jueves, 3 de agosto de 2017

El abismo de la depresión

Actualmente no me siento así, al contrario, me encuentro de buen animo estos días. Aunque, si bien no estoy tan abatido ahora como entonces, constantemente siento esporas pululando aún en mí.

El abismo de la depresión

¿Cómo comienza esto? Sin pedirlo, desearlo o advertirlo.
Claramente recuerdo esa vez… mi encuentro con aquella macabra “criatura”; me es imposible olvidarlo. Nada fue repentino, desde luego, nada pasa de un instante a otro o sólo por qué sí en la psique humana. Simplemente no presté, no supe advertir los designios de su llegada; de lo que pudo desembocar en mis últimos minutos en este mundo. Apenas era un adolescente, rondando los quince quizá. En aquel distante presente el mismísimo infierno comenzaba a materializarse en el país, como en tantos otros antes, y ahora. El amor de mi vida, mi razón de vida se había ido; sin poder yo seguirla. Entre tantas circunstancias como eventos en mi vida es que, sin saberlo o imaginarlo, le abrí la puerta a la Bestia (es la palabra más cercana y moderada que encuentro para referirme a la depresión). Durante el punto más álgido de su despreciable visita, cuando tomó completo control de mí, un sentimiento horrido de querer morir se presentó, dominando mi pensamiento más allá de mi control voluntario; mas, sin embargo, fui consciente de lo malo que ello suponía, que algo iba mal… muy mal. Dicho sentimiento me es difícil de explicar, pues era como… como si todo mi ser quisiera terminar con su entonces sufriente existir. Por fortuna mi cordura estaba intacta como para reconocer el grave problema y pedir auxilio. En principio sirvió, pero… una vez dentro la Criatura no sale.
Superado ese episodio, seguía rondándome, acechándome sedienta de mí, pero ahora desde dentro, en mí; parasitaria, aguerrida moradora de mi mente y sentir. Al llegar ante mí la muerte… la puerta cayó dejando un inmenso orificio sin forma de poder resguardarme de lo que vendría. Lo que de nuevo casi me fina. Dentro de lo que provoca el hecho o efecto conocido como muerte hay una numerosa gama de matices sentimentales en ella. Temer a morir es algo natural, en principio; no siempre y no en todos. Al igual que temer perder a quienes se ama. Pero… que muera alguien amado, de forma repentina, sin poder haber hecho nada, ni siquiera estar en sus últimos momentos, es… es…
Entonces nada importaba. Con el tiempo los clamores de retribución se desvanecen sabiendo de nada servirán, de nada sirve hacer algo. Nada jamás vuelve a ser igual: el mundo, la vida, las personas… uno mismo. Parte de nosotros parte con ellos, bajo ciertas circunstancia azarosas. Aún hoy daría tanto por verla de nuevo, siquiera por un instante. En esos oscuros días llenos de miedo, dolor, arrepentimiento y ciega desesperación, mis alaridos por respuestas, por un por qué a ella…, tantas cosas que a veces me rondan todavía, creí me llevarían al fondo del abismo, a la locura misma.
Creo, por lo vivido, que la realidad, voraz e implacable —o lo que entendemos como tal—, es la llave maestra para que la depresión pueda abrirse camino por entre nuestro mundo de fantasía, nutrido y ensalzado desde que llegamos al mundo; resultando nada más que una rompible burbuja. Claro ejemplo de esto es la enfermedad; padecerla o presenciarla ajena. Lo que me llevó a mi siguiente encuentro ante la bravía Bestia. Fue fácil cerrarse a la evidencia de los acontecimientos diarios; las señales del cuerpo y la mente, lo que uno mismo se arrebata con agonizante lentitud, mirándolo todo de primera mano y sin hacer algo pues el miedo petrifica y la depresión lo acentúa con descaro. Siempre es mejor así, mirar a otro lado, y más llevadero por naturaleza para algunos. Pero el brutal choque con la verdad, la realidad tangible e invariable en sí, es catastrófico. Con esto me refiero a padecimientos sin, o sin claro, retorno. Poco a poco la vida ya no puede ser como era, lo que gustaba hacer ya no lo es por el simple hecho de no poder hacerlo por más que se luche por lograrlo. Al igual que la depresión es una batalla, una guerra, contra uno mismo; me parece paradójico “quien” puede ganar, por qué objetivamente se puede ganar ese tipo de batallas. Nadie hubo, o hay, que entienda lo que pasa, lo que se siente y sufre a causa de uno mismo. Lo peor es que sin importar que tan lejos se corra, que tan lejano se pueda ir… es imposible huir de sí mismo, sin importar lo que se haga. No existe forma posible de compartir, de hacer que alguien más sienta lo que sentimos en esos pesarosos momentos, con exactitud de intensidad, de profundidad; lo más cercano es la experiencia de aquellos a quienes recurrimos, o la empatía, pero muchas veces resulta nada más que una vil blasfemia de la naturaleza. Nadie siente o percibe como cada uno de nosotros. En ese aspecto de la existencia humana estamos infinitamente solos, a merced de nuestras negativas emociones. Todo esto creado, mostrado, por esa maldita criatura infeliz… Un lado sustancialmente lóbrego en el propio interior.
La muerte ya no aclamaba… Medio muerto da igual una martirizante vida o una agónica muerte, pues a fin de cuentas resulta lo mismo: dos caras de una moneda.
La impiadosa bestia aparta las bellas sensaciones de vivir, las profundas y perdurables, casi todas. A mí me despojó de tantas… tantas. Dejando en su lugar la inmensa tristeza, la desolación del alma, el asfixiante pesimismo tomado como absoluta verdad, y la desesperanza… Esperanza, de lo más vital en la vida ulterior al amor. Cada vez que se experimenta, se vive con ardor esas emociones, sensaciones —siendo lo que queda—, ella acrece su voluntad, su poder manipulador y totalitario, y prolonga su estadía. El mayor temor, lo más pavoroso y macabro que he vivido es ese sentimiento, el de desear irse de este plano; para mí no hay nada peor en esta vida que eso.
De actuar a tiempo no resulta tan grave como lo plasmo aquí. Pero, no siempre se es afortunado. Las cicatrices, secuelas y verdades mostradas perduran hasta la tumba. Es difícil volver a mirar y percibir el mundo como antes, de una forma pura e inocente, gustosa y placentera.
Por más luz que haya en algún momento o lugar las sombras siempre están presentes —el estado natural del universo es oscuro y lúgubre—. Lo único para evitarlo de modo absoluto es… mirar estúpidamente siempre hacia la luz, dejándose encandilar con su bello rutilar sobre lo que más nos plazca; así, no mirando a quienes arden, se ahogan o envenenan en la tenebrosa negrura de la cruel realidad.
¡No todo es malo en la vida, pero siempre habrá algo malo en ella!



D. Leon. Mayén


Falling Down... for her
Falling Down...

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