando. Sonia buscó un beso, y al poco buscó otro; deteniéndose Leandro al saber donde terminarían de seguir por ese camino calzado de besos, arrumacos, caricias y emociones intensas.
En la puerta, tras intercambiar unas palabras, Sonia, afligida y melancólica, estaba dudosa de si besarle, despedirse de mano o quizá un abrazo; Leandro le tomó la mano y antes de besarla dijo, hilando lo que pudo para decir lo que quería:
Da svidañiya! My beloved, Soñichka 5 —Tardo en liberar su mano y le sonrió con nostalgia al hacerlo, mirando fugazmente su rostro sonrojado; para salir por la puerta y cerrarla tras de sí… portando consigo un equipaje sumamente pesado y voluptuoso, un equipaje emocional de contenido diverso y variado, matizado, pesaroso y gozoso. Y un obsequio en una bolsa.
5 ¡Adiós! Mi amada, Sonia.
Bajo a la ventana de la habitación de Sonia, Leandro se montaba en un taxi, mientras ella, sentada en su escritorio, comenzaba a leer la carta dejada entre las hojas de su cuaderno.

D. Leon. Mayén
Al otro extremo… Arrebato pasional - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

lunes, 12 de septiembre de 2016

Al otro extremo... Arrebato pasional - "Parte 2: Retratos, pinturas y miradas"

En esta ocasión, en la segunda parte de este relato, este cuento largo o, simplemente, esta historia titulada «Al otro extremo… Arrebato pasional», Liev, aún fingiendo, es llevado por Sonia por algunos lugares de la ciudad, desde un museo hasta una gran dulcería; “conociéndose” mejor en el trayecto; hasta terminar en el apartamento de Lucilda, donde lo que ambos esperaban pasara sin siquiera mediar palabra sobre ello, termina por ocurrir casi de igual modo. Siendo lo que ocurre esta noche lo que define lo que motive el día siguiente.


Al otro extremo… Arrebato pasional


Retratos, pinturas y miradas

Poco después, tras caminar unas cuantas calles hacia el este por The Strand, hicieron su primera parada, en The National Gallery, de frente a Trafalgar Square, una plaza de gran tamaño, misma que recorrieron: con dos fuetes a los costados, estatuas a las cuatro esquinas de la plaza y una imponente al sur sobre un colosal pilar —llamando particularmente la atención de Leandro la estatua de un fósil, aparentemente de un équido, quizá—; siendo el principal museo artístico de la ciudad. Dentro, caminaron por sus salas, mirando, sobre todo ella, a detalle las pinturas, de diversas épocas y pintores, locales y extranjeros. Sonia, entre pinturas, miraba a Leandro mirando de igual forma las pinturas; y al, él, leer uno de las leyendas de una pintura, sacó su móvil y se lo ofreció a Leandro diciendo:
If you want read something, just use it.1 —dijo sonriéndole; creyendo ella que, naturalmente por lo dicho en el bar, Liev no podría leer lo escrito en los letreritos con facilidad.
1 Si quieres leer algo, simplemente úsalo.
Spasiba2 —respondió él, con gratitud y sorpresa; e intentando imitar lo mejor que podía el acento ruso.
2 ¡Gracias!
Leandro miró el celular, observando en él la aplicación de traducción, y asintió grato. Revisándolo, se alivió al percatarse que la escritura cirílica rusa no estaba habilitada para usarse, pudiendo con ello evitarse la penosa necesidad de escribir el ruso que desconocía, y tanta curiosidad le despertaba; salvo por escasas palabras que sabía, mas no como para evidenciar gran elocuencia al usarlas, menos escribirlas. Observando las pinturas, a momentos miraba el contenido del celular, esperando no ser pillado, buscando obtener una mejor idea de quién era Sonia.
Transcurridas aproximadamente dos horas, salieron del museo y acudieron a tomar un café, por antojo de Sonia, a The National Café, bar-restauran ubicado exactamente en la esquina sureste del museo. Estando ahí, rodeados de personas, Sonia comenzó a hacer algo que en principio alarmó a Leandro, hablar sola, mejor dicho, dialogar con Liev sin esperar a que respondiera, y creyendo él que ella había descubierto su farsa; y, logrando ella con eso apaciguar sus nervios, creados al no poder conversar con él. En su soliloquio teatral le expresaba su opinión sobre las pinturas que vieran; llegando, tras un rato de estar hablando, a parecerle algo divertido hablar sin la esperanza de que le respondiera, incluso liberador, pues comenzaba a contarle sus pensamientos e ideas, sus opiniones y vivencias, problemas y preocupaciones. Haciendo esto Sonia, al inicio Leandro le miraba un tanto indiferente y ansioso, pero casi de inmediato le observaba y escuchaba con sumo interés; sentados en el café rodeados de personas conversando, en su mayoría angloparlantes, y los meseros yendo y viniendo con platillos de mesa en mesa; llegando a momentos a tener que contener su risa o asombro al escuchar las palabra de Sonia, pero liberándose un poco al reír ella y aparentando hacerlo por reflejo.
Terminando con el postre, Leandro devolvió el móvil a Sonia, y ella repentinamente se puso de pie al mirarlo.
—Venga, vamos; se hace tarde —anunció Sonia, mirando hacia la puerta y seguidamente tenderle la mano de manera invitante.
Pagaron la cuenta y volaron.
Leandro, sin objeciones siguió, mejor dicho, fue llevado con toda prisa por Sonia durante cinco cuadras; y siendo la chica frenada en dos ocasiones por su acompañante al intentar lanzarse sin más a cruzar la calle carente de precaución alguna. Llegaron a un parque enrejado, con grandes y frondosos árboles al interior, y al medio de este una glorieta para transitar alrededor de una porción de vivo pasto con una estatua de color obscuro, no muy alta, al centro del circulo; cruzaron el parque de lado a lado para llegar al destino deseado de Sonia: The London Library, a la esquina noreste del parque, en la calle St. James’s Square; la biblioteca se ubicaba justo en la esquina de la calle. Graciosamente para Leandro, la fachada angosta, marcada con el número catorce, daba a aparentar ser un lugar de espacio reducido. Su gran sorpresa fue al estar ya dentro, nada tenía que ver su idea original sobre el lugar con sus entrañas rebosantes de libros y libros. Mientras Sonia pedía indicaciones, Leandro curioseaba por ahí, mirando el lomo de los libros, observando a la gente en la biblioteca: algunos de ellos, sentados a la mesa, trabajando en los portátiles, otros más leyendo bajo la iluminación de las lámparas flexibles, con completa atención en las páginas, inmersos en la lectura. El silencio del lugar apenas era alterado por algunas voces inglesas y la alfombra al caminar por ella en menor modo; la atmosfera en sí creaba un ambiente de serenidad y plenitud confortable. Una chica leyendo, sentada cerca a la ventana; de cabellos rubios, y acobijada vistiendo un suéter verde; llamó la atención de Leandro al pasar cerca a ella. Siendo su risa, efecto de su lectura, la que invocara su atención en ella; al reír de nuevo ella le miró guiada por distinguir su presencia de reojo al pasar; encontrándose sus miradas, Leandro se pasmo por el fulgor de sus ojos garzos, de viso efecto de la luz natural refractada en ellos, y, a la vez, emanante por la naturaleza de su alma; Leandro le respondió por reflejo con una grata y esplendida sonrisa. Caminando en sentido opuesto a la ventana se giró, para de nuevo encontrarse sus miradas y sonreírse, recordando así, aquel momento, que desde que ocurriese se desvanecía en sus memorias, más en ella que en él, pues Leandro difícilmente olvidaba sucesos así —de cualquier naturaleza relevante—.
Leandro, pensaba, creía, con insistencia en algunas situaciones Sonia le leía la mente; evidenciado sobre todo, en los soliloquios de ella, sus, presuntas, conversaciones con ella misma ante él.
Por entre los corredores, formados por estantes repletos de libros y algunos huecos en ellos, Leandro rondaba a Sonia, observándola de pies a cabeza, deteniéndose a detalle en cada centímetro de ella —exactamente como hiciera ella en el museo—, y sobre todo, contemplándola leer, andando ambos en paralelo, mientras ella, caminando con parsimonia a lo largo de los pasillos, susurraba acompañada del movimiento de sus ojos, que descifraban lo escrito en el papel para inmediatamente procesarlo. Leandro se plantó al final del pasillo; al llegar ahí Sonia, se detuvo, pues su visión periférica notaba la presencia de alguien frente a ella, levantó la mirada y al mirarse ambos sus rostros dibujaron una grata sonrisa, espontanea, sincera y jubilosa en ambos; la timidez cohibida, que bien pudo manifestarse por la relación entre ellos, no se manifestó, remplazándose por, bueno…
Al poco rato, alguien les indicó que estaban por cerrar, por tanto, se marcharon.
Esta vez, al caminar de vuelta en dirección al museo, lo hacían con tranquilidad, disfrutando cada paso que daban, lo que veían y la compañía; a penas Sonia veía algo que le llamaba la atención o le sorprendía, jalaba de la mano a Leandro, o del brazo, para llamar su atención de manera muy confiada. Al llegar a Whitcomb Street —una calle al este de Trafalgar Square—, viraron a la izquierda, con dirección al norte. En su trayecto, algunas de las fachadas de los edificios rememoraron a Leandro las calles del centro histórico de su ciudad, muy lejana; experimentando con brevedad algo de nostalgia y anhelo. Sin advertirlo habían llegado a su destino. Sonia se adelantó a entrar al M&M’s World, en eso, Leandro contempló la fachada del edificio, curvada en la esquina, clara en su totalidad, de cristal y con ventanas luminosas al otro lado; sacó de uno de sus bolsillo su libreta y tachó de la lista de los lugares por visitar este; la página opuesta contenía la dirección del hotel donde él y Tomás se hospedaran, por si la olvidaba y cifrada.
Apenas entrar, cruzó gustoso, como niño, aunque sin expresarlo del todo, un pequeño “camión” rojo de dos pisos —típico de Londres y también un icono de la ciudad—, o al menos aparentaba  muy bien ser uno de ellos. Se detuvo junto a Sonia, quien miraba un peluche de un M&M rojo, vestido con el uniforme de la Guardia Real, sustituyendo la casaca roja por su cuerpo colorado y redondo, y con su sombrero alto y negro. Leandro simuló mirar las playeras de «I love London» con un corazón sustituyendo la palabra love; y el rojo del corazón sustituido por la bandera británica. Rápidamente miraron ese piso y el mezanine, y se dirigieron al piso inmediatamente inferior a ese. Ahí, apenas terminando las escaleras, comenzaron el recorrido para seleccionar a su antojo los pequeños dulces de diversos colores y sabores, cautivos dentro de enormes cilindros dispensadores en vertical. Al llegar Sonia a la segunda sección y, en el muro de “arcoíris”, leer la frase inscrita a mitad de los cilindros, atravesándolos horizontal: «Share with someone special», tuvo una idea.
Leandro también tuvo una idea a causa de uno de los letreros del lugar, en particular por uno que se hallaba repetitivamente ante él, y el que le llevó a comprar un dispensador de los famosos chocolatillos, para alguien querido y apreciado por él. Por unos minutos, Leandro se desapareció de la vista de Sonia.
Al salir del edifico, de bullicioso y vistoso interior, Sonia intercambio los dulces que eligiera con los de Leandro; indicándole lo que pretendía a base de señas, pero, Leandro entendió de inmediato lo que ella pretendía al decirlo de viva voz acompañando sus gestos y señas. Sonia esperaba con esto poder conocer un poco más a Liev, sus gustos; y que él conociera los suyos. La acción de Sonia le pareció muy original y divertida a Leandro.
Abordaron un taxi y Sonia dijo al conductor:
To Middlesex and Cobb Street, please! 3
3¡A la calle Middlesex y calle Cobb, por favor!
Durante el trayecto a bordo del taxi, deleitaron sus paladares con las coloridas golosinas; mientras Sonia hablaba y hablaba de cuanto se le ocurría o veía, y sin inhibición alguna, ya que creía “Liev” no comprendía una sola palabra de lo que decía en su lengua materna; y él, bueno, él la miraba entre risas y entre aparentes distracciones al observar por la ventanilla, pero sin dejar de escuchar por un solo momento lo que decía… su voz.
Sonia pago al taxista, contribuyendo Leandro con la mitad; y, dando al taxista los —como llama Tomás a las libras— papelitos de la reina,  descendieron y se encontraron a los pies de su destino final —al este del área de City of London, y unas calles al norte de Whitechapel—; en el número ochenta y cuatro cruzaron la puerta de cristal opaco que da acceso al edificio.
—Lucilda no deja de decirme que este es el mejor piso que pudo conseguir —decía Sonia, mientras subían por las escaleras. —Que lo ama. «Está a dos pasos de la universidad y lo necesario cerca. Y el curro en el piso de abajo». Se la pasa diciéndome.
Llegando al segundo piso, detuvieron su asenso.
En el apartamento, Sonia le indicó tomara asiento; así lo hizo Liev, acomodándose en un sillón individual de color rojo. Durante la ausencia de Sonia, Leandro echó una ojeada al lugar: el recibidor era acogedor; en el muro de la puerta un gran espejo en horizontal hacia lucir más amplio el espacio; bajo el espejo un sofá negro para dos o tres personas; de frente a ambos sofás la TV, y en el centro de todo una masita de cetro de cristal con diversos objetos sobre ella, el control del TV, una taza de café casi vacía, una revista, etc. La cocina —justo de frente a la puerta y de lado izquierdo— y el recibidor apenas y estaban separados, pudiéndose ver en su totalidad desde donde se encontraba él: una barra larga pegada al muro, negra y formando una «L» al llegar al recibidor; sobre ella, alacenas de madera clara, y sobre estas un par de lámparas, muy separadas una de la otra. Leandro volvió a santearse, solo que esta vez en el sofá.
No tardo en aparecer Sonia, proveniente de las habitaciones, a la derecha de la cocina. Leandro la observó de pies a cabeza, notando había ido a “refrescarse”: sus labios, el labial en ellos había sido retocado, haciéndolos destellar al igual que lo hicieran sus ojos bajo la luz del atardecer; sus cabellos negros alborotados y esplendorosos; su escote ligeramente más expuesto, y al sentarse a su lado, una esencia exquisita le deleitó: igual a la que oliera durante todo el día al estar próximo a ella, pero renovada, resaltada y penetrante a su olfato, sin llegar a ser agresiva a este.
Sonia de nuevo lo miraba con timidez; actuando de igual modo. Ella se atrevió a besarle, pero al sentir su inhibición él se rehusó a corresponderle; deteniéndole en seco dijo:
M-m-m. You can… give me your cell phoneplease4 —pronunció, esforzándose por pretender asentó ruso al hablar.
4 M-m-m. Puedes darme tu celular… por favor.
Sonia, con cierto desaire, tomó de su morralito, en la barra de la cocina, su móvil y lo entregó a Liev. Él tecleó en el traductor, y para no batallar con la busque de lo que quería expresar o ser impreciso, lo escribió en español y lo colocó a pantalla completa. Sonia leyó en la pantalla del móvil el mensaje, claro y conciso: «No estoy dispuesto a hacer nada que no quieras que realmente pase». Sonia botó el móvil en el sillón, y pronunció mirándole a los ojos:
I want... Really I want, but... it's just... I never did this before... I think maybe that's wrong... Although... I feel… I want 5 —decía Sonia, esperando comprendiera sus palabras.
5 Yo quiero… Realmente quiero, pero… es sólo… Nunca hice esto antes… Pienso que tal vez esto esté mal… aunque… Siento… lo quiero
Leandro comprendía cada palabra, pero más aún su sentir: dudoso y a la vez deseoso, reprimido y anhelante de ser expresado con arrebato; justo como él se sentía, o eso intuía. Ardido de pasión y sentimientos clamorosos hacia Sonia, y sobre todo anhelando expresar todo lo que retenía en sí y ansiaba decir, contar y expresar a Sonia en respuesta a todo lo que había oído de ella, visto y sentido, por todo eso y quizá más, abalanzó sus labios hacia los de Sonia, tras mirarla fijamente y pensar, sentir, todo lo que inundaba su cabeza, su pecho. Sujetándola suavemente del cuello y de la espalda la atraía hacia sus labios, los que a la par de ella danzaban ensalzados en una, rápidamente, creciente lujuria. Sus bocas festejaban su unión sonoramente al incrementar el vigor de sus besos; disminuyendo por momentos su intensidad, y no así, su pasión, siendo suaves y marcados. Con prontitud, en Sonia desaparecían sus dudas, sustituidas por una mixtura de nerviosismo y excitación, cosquilleos y un acaloramiento repentino; placenteras sensaciones que, con similitud compartía con Liev; estremeciéndoles de pies a cabeza.
Transcurrido un rato de besos que apenas y terminaban al separar sus labios del otro, intuyendo Sonia que Liev cumpliría con su palabra sobre no hacer nada que ella no deseara, se puso de pie; separando él sus labios hasta el último instante sin moverse de su asiento. Soñichka le guió a su alcoba entre más roses apasionados de sus labios y sus sensitivas pieles.
Su alcoba, una de tres en el departamento, era pequeña pero acogedora, cuando menos para ella; alfombrada de color gris; dentro, a escasos pasos de la puerta aparecía la cama; más allá de ella, una diminuta mesa de noche, blanca como los muros, en el rincón ajustada entre el muro exterior y la cama, y con una lámpara de noche alta; seguido por tres ventanas en paralelo al lecho. En el muro frente a los pies de la cama, un ropero con puertas de espejo, en la esquina derecha, y tan alto como el techo; junto a este, una cómoda blanca, y sobre él una pantalla pequeña en el muro; seguido de una mesita individual con una silla, también, de color acorde con la habitación; en la mesita un cuaderno con bolígrafos sobre él y junto a un par de libros, y una lámpara de mesa.
Liev besaba sus mejillas, su cuello, sus hombros haciendo a un lado la prenda que le obstaculizaba. Soñichka, dejándose llevar por el fulgor pasional del momento, susurró:
LievLiev… hagamos el amor.
El modo, el tono en que lo dijo, hizo que Liev, sin miramientos en la farsa que representaba, diera el siguiente paso. A su vez, Soñichka paso por inadvertido el hecho de que él respondiera con entendimiento a su deseo; ya que ambos se hallaban en otro plano, carentes de una completa conciencia al gozar de la plenitud de sus sentidos: el tacto de sus besos y caricias; el aroma natural e imperceptible expelido por el otro; el sonido de sus bocas, de sus gemidos y suspiros; y la visión del otro al encontrarse fugazmente sus miradas.
Ty prikrasna, tak krasiva, Soñichka! 6 —exclamó, tras hilar en su mente con dificultad las palabras. Y sabiendo que ella no le entendería dejó salir una frase conocida, la única cercana a lo que sentía por ella. —YA lyublyu tibya, Soñia! 7
6 ¡Eres hermosa, tan hermosa, Sonia!
7 ¡Te amo, Sonia!

Liev se levantó del borde de la cama y la hizo levantar para despojarla de su prenda superior. Al sentarse él de nuevo ella se sentó sobre sus piernas. Liev le mimaba labialmente desde el cuello hasta donde comenzaban sus senos, y volviendo a su boca, mientras frotaba su espalda con sus manos, suavemente desde su espalda baja hasta su nuca; atrayéndola tan cerca de él como podía. Uniéndose en un abrazo apasionado, con sutileza desabrochó su sujetador sin apartar una mano de su espalda, en vista de que intuía, por sus reacciones, le gustaban las acaricias en esa parte de su hermoso y delicado cuerpo. Liev, acarició con sus labios, y besaba, sus senos, sus aréolas. Entre suspirantes gemidos, inadvertidamente, Soñichka invirtió “los papeles”, al abalanzarse sobre Liev y con ello teniéndolo de espaldas sobre la cama, y a su merced. Rieron y sonrieron. Sonia le asistió a quitarse la playera; y comenzó a besarle como hiciera él, y deteniéndole al, él, intentar acariciarla o buscar besarla. Pues, sin palabra alguna, mutuamente, tácitamente, comenzaron un jugueteo placentero para ambos; quizá, quizá, desde que entraron al apartamento; quizá, desde que se vieran por primera vez. Quizá para… Quizá por…

D. Leon. Mayén

lunes, 5 de septiembre de 2016

Al otro extremo… Arrebato pasional - "Parte 1: En el meridiano 0"

Para mis apreciados lectores una nueva historia de mi "puño y letra", o mejor dicho, de mis dedos y teclas. Inspirada por el libro que leí y reseñe previamente; y situada en la ciudad de mi libro favorito: "El signo de los cuatro" de A. Conan Doyle; también por el notable tráfico de personas que miran mis publicaciones allá (al menos eso dicen mis estadísticas del blog).
Esta historia comienza con la llegada de dos amigos a Londres. Donde uno de ellos, Leandro, por incitación y complicidad del otro, se sumerge en una "cita" con una chica desconocida, "Sonichka", en un bar apenas llegan a la ciudad. Envuelto en mentiras: un alias, y falsas pretensiones; llegan a verse inmersos en una ilusión placentera por un tiempo, y a la vez insostenible para uno de ellos. Yendo de sitio en sitio por la ciudad, comienza algo entre ambos, algo que ninguno imaginara al aceptar las incitaciones, respectivas, en el bar, al comenzar el día, o al embarcarse hacia la excitante ciudad de Londres; golpeándoles la incertidumbre del porvenir ulterior al placer y plenitud de lo inevitable (como se asevera él) e incontenible. Esto y más se encuentra entre las líneas de esta historia; y unas gotas de erotismo, porque, el romance sin el erotismo, creo, resulta sólo en lo que pudo ser, lo que culminó al borde de lo que sería envuelto en el esplendor de la pasión arrebatada e intensa: evolución, metamorfosis, del romance.
Dada la extensión de este cuento —por mi facilidad o desdicha de explayarme—, me he decidido por dividirlo en partes; haciendo más fácil su lectura, así como su disfrute... ¡espero! Lo he basado también, en parte, en una experiencia real; muy poco realmente. Todos los lunes una nueva parte.


Al otro extremo… Arrebato pasional


En el meridiano 0

Estaba a punto de arribar el tren 4650 a la estación Charing Cross, en el corazón de Londres. Dos amigos, provenientes del otro hemisferio del mundo, viajaban en dicho tren; uno de ellos, Leandro, leía apaciblemente a la espera de que el tren frenara al llegar a su destino, y siendo esta su primera vez en Londres, más aun, su primer viaje fuera de su país natal; el otro, Tomás, como en gran parte del trayecto, se paseaba de extremo a extremo del tren; de padre británico, y siendo esta una de muchas veces que visitaba la grandiosa ciudad cosmopolita.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás dirigiéndose a su amigo, tomando el libro en sus manos a modo de poder ver la portada.
—«Infancia - adolescencia - juventud» de To… — Tomás desvió la mirada hacia el corredor y sin más se marchó, dejándole, como es habitual en él, con la palabra en la boca (algo ya acostumbrado en su relación).
Leandro retomó la lectura; estando a medio capítulo de la segunda obra del libro. No tardo en estar el 4650 próximo al final del trayecto. Encontrándose el tren en el puente, guardo su libro y contempló a un costado las embarcaciones yendo y viniendo a lo lejos, en el Támesis; y al lado opuesto la “rueda” icónica de Londres, o The London Eye, como indica en la guía turística que adquiriera en el aeropuerto por una módica cantidad.
En la estación, mientras Tomás acudía a realizar un par de llamadas, Leandro observaba atento a la gran diversidad de gente que transitaba por todo el lugar, desde familias, ansíanos, jóvenes, y hasta, como los llamaría su padre, vagos alborotadores —por usar un eufemismo—; un sentir y opinar totalmente opuestos a Leandro, pues le parecía formidable dicha diversidad étnica, cultural y expresiva. El ambiente era bullicioso y abundante de gente fluyendo en él, cientos de personas entrando y saliendo, yendo y viendo por todos lados y a todas direcciones. Aguardaba ansioso no tuviera que dialogar o sencillamente intercambiar palabras con alguien, ya que su inglés no era más que básico tirando a escueto, visto así por el mismo. Aún con ello, se sentía un tanto entusiasmado de poner en práctica los conocimientos que poseía sobre el lenguaje —tampoco es que fuera muy malo, salvo en algunos aspectos de la pronunciación—.
Al volver Tomás, de inmediato se dirigieron a su primer destino del día, y desconocido para Leandro.
Tomás es apenas unos considerables diez centímetros más bajo que su amigo; de figura entrada en carnes, aunque no con exceso, robusto más bien; ojos pequeños, pero notorios por mirones; de rostro bonachón, armónico con su actitud y contrastado por su carácter ocasionalmente arrogante y pesado.
—¿Tomaremos un taxi? —cuestionó Leandro.
—¡Caminaremos; no queda lejos! —respondió Tomás.
—¿A dónde?
—¿A dónde qué?                                 
—¡A dónde iremos!
—¡Oh! A un bar a unas calles de aquí.
—¡Un bar! ¿No crees que es muy temprano para beber? —pronunció Leandro, sabiendo perfectamente que esperar por respuesta.
—Es de noche en casa; y sigo con ese horario —exclamó con tono elocuente, creyendo era muy ingeniosa su respuesta; a no ser por la respuesta de su amigo.
—¡Sabes que allá son —miró su reloj e hizo la cuenta— las ocho de la mañana! —Tomás calló momentáneamente sin atinar a que responder.
—Es igual. No me acostumbro a tomar “técito” —dijo emulando llevarse una taza de té a la boca, levantando como todo un caballero el meñique al hacerlo y haciendo el sonido de estar sorbiendo. Ambos rieron de su payasada.
En breve caminaban por The Strand, una vía importante de la ciudad —misma que, al final de ella en dirección sureste desemboca en el Palacio de Buckingham—. Llegaron a George Court: un callejón estrecho entre una farmacia y un banco, y más allá la famosa “pizza caliente”. Descendiendo los últimos ocho escalones inmediatos al callejón, Leandro por sobre los temores de hallarse en una tierra lejana y desconocida, y sin dominio del lenguaje nativo —algo que le disgustaba de manera preocupante—, se sentía emocionado, como un niño al descubrir el mundo que le rodea, sólo que en él de manera más tenue, pero intensa. Reconociendo las sensaciones mezcladas, débilmente se rehusaba a explorarlas y dejar que le dominaran felizmente en su totalidad.
Esperaron formados por unos veinte minutos; antes de entrar Tomás dijo a su acompañante:
—Aquí llámame Mr. Thomas Nell.
—¡Mr.! Pretendes que sea tu criado —exclamó Leandro girando la cabeza y mirándole con sorpresa incrédula.
—Me conocen así por estos lares —respondió con aire arrogante.
—Sin importar que, me tomas por idiota ¿verdad? Lo que pretendes es hacerme ver como el extranjero lerdo que no se entera de nada. Como aquella vez que querías dar a probar a los gringos un chile de árbol a mordidas. ¡Madura! —Tomás simplemente se carcajeaba, en principio por ser descubierto y seguido por recordar aquel día y sus gracejadas.
Apenas unos pasos dieron en el corredor para llegar a estar en el bar. Al medio del lugar numerosas mesillas redondas con taburetes se hallaban distribuidas, al igual que algunas arrimadas a los muros; un sofá rojo; y al fondo y en el rincón asientos corridos. Frente a la puerta la barra, larga y detrás a ella una vitrina tapizada de disímil  botellas de licores y jarabes; y a la izquierda de la barra las ventanas de vista al callejón. Los muros carmesís del lugar eran cubiertos en gran proporción por retratos y fotografías en blanco y negro todas ellas, de personalidades reconocidas de la región y a través de los años —cuando menos eso suponía Leandro—.
Bebiendo una cerveza —un tanto a desagrado no siendo su veneno preferido­— a sorbos —lo opuesto a Tomás, siendo la tercera la que asía en su mano libre—, Leandro observaba a los presentes, sus atuendos, casuales y otros formales, sus expresiones y ademanes repletos de jovialidad y algunos de fraternidad para con quienes convivían. Al Tomás referir que le presentaría a algunos de sus conocidos ahí, Leandro se rehusó sintiendo no tendrían de que hablar con su escaso dominio del inglés; quedándose, así, solo, bebiendo y leyendo entre sorbos, de espaldas a la pared en una mesilla próxima a la entrada.
Una hora más tarde, sentadas en los asientos corridos al fondo, dos primas de situación algo similar a la de los dos amigos: una de ellas, Lucilda, hacía dos años que vivía en Londres; y su prima, Sonia, de visita por una semana, proveniente de la nación que viera crecer a ambas; charlaban, Lucilda perfecta y desenvueltamente con amigos y desconocidos en el bar, Sonia también, sólo que falta de interés, sobre todo. Cuando se disipó su compañía, quedando solas Lucilda y Sonia, y avanzada la conversación, Lucilda —de cabellera teñida de rubio, ojos grandes y brillosos; un cuerpo ligeramente torneado; siempre vistiendo escotada, y de voz algo escandalosa— decía a su prima:
—Anda; no me digas que no te parece guapo.
—No es eso, Lucí.
—¿Entonces? ¡Eres soltera, y estas de visita en una ciudad excitante que llama a la aventura! ¡Y ya estas grandecita; o acaso no eres una mujer que decide por si sola!
—No sé ­—pronunció dudosa, Sonia, pero sin descartar lo que argumentaba su incitante prima—; Es que…
—¡Nada, tía…! ¡Vale! si no te sientes cómoda lanzándote como yo lo haría, pues no sé… llévalo por la ciudad, dale un pequeño tour: así mareas a la libre y luego ¡ZAZ! JE-JE-JE —Sonia se limitó a mirarla con descontento por no tomar sus planteamientos con la misma seriedad— Vale, perdona. Lo llevas por la ciudad y si no te mola no tiene por que pasar nada; te piras sin más y te olvidas… De él y de un buen polvo de una noche. ¿Vale?
Sonia miraba con duda y curiosidad al extranjero. Lucilda notando eso insistió esperando convencerla:
—Anímate, tía; ¡Es ruso! —aseveró con total certeza, levantándole las cejas.
—¿Estás segura?
—¡Segura; Soni! Cuando llegamos le oí hablar­ —reveló Lucilda, refiriéndose a oírle leer y confundiendo el ruso con el alemán (mal pronunciado, por cierto), y por haber oído la procedencia del autor del libro que leía.
Tomás, conversando, de pie junto a las señoritas, se disculpó y corrió a con su amigo.
—¡Me ca… en toda; Leandro!
—¡Qué! —formuló en protesta Leandro.
Tomás, entre risas y sonrisas se sentó junto a su serio amigo y le sujetó abrazándole con camaradería y pesadez.
—Ves a las chicas, allá —Señaló en su dirección con el índice, sosteniendo la cerveza recién recargada—. ¡Creen que eres ruso! —Le sacudió estrechándole con fuerza del brazo y estrujándole el cuerpo mientras emitía un desmedido y escandaloso chillido de exaltación—. Lo que vas a hacer es que si viene una de ellas hacia acá tú sigues el juego; y no hables por nada del mundo. ¡Deja que papá se encargue de todo!
­Leandro le miró, ¡como vaya!, hace siempre al oír o presenciar sus tonterías, impulsivas y por tanto opuestas a su carácter. Sin tiempo a replicarle algo, Tomás se largo dejándolo solo ante la chica que se aproximaba; fugazmente, pues volvió enseguida.
—¡Hi! —Saludo a Sonia.
—Ho… ¡Hello! —respondió tendiéndole la mano en compañía de una sincera sonrisa. Seguida de una tímida al saludar a Leandro. Quien respondió de igual modo, con un Hello.
Leandro contempló molesto y en desacuerdo a Tomás presentándose e intercambiando algunas palabras con Sonia, en inglés y entendiendo en su totalidad su conversación.
Sonia, he is my good friend1 —Tomás lo miró con insistencia a que siga y acceda con el “plan”.
1 Sonia, él es mi buen amigo…
Brevemente calló, observó a Sonia, para al final contestar:
YA, Liev… Liev Ivanovich… Nejliudov —Presentándose formalmente, tomó su mano y la besó—, krasivaya, Soñichka 2 —Sonia se sonrojó al cruzarse sus miradas tras besarle la mano (siendo un detalle que nadie había hecho antes). Leandro, forzado a pensar rápido atinó a usar las palabras rusas que escasamente conocía.
2 Soy, Liev… Liev Ivánovich… Nejliúdov, hermosa, Sonia.
Sorry, Sonia —continuó Mr. Thomas—, my friend “Liev”, just speaks a little of english; he is… bit silly 3. Ja-ja.
3 Lo siento, Sonia, mi amigo “Liev”, solo habla un poco de inglés; él es… un poco tonto.
—Oh! I see. But you speak russian, don’t you? 4
4 ¡Oh! Ya veo. Pero hablas ruso, ¿verdad?
Mr. Thomas, con premura dijo:
Ya; of course! 5 —Leandro se río de sus embustes descarados e ignorantes.
5 Sí; ¡por supuesto!
Tomás apartó a Sonia e inmediatamente de acordar algo se retiró de vuelta a con su prima.
—¡Listo, amigo! Iras con ella a dar la vuelta por la ciudad. Yo llevo todo al hotel, no te preocupes.
—¡Cómo! No, frénate…
—Chh-Chh-Chh —­Lo acalló—. Todo está pactado. No hay vuelta de hoja, amigo. ¡Y no queras desilusionarla, o hacerme ver como alguien sin palabra ni honor —dijo sarcástico, y lo ultimo con cinismo, antes de levantar de un tirón a Leandro.
—Lo más que has oído en tu vida del honor es el Medal of Honor; y das asco en él. Tal parece que me estas vendiendo. No me gusta…
—Ya hombre, compórtate —exclamó Tomás, jalándole de la ropa tras bofetearle suavemente— No me pides constantemente que madure; da ejemplo. Sólo irán a dar la vuelta —aseguraba Tomás, de nuevo abrazándole y mirando sonriente hacia las chicas—, y si no quieres no tienes porque perder tu preciada virginidad, ja-ja —Se mofó, injuriándolo, ¡como de costumbre!— Y si… ¡Suponiendo! No te agrada, no hagas algo que yo haría, ¡y ya! Te quejas, pero bien que hasta un nombre te inventaste, ¡pillín! Si me preguntas es mucho más creíble tu asentó al hablar inglés que ruso. Da igual.  —Leandro no respondió, estando pensativo y mirando con seriedad hacia la mesa de las chicas.
—Toma —decía Lucilda a Sonia, sacando de su bolso un condón y las llaves de su departamento; entregándoselas. Sonia de inmediato lo guardó en su morralito—. Por si te va bien —Le levantó las cejas pícaramente al entregarle un par más de condones. Sonia intentó devolverlos pero fue rechazada, y sin más los guardo— ¡Anda, tira; a que esperas! —expresó por último Lucilda, haciendo un ademan con la mano, sacudiéndola estirada al frente, en señal de que se alejara.
De similar modo, Tomás “expulsó” a su amigo fuera del bar, rematándole con una patadita en los glúteos, chasqueando la boca, guiñándole un ojo, y con el índice apuntándole y el pulgar erguido.
Tomás miró a Lucilda, al otro lado del bar; ella le mostró un gesto de sutil, pero claro, desprecio hacia sus posibles intenciones.

D. Leon. Mayén

jueves, 1 de septiembre de 2016

Destino

Después de largo tiempo sin escribir algo de éste estilo; principalmente por enfocarme en escribir un cuento largo, durante un mes; y hace pocos días sufriendo los embates repentinos y constantes de la nostalgia del recuerdo y la compunción de la añoranza de lo que se fue y desearía fuera; es ahora que escribo esto. Retomando la escritura de las lineas pensando en ella -sin poder superarla del todo, pues cómo he dicho antes, es parte de mí-.

viernes, 19 de agosto de 2016

Un secreto de la vida y el amor

Un secreto de la vida y el amor


Para amar, amar de verdad, hay que mirar esos detalles, esas sutilezas que resultan en hacernos únicos, diferentes, especiales e irrepetibles; más allá de lo obvio y lo evidente.
No hay dos seres iguales en este mundo, así como dos amores iguales; en realidad, objetivamente, ni siquiera dos personas que se amen lo hacen igual, del mismo modo, la misma intensidad.
El amor de verdad es ver lo que nadie o pocos ven, y apreciarlo, defenderlo y, quizá, venerarlo.
Amor verdadero bien puede ser amar incondicionalmente, y requiere cierta madures y una apreciación más allá de los sentidos, de la lógica convencional y prejuiciosa; graciosa y curiosamente, es algo así como estar fuera de los sentidos, incluso, de algún modo, de la cordura, pero sin perderse del todo.
La vida es meramente detalles, grandes y obvios, pequeños e inadvertidos pero, todos ellos parte del todo, y por ello bellos y vitales; de igual modo el amor. Y la vida que armoniza con este.


D. Leon. Mayén

Un secreto de la vida y el amor - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

lunes, 8 de agosto de 2016

La esencia del miedo

La esencia del miedo


—¿Sabes que es el miedo? ¿A qué temo? Claramente lo he tenido, y no sólo eso, lo he «vivido»: le he visto a la cara, directo en sus fulminantes ojos rutilantes… dejando que me devorara, engulléndome a trabes de sus inclementes fauces —El viento golpeaba con fuerza la ventana de la pequeña cabaña, roída y descuidada; en un día otoñal y gris, frío—. ¡Sabes!, lo curioso del miedo es que si piensas huir de él, inmediatamente, aunque quizá inadvertido, se aproxima más, anhelando devorarte con su insaciable voracidad.
Suspiros desesperanzados acompasaban el golpeteo del viento, mientras el caris en el exterior, ausente del brillo del sol, comenzaba a obscurecer, gelideser… lentamente, como el alma que abandona el cuerpo agónico de un ser moribundo.
—El miedo —divagó: voz ronca, cansada, a momentos (enmascarando la edad que realmente debería denotar); penetrante en compañía de ciertas palabras—. ¿Miedo a que?, a lo que vendrá, a lo que será, o a lo que no es. Como sea; ninguna es real. ¿Y que es real al fin y al cavo? El miedo no lo es… pero lo es; si no, no se experimentaría. Confabulaciones de memorias, pensamientos, imaginaciones y más miedos, ¿eso es tu miedo? ¿De ahí viene?
La silla crujió, al igual que el suelo al ser presionado.
—El miedo no es nada en comparación a lo que viene después de que te tiene en su vientre y te escupe, para devorarte de nuevo cuando se le antoje volver a repetir; algunos pocos es que saben salir de sus entrañas, no sin rasguños, pero sí antes de que les escupan. ¡Seguro no sabes de lo que hablo! —La silla volvió a crujir—. Cuando se larga el miedo, saciado con lo que una vez te perteneció, y dejando nada más que inmundicia… entonces, es cuando llega la realidad a consumirte, carroñera, hasta el tuétano. Dejando en tus restos, los despojos, pena, dolor profundo, y que se arraigan cual escoria, extendiéndose como gangrena, sin nada que poder hacer más que sentirlo en carne viva, pues la soledad hace tanto que se planto; el alma se compunge hasta quebrarse en pedazos, siendo la sensación más horrible que puede haber —chasqueos; una llama enana; humo, y más humo a bocanadas—; y todo esto es, sucede, cuando lo irreal, lo imaginado y a la vez intenso en la mente y el alma se vuelve realidad; siendo algo que destruye, carcome sin piedad alguna desde el interior, estrujando hasta desgarrar la nobleza que hubiera en ese lugar que ahora ocupa; un proceso largo… durante meses, años o décadas… Siempre terminando igual.
—M-m-m. M-m-m —Gemidos alterados.
 —A eso deberías temer, a que el miedo se vaya y deje ante tus sentidos lo que tanto temías… Si eres dotado con lo necesario, hábil, o quizá un pobre diablo con suerte, te salvaras. Aunque no ahora. No comprendes de que hablo… para ello alguien debería haberse marchado de tu lado, lejos, tan lejos que jamás volverá… sin importar cuánto perdón pidas, cuanto te arrepientas, cuanto sufras… jamás volverá —Una de las maderas viejas y polvorientas del piso se humedeció insignificantemente—. Jamás.
La obscuridad era total, creándose un abismo en la tierra ­—al irse el sol, mirando hacia otro lado—, sin fin, sin más brillo que un destello débil al interior de la cabaña, intermitente, anaranjado.
Un destello fulminante, un estruendo ensordecedor; se interrumpió la paz y quietud del campo, acallando a las criaturas bulliciosas en él.

Un destello fulminante, un estruendo ensordecedor; y tras pocos segundos la paz y la quietud del campo volvieron a imperar, sin nada más que se les opusiera.


D. Leon. Mayén

La esencia del miedo - CC by-nc-nd 4.0 - D. Leon. Mayén

viernes, 5 de agosto de 2016

Reseña: Infancia - Adolescencia - Juventud De: Lev Tolstoi

Reseña: Infancia - Adolescencia - Juventud
De: Lev Tolstoi


Este libro… me pareciera lo he leído durante un largo tiempo, mas no así ahora, ya que, por desgracia su extenso contenido, bello, conmovedor y grato para mi memoria, no permanece en su totalidad en mí, gracias a la vorágine emocional que he vivido el último par de meses.

Es un libro de presentación rustica, a dos columnas y bastante extenso en sus doscientas cuarenta y tres páginas tamaño A5, compuestas por las tres partes de la obra. En principio, decidiéndome por leer este libro al terminar el anterior que leía, y por dejar para después algunos otros que guardo como algo, quizá, más especial; en sus primeras páginas me pareció aburrido, algo mundano, incluso ya avanzado en algunos capítulos me sentí motivado a botarlo —realmente por cierto desagrado que tuve al leer sus líneas, algo personal, no por otro motivo—. Pero, afortunadamente, supe superar dicho desagrado, y continuar leyendo, algo de lo que me siento afortunado. En repetidas ocasiones me llegue a sentir… más que identificado, trajo a mí gratos recuerdos y sensaciones, pérdidas en mi mente, de mi infancia y adolescencia, motivados por situaciones en la historia, del protagonista «Nicolai», que me resultaron en esencia afines a situaciones de mi propia vida. Algo que me maravilla, pues más allá del tiempo, los siglos, el país, contexto histórico, idioma, clase social, etc., quiero creer con convicción, el hombre puede conectar con alguien pese a todo lo antes mencionado, dejando a un lado, claro, prejuicios e idioteces de esa calaña; incluso diría que esta obra, atemporal, me ha devuelto un poco la esperanza de conectarme con alguien, por muy difícil que me resulte. —Y algo que me lleva a escribir una historia que espero pronto terminar y compartir por este medio—.

Ahora sí, hablando del libro, todo comienza, literalmente, al, el protagonista y narrador de la historia, Nicolai —antes debo mencionar que se trata de una «autobiografía de ficción», que a mi ver poco tiene que ver con la vida de Tolstoi, pero a la vez la refleja muy bien, sobre todo en la visión de sus allegados y familia ¡Cuando menos eso me parece!—; narrar brevemente su infancia, hablando de sus hermanos, padres y criados, por quienes más tarde asevera sentir particular gratitud y afecto. La parte de infancia resulta sucinta en comparación a las siguientes. Lo que recuerdo más trascendental de esta sección es la despedida de Karl Ivanovich, el primer preceptor de la familia —cuando menos de los barones en ella. ¡Menudos tiempos!—; siendo sustituido por Saint-Jérme, quien le preparara y acompañara hasta llegado su ingreso a la universidad.

En adolescencia, cuenta Nicolai, en principio, su viaje de regreso a Moscú, a casa de su abuela, tras la penosa muerte de…; viaje hecho en compañía, esta vez, también de su hermana Liuba, y Katia —­algo que no termina de agradarme es que de Liuba se habla poco, más que para referirla ocasionalmente que tiene pies de ganso—; en este punto de la historia ya me encontraba más que enganchado, preso de lo que ocurriría y el destino de los personajes.

En Juventud, Nicolai, relata su amistad con su amigo Dimitri, al cual, cerca del final de la parte anterior de la  obra, conociera gracias a su hermano Volodia, siendo Dimitri mayor que él, y desarrollando una buena amistad pese su diferencia de edad. También cuenta su ingreso a la universidad, fugazmente. Abarcando mayormente, el trato y relaciones que tiene con allegados y familia, y sus puntos de vista sobre la vida a esa edad. También está el inesperado casamiento de su padre con una dama, su vecina inmediata: —a unos nueve kilómetros—, perteneciente a una familia con la que anteriormente se encontraban enemistados por unos terrenos en disputa; unión que desagrado tanto a Nicolai como a Volodia, y lo opuesto en Liuba.

En las líneas de esta historia, repetidas veces se habla de la muerte de seres queridos para Nicolai y su familia, algunos más para él sobre todo; personajes que llegue a apreciar por lo que se describía de ellos, y todos ellos expirando bajo circunstancias naturales; y entristecedoras también. De todos los personajes, creo que mi predilecto resulta ser Nicolai, apenas y por sobre algunos otros, siendo que sus vivencia y modo de ver me resultan… no sé con precisión como describirlo, pero no es afinidad —o poca de ella— sino admiración, quizá.

Podrá parecer que se trata de algún melodrama familiar, peor no es así; es una historia desarrollada desde el punto de vista de alguien, en este caso Nicolai; la historia de una vida, que, como todos tenemos una; invariablemente desde el principio de la humanidad; y que parte de otro grandioso rasgo de ella, contar, relatar, ¡crear! lo que se vive, piensa o imagina —o un poco de todo—. Y que, por sobre los medios actuales de comunicación audiovisuales y carentes de intimidad intelectual, logra conectar dos mentes mediante la gloria del lenguaje y la escritura.