martes, 14 de febrero de 2017

Des-amor

¿Desamor es amar sin amor? ¿O quizá no tener a quien amar?

Des-amor


El desamor, para muchos repudiado y por todos temido, al menos los que lo han saboreando previamente y con “deleite”; pero, como sea, inevitable. Porque, a mi ver, el desamor no existe sin un amor previo.

La RAE (Real Academia Española) define así esta palabra, en su actual edición:
desamor
1. m. Falta de amor o amistad.
2. m. Falta del sentimiento y afecto que inspiran por lo general ciertas cosas.
3. m. Enemistad, aborrecimiento.”

Y, amor así:
amor
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.
5. m. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor.
6. m. Persona amada. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing. Para llevarle un don a sus amores.
7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.”

Y por ultimo veamos el prefijo des-:
“des-
1. pref. Denota negación o inversión del significado de la palabra simple a la que va antepuesto. Desconfiar, deshacer.
2. pref. Indica privación. Desabejar.
3. pref. Indica exceso o demasía. Deslenguado.
4. pref. Significa 'fuera de'. Descamino, deshora.
5. pref. A veces indica afirmación. Despavorido.”

En lo personal, me parecen sobradas muchísimas definiciones al hablar del amor o el desamor, y cosas afines; aunado a que no es igual para unos que para otros. El desamor, como el amor, tiene miles de facetas, aunque la mayoría se centran en lo romántico (del cual hablare en breve). No es igual el desamor que puede sentir un bebé, o niño, de sus padres; o entre hermanos, incluso una mascota de su amo —también sienten con fervor; dejémonos de idioteces—.

Pero perfilémonos en lo romántico, eso de lo que todos quieren —queremos— escuchar; ya sea por anhelo, remembranza, deseo de sentirlo y experimentarlo, o por mera ansia curiosa. Como mencioné sin amor no puede existir desamor, al menos romántico, aunque, claramente hay excepciones; y es que el desamor surgente de un profundo y vehemente amor es… puede ser lo opuesto a lo que dicho amor fue: algo destructivo, sumamente doloroso e incontenible a todo deseo o razón, algo que avasalla el temple, la voluntad y el deseo por todo, desembocando, en el peor de los casos, en una aberrante depresión «pero ese es otro tema, muy escabroso, a tratar».

Desamor es desear, anhelar, evocar, sollozar, adolecer… amar sin amar, y, a la vez, sufrir de amor. Porque el amor ahí está, no es —por mucho que lo digan o pretendan— algo que se va o desecha apenas se acaba una relación, cual hojas al caer de un frondoso árbol, bello, vívido. El dolor de la ida de ese amor, de esa persona que locamente hemos amado, es lo que desgarra el pecho, punza la mente y mengua la voluntad. Martirizándonos en las noches de vigilia, que sin notarlo mutan en destellantes y molestos amaneceres, amargos y solitarios. Desamor no es que no te quieran, eso bien puede ser que te desaíren, te rechacen o meramente no eres de su agrado; claro que, bien se puede amar sin ser correspondido; o “no saber amar”. Desamor es desear tener lo que se tuvo, con arrebatado frenesí y desesperada agonía, porque eso que se sintió, eso que él o ella nos han provocado en su tiempo fue para nosotros todo lo que queríamos… necesitábamos y bastaba; el resto era nada, comparado con nuestro amor. Desamor sin un previo «amar», es sólo desear amar; pues no hay carencia de nada, solamente ansia de amar y ser amado… —sin embargo, es mi punto de vista—.

El desamor al igual que su homónimo, nos lleva a miles de locuras, estupideces y osadías… Y a otros, a sufrir sin aparente fin, doliéndonos de compunción por los errores cometidos y sentenciados a la eternidad. Recordando con nostalgia —una nostalgia en mixtura con el pesar y la tristeza— lo que fue, quienes éramos en su compañía, entre sus brazos, entre las carisias que supusimos serían eternas; entre besos y miradas apasionadas… intensas; arrullándonos en deleite con sus palabras; haciéndonos soñar con sus sonrisas y ocurrencias, sus detalles y sorpresas… alimentando con su ser, bienhechor, nuestra alma, y arrobándola inevitablemente; quedando ahora agonizando en pena por un retorno que no será… ya no será.

Me parece, a la vez, que el desamor… es a causa de ese amor que se tiene arraigado en el corazón y ya no tiene a donde fluir libremente, en quien proyectarlo y ceñirlo con él sin mesura, con fervor; no como lo hicimos… no con quien quisiéramos… no más.

En parte esto es lo que es para mí el desamor, lo que significa; y sé claramente no es lo mismo para todos, no todos pensamos, sentimos y ¡amamos! igual, dentro de nosotros, ni a alguien más: ¡cada amor y amante es diferente, único e irrepetible!

Seguramente tu no sientas lo mismo al pensar en esta palabra —que casi no he mencionado, ja, ja—, desamor; y/o posiblemente compartas algunos de mis puntos de vista pero, te aseguro no lo sufres como yo… Y yo como tú.

En inglés, creo, la palabra equivalente a desamor es loveless, algo así como sin amor, carente de él —en parte, casi lo mismo que lo antes citado—. Ahora bien, a mi gusto prefiero un equivalente como lovesick, pero, más apropiado me resulta, y bello por su síntesis y profundidad, lovelorn: Abandonado por su amor. Herido de amor, suspirando de amor —Así lo hallé en un viejo diccionario—. Ambas palabras me agradan mucho, definen bien el sentir con brevedad.

Por último; quiero creer que el desamor puede hacer que amemos más, que se aprecie el amar, se desee; al llegar hasta cierto punto, y no sólo de manera romántica…; aunque claro, hablo en el mejor de los casos. De otro modo nos volvemos unos bastardos frívolos, amargados, rencorosos e insufribles, patanes intolerables —y mira que como los hay—.


¡Volver a amar no es olvidar amores pasados,
es encontrar un espacio para un nuevo amor
donde creemos no hay sitio!



D. Leon. Mayén


¡FELIZ SAN VALENTÍN... O NO! Tracks of Love "Rastros de amor"
Versión leída, por mi amiga, y booktuber, Ximena: Hablando sobre el Desamor - Soñando entre mundos: http://youtu.be/Eo99eCckmow

martes, 7 de febrero de 2017

Trabalenguas románticos

Canciones, películas, ¡poemas!, de amor… pero también hay trabalenguas sobre el amor. Esta es una pequeña compilación de los que he hallado leyendo algunos librillos de trabalenguas.

Trabalenguas románticos


Quiero y no quiero querer a quien no queriendo quiero,
he querido sin querer y estoy sin querer queriendo,
si por qué te quiero quieres que te quiera mucho más,
te quiero más que me quieres.
¿Qué más quieres, quieres más?

... ... ...

El amor es una locura,
que ni el cura lo cura,
que si el cura lo cura,
es una locura del cura.

... ... ...

Si por qué te quiero mucho
quieres que te quiera más…
Te quiero más que a mi vida.
¿Qué más quieres? ¿Quieres más?
Te quiero tanto que si el salvarte fuera la muerte,
y el perderte tener vida,
prefiero la muerte y salvarte,
a perderte y tener vida.

 ... ... ...

No me mires, que nos miran que nos miramos.
Sospechar pudieran que nos amamos.
Nos miraremos cuando miremos que no nos miran
y entonces, nos amaremos.

 ... ... ...

Nada demanda

mi amada dama de mí.

.... ... ...

Mírame sin mirar, Miriam,
mírame mientras me muevo;
no me mires, Miriam mía,
no mires que me muero.

... ... ...

Los trabalenguas se han hecho
para destrabar la lengua,
sin trabas ni mengua alguna
y si alguna mengua
traba tu lengua,
 con un trabalenguas

podrás destrabar tu lengua.


jueves, 2 de febrero de 2017

Tibias noches de amargura

Por más que quisiera, ahora, no puedo evitar sentirme así.


Tibias noches de amargura


Heme aquí, refugiándome de la negrura de la noche y el frío de la soledad. Entre luces fatuas, pero útiles a su propósito... Mas no así, el "cobijo" de las sábanas, que en vez de acogerme con calor me dirigen al gélido recuerdo; al ansia y deseo de momentos ya pasados... pero no extintos; raíz de mis desvelos, de mis suplicios nocturnos, mi martirio general.
Sin ella las noches, antes gratas y gloriosas, ahora son tortuosas. Divagando sin fin de un lado a otro, y sin moverme... Queriendo olvidarla... Deseando abrazarla, tomarla y cubrirla, cómo hacen estas sábanas, que no me confortan del todo o consuelan meramente poco.
Buscaré el descanso, la paz en la plácida inconsciencia, esforzándome en no sucumbir entre ya conocidos y eternos anhelos y suspiros... Cuando menos, hasta que retorne a estar aquí tendido.


D. Leon. Mayén


lunes, 30 de enero de 2017

Reseña: La Buena Tierra - De: Pearl S. Buck

Hacia tanto que no subía una reseña, pese a no cesar de leer, pero debido, curiosamente, a lo mismo: no parar de leer, es que no me he tomado el tiempo para reseñar una de mis lecturas. Pensé realizarlo con Noches Blancas y Otros Relatos, de Dostoyevsky; un libro con tres magníficos relatos, con los cuales me deleite, sin duda; y del cual reseñe tenuemente en mi perfil de Entre Lectores. Y ahora les traigo esta joya de la literatura.


Reseña: La Buena Tierra
De: Pearl S. Buck


Comenzare, como “breve” introducción, relatando como es que este libro llego a mis manos, mis ojos, mi mente y más. Un día, específicamente el viernes 31 de Diciembre del ya extinto 2016, acudí a mi librería predilecta, y de las más cercanas, a recoger mi pedido: Cuentos desde el Reino Peligroso, de J. R. R. Tolkien —aún sin abrir pues espero a completar mi colección de todas sus obras—; y teniendo pensado gastar mis puntos acumulados en mi tarjeta de comprador frecuente, decidí comprar otro libro, para no perderlos al fin del año. Pero, no es que lo haya tomado al azar, pues tengo una gran lista de libros por adquirir; y como he mencionado antes, prefiero que los libros lleguen a mí. Sino que la semana anterior a esas fechas, cuando aparte el libro, necesitando esperar unos cuantos días a que lo trajeran de la sucursal matriz, mi padre, pululando por la librería en la sección de computo, seguramente; según me dijo después, recordó haber leído «La buena tierra», cuando niño; preguntó si la tenían en existencia para después decirme que la comprase. Reaciamente me negué, ya que no me alcanzaba para pagar los $63.00 pesos requeridos, y sí comprando una abominable novela, la cual trato de olvidar infructuosamente. Entonces, al recoger el libro de Tolkien me decidí por llevar este libro, del que les hablaré; en principio, y pese ganar el Pulitzer en el 32 y la autora ganadora del Nobel de literatura en el 38, me parecía no sería de mi total agrado. No así ahora, es de mis libros predilectos, inolvidable, e insoslayable si me preguntan por mis gustos literarios.

Este libro de la Editorial Purrúa, de la colección “SEPAN CUANTOS…” enumerada como la 667, no es el más extenso que he leído, creo, pero si el que con más ansia he devorado. La simpleza, la humanidad y el detalle con que la escritora lo relata todo es… magistral; hizo que me sintiera inmerso en la historia, ¡olvidándome de mí!, y sólo buscando noche tras noche un poco más de “este opio” «como hiciera la señora de la gran casa o el tío o la esposa del tío de Wang Lung, el protagonista de la historia, que comienza con el día de sus bodas; un humilde labrador que vive de la cosecha, de la tierra y su bondad. Ubicada en China a poco más de principios del Siglo XX. He aquí el primer párrafo:
“Era el día de las bodas de Wang Lung. Por el momento, al abrir los ojos en la sombra de las cortinas que rodeaban su cama, no acertaba a explicarse por qué razón aquel amanecer le parecía distinto de los otros. La casa permanecía silenciosa. Únicamente turbaba su quietud la tos del padre anciano, cuya habitación estaba frente por frente de la de Wang Lung, al otro lado del cuarto central. La tos del viejo era el primer ruido que se oía en la casa cada mañana. Generalmente, Wang Lung la escuchaba acostado en la cama, y así permanecía hasta que la tos iba acercándose y la puerta del cuarto de su padre giraba sobre los goznes de madera.”
Ulteriormente, Wang Lung va en busca de su esposa, una esclava de la casa grande… Posterior, tienen hijos, y la prosperidad en la vida de Wang es buena; en dinero, cosechas y en general; acompañado de su habilidosa y abnegada esposa. Hasta verse sus vidas trastornadas por la hambruna, pues todo depende inflexiblemente de las cosechas; terminando por obligarlos a emigrar al sur. Teniendo que mendigar ahí para sobrevivir, sus hijos, su esposa «O-lan», así como su padre; mientras él las hace de “taxista” —absolutamente nada que ver con un taxi de ahora—. Cada mañana acuden a por un plato de comida para poder alimentarse, donde a la gente como ellos es bondadosamente alimentada. Poco después, la guerra, y por consecuencia el reclutamiento forzoso atemorizan a la ciudad, llevando a Wang Lung a cambiar totalmente su forma de ganar los peniques (dinero) que ganaba de su sudor, para ahora hacerlo por las noches por miedo a ser enviado a la guerra y alejarse de su familia; una guerra desconocida en su totalidad para él, así como en qué consistía, pues es un simple labrador.
Conforme avanza la historia, y volviéndose rico gracias a la buena tierra, el personaje principal se transforma totalmente, debido al dinero —desde mi punto de vista—, pues olvida quien era, para ostentar, hasta ser, quine según él y su estatus actual debía ser… Alguien rico y con tierras, de buen vestir, y con el tiempo, con más de una esposa; ¡nada bueno!, a futuro.
A grandes rasgos la historia trata sobre la vida de Wang Lung y su familia, así como de una parte de ella con la que no congenia, pero por tradición o el qué dirán jamás toma cartas en el asunto, teniendo que soportar a su tío y su prole sin remedio al éste aparecer y plantarse en su casa de súbito. Pero no es que se enfoque únicamente en Wang y su forma de actuar, ver y pensar, sino que se puede llegar a palpar el entorno en que vive, en los lugares que se desarrolla la trama, así como conocer profundamente a sus personajes, unos más importantes que otros pero, todos ellos, sin duda, vitales para la historia. Pensándolo bien, es una obra sobre una vida y las vidas en ella… algo muy bello y admirable.
Fue tanta mi inmersión en la trama que cuantiosas veces quise… de algún modo; ja, ja, ja; entrar y abofetear a algún que otro personaje, sobre todo a Wang Lung. Y es que, por otra parte, nada de lo leído da indicios a lo que ocurrirá, dando vuelcos inimaginables, pero ·naturales” —más o menos—, y cambiando o desviando el cauce de la trama, ramificando en nuevos sucesos insospechados. ¡Pero todos ellos exquisitos!
Diversos enfoques y perspectivas ilustra la novela, desde la pobreza absoluta, el analfabetismo, hasta la arrogancia, el desdén y desprecio por la riqueza —al poseerla—, y la hipocresía humana, la ingratitud, algo que es de lo que más me ha gustado en conjunto a conmovedores momentos, pues representa perfectamente la condición humana. Bien puede tacharse de machista la obra, ¡aunque quizá por escribirla una mujer no sea así!, pero más que machista me parece un vivo retrato de lo que ha tenido que vivir la mujer sin importar la era o el continente, el tiempo, la raza o la clase social. No es algo que defienda o con lo que esté de acuerdo… pero negar el pasado es ignorar, e ignorar es no progresar.
Hay muchos matices en La Buena Tierra, pero lo que más resalta es la naturalidad y sencillez con que lo narra la autora, muy humana… en lo bueno y malo de la palabra.
¡Y es qué ya no sé si de ahora en más veré el mundo igual… al toparme con un mendigo o al comer algo sembrado en el campo!, etc.; puesto que, aunque la historia narrada entre sus 253 página —poco notorias—, es de una escritora nacida en Estados Unidos y quien vivió la mayor parte de su vida en China, y que, pese, a hablar de un continente, un país lejano para muchos, me deja en claro que esta historia pudo o puede acontecer, de forma remota e inexacta en su totalidad, en cualquier parte del mundo, ya que sin la tierra no hay vida en la mayoría de nuestros países… Eso y que la condición humana es atemporal, inextinguible e inclemente; con la dicha y desdicha que ello representa.
Espero les interese leer esta obra, pues creo con fervor vale la pena; casi seguro muchas de sus líneas, de algún modo ya las hemos visto, oído, presenciado o vivido… ¡Y no es muy costosa! Ja, ja. ¡Saludos!



D. Leon. Mayén





La Buena Tierra - Pearl S. Buck

lunes, 23 de enero de 2017

Noches entre dos - Pasos y caricias

Las noches en vela, insomnes... son siempre mejores en compañía, y más aún en la correcta, la deseada.

Noches entre dos

Pasos y carisias


Muchas veces la noche es reflejo de la nada y del miedo, de lo oculto y peligroso. No así en el cobijo del lecho, entre dos seres que se desean… Se aman, se anhelan con desenfreno; no sólo con o por lujuria, sino también con ella, aunada al cariño, el afecto, el romance creciente y el deseo desbordado de ambos.

Momentos en los cuales el entorno, de algún modo, desaparece de nuestras conciencias, dando pie a lo que sentimos, emocional y sensitivamente; mezclándose ambas maneras de forma diáfana en nuestros cuerpos y mentes… palabras, ademanes y expresiones, en nuestros ojos y labios, que con estupor alborotan nuestro ser, uniéndose con mayor intensidad y frecuencia mientras la noche se hace más honda, pero, apacible y gozosa. Entre pensamientos que no compartimos, o quizá sí, del uno por el otro, entre roces y carisias, lentas o arrebatadas, da igual; pues si bien el tacto de tu piel, de tus cabellos, de toda tú entre mis manos o mi propia piel es un deleite, atizarlo con palabras, susurros, lo vuelve todo un placer creciente.

Las noches llegan a ser parcas, esporádicas, tanto como un abrir y cerrar de ojos; pero en tu compañía se prolongarán en segmentos; aunque a futuro se vuelva un entrañable recuerdo en mi cabeza… Al disfrutar de cada detalle se convertirán en una extensa escena, que más allá de cualquier pantalla posible, retendré en ella tú aroma, no el que impregnas cada día para ornarte de aún mayor atracción y placer al olfato —aunque también lo remembraré, pues es parte de ti—, sino del que emana esencial de tu cuerpo, impregnando mi olfato con él en cada beso que dé a tu cuerpo, de pies a cabeza; del sentir de tu presencia, de mi vista que te contemplara como lo mereces, hasta que me pidas cese. Pues en ese momento, mis manos, mis labios, mis ojos… todo yo estaré volcado a tu venia y voluntad; abnegados a tu voz guiadora que musita —o como sea— indicándome que hacer, a donde ir, cuando volver y sobre todo como andar entre tú magistral ser.

¡Marca el paso… y lo seguiré! Un buen vals, danza, o cualquier baile es mejor al compás, de tal modo que dos asemejen uno, que todo movimiento propicie armónico el próximo; hasta dar al esmero y el cansancio su merecida recompensa. Y así, emprenderá, en la orquestal noche —si eso deseas— entre voces, risas y gemidos, la segunda pieza conociendo mejor el ritmo y el paso, sea cual sea: lento o acelerado, suave y sutil o repetido y marcado.

Deseando cada vez, insaciable, conocer un poco más de ti; desde cada una de tus cabellos, tu nuca, contar una a una las vertebras de tu espalda mientras las roso con delicadeza, y así cada centímetro de tu cuerpo… todo el que me permitas reconocer; pero, también aunar en tus pensamientos, tus ideas y secretos, que de tu voz bondadosa compartas conmigo; ocultándolos con mi vida si así lo pides.


Cual felino nocturno, no siempre está en mí la docilidad, tornada a veces en capricho y curiosidad, ansia o arrebato pasional; mas no creas con mis garras de laceraré… Jamás lastimaría las manos que con cariño me acarician.

Así, en estas noches, o no tan noches, con el transcurrir crearemos, mutuos, nuestro propio baile: al ritmo y compás compuesto a la par, extasiante y jubiloso para ambos.



D. Leon. Mayén

martes, 1 de noviembre de 2016

Día de muertos

Si llegaste aquí al terminar de leer Este bosque maldito, veras que esto está relacionado indirectamente; ya que lo escribí publicando el cuento, por tanto algo se me quedo, supongo.

Día de muertos 


Un día, una tradición no una celebración o festividad frívola —a mi ver— como la de ayer, la extranjera a estas tierras ancestrales desde aquí y más al sur —y no es que me oponga o no la disfrute pero nada tiene que ver con ésta de la que hablo—; que ya no sé si es lo que debería ser idóneamente entre tanto anuncio basura que se cuelga de la fecha y la grotesca realidad que se vive. Y discrepo en lo de festividad puesto que esta palabra denota festejo, disfrute o algo similar; y no creo que Día de Muertos sea para festejar ni siquiera el estar vivos, eso es negación simplona a un hecho irremediable —muy por encima del aberrante lugar cruel en que vivamos—, sino más bien debería ser, idóneamente tal vez, para honrar de algún modo, por muy nimio que éste sea, a quienes quisimos y a los que quisieron quienes queremos; para recordar con cariño y afecto, «pues el olvido es la muerte definitiva», a quienes ya no están y desearíamos estén; para reflexionar y apreciar a quien se tiene; aceptar las cosas como son y esforzarse por llegar al final de la senda de la mejor manera posible.
¡Siempre me ha parecido fantástico, asombroso y admirable!, que en algunas comunidades o pueblos lejanos sigan preservando esa tradición heredada, de las cual algunos sólo se sirven para rellenar mentes y espacio por medio de una “nota informativa”, de cómo los cementerios se llenan con velas y flores, incluso creando caminos con pétalos de flor de cempasúchil —un icono de este día— hasta sus casas, para que las almas de los difuntos no pierdan el camino; mientras en las ciudades, algunos muchos, sólo visitan el cementerio una vez al año, dos o tres si a caso —Día de la Madre, y del Padre, dependiendo—, pues es la costumbre, al igual que no afrontar la muerte con ayuda o, quizá, entereza y aceptación por sobre ese leve pero eterno miedo, culpas y arrepentimientos. ¡Aunque sé muy bien todo esto puede llegar a ser hondamente doloroso!
De muchos y muchas he oído que Halloween, después de navidad, es su día favorito, o viceversa. Para mí, por sobre, casi, todos los días del año, este es mi día, no favorito, más bien predilecto, es complicado; y es que sé es un día que simboliza algo tan humano, tan de toda la vida y todos los tiempos, eso que por sobre todas las religiones, todas las culturas y los tiempos resulta de algún modo tan semejante, y es el recuerdo, el cariño que se tuvo, los momentos aun vivos en la memoria… pues todos, o casi todos, hemos perdido o ha fallecido alguien, o varios, de quienes queremos.
Y, pensándolo bien, un día como hoy y mañana, sí vale muchísimo valorar la vida y la de los que amamos en armonía con los que se fueron o ya no están. Pues algún día seguro seremos uno de ellos, y que mejor que partir sabiendo un día así nos recordaran con cariño, poniendo una ofrenda con nuestra imagen y entre todo eso que en vida disfrutamos con placer. ¡Posiblemente esta parte, este hecho si haya que celebrarlo!



D. Leon. Mayén

Este bosque maldito

Como lo prometí, en el cuento anterior, ayer Halloween, titulado "Ojos ominosos"; aquí les traigo esta lectura para Día de Muertos, y una sucinta reflexión u opinión sobre el día (en una cuartilla), al final y a modo de extra, que poco tiene que ver con el cuento aunque está relacionado de algún modo.

Este bosque maldito


   Aquella tarde era nublosa, de un día normal, al exterior de la cabaña, antiguo hogar de la ya difunta matriarca de la familia. José, el padre de Amabel, la había dejado en la cabaña esperando con su primo Antonio —actual habitante del lugar, buscando independencia y algo de libertad—, mientras él, su esposa, su hermano y cuñada acudían a la ciudad; pues la cabaña se hallaba a mitad de camino de casa de cada uno; siendo que, tras la dolorosa muerte de su madre, cada uno de ellos partiera literalmente en direcciones opuestas.
   En esa cabaña antigua, aparentemente, tanto como el mismo bosque, pero curiosa y notoriamente bien cuidada al interior, contaba con todos los servicios imprescindibles y prescindibles: desde electricidad y servicios de agua, hasta el, relativamente, nuevo calentador solar; internet, y T.V. por satélite. Así, de poco se carecía en la morada, y su ocupante como los esporádicos visitantes gozaban de comodidad al alojarse.
   Amabel, rondando los diecisiete años; de estatura apenas inferior al promedio, ojos marrones y pequeños, y de una mirada que iba desde la intensidad del enfado, hasta la felicidad completa, aunque ésta última muy escasa; cabellos tintados de rojo obscuro; y de actitud desafiante y despreocupadamente arrogante a veces, ya sea con su padre o con alguna autoridad que buscara imponérsele; estaba tumbada en el sillón navegando en su celular, mientras Antonio, mayor que ella, miraba la T.V. saltando sin parar de canales; él, de corte corto, cabellos negros y lacios; ojos azules como los de su madre; espíritu y voluntad siempre positivas y mirando al futuro con deseo a cumplir sus metas; querido por todos, aunque algo de fricción había entre él y Amabel por ello, pues ella siempre era la “mala” del cuento, la rebelde y de malas calificaciones; incluso, alguien, alguna vez, la había llamado «bruja maldita» —y bromeando en la familia la llamaba bruja o brujita, dependiendo—.
   De improviso, la corriente eléctrica se suspendió —una rama se había quebrado por el viento, muy lejos de ahí, cayendo pesada sobre los cables—. Amabel de inmediato se quejó de forma molesta y extensa, pataleando también; y fue ahí cuando una brillante idea le nació.
   —¡Vamos al bosque! —dijo de pie frente a Antonio.
   Él se lo pensó y contesto:
   —Mejor no. Esperemos a que vuelva la luz —ella sintiendo de inmediato su inflexibilidad cambio de táctica—. ¿Qué haces, Amabel? —preguntó al mirarla colocarse la gruesa y afelpada chamarra gris que, apenas llegar, había votado en el respaldo del sillón.
   —Entonces, iré sola. Y si… algo me pasa o me comen será tu culpa que fuera sola —expresó con descaro.
   —¡Por eso mejor no vayas! —Le gritó, apenas antes de que la puerta se azotara. Y farfullando, corrió a abrigarse y darle alcance, pues inevitablemente le preocupaba el bienestar de Amabel; y pensaba darle gusto dando un paseo por el denso bosque, y por sobre las inflexibles e impetuosas ordenes, restricciones, de su padre para que no fuera jamás allí.
   Adentrándose en el bosque, Antonio, insistía alzándole la voz una y otra vez a Amabel que parara, que le espera, al ella escurrirse por entre las sendas; estando apenas a unos cuantos metros el uno del otro, pues aunque ella era de piernas cortas él avanzaba con temerosa cautela: vigilando donde pisaba, donde ponía la mano, y desviando la mirada hacia cada ruido que escuchaba y le resultaba sospechoso.
   El bosque, este bosque, de senderos estrechos ceñidos de forma tupida por árboles secos despojados hasta de la más liviana hoja, y velado al suelo de hojarasca, ramas moribundas y troncos por donde quiera que se mirara; al igual que copiosos ojos que contemplaban, atestiguaban todo lo que ocurría ahí, día y noche; algunos acechantes, otros temeroso de esas criaturas que sólo buscaban saciar sus instintos primarios, animales. Las sendas, los caminillos, algunos, apenas y eran distintivos, otros claramente marcados por el pretérito paso de personas y escasos animales de apenas notorio tamaño. El caris era denso; entre frio y fresco; penumbroso allí donde las ramas en lo alto y bajo se aglomeraban cubriendo la poca luz que llegaba a la superficie previamente sosegada por las pesadas nubes grisáceas; en conjunto con la suave niebla gélida que se creaba, apareciendo y esfumándose a azarosas horas del día.
   Pasado un rato de dilatada persecución, Antonio perdió de vista a su prima.
   —¡Amabel, Amabel! ¡No es divertido!; ¿dónde estás?
   —¡Bu-u-u! Ja, ja, ja, ja —emitió ella surgiendo de detrás de una roca; no muy lejos de él.
   —¡Maldita sea; no es gracioso! —La reprendió con severidad; como siempre hacia su padre.
   —¡Eres un cobarde, siempre lo has sido! —interpuso enfadada, caminando hacia el precipicio, donde terminaba abruptamente esa parte del terreno, para continuar unos veinte metros debajo.
   —¡Amabel!, no vallas para allá; es peligroso.
   —¡H-m-m! —expresó guturalmente, arrogante y decidida.
   Amabel echó un vistazo y, siendo ella, permaneció así un par de minutos, pues jamás mostraba ante nadie miedo alguno; volvió y a poco menos de un metro de la orilla, del límite al “vacio”, Amabel pateó el tronco de un árbol con ímpetu, repetidas veces. Se quitó la chamarra, y usándola algo así como soga, pasándola por detrás del árbol y sujetándose de ambas mangas se balanceaba meciéndose con vilipendio a su seguridad y la angustia de Antonio, expresando con placer un sonoro «Yupi, yupi… güi », al hacerlo.
    —¡Basta, Amabel, por favor deja de hacer eso, te vas a caer… para ya! —suplicaba Antonio con angustiada voz.
   —¡Ah-h-h! —exclamó Amabel; al tiempo que voló su chamarra por el aire, cayendo flotante por el precipicio; mientras carcajeaba en el suelo, mirando la expresión de terror en Antonio.
   —Eres odiosa, Amabel; una mocosa que nadie quiere —dijo buscando revancha, desahogando la angustia que le abrumaba—. ¡Volvamos! Y camina al frente donde te vea.
   Amabel calló al percatarse de la lágrima que escurría por la mejilla de Antonio.
   Caminando de regreso, Amabel se sentía apenada, turbada por sentimientos poco explorados por ella. Entonces a medio camino se detuvo dando media vuelta y dijo con voz apagada:
   —¡Lo siento… Antonio! Es que yo… yo… Como dijiste nadie me quiere. Se la pasan reprendiéndome por cualquier cosa que hago mal; es igual en casa que en la escuela. No tengo amigos, no tengo con quien… Estoy sola —reveló sentándose sobre el tronco de un árbol caído, con las manos en los bolsillos de la chamarra que le diera casi de inmediato Antonio, y mirando al suelo con aflicción—. Me siento sola; y supongo por eso soy así, busco llamar la atención esperando…
   —¡No estás sola, Amabel! Me tienes a mí. Yo te quiero; somos familia. Puedes contar conmigo para lo que necesites y cuando quieras. Pero por favor deja de hacer tonterías como la de hace rato, ¿sí? Y cuando te hartes o te sientas sola sólo llámame o ven a verme —Amabel levanto la mirada y respondió a la cálida y sincera sonrisa que le daba Antonio de igual modo—. Ven, párate y deja que te abrace. Sé que no das abrazos pero has una excepción conmigo —Amabel se levando y, en principio, lo abrazo anémicamente, para después estrujarlo con fuerza antes de soltarse—.
   Caminando por un breve rato, estando en medio de un pequeño terreno despoblado de vegetación, cubiertos por la negra sombra de una densa nube, Antonio se detuvo, y mirando desconcertado de un lado a otro, de arriba abajo, dijo sin más:
   —Nos hemos perdido; no sé por dónde ir —Al encontrarse con la mirada de su prima, ella le sonrió algo apenada; pero indispuesta a reconocer culpa alguna—. ¿Podrías tomar una rama y volar alto para saber qué camino seguir? Je, je, je —insinuó bromeando.
   —“Ja-ja-ja” —expresó Amabel con ironía, empujando a Antonio y dando ella media vuelta en busca de la dirección que tomar —Pasados unos instantes, volvió—. Levántate; no te empujé tan fuerte. Se hace de noche. ¡ANTONIO! —exclamó ella, al mirar la sangre que, inadvertida, le brotaba de la boca al buscar pronunciar palabra, y resultando en un mero quejido ahogado.
   Desesperada, aterrada, Amabel no supo qué hacer más que correr, presa total del pavor que le domaba, en busca de ayuda. Corrió y corrió sin parar, tropezando por el miedo reflejado en sus piernas que, pasado un rato de partir sin rumbo cierto, comenzaban a aminorar sus fuerzas. La desesperanza de no encontrar el camino, de no saber siquiera… de desconocer totalmente si se alejaba o aproximaba a la cabaña, debilitaba su temple con poderío; y es que, al imaginar la magnitud de lo que podía pasarle a Antonio si no llegaba pronto la ayuda la hacía no detenerse y seguir adelante sin importar que. Con lágrimas incontenibles en sus ojos, al tropezar por última vez, soltó un iracundo bramido de frustración; y al erguirse tan aprisa como todas las veces anteriores, diviso entre la maleza las luces interiores de la cabaña. Entró gritando en busca de ayuda, pero nadie había; sólo la televisión encendida, sin nadie ya que la viera. Se abalanzó sobre el teléfono, pero éste no daba tono, ya que llevaba días descompuesto; por ello, con prisa, hurgó en sus bolsillos en busca de su teléfono, pero no estaba… Y quedó pasmada de la impresión de recordar que estaba en la chamarra que volara por los aires. Con frenesí buscó por toda la cabaña en busca de algo, incierto para ella, que le socorriera para pedir ayuda o, bien, para atender a Antonio. Entre lágrimas dolorosas y sollozos ruidosos, ella decidió volver a donde yacía esperando su primo. En el momento que Amabel salió rauda de la cabaña, justo llegaban sus padres para recogerla. Amabel detuvo el auto interponiéndose a su ya lento andar.
   —¡Papá, papá! —exclamaba con demacrada voz y gesto, entre abundantes lagrimas y gemidos—. Antonio, está…
   —¡Qué, Amabel!; ¿dónde está? —La cuestionó sacudiéndola de los brazos —¿Dónde está?
   —¡En el bosque, papá! Se cayó y… —Halándola del brazo, la exhortó a dejar de llorar y lo llevara donde estaba él; ulterior a instruir a su esposa a que aguardara y llamara a una ambulancia.
   Minutos más tarde, José, tras su hija contarle con dificultad lo ocurrido, vociferaba:
   —¡Maldita sea, Amabel; dime para donde es ahora!
   —No sé, papá —respondió ella, compungida, acongojada hondamente por lo que ocurría, y podría ocurrir; sin dejar de llorar a mares.
   Minutos después, cerca al atardecer, dieron con la pequeña zona despoblada de verde vida. Amabel, estando próxima al lugar, a espaldas de su padre, lo miraba sobre Antonio; al llegar ella, y mirar a su padre dejarse caer de sentón sobre el suelo y entre lazar las manos al frente con la mirada al suelo; al ella mirar a Antonio: sobre el grupo de pequeñas rocas y ramas, acostado de espaldas con la boca y nariz escurriendo sangre seca, y mirando a la nada con fijeza; la sensación más horrible que jamás había sentido en su joven vida le azotó fulminante, desde el pecho hasta la cabeza, haciéndola desplomarse en el suelo, luchando entre la realidad ante sus ojos y la negación de su mente, eso inverosímil, ocurrido tan perceptiblemente en brevedad; llorando profundamente la muerte de Antonio. Cuando, entre clamores de negación, Amabel trataba de acercarse a su primo, José la detuvo.
   De regreso a la cabaña, llevando José en brazos a su sobrino, Amabel sentía, a momentos, un imperioso impulso de correr sin parar, como hiciera hace poco, y perderse en el bosque, profundamente oscuro ya —justo a donde se dirigía—.
   Los días pasaron y se hicieron tormentosos meses. También, fuera de ella, de sí misma, revivía aquel día con dolor y pesar escuchando de voces familiares y ajenas oraciones como: “¡No debiste salir al bosque!, ¡No debiste dejarlo solo!, ¡Es tu culpa lo que ocurrió!, ¡De no ser por ti él todavía viviría!, ¡Tú lo mataste!”. Ante todo esto, Amabel callaba, tragándose la pena y el sufrir nacientes aquella tarde; cada vez más distante en el calendario, mas no en la mente y alma de quienes por ello desolaban. Ahora como nunca, Amabel estaba sola.
   Los años pasaron, Amabel abandonó la escuela, pues si bien el acoso por la muerte de Antonio, había dejado profunda huella en ella, y muchos ya se habían aburrido de joderla constantemente, otros se emperraban, cual imbéciles moscos en ventanas, a fastidiarla; pero ella, por sobre todo esto, no conseguía olvidar, superar, sus propios tormentos, las agonías inclementes que turbaban su vida haciéndola pesarosa y repleta de arrepentimiento, un arrepentimiento sin aparente fin.
   Una mañana, tras el ya bien plantado insomnio, Amabel anuncio a su madre que iría a la cabaña, ahora abandonada, de la abuela —como toda la familia la conocía y refería—; su madre se limitó a asentir con la garganta, y tristemente Amabel se marchó diciendo: «Te quiero, mamá». Al llegar José a casa del trabajo, de inmediato fue informado sobre su hija, y él, disgustado, fue en su búsqueda, no por preocupación o angustia sino por qué… él sentía debía limitarla, castigarla eternamente en consecuencia de lo ocurrido. A toda prisa partió en su auto hacia el bosque. Apenas al llegar encontró un papel pegado en la puerta, lo arrancó con brusquedad y lo leyó:
   “Escribo esto porque me siento cansada, harta de todo y todos. Mi dolor por lo que paso hace justo cinco años no aminora, y al contrario crese sin parar, desgarrando mi pecho entre pesadillas y un dolor tan hondo repleto de arrepentimiento y sufrir moral que ya no resisto más… ya no quiero. No soporto los ojos de todos mirándome, juzgándome sin compasión sin importarles lo mucho que me destruyen con sus comentarios crueles, inhumanos, culpándome por eso… Nadie los detiene cuando en la escuela, sin importarles que llore en sus caras, me escupan palabras desalmadas hasta acabar en el suelo. Mis padres… ellos son igual que ellos, no por cómo me tratan, pero sí por su indiferencia, su menosprecio y desatención a como me siento; nunca han observado cómo me siento, esta tristeza y soledad que porto ya arraigada desde siempre.. pero más intensa e insoportable ahora. ¡No puedo sacarlo de mi mente...! aquellas últimas palabras que Antonio me dijo esa tarde… Y ahora comprendo que realmente no estaba sola entonces… no como ahora, no como me esperaría el resto de mi vida. Por más que ruegue e implore de rodillas jamás podre logra que él vuelva, que lo que pasó esa tarde jamás haya ocurrido, que todo sea una simple historia cruel, y no esta pesadilla agonizante y sin fin. Con lo que haré espero por fin encuentren paz quienes lastime, que me puedan perdonar por haber matado a mi primo, él que me quería; buscaré su perdón adentrándome en este maldito bosque que toda la familia odia desde que la abuela muriera de inanición un invierno; por qué sé, jamás debió pasar esto, y merezco ser castigada. Tanto quisiera haber caído por el barranco aquella tarde y con ello no arrebatarles lo que tanto amaban, a quien maté por estúpida e imprudente; pues bien sé que mi vida jamás valdrá ni la mitad de lo que la de Antonio valía, una gran vida le esperaba… y yo lo privé de eso, por sobre la mía que, siendo un asco y una miseria sin remedio es mejor que termine pronto, antes de que provoque algo semejante de nuevo. Al morir, si por error termino en el mismo lugar que él (José corrió como nunca en su vida por el bosque, con el corazón acelerado y la vista agudizada en busca de su niña), pediré su perdón, rogando no sea como los demás, de quienes su perdón jamás recibí aunque sea para poder morir en paz ahora. Y también deseo con mi ausencia la familia vuelva a unirse.
   A quien encuentre esto, dígale a mi padre que lo siento, siento haberlo defraudado, haberle faltado tantas veces al respeto siendo tan imbécil testaruda como él, que espero con mi muerte pueda perdonarme la de Antonio, al igual que el resto de la familia; también que espero me recuerde como la niñita que tanto amó, y no la bruja en que me he convertido, la que tanto odia, igual que todos… tanto como yo. Espero que encuentren mi cuerpo antes de que los bichos del bosque me devoren, y si no que más da.
   ¡Lo siento!”
   Amabel, llegó al lugar donde falleció Antonio. Miró sonriente el lugar recordando aquellas bellas palabras que le dijera en ese glorioso momento, también recordando todos esos momentos compartidos en la infancia. Cayendo de rodillas rompió en llanto repitiendo una y otra vez: «¡Perdóname!, ¡perdóname!, ¡perdóname!», la saliva y mucosidad transcurrían desde su boca y nariz hasta por las fisuras entre las rocas, del mismo modo que hiciera la sangre de Antonio hace años: cuando al tropezar de espaldas se le encajara una rama, apenas y unos centímetros pero, perforando el pulmón; y a la vez se golpeara con fuerza una de las vertebras con una puntiaguda roca. Reclinándose sobre sus piernas, sacó de su chamarra el cuchillo que tomó de la cocina antes de salir, cuando su madre ni siquiera volteara a mirarla. Después de enjugarse con la manga las lágrimas de los ojos, y el rostro, cortó prontamente y de un tirón en transversal. El fluido rojizo intenso escurría a chorros, bañando las verduscas y grisáceas rocas, para después afluir creando un caminito que llegaba hasta la base del cumulo de rocas. Amabel, yaciendo inerte, miraba el cielo claro como pocos días en la región, hasta que sus ojos lánguidos, tras un parpadeo, se sellaron…
   Las ramas se quebraban una tras otra, vivas y muertas en el suelo. En cuanto José llegó y miró con horror a su hijita en ese estado, echó a llorar, aterrado, impotente, casi vahído; tomó fuerzas, y de pies a ella sacó presuroso la navaja multiusos heredada por su padre, y con sagacidad se cortó la manga del brazo izquierdo para contener la hemorragia, apretando, anudando, tan fuerte como pudo. Cargándola entre brazos, mientras ella, pálida e inconsciente, se sacudía por el apresurado y desesperado avance por los senderos silvestres, José se esforzaba por mantener su mano en alto, por sobre su pecho. Al llegar al auto, la sentó en el asiento del copiloto, le puso el cinturón de seguridad y, quitándose el cinturón de un fuerte tirón, ató su mano a la agarradera. Votó la navaja en el cenicero, y, tras maniobrar con el auto, pisó a fondo. Conduciendo frenético por la carretera, cada que espejeaba a su costado, veía de reojo a su hija con la mano pendiente por sobre ella; y desde su muñeca líneas irregulares pintadas con claridad hasta el dorso de su mano; su rostro oculto por sus largos y desaseados cabellos. Al entrar en la ciudad, con insistencia se esforzaba, hasta ahora, por que despertara, suplicándole, moviéndola con instancia diciendo:
   —¡Hija, por favor despierta, despierta! —La sacudía, y volteaba su cabeza hundida en el pecho para poder mirarla— ¡DESPIERTA, AMABEL! ¡Por favor, abre los ojos, mi amor! ¡No me dejes…! ¡Perdóname, hija! —pronuncio lastimero, con el rostro lleno de lagrimas y golpeando el volante con rabia.
   Saltándose todos y cada uno de los semáforos y manejando temerario llego hasta la clínica, el lugar más cercano. En brazos la llevó a la recepción donde, gritando con consternación, fue dirigido por una enfermera hasta una camilla; la llevaron al final del corredor al único quirófano del edificio, y en sucintos momentos entró un cirujano.
   José, sin consuelo posible, daba vueltas sin parar en el corredor, llevándose las manos a la nuca y la cabeza, odiándose con toda el alma, temiendo pasara lo peor, compungido por el pasado y suplicando a lo alto por un posible futuro... con su pequeña, con su niñita.
   Horas después, el celular de José vibraba y vibraba, pero él no atendía. Sostenía la mano de Amabel, acariciándola y rogando, mascullando, su perdón por ser tan nefasto padre, por no estar para ella cuando más lo necesito en su vida, cuando nadie más estuvo para ella… y él debió estar ahí. Pero por sobre todo, quería decirle como nunca que la amaba por sobre la estupidez que profesó y le segó durante años, décadas tercas e irreflexivas. Apenas abrió sus pequeños y preciosos ojos, iluminados por la luz del alba, la abrazó y, le dijo lloroso, arrepentido, tantas cosas… tantas cosas.
    Sabiendo, Amabel estaba despierta y bien en lo cavia, respondió al celular, que por enésima vez vibraba —siendo todas esas veces su esposa quien llamaba—. Afuera de la austera pero cómoda habitación donde yacía Amabel, José contó, hipando, y conteniendo el llanto, a Antonia, su esposa, lo ocurrido; para apenas colgar volver a lado de su amada hija, donde siempre estaría.


D. Leon. Mayén


Escribiendo cosa como esta, y leyéndolas, es que me pregunto por qué creo cosas así, tan horribles, dolorosas y tristes sin mesura; pero supongo peor es la vida, pues yo sólo roso sutil lo probable, el tal vez, ¡espero!; ya que saber de una historia así o verla… eso realmente sería horrible, mas allá de cualquier monstruo tenebroso, espantoso como tantas otras historias detrás de ramplonas notas en noticieros, blasfemas descripciones al dolor ajeno en diarios e internet; eso me parece es lo más horrible y asqueroso de esta vida, el menosprecio imbécil a la vida, de todos los días y de toda la vida.
Y aquí mí reflexiva opinión sobre Día de muertos.